LA ACCION DEL ESPÍRITU SANTO EN LA ASAMBLEA

1ª Corintios 12-14

Traducido de “El Mensajero Evangélico” año 1930

William Kelly

 

CAPITULO XII

El tema tratado por el apóstol en el capítulo 12 de esta epístola es una exposición del principio que caracteriza a la Asamblea de Dios. En los dos capítulos que siguen, encontramos en primer lugar la fuente del poder, y enseguida las reglas prácticas para realizarla. Todo esto era extremadamente necesario en ese momento para los santos de Corinto, y no lo es menor para hoy. Porque no hay una porción de la verdad de Dios que no esté más olvidada entre los cristianos, sin embargo, por una parte, les urge la necesidad del Espíritu Santo, y por otra el gran don que Dios les hizo. El mantenimiento de estas cosas está unido a la bendición especial de la Iglesia. No es que estos capítulos contengan todos los aspectos de una tal bendición, o que se acaben todos los temas que allí se relatan; porque tenemos aquí a la Iglesia considerada muy particularmente como la escena de la actividad del poder de Dios y no como el objeto de los afectos de Cristo. Para este último tema debemos ir a la epístola a los Efesios. Aquí, tenemos a la Iglesia o Asamblea mas bien como una persona, considerada como habiendo recibido de Dios el Espíritu de «poder», (tema del cap.12) «de amor», (tema del cap. 13) y de «consejo», para colocarla en acción (tema del capítulo 14)

El Espíritu de poder está allí; pero cualquiera que sea la energía con la cual actúa, el Espíritu Santo no ha abolido en ninguna manera la responsabilidad del hombre, y es esto último lo que no puede comprender. Esta Persona divina, su servicio, está aquí, para poder preparar la habitación de Dios en los santos, y para que estos últimos tengan también un recurso infinito; pero al mismo tiempo el Espíritu todo- poderoso de Dios no debía ser contrariado e impedido, ni el testimonio que debía dar, dañado; esto es lo que deseo decir: no solamente arruinado en su fin, pero vuelto hacia los objetos que difieren totalmente de Él.

Tal era el estado de cosas que el apóstol tenia que señalar especialmente en el capitulo 10. Actualmente, lo encontramos alrededor de nosotros en un grado mucho mayor que entonces, y es de este estado de cosas que la Palabra de Dios nos llama a salir. Pero recordemos, hermanos muy amados, que cada uno de nosotros está en peligro, mas de lo que cree, de volver a lo que se ha dejado atrás. Esto es para nosotros una fuente continua de debilidad, muy grande, aunque menos grosera, que la de los santos de Corinto. Vemos claramente cuan poco habían desaparecido los malos efectos del sistema del cual habían salido. Eran sin duda muy nuevos con respecto a la verdad; pero no es con el largo tiempo que puede extirparse el mal; el tiempo nunca ha sido un remedio para sanar cualquier cosa que concierne al hombre. Existe solo un medio: el poder divino por la verdad; porque si actúa, lo hace por el juicio de si mismo. El poder divino, invariablemente, — si por lo menos debe haber liberación del mal — nos lo hace comprender, y nos dispone a juzgarnos a nosotros mismos bajo la luz de Dios. No hay y no puede haber liberación efectiva, mientras que el Señor, por el poder de su verdad revelada por el Espíritu, no nos conduzca a juzgarnos a nosotros, escudriñando y revisando en nosotros hasta el fondo del corazón.

Pero volviendo a los Corintios, ellos estaban acostumbrados a diferentes especies de mal porque habían tenido la influencia y el dominio de Satanás, que actuaba con poder en los paganos. Antes de la venida de Cristo, había en el mundo un vasto despliegue de poder satánico. Lo vemos alrededor de cada paso de nuestro amado Señor. La actividad de Satanás se revestía sin duda de muchas formas diferentes; pero una de las peores era usurpando el nombre de Dios, la que había dado a los corintios la idea de un poder religioso. Estos habiendo salido de aquella condición totalmente falsa, habían entrado en la asamblea.

¿No corremos también un especial peligro? ¿Y cual? Hemos salido de un estado de cosas que, al menos no son de un carácter grosero, realmente no menos extraño a los pensamientos de Dios. Salimos de lo que es en hecho una corrupción de la cristiandad; y por consecuencia, somos muy capaces de tener pensamientos, sentimientos, hábitos que nosotros, e igualmente los más ancianos de entre nosotros, hicieron bien en someterlos a la prueba de la Palabra de Dios. Pero aquellos que son relativamente jóvenes en el camino tienen particularmente mas necesidad de hacerlo; nunca han dado pruebas de sus convicciones; han aceptado una cantidad de cosas (muchas de las que no creen) sobre la fe de los demás, mas bien que por la enseñanza divina de si mismos. Con muchas cosas buenas, existe el peligro de que nos mezclemos un poco de nosotros mismos, en cada paso que hacemos, y no deberíamos volver de donde salimos, o traer algo de allí.

Pero vamos al principio. Hay dos ideas principales entre los hombres que nos rodean, y todos hemos salido de una u otra. La primera, la más extendida, es la que llamaremos la idea católica; puede ser que la mayoría de los lectores conozcan poco por experiencia. Sin embargo la tenemos sobre nuestros ojos, y estamos constantemente en contacto con personas que la soportan; es pues útil saber como responder. Esta idea católica está caracterizada sobre todo por esto: toda bendición, todo privilegio se encuentra en la Iglesia; el gran objeto de Dios, es la Iglesia; es allí que tienen al Salvador, la vida, el perdón, toda bendición; el único medio de poseer estas cosas como las cosas presentes es estar en la Iglesia y son de la Iglesia; porque la idea católica se aventura apenas en el porvenir; y el cielo es un objeto de contemplación menor que la tierra. Así, todo privilegio está concentrado en la Iglesia, el individuo tienen un lugar apenas apreciable. El es fusionado al punto de ser apenas un número, y toda su importancia reside en el hecho de que pertenece a la Iglesia. En cuanto a él mismo no le es permitido llamarse un santo. La Iglesia no es Dios, pero es la que determina si será un santo o no; y esto no lo será después de cincuenta o mas años de que el haya muerto y enterrado. Sin duda, toda esta teoría, no es más que el resultado de una completa ignorancia; y es la forma que el catolicismo ha tomado. Y recordaos que hablando de este estado de cosas, no veo solamente al Romanismo, sino también a la cristiandad que a veces se presenta bajo cualquier disfraz.

No ignoráis que permanecen rastros que muestran algunas profundas raíces de esta teoría que habéis tenido, y esto poco tiempo después de la partida de los apóstoles. Sin duda se desarrolló después; pero la idea original era y es un poco más exacta de lo que les he tratado de mostrar. Solo esto es esencial: todo el resto es un asunto de detalles. Esta idea se encuentra tanto en las iglesias del Oriente como en el Romanismo: y, después de los apóstoles, se difundió más lejos y se estableció de manera estable en la cristiandad.

Pero algo nuevo comenzó con la Reforma. Cuando el sistema católico llegó a ser una horrible corrupción, y sus resultados moralmente insoportables, cuando, la idea de la Iglesia fue completamente borrada hasta el punto de no comprender lo que es Dios; cuando, por un lado aquellos que pertenecían a ella, considerados individualmente, llegaron a ser tan poca cosa en el espíritu de los hombres que el asunto de una fe viva ya no se tenía, con tal de pertenecer a la Iglesia; cuando, por otro lado, todos aquellos que estaban fuera de la Iglesia, aunque si tuvieran una fe y amor realmente verdaderos eran condenados como herejes, y debidamente castigados en este mundo por el bien de sus almas; entonces otra idea, una idea contraria salió a luz, en la cual el individuo solo razona. La tesis principal era aquí que el hombre debía no solamente leer la Biblia por si mismo, creer y ser justificado por si mismo, y que, llegaba a ser, por la fe, un hijo de Dios por si mismo, teniendo el derecho de ser dejado libre de servir a Dios por si mismo, escogiendo sus propias compañías así como la forma y el método de su culto. Toda idea de la Iglesia estaba totalmente perdida, los individuos que seguían estos razonamientos arreglaron y formaron iglesias por si mismos y por consecuencia abandonaron toda consideración relativa a la Asamblea de Dios. La independencia se acrecentó, sin duda, y alcanzó un desarrollo mucho más grande de lo que se había previsto al principio.

Pero encontramos en efecto que aquellos que insistían con justa razón sobre la importancia de la fe individual como principio de salvación para el alma, principio que glorificaba a Dios, comenzaron a reunirse juntos, y cuando las divergencias de opiniones se levantaban entre ellos, crearon sus propias iglesias distintas la una de la otra. No gustando de la profesión pública del país dónde se encontraban, preferían separarse en diferentes sociedades religiosas, aunque todas ellas trataban de ser iglesias coordinadas. Lo uno, pensaban ellos, era un principio tan bueno como el otro; la mejor iglesia era aquella que convenía mejor a cada uno. Tal era la idea individual que producía en sí resultados naturales, y es exactamente lo que encontramos alrededor de nosotros en la mayoría de los países protestantes. Tenemos pues estos dos sistemas uno frente al otro. Vemos la vieja noción católica en organizaciones que todo lo hacen un asunto de privilegio de la Iglesia, que dicen que no es en la Iglesia que se puede encontrar la vida eterna o al menos la esperanza de esta vida—diríamos hasta la posibilidad de esta vida, porque realmente se vuelve a esto. El sistema total de la Iglesia da la verdad, actuando según la verdad, pronunciando la verdad, enseñándola y procurando la salvación, dependiendo todo para ello de la Iglesia. Pero en el otro caso, la Iglesia es perdida en el individuo. Cada persona recibe el evangelio por la fe, y llega a ser un cristiano, y por consecuencia emplea su propio juicio para formar su propia Iglesia, o para juntarse en la que prefiere. Tal es, de una manera general, el doble estado de cosas.

Y ahora, dejadme preguntar ¿cual es la verdad de Dios sobre este tema? Es aquí que se ve la importancia de una revelación divina. Los Corintios estaban en peligro de ser arrastrados a la deriva en una u otra corriente, como lo veremos claramente en estos capítulos. No es, a decir verdad, muy raro encontrar una mezcla entre ellos, y podemos encontrar la señal ya en esos tiempos del comienzo. Lo grande que retiene nuestra atención es la manera en la cual el Espíritu Santo interviene para establecer al creyente en la verdad. Así, sin controversia, el alma es guardada de lo que es malo en cada uno de estos principios puestos separadamente, se encuentra capaz de gozar de lo que es bueno en los dos.

Miremos la idea católica y lo que se puede llamar el punto de vista protestante. En una medida ha una cierta verdad en cada uno; pero cuando tomamos la Palabra de Dios, la verdad aparece, y en este orden: no la iglesia primero, después el individuo; sino el individuo en primer lugar y enseguida la iglesia.

Es así que nuestro capítulo introduce la verdad, como en el resto de las Escrituras. Tomad, Mateo 16: ¿cual es la pregunta del Señor a este respecto? «¿Qué dicen los hombres que soy?» Uno de sus discípulos responde por si mismo—y su respuesta habrá convencido a cada uno de los otros aunque el que hablaba estuviera muy lejos de ellos, —«Tu eres el Cristo, el Hijo del Dios Viviente». Era una plena confesión de Cristo, reconociéndolo no solo como el verdadero Mesías, sino también como una persona divina en la relación muy estrecha con el Padre; y cuando el Señor lo oye, introduce el tema de su Asamblea: «Sobre esta roca edificaré mi Iglesia», no había comenzado aún a construir, y no ha terminado aun.

En la epístola a los Efesios, el mismo orden se nota de una manera muy particular. El cristiano individual antecede siempre del cuerpo. En el primer capítulo, por ejemplo, no vemos a la Iglesia sino en el último versículo. Esto es así de un extremo a otro de la epístola. El individuo esta siempre colocado en su propio lugar, y es necesariamente una cuestión de fe, porque la fe es indispensable en el individuo; no se puede tener la fe por otro. Cada uno debe tener, por si mismo fe en Dios. Puede tener la fe, como conjunto de la verdad, que poseemos todos; pero cuando hablamos de creer, esto es necesariamente individual para el alma. Enseguida viene la pregunta de la Iglesia como casa de Dios, y de la Iglesia como cuerpo de Cristo.

Cuando alguno cree al evangelio recibe el Espíritu, que no es solamente el sello de salvación, sino que también nos une a Cristo como un miembro de Su cuerpo. Hay relaciones divinamente reveladas, individuales o colectivas; pero las colectivas siguen a las individuales; el poder en las unas y en las otras son del Espíritu Santo después del cumplimiento de la redención, porque el Espíritu no fue dado antes de que Jesús fuera glorificado.

En nuestro capítulo es lo mismo.

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El apóstol abre el tema así: «No quiero, hermanos, que ignoréis acerca de los dones espirituales». Esta palabra es manifestaciones, (Versión J.N.D) y no: dones, como muchas versiones lo expresan, alcanza a los dones, pero va más lejos: abarca algo que es muy importante, la fuente de todo, la presencia del Espíritu actuando por el poder soberano de una persona divina en la asamblea y por sus miembros.

V. 2

Después dice : «sabéis que cuando erais gentiles, se os extraviaba llevándoos, como se os llevaba, a los ídolos mudos». Esto no significa solamente que habían sido conducidos, sino más bien arrastrados hacia un estado de cosas, hacia la cual podían ahora volver su mirada con dolor, viendo cual fue su locura. Era la oposición directa con Satanás en contra de Dios. Aprendieron que el verdadero Dios no tenía nada en común con un ídolo muerto, que Él es Aquel que, no solamente nos ha hablado por el Hijo, sino que ha abierto las bocas, antes mudas, con el fin de hablar por Jesucristo el Señor, por medio de su Espíritu.

V. 3

Aquí el apóstol introduce la prueba del Espíritu en la confesión de Jesús como Señor (v.3). « Por tanto os hago saber, que nadie que hable por Espíritu de Dios, llame anatema a Jesús». El no desea, naturalmente, hacer mencionar la palabra «anatema» o «maldito», sino lo que hay en el pensamiento, es esto: todo lo que tiende a rebajar a Jesús está en oposición con el Espíritu Santo — principio simple —, pero que encuentra el verdadero criterio para lo que es bueno como de lo que es contrario. «Nadie puede decir «Señor Jesús», si no es por el Espíritu Santo». Si el hombre camina sin el Espíritu de Dios, llega a ser víctima del pecado, que busca rebajar a Jesús. Solo el Espíritu Santo sabe lo que conviene a Su persona. Y no habla de Él solamente como el Hijo y la Palabra. Es en el momento donde el Hijo de Dios viene a ser hombre el cual es el punto de partida del extravío del hombre; porque la complejidad de la persona el Señor Jesús puede exponer a las almas al error. Hay personas que osan negar Su gloria divina. Pero sin embargo hay una manera mucho más sutil de rebajar al Señor Jesús; esta es, que reconociendo su divinidad, se oscurece Su gloria por su humanidad y se neutraliza la confesión de Su persona. Así, sin duda rápidamente nos asociamos a Él aquí abajo, falsificando lo que Él tiene en común con el Padre mismo. Pero existe una protección simple para mantener al alma en el camino recto, esto es que evitemos escudriñar este asunto y discutirlo, por temor de pisar en un terreno sagrado con nuestra locura humana; sobre un terreno, en que nosotros deberíamos ser solamente adoradores. Cada vez que el alma olvida esto, percibe invariablemente que Dios no está con ella, y que El deja al individuo confiarse en si mismo y se aventura a hablar del Señor Jesús con su propio fundamento, haciendo la experiencia de su propia locura. No es sino por el Espíritu Santo que la persona puede saber lo que es revelado sobre el tema de su Hijo unigénito. Con respecto a los otros, tenemos este doble criterio: si un hombre disminuye a Cristo, esto no es por el Espíritu. Tal es la verdad que, por sobre todo, deberíamos guardar celosamente. Porque hay, en el hijo de Dios, una naturaleza divina que es sensible en lo tocante a Cristo, y debería serlo siempre. No puedo concebir algo más destructivo para el alma que la perdida de esta sensibilidad.

La persona de Cristo es algo muy precioso, muy fundamental, para que se permita alguna otra especulación a ese respecto. El Espíritu Santo, de quien emana toda verdadera enseñanza, no está con el alma que se atreve a enseñar con su propio fundamento. Ella (el alma) está aquí con el único motivo de glorificar a Cristo. Es una gran cosa sobre la cual es necesario estar establecido firmemente. El Espíritu Santo de Dios esta aquí para esto mismo. No solamente para alentar y edificar, aunque esto verdaderamente sea así; pero el motivo que siempre tiene en vista, es de exaltar a Cristo y de defenderle contra todo lo que podría rebajar Su gloria. Tal es el motivo y el trabajo del Espíritu de Dios que nos presenta la enseñanza que está delante de nosotros.

V. 4

Ahora que el apóstol se sirve de la gran espada de dos filos para defender la gloria del Señor Jesús, le vemos abordar otra verdad esencial en el versículo 4: «Hay diversidad de dones de gracia». Los Corintios actuaban como si algunos dones valieran más, y evidentemente aquellos que fueran los más grandes, tuviesen la manifestación visible del poder divino, como que tenían que hablar muchas lenguas sin haberlas aprendido, o hacer milagros. Sin duda estas cosas atraían la atención sobre las personas que tenían el poder de hablar o de actuar así; y es muy evidente que había allí un poder divino actuando de una manera especial. Pero el Espíritu de Dios nos recuerda una de las verdades mas características unidas a Su persona en la Iglesia «Hay diversidad de dones de gracia». En cualquier lugar donde un don de Dios no se ejercerse libremente, no es un asunto de la Iglesia de Dios que se actúe así. Que se trate de un principio reconocido o de una práctica adoptada: excluir los diversos dones que Dios da ahora a la Iglesia, es un estado que Él desaprueba y es contrario a la naturaleza y al motivo de la Asamblea de Dios. Se puede tener aquí o allá una ocasión para su ejercicio, de una manera menos importante o relativamente privada: pero ¿Qué hay de las grandes ocasiones? ¿Cuando todos los santos se reúnen en la Asamblea de Dios, sea para la Cena, sea por otro motivo? El Señor así no la ha ordenado, como el apóstol lo muestra en su contexto, donde, corrigiendo los desordenes, se mantenía intacta esta libertad.

Hay diversidad de dones de gracia, «pero el Espíritu es el mismo»; porque, aunque estos dones difieran grandemente en su carácter, provienen todos de la misma fuente: Dios lo hace con uno tanto como con el otro. Hay una inmensa diferencia entre el menor y el mas grande de los dones, pero «es el mismo Espíritu»; y si debo realmente obedecer al Espíritu de Dios, debo respetar al mas pequeño don que viene de Él.

V. 5

Los Corintios habían olvidado otra verdad (v.5); «y hay diversidad de ministerios, y el mismo Señor». No se puede tener un don, sin ser un servidor; lo que deseo decir es que uno no puede ser su propio maestro, sino un servidor del Señor Jesús. Los Corintios habían perdido de vista esta verdad, o no la habían conocido nunca; actuaban en independencia. El Espíritu Santo mismo ha dignado colocarse en lugar de siervo y descendió a este mundo. No eleva a nadie por encima de Él. Es pues la segunda gran verdad que nos es presentada — no solamente hay diversidad de dones y el mismo Espíritu sino diferentes servicios (ministerios) y el mismo Señor.

V. 6

En fin, los resultados producidos por estos poderes eran formados en sujeción a la gloria de Dios. Porque si habían diferencias o «una diversidad de operaciones» (v.6), «es el mismo Dios que actúa todo en todos» ¡Que hecho inmenso y actual en un mundo de vana apariencia! ¡Que gracia de Su parte!

V. 7

Tal es la exposición general del poder divino en a la Iglesia de Dios, y llegamos ahora a Su trabajo en cada individuo. El apóstol ha establecido el principio general. Hay un mismo Espíritu, por el cual todos los dones son distribuidos, el mismo Señor y el mismo Dios; pero ahora vienen las formas particulares del don (v.7): «A cada uno le ha sido dada la manifestación del Espíritu para provecho». No era para el mismo individuo, sino que el provecho era para los demás. Producir el bien común de esos dones, es el motivo declarado de todas las operaciones del Espíritu de Dios en la Iglesia.

V. 8 - 9

Después (v.8), tenemos: «porque a uno le es dado por el Espíritu (no milagros, sino) palabra de sabiduría, y a otro palabra de conocimiento». Notemos que agrega cuidadosamente: «por el mismo Espíritu», porque el conocimiento tiene un carácter mucho menos elevado que la sabiduría; pero al mismo tiempo, este conocimiento también es verdadero por el Espíritu Santo, como esta sabiduría. ¿Que es palabra de «sabiduría», comparada con la palabra «conocimiento»? Recoger la verdad por el estudio serio de la Palabra de Dios, aunque igualmente es del Espíritu Santo, da como resultado el «conocimiento»; y la expresión de lo que Él da es «la palabra de conocimiento». Timoteo fue llamado a darse enteramente, de hecho, lo ha admitido así, esta palabra debe ser considerada con razón como «palabra de conocimiento»; y esto tiene valor, como debe tenerlo todo asunto que Dios da por el Espíritu Santo, a la Iglesia, la Iglesia de Dios. Que una persona pueda espigar cuando trabaja en el campo de la Palabra de Dios, servirá también para refrescar a los santos. Pero el conocimiento no es la misma cosa que «la palabra de sabiduría»; porque la sabiduría parece indicar que el alma está ocupada no solamente por la Escritura, sino de Aquel que la ha dado con el fin de que pueda conocerle. Así el alma, alimentada de la Palabra de Dios, muestra aquello que hay que recoger del pensamiento mismo de Dios; no solamente de conocer los detalles que encontramos aquí y allá en las Escrituras, sino entrar, por una profunda comprensión de Su palabra en este conocimiento de Él mismo, que se adquiere no tanto por el estudio de los textos, sino que por la comunión con Su propia naturaleza, Sus caminos, Su carácter, y por sobre todo con Cristo mismo. Siempre ha sido «la sabiduría de Dios». Cristo jamás ha sido llamado «el conocimiento de Dios», pero si «sabiduría de Dios». Es, lo repito, beber no tanto del río, sino de la fuente, en Dios mismo. Es de allí que es sacada la «palabra de sabiduría», subiendo, por así decir, el curso del río.

Habremos notado que el apóstol no comienza su enumeración por el poder, que puede ser algo visible o sorprendente, por el contrario, aquello que era poco gustado por lo Corintios, aquello que habían, ¡desgraciadamente!, sido negligentes y colocado de lado, buscando esas poderosas manifestaciones que ocupaban la actividad de su espíritu. El apóstol les habla primeramente de lo que edifica: «A uno le es dada palabra de sabiduría, a otro palabra de conocimiento.». Pasa enseguida al don de «fe», esta fuerza que permite al alma soportar las dificultades; porque es de esta fe que el hace mención aquí; es necesario recordar que el don de fe no significa creer a la verdad, porque esto, naturalmente, es común a todos los santos.

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Llegamos ahora a lo que era comprensible para cada uno, igualmente para el incrédulo «y a otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu. A otro, el hacer milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus». Estas últimas palabras no significan discernir si la gente es cristiana o no, pero si el espíritu por el cual hablan es de Dios o de Satanás. Era un poder especial, aplicación de la proposición preliminar dada en el versículo 3.

V. 10 - 12

Tenemos enseguida (verso 10-12):

«a otro, diversos géneros de lenguas; y a otro, interpretación de lenguas. 
Pero todas estas cosas las hacen uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere.
Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo».

Tenemos aquí el principio, fundamental que deseo sostener en toda simplicidad de expresión; y comprendemos entonces que aquel que es enseñado por la palabra divina, puede aceptar lo que es verdad de las dos ideas que hemos hablado, dar a cada uno su verdadero lugar, y combinarlas juntamente, como la verdad lo hace, en lugar de oponer la una a la otra, como lo hacen los hombres y sistemas humanos.

Todo lo que debilitara a la fe, lo que viniera a colocarse entre el alma y el objeto de la fe, no podría ser de Dios. Es a causa de esto que la Palabra de Dios emplea para nuestra conversión que tiene como objeto colocar al individuo delante de Dios. Todas las grandes bendiciones individuales que un hombre recibe por el mismo, tienen por base la fe en Cristo, fe que le es dada por el Espíritu Santo, por medio de la Palabra de Dios. Apenas necesitamos decir que es para Cristo que es traída el alma y revelada por la gracia de Dios, que esta fe es producida.

Pero se puede ir aun más lejos. ¿Qué pasa, cuando alguno es un creyente? Si se somete al testimonio de Dios, cuando ha recibido la palabra de verdad, cuando, en Cristo, el Espíritu Santo le ha sido dado, ¿Qué resultado se produce? Es introducido en la unidad del cuerpo de Cristo. No es simplemente que recibe el Espíritu Santo el cual le da el gozo de la verdad en la cual cree, y además la fuerza y la libertad ante Dios; pero el Espíritu da la unidad con todos aquellos que, en esta tierra, pertenecen a Cristo, que han sido libertados por Dios, y unidos a Él como no lo habían sido anteriormente.

Es aquí precisamente, que encontramos la reunión de los dos principios enteramente separados por el pecado, el cual desune lo que siempre tendría que haber estado unido. Si miramos solo al hombre, no puede haber ninguna duda de que el principio individual de la fe (podríamos decir el principio protestante), es mucho mas seguro para el alma que el principio católico porque todo lo hace la Iglesia. Pero hay más, porque consideramos las cosas no simplemente en comparación del hombre, sino también en comparación a Dios. Y es necesario que sea así, porque el Espíritu Santo está aquí con el motivo de proteger la gloria de Dios, y la consecuencia de esto es que, hasta que entremos en este camino, no puede haber verdad, y profundo gozo de la verdad.

Si alguno tiene el Espíritu de Dios, que le ha sido dado ahora al creyente, no es un título de un individuo aislado; sino es bautizado para ser un solo cuerpo, o, para expresar de otro modo, que pertenece así a este solo cuerpo. Siendo «un espíritu con el Señor», y es, por consecuencia, uno con todos los que son del Señor. Y esto aun nos conduce a enfrentar con esto otra verdad, que el Espíritu Santo no se limita a sellar a los santos con el sello de la unidad para abandonarles enseguida, sino que Él esta aquí para tenerlos en cuenta en todos los objetos de la gloria de Dios.

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Es de mucha importancia, lo digo al pasar, que consideremos al Espíritu Santo personalmente. Temo particularmente que esta simple verdad, en cuanto a que el Espíritu Santo es una persona divina, no sea apreciada y no sea así mismo recibida. Tal es el caso ahora, creo, de aquellos que se les llama comúnmente cristianos evangélicos. Como mantienen débilmente la fe en el Espíritu Santo, persona divina, hablan generalmente como de una «influencia». No es que nieguen la existencia del Espíritu de Dios, pero no le dan la importancia capital a este hecho, que es una persona divina; y mas aun, una persona divina que está aquí para actuar en los santos y en la asamblea de Dios, soberanamente o como Él lo desee, para la gloria del Señor Jesús.

V. 13

Tenemos justamente aquí esta verdad que los Corintios habían apreciado muy poco; y es por esto que el apóstol lo anuncia de una manera distinta «Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu» (no solamente algunas o aquellas que solamente son visibles), sino «todas las cosas», distribuyendo a cada uno como El quiere. Porque de la manera que le cuerpo es uno y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, aunque siendo muchos son solo un cuerpo, así también (no solamente la Iglesia sino) Cristo.». El apóstol sin duda piensa en la Iglesia, pero la une con la Cabeza, porque están unidas inseparablemente. No lo dice así en los Efesios, porque estos no tenían necesidad, como los Corintios, que se insistiera sobre esto. Si ellos hubieran recordado que eran un todo, cabeza y cuerpo, eran Uno, es decir «Cristo», les había sido imposible estar relajados como estaban. Estaban satisfechos de si mismos, investidos de poder, y para ellos eso era todo. Pero el apóstol desea convencerlos de que esas manifestaciones de poder son solo una débil parte, y en un orden inferior, del vasto sistema del trabajo divino en la Iglesia sobre la tierra. Esta es un cuerpo con Cristo, un cuerpo llamado igualmente de su nombre, del cual todos y cada uno de aquellos que creen ahora, son sus miembros vivos. «Así también Cristo. Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu.»

V. 14 - 16

Encontramos enseguida (Verso 14):  «Además, el cuerpo no es un solo miembro, sino muchos. Si dijere el pie: Porque no soy mano, no soy del cuerpo, ¿por eso no será del cuerpo? » Se ve allí el descontento de lo que el Señor a dado. ¿Y más que nunca habían razones poderosas para reflexionar sobre esto? Cada vez que un alma emplea fielmente el don que recibe habrá bendición; pero si, al contrario, aquel que ha recibido un don poco aparente, tal como podría ser representado como un pie, codicia lo que no tiene, despreciando su verdadero valor que tiene en el cuerpo. Es por esto que este pensamiento resulta totalmente una deshonra para Dios. Veamos aun el verso 16 :« Y si dijere la oreja: Porque no soy ojo, no soy del cuerpo, ¿por eso no será del cuerpo? » El descontento puede encontrarse en todos los miembros, tanto superiores como inferiores.

V. 17

En el verso 17, el apóstol expone el asunto así «si todo el cuerpo fuese ojo, ¿dónde estaría el oído? Si todo fuese oído, ¿dónde estaría el olfato?» La bendición del cuerpo resulta cuando cada miembro cumple su propia función; porque no es tanto que mi oído es el que oiga, que yo oiga por mi oído, mi ojo vea, soy yo mismo, el hombre. Este pensamiento da el sentimiento de unidad, y es un medio real de bendición para cada miembro, para el más pequeño como para el grande. Juegan cada uno su propio papel; y ciertamente sería una pérdida muy dolorosa, si el miembro mas pequeño faltara. Los Corintios habían perdido de vista enteramente esto; pero ¿no estamos nosotros también expuestos al mismo peligro? De hecho parecemos estar particularmente mas expuestos; porque habiendo salido de los sistemas donde solo había lugar para el sacerdote o para el ministro, tenemos la tendencia muy natural para ese lado. No hay nada donde se caiga con más fuerza en una suerte de aislamiento o individualismo, porque muy a menudo se viene de un medio donde el individuo era estimado, y el rol de la Iglesia no era conocido o velado. Porque como el principio de «la Iglesia» destruye al de «el individuo», aquel «individuo» neutraliza al de «la Iglesia», y toman cada uno su lugar separadamente.

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Lo que esta verdad tan preciosa da, la tenemos en dos cosas: primeramente la bendición relativa al individuo, y enseguida la relativa al cuerpo, cada una siendo manifestada y conservada por el Espíritu de Dios. Si el Espíritu Santo conduce mi alma a conocer a Cristo, a reposar sobre Él, a regocijarse en Él ante Dios, no puedo tener todo esto sin trabajar para que otros puedan gozar de la misma bendición. Es la manera en la cual Dios concede los dos principios y los concilia alrededor de la persona del Señor Jesucristo. Porque no solo es mi Salvador, sino también es Cabeza del cuerpo que es uno con Él: «así también Cristo». ¡Como este hecho, con todo lo que somos es una representación de Cristo, da más valor a nuestra vida práctica y nos hace al mismo tiempo ser más humildes! No hablo por el individuo solamente, sino también por todos nosotros que nos reunimos en asamblea; porque este es el medio por el cual la Iglesia puede ser conocida públicamente. ¡Como deberíamos entonces cuidar de que cada reunión de asamblea, presente a Cristo en realidad! Si pertenecemos a la Iglesia de Dios, ¡que importa otra iglesia! Su Iglesia es la única por la cual vale la pena combatir; si tenemos que cuidar nuestro andar, reunirnos, adorar conforme a esta verdad.

Tal es la primera infracción hecha a esta unidad, el descontento a causa del lugar que el Señor nos ha dado, el deseo de alguna cosa mas elevada, de estar colocados mas adelante.

V. 18 - 20

«Dios ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo, como Él quiso. (v.18) ¡Como es de una naturaleza que afirma el alma! Tenemos necesidad, cada uno según su medida, de comprenderlo mejor. Puede ser que haya personas que llegan entre nosotros, pensando que gozamos de estas cosas con más simplicidad y más pureza que otros. Lo pienso; pero es la verdadera razón, o que explique el porqué hemos quitado lo que el hombre había establecido por su propia voluntad. ¿No es el hecho de que tenemos que hacer con Dios este asunto, y que Dios tiene que hacerlo con nosotros? Es Él quien nos reúne porque esa es Su voluntad. Seguramente Dios continua aun construyendo este edificio, Su templo santo; seguramente el trabajo del Espíritu Santo continua, siguiendo la figura empleada aquí—el cuerpo de Cristo.

Cualquiera que sean las dificultades, o desorden o confusión, la casa de Dios existe, y somos parte del cuerpo de Cristo. Hemos llegado a ser aquello que es la expresión, y nos reunimos como lo hacemos en calidad de miembros de Cristo. En toda reunión de fieles donde tenemos nuestra parte, es un testimonio del solo cuerpo, aunque reconozcamos francamente el estado de ruina en la cual se encuentra la Iglesia aquí abajo; el alma mas humilde, aceptada por el nombre del Señor Jesús, llega a ser por el Espíritu un miembro del cuerpo de Cristo, y tiene un lugar tan real que cualquier otro. Por lo tanto no se trata solamente de miembros eminentes, sino también de aquellos que son llamados aquí, siguiendo la figura empleada por el apóstol, «los menos honorables» (v.23). Es de mucha importancia práctica que aceptemos sin reserva la verdad de Dios sobre este tema. Luego, suponiendo que haya verdaderos cristianos que causen problemas o dificultades, el Espíritu de Dios nos enseña que debemos recibirle con un corazón abierto. ¿Que madre es aquella que encuentra siempre una censura para uno de sus hijos y carece de paciencia para con él? Una verdadera madre tendría cuidado de este hijo mas que de los otros, porque el tiene mas necesidad de su amor. ¿No puedo decir entonces que es así como nuestro Señor desea vernos? Porque ¿que es un hermano espiritual, sino un hermano que posee afectos y juicios según Dios, de manera de tener el mismo motivo que Cristo - no deseando ser despejado de las pruebas o dificultades, sino que soportándolo todo, no solamente con paciencia, sino en el ejercicio de amor?

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V. 21 - 25

Veamos ahora brevemente la segunda manera por la cual el trabajo del Espíritu de Dios puede ser estorbado (v.21) «Ni el ojo puede decir a la mano: No te necesito, ni tampoco la cabeza a los pies: No tengo necesidad de vosotros» (v.21). Tenemos aquí la contraparte de lo que hemos visto anteriormente. No es un miembro inferior deseando ser mayor, sino que uno superior menospreciándose, ocupando un lugar inferior. Estas cosas, hermanos, no deberían tener lugar. Pero como ellas existían antaño, y en vista de lo que somos ahora, hacemos bien en colocar esta advertencia en nuestro corazón. La naturaleza misma del cuerpo rechazaría tal función eminente que menospreciara o deseara impedir al menor. Seamos reconocedores de la gracia que nos ha dado un lugar; ejerzamos con seriedad las funciones que Dios nos ha dado en el cuerpo de Cristo; pero estimemos mucho más alto al otro miembro, y tanto más a aquellos que tienen un lugar enteramente diferente al nuestro. Y que el desprecio sea también alejado de nosotros tanto como el enojo.

Tales son pues los dos grandes peligros que se encuentran a menudo sobre el camino. En los dos casos vemos claramente a la carne y no al Espíritu de Dios; porque el Espíritu de Dios actuando en todos, escoge a cada uno y da a cada uno su lugar. En consecuencia, por todas partes donde el Espíritu de Dios actúa en las almas, se debería rehusar todo lo que pudiera debilitar oponiéndose a la voluntad de Dios. No tenemos necesidad de entrar más a en este asunto por ahora. Hay que notar que el versículo 21, el apóstol es mas categórico que en el versículo 15. En el verso 21 tenemos «el ojo no puede decir a la mano», mientras que en el verso 15 el dice: «Si el pie dijera…». En uno está el peligro que amenaza al don más fuerte o al más grande, en el otro el don más débil o menos importante; pero en el v.21 son los dos que ofenden al Señor.

En el verso 21, el apóstol toma los dos extremos: «ni tampoco la cabeza a los pies: No tengo necesidad de vosotros». Naturalmente, el ve allí simplemente al cuerpo, y pone la fuerza moral en la comparación, que el don mas elevado no puede tratar al don inferior como si fuera inútil. Y ciertamente, es allí donde la gracia tiene su obra; porque encontrareis, estoy cierto, que mas grande es el don (cuando hay tanto espiritualidad como poder), mayor deseo sincero de ver actuar al menor don que Dios a dado para el bien de la asamblea. Nadie tendrá el pensamiento, de que si alguno tiene un don superior, todos los otros deben callarse ante el. La fuente de bendición en la asamblea, es Dios mismo, y no un miembro en particular del cuerpo, aunque pueda, por gracia, ser un importante medio de bendición para la asamblea. El punto importante es sentir que Dios es el que actúa en la Iglesia; y puede placerle a Él emplear en vista de la edificación, al más simple y al más pequeño de los miembros del cuerpo de Cristo, igualmente en presencia del más grande, del apóstol mismo.

Lo importante es que, por un lado, los miembros inferiores no deseen un lugar más elevado del que ya tienen, y por el otro, que los más elevados no actúen en ninguna manera como si pudieran sobrepasar a los primeros. Son todos preciosos en la Asamblea de Dios. «Antes bien (y esto introduce lo que estamos hablando) los miembros del cuerpo que parecen más débiles, son los más necesarios» ; No es solamente que tengan su lugar, sino que son «necesarios». Pueden ser a veces una causa de prueba, y mostrar muy visiblemente la debilidad de aquellos que no tienen la fuerza de pasar por sobre las circunstancias y contingencias; pero «son necesarios». «Y a aquellos del cuerpo que nos parecen menos dignos, a éstos vestimos más dignamente; y los que en nosotros son menos decorosos, se tratan con más decoro» (v.23). Tomemos por ejemplo, la vista; no tiene necesidad de arreglo, porque en si misma, ella es decente. Pero tenemos mas cuidado con el pie, que naturalmente es menos decente. Encontramos aquí el motivo divino: «pero Dios ordenó el cuerpo, dando más abundante honor al que le faltaba, para que no haya desavenencia en el cuerpo». Tengamos cuidado de no colocar de lado lo que Dios a dado para el bien de la Iglesia, que no sea el don menor don o el mas grande opuestos el uno del otro. Si esto fuera así, el mismo resultado sería producido en los dos casos. El hombre estaría estorbando el gobierno de Dios, su rica gracia en la Iglesia; haría igualmente del Espíritu un partido, ¡para la deshonra de Dios! Que podamos ser guardados y guiados en el sentir de Cristo.

V. 26 - 27

El apóstol continúa, verso 26: «De manera que si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan». Después, en el verso siguiente, hace una declaración, que es digna de nuestra mas seria atención: «Vosotros, soy, pues el cuerpo de Cristo». Naturalmente, no que fuesen independientes de los otros creyentes en el mundo; sino que ellos eran la expresión del cuerpo de Cristo en este lugar en particular. O estrictamente, eso no es un cuerpo, como si hubiera más de uno, ni el cuerpo como si estuvieran allí solo ellos, pero el «cuerpo de Cristo». Tenían los privilegios y responsabilidades que los relacionaban. Eran su cuerpo allí donde se encontraban. Si debían ir a otro lugar, encontrarían ese mismo cuerpo, no otro Y considerándolos individualmente, vemos que eran «miembros cada uno en particular».

Cada miembro es un miembro del cuerpo de Cristo, no de una iglesia, sino de la Iglesia, Su cuerpo. En efecto, no se encuentra en ningún lugar de las Escrituras un miembro de una iglesia. La Escritura rehúsa esta manera de hablar, que procede de la idea «individual» de la que hemos hablado mas arriba. Allí todo es individualizado, lo mismo la Iglesia, lo mismo toda persona que le pertenece. Todo está fundado sobre una base falsa, no en aquello que se trata de nuestras relaciones como cristianos, sino en las de la Iglesia.

La verdad es que el Espíritu Santo, siendo una persona divina, — actuando en consecuencia, igualmente en todas las asambleas en el mundo entero, — unifica necesariamente todas esas cosas; y es la razón por la cual el «solo cuerpo» no existía antes del descenso del Espíritu Santo. Bajo esta relación, es Él y no la fe, que nos une a Cristo. Sin decir que, al menos que no se tenga fe, el hombre no irá jamás al cielo; y nada es más importante que esto. Esto era verdad antes de que la Iglesia existiera; pero ahora con ella, uno encuentra algo más. Una Persona divina ha descendido del cielo: ella no está encarnada como el Señor Jesús, y, por así decir, nunca quiso desplegar su gloria en un cuerpo preparado para su naturaleza divina, es decir para ser un hombre total siendo Dios. Pero ahora en efecto, el Espíritu Santo, el cual nunca decidió tomar un cuerpo o encarnarse, toma a todos lo que creen en nuestro Señor Jesucristo, y los conduce a la unidad.

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Tal es la verdad sobre el tema del la Iglesia, y no hay otra; la consecuencia en esto es que no importa donde se encuentra, es siempre el «cuerpo de Cristo». Es así en todas partes donde uno encuentra a los santos reunidos al nombre de Cristo. Por todas partes donde ellos se reúnen en Su nombre, el Espíritu Santo tiene la libertad de actuar para la gloria de Cristo. ¡Desgraciadamente! cuantos verdaderos santos están dispersos en las sectas, e igualmente no se reúnen. El estado de cosas alrededor de nosotros es tal que estas condiciones no se encuentran unidas. Son «miembros en particular» , pero no tienen a Cristo como Cabeza, o no se reúnen sobre el terreno del «cuerpo de Cristo». Hablo aquí del hecho mismo, no de la inteligencia del asunto. Hay muchos verdaderos cristianos, sin duda, pero simplemente no se les encuentra sobre este terreno. ¿No hay santos individuales dispersos en las denominaciones? Son miembros del cuerpo de Cristo; ¿pero se podría decir de ellos, para caracterizarlos, que están en «el cuerpo de Cristo»?

Nuestra sabiduría es reconocer esta verdad, y actuar según ella como en toda otra verdad que conocemos. Dios nos ha mostrado la caída y la ruina de la Iglesia, y que todo lo que no se mantiene en este principio del cuerpo de Cristo, estará siempre en el error. Si pienso solamente en la ruina de la Iglesia, no habrá para mi confianza, ni felices progresos según el pensamiento de Dios: el hecho de la ruina me servirá de excusa para no hacer nada. Pero aquellos que creen que Dios tiene una Asamblea, donde ella esté, actualmente, en un estado de confusión, deberían, si son miembros, estar afligidos y humillados; y deberían tener cuidado de no actuar con inconsecuencia. Puede que no haya más que un pequeño número que, confesando esta verdad, se reúnan, pero el Espíritu de Dios actúa allí tan verdaderamente como lo hizo antiguamente. ¡Dios nos guarde de decirlo para alentar la presunción! Porque yo mismo, no desearía reunirme con personas que tengan la orgullosa pretensión de ser la Iglesia de Dios, por lo demás no más que otras personas que se reúnan sobre otro terreno. Que nos quedemos firmemente apegados a la verdad y esto en la práctica, sin pretender ser mas de lo que realmente somos, e igualmente sin probar de reunirnos de otra manera o alrededor de otro nombre que no sea el Suyo, siempre reconociendo francamente el estado de ruina actual. El único principio perfecto y sagrado para reunirse es el solo cuerpo, el cuerpo de Cristo.

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V. 28 - 31

Leemos enseguida el verso 28: «Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros, luego los que hacen milagros, después los que sanan, los que ayudan, los que administran, los que tienen don de lenguas». Notamos el mismo plan mas arriba; el apóstol coloca en último lugar lo que los Corintios habían colocado en primer lugar. «Primero apóstoles», y en el último lugar los «diversos géneros de lenguas». Ninguno de los hermanos, sin embargo, poseían todos los dones, como lo vemos en los versículos 29 y 30: «¿Son todos apóstoles? ¿Son todos profetas? ¿Todos maestros? ¿Hacen todos milagros? ¿Tienen todos dones de sanidad? ¿Hablan todos lenguas? ¿Interpretan todos?» Además, son colocados en la Iglesia sobre la tierra y no en el cielo. Es una unidad real, viva, puesta en práctica. Así que nacionalismo o asociación voluntaria están excluidos como el Romanismo. Todos estos niegan el solo cuerpo tanto en principio como en la práctica.

El capitulo termina con una exhortación de «desear ardientemente los dones de gracia mas grandes», es decir aquellos que proporcionan edificación, aunque parezcan que tengan menos apariencia, pero con mas poder y de edificación para la asamblea.

 

CAPITULO XIII

Antes de considerar el capítulo XIV en detalle, desearía agregar algunas palabras para enlazar la primera parte, con el capítulo XIII, a lo que ya hemos visto. He mostrado que el capítulo XII, pone la base de un gran principio, no tanto de «dones», que es lo que se llama «dones de gracia espirituales», la palabra «espiritual» va mucho más allá que los dones particulares. Lo importante es que pertenecen al Espíritu. Pero más importante que todo no son tanto los dones en los cuales el poder del Espíritu se manifiesta de diversas maneras, sino por sobre todo la presencia de Dios revelada bajo esta forma y en esta energía particular, que el Espíritu Santo esta aquí para actuar en soberanía en la Asamblea.

Es pues un asunto que va más lejos, y tiene una importancia mayor que la manifestación de los dones particulares; y no debemos olvidar que ella está contenida en la doctrina del capítulo XII. Muestra, sin duda, que hay diversas formas por las cuales el Espíritu actúa. ¿Pero quien es el que actúa? Dios mismo. Y no es solamente en el sentido general donde se dice que Dios hace todas las cosas; sino la verdad solemne colocada delante de nosotros, y que cada uno de nosotros debe estimar en la medida en la cual pueda apreciar las cosas divinas, es ésta: Dios está presente, de una manera nueva e íntima, como Él nunca lo había estado antes del cumplimiento de la Redención, y como no podía estarlo sin esta Redención. Esto aclara todo el tema en el capítulo donde entramos.

Sabemos muy bien que Dios ha intervenido en todo tiempo, en la historia del mundo. Nunca ha faltado en dejar algún testimonio de Su poder y de Su bondad. Pero esto no es otra cosa sino tenerlo a Él mismo tan presente, que nos da su carácter en el lugar donde le ha placido venir y hacer Su habitación. No es, que se entienda bien, algo que sea ahora una señal visible de esta presencia, como lo era en el caso de Israel. Ellos eran necios, y, como esto concordaba con el carácter de Sus caminos generales, Jehová les había dado una prueba palpable de Su presencia. La nube lo anunciaba. Esta daba al israelita la veracidad de que Dios habitaba allí como Él no lo había hecho nunca antes. Si habían sido rescatados desde Egipto, tenían a Dios mismo haciendo su habitación en medio de su pueblo. Pero esto no era más que una señal — tal era la naturaleza — de parte de un Dios del cual no podían acercarse demasiado, de un Dios que, a propósito, destacaba el estado de pecado del pueblo que poseía una proximidad relativa con Él. El pecado estaba en medio de ellos, y no había aun ofrenda que pudiera quitarlo para siempre.

Ahora, al contrario, el fundamento de la presencia o de la habitación de Dios con nosotros, es el hecho glorioso que el pecado ha sido juzgado en la cruz, y que en consecuencia Dios puede estar presente, no solamente judicialmente o con alguna señal de Su gloria, sino en toda la realidad de Su gracia. Esto tiene lugar naturalmente sin colocar término a la era de nuestra responsabilidad y sin salirnos del camino de la fe, sino que por el contrario para fortificarnos. Así el punto capital de todos estos capítulos, es este: todo lo que no conviene a la presencia y al carácter del Dios de toda gracia, que es Él mismo en medio de su pueblo, no es conveniente para ellos. El asunto es, no de ser cristiano, sino se trata de la verdad, del amor, de la justicia en la dependencia de Dios, en el uso de los medios que Él nos da para glorificar al Señor Jesús, por el Espíritu en su Asamblea.

Dios está allí en medio de nosotros: no solamente permaneciendo en cada uno, lo que es perfectamente una verdad, sino haciendo en nosotros, cuando nos reunimos su habitación. Este principio esta expuesto no solamente en el cap.XII, sino en el cap. XIII, como también en muchos pasajes en toda la epístola. Debemos recordar que Él actúa con una presencia no futura, sino que actual sobre la tierra. En el tiempo de los Corintios, Dios actuó enseguida después de la victoria del Señor Jesús sobre Satanás, de tal manera que sucedían sanidades y poderes milagrosos, el fruto de una victoria completa sobre las consecuencias que el pecado había traído a este mundo en juicio de parte de Dios. Pero al lado de esto, estaban aquellos que tenían un valor permanente para el testimonio de Dios aquí abajo: la gracia, por ejemplo, edificando a los miembros del cuerpo de Cristo por medio de doctores y otros, la palabra de sabiduría, la palabra de conocimiento, etc. Sin retrasarnos más, recordemos simplemente estos dos grandes hechos: la habitación de Dios sobre la tierra; y esta habitación, aunque realizada en cada lugar en particular, realmente une por todas partes donde se encuentra. Esta unidad está ligada al hecho de que el Espíritu Santo esta allí, incapaz de mostrar por su presencia otra cosa que no sea la unidad. ¿Quién no ve un Espíritu, no solamente actuando por medio de cada don, sino imprimiéndoles la unidad a todos los miembros del cuerpo?

Insisto sobre eso, porque no hay un solo sistema religioso sobre toda la tierra, que no haya, en alguna manera, perdido esta unidad, especialmente en aquellos que se enorgullecen más. Tomad, por ejemplo, la Iglesia de Roma, Después de todo, igualmente hay en el Romanismo, una fuerte proporción de lo que se podría llamar independencia, si se considera sus parroquias separadas, sus distintas diócesis, etc., pero también sus ordenes monárquicas totalmente diferentes y opuestas a esta verdad. Lo que les da una apariencia de unidad, es que tienen un solo jefe en su conjunto. Los católicos y otros también, hablan de la unidad doctrinal, de la disciplina y de otras cosas semejantes, pero no ven como quedan alejados del «solo cuerpo». Se podría tener muy bien la misma doctrina y la misma disciplina en una docena y media de cuerpos, sin que hubiera ninguna unidad; como, por ejemplo en las diferentes sociedades metodistas, o en las iglesias prebisterianas, que están también separadas, las unas de las otras las cuales son también otras denominaciones. ¿Y cual es el valor de la unidad en una secta? Cada una puede tenerla. «La unidad del Espíritu» es divina; y todos los santos están en obligación de guardarla.

Pero cuan diferente en el pensamiento de Dios es la Unidad de la Iglesia— ¡cuan distinto a la Escritura! Porque allí, no vemos «un Espíritu» y muchos cuerpos, aunque con una forma de gobierno similar, pero un Espíritu y un cuerpo. Que bendición, queridos amigos, saber que esta unidad es nuestra, y no ciertamente en un sentido de exclusivismo. Muy por el contrario, y que esta unidad que nosotros tenemos los unos con los otros, tema que siempre tenemos necesidad de corregir en nuestros corazones tan estrechos, es aquel que mantenemos con todos aquellos que a Él le pertenecen. No es en un lugar desconocido que deseamos hacer entrar a los santos; y no es algo que deseamos ardientemente, en forma egoísta, como un objeto querido a nuestros corazones, y que proclamamos muy alto a causa de esto, ¡NO! nuestro único motivo es que esta unidad es la verdad, la Unidad del Espíritu según la voluntad de Dios. Es una relación, y una relación en gracia, que nuestro Dios ha establecido por la presencia de Su Espíritu para todos lo que son de Él sobre la tierra; y el diablo hace los mas grandes esfuerzos para impedir la manifestación, para destruir la inteligencia, y por consecuencia la acción que ella ejerce sobre los pensamientos y los caminos de los santos según Dios. Insisto sobre eso porque, no se trata tanto del asunto de la introducción del mundo en la Iglesia, sino sobre todo de la verdad solemne que los santos han perdido hasta no tener la verdadera noción de la Unidad. También, considerando las diferentes denominaciones que existen alrededor de ellos, la mayoría tienen un sentimiento de orgullo, en lugar de comprender la vergüenza y la tristeza de la injuria hecha al nombre del Señor. Pero igualmente si están con esta aflicción, que se levanten, sin esperar para hacer la voluntad del Señor; porque el obedecer, es mejor que los sacrificios, y su ejemplo dará mas fuerza a este principio. ¿Por qué continuar en un camino que no es escritural? ¿Quién se los pide? Ciertamente que no es el Señor.

La doctrina del cap. XII es que. «Dios ha colocado a unos en la asamblea, primeramente apóstoles, etc.» (Verso 28). Esto significa que Dios deja a un lado todos los arreglos que el hombre puede hacer con el motivo de evitar dificultades, para mantener aquello que le llama”sus derechos”, y para asegurarles lo mejor posible contra los golpes. Los hombres tienen la idea que, para aquello que considera como cosas divinas, no existe la verdad, sino solamente «impresiones»; de manera tal que es imposible que allí donde las almas se reúnen libremente, no haya dificultades y peligros. Admitimos todo esto. Si tenemos la idea que saliendo de allí donde estamos y colocándonos sobre el terreno de la verdad de Dios en cuanto a la Iglesia, no encontraremos dificultades, sino que al contrario evitaremos tropiezos, nos engañaremos ciertamente nosotros mismos. Y, queridos amigos, es mucho mejor que nos convenzamos desde el comienzo, y que recordemos que nunca Dios ha prometido a Su Asamblea que no tendría pruebas. Al contrario, hay y en abundancia; pero ¿eso es todo? ¿La Iglesia no es una asamblea de personas piadosas, que se reúnen y buscan la gracia de poder soportarse con paciencia la una y la otra? No, es la habitación de Dios; ¿y Dios no se encuentra allí? Está, en verdad, manifestándose Él mismo no por la nube cono en los días pasados, sino por el Espíritu Santo— como la Palabra lo dice : «la habitación de Dios por el Espíritu». El Espíritu Santo ocupa ahora por nosotros el mismo lugar que ocupaba la nube de gloria para Israel; y lo que en ese entonces era una señal visible pero gloriosa, ahora es una persona divina en poder. Porque si hay una persona de la divinidad a la cual le pertenezca el obrar en poder, es el Espíritu Santo. Cualquiera que sean los designios del Padre, y cualquiera que pueda ser la obra que el Hijo cumpla para dar efectividad a esos designios, es siempre el Espíritu Santo, enviado del cielo, el agente de ejecución en el hombre; que ahora ha tomado este lugar. Este es el secreto de la unidad. ¿Qué es lo que hace que la Iglesia sea la Iglesia de Dios? No es solamente la presencia de miembros piadosos, sino el hecho de la presencia del Espíritu Santo. El asunto es saber si creemos realmente en esta presencia, y si contamos con ella. Si es así, nuestra fe será puesta a prueba; pero encontraremos que la fe, aunque no la prueba, no es jamás engañada. Si hemos llevado allí alguna incredulidad latente, algunos pensamientos naturales en el hombre, algunas pretensiones personales, sin duda seremos decepcionados; pero esto se volverá en bendición. Es bueno ser reprendidos por el Señor; y Él nos conduce allí donde Él puede tener relaciones con nosotros como presente en medio de nosotros, y actuando para Su propia gloria.

Todo esto es el tema del capítulo XII, y prosiguiendo, el apóstol recuerda a los Corintios que hay algo mejor aun que los dones: y es el amor. Tal es el tema y el lugar del cap. XIII. Si pensamos en la naturaleza de Dios, no hay duda de que Él es luz; pero ¿cual es la energía de esta naturaleza? Es el amor. Es el amor activo que viene de Dios hasta nosotros, trayéndonos la bendición. Como Dios ha colocado Su lugar en la asamblea, no puede ser un asunto de su ley como lo fue en el caso del pueblo terrenal que no podía aproximarse a Él, porque Dios mismo estaba allí. Su presencia no está simplemente expresada por la “gracia”. El amor es la energía de la naturaleza divina, como la gracia es su medio especial con respecto del mal que por sobre ella se levanta. Así el amor puede encontrarse allí donde no es el fondo del objeto del cual se ocupa, porque es la expresión de la naturaleza divina que tiene sus delicias en el bien y donde la actividad la hace triunfar. Esta verdad es desarrollada de manera más preciosa en el capítulo XIII. Es lo que Cristo nos ha hecho conocer de Dios; y que el Espíritu desearía ahora ejercer en nosotros.

Es imposible que la Asamblea de Dios prospere o goce de la verdad si el efecto producido por la verdad no la libera de lo que sería un obstáculo al amor, y no juzga la raíz misma que traba el ejercicio de este principio divino. Así el apóstol insiste sobre el hecho de que, aquello que pueda tener el valor de la profecía o del conocimiento o de cualquier otro don, desaparecerán tarde o temprano. Convienen sólo en una condición imperfecta que después de todo forman parte de nuestra existencia aquí abajo. No es así con el amor; como Aquel que es la fuente, el amor permanece y no cambia. Pero es un hecho bendito que el amor es también algo presente, y jamás ha sido mas necesario que ahora, como una fuente de actividad santa para el creyente individualmente o en la iglesia. El apóstol lo declara en el último versículo de este capítulo: «Luego ahora permanecen estas tres cosas: la fe, la esperanza y el amor; pero el mayor de todos es el amor.»

 

CAPITULO XIV

En el capítulo XIV, no tenemos el principio (tema del cap. XII), ni la fuente del poder (Cap. XIII), pero si la practica, la manera en la cual se aplica la gran verdad de la cual hablamos. Es verdad que no oímos mucho hablar de los dones en el capítulo XIV, porque suponemos que lo hemos leído en el Cap. XII. Dios ha escrito su Palabra de una manera que nos evita tanto trabajo, ni textos separados, que los hombres emplean en sus predicaciones. En efecto, esta manera de proceder separa las Escrituras las unas de las otras, y toda la fuerza que ellas cumplen de su relación los unos y los otros es destruida. Al contrario, Dios ha escrito toda su Palabra para que se la estime muy en alto, como exigiendo la dependencia del Señor, para que podamos gozarla plenamente, aunque ella no pueda ser comprendida totalmente al momento. ¡Cuan sabio es que sea así! Agradezcámosle de que Su Palabra esté escrita de tal manera de que ninguna alma después del comienzo del mundo haya podido sondearla jamás — no hasta los apóstoles y profetas. Agradezcámosle de que su Palabra nos llama a colocarnos en el lugar de aquello que se enseña (Isaías 50:4). Más conocimiento no da Dios, mas desea hacernos sentir cuanto nos falta por aprender; somos guardados allí, y Él desea que lo seamos, en actitud de dependencia. Sin duda esto no conviene al mundo; a el le conviene mucho mas hablar como si todo estuviera aclarado; mientras que al contrario, si se reduce la Escritura a una ciencia, encontraremos cuan poco se le conoce.

El alcance destacado es este, que el cap. XIV es una porción integra del gran tema comenzado en el cap. XII; y que el capítulo XIII no es, como los hombres suponen, un simple paréntesis sobre el amor, sino un elemento directo y necesario del tema. ¡Porque cual puede ser el valor del amor individual, aunque si muy necesario, cuando somos conducidos a una posición de tal proximidad, donde hay tantas ocasiones para el afecto, tanta necesidad de paciencia, de fe, tanto peligro de estropearlo todo por la carne y por la voluntad propia!

Sin duda que el hecho de que nos reunamos como la Asamblea de Dios, supone nuestra redención. No se trata allí de algún don o de una doctrina particular, sino de la presencia de Dios que nos ha rescatado, — a fin de que Él pueda gozar con nosotros, y nosotros con Él, de todo lo que Él nos ha dado. Tal es la comunión de la Asamblea. Ella tiene entonces el lugar donde el amor encuentra su ejercicio pleno; y no vacilo en decir que no se que haya en otro lugar una esfera para el amor, parecida a la que se nos da ahora. La tendremos, de otra manera, en el cielo, y en una plenitud sin mezcla para la eternidad. Allí todo será naturalmente perfecto y gozos verdaderos; pero aquí, en un tiempo de dificultades, de penas, de pruebas, en una situación donde tenemos que caminar constantemente por sobre las circunstancias, encontramos una esfera donde el amor puede crecer, y sus resultados aflorar maravillosamente.

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Los dones, que el apóstol ha mencionado en el cap. XII son indicados en el Cap. XIV es una locura pretender, como lo hacen los incrédulos, que el cap. XIV no contiene nada que sea de la misma naturaleza que el cap. XII. Pero es útil mencionar aun un punto antes de abordar el tema general que ocupa al apóstol. Al comienzo del capítulo, coloca en contraste la profecía y las lenguas, y habla de la profecía en estos términos: «Aquel que profetiza habla a los hombres para edificación, exhortación y consolación » ( verso 3). Muchos piensan que esto significa que el que habla para exhortación y consolación, profetiza. Se ha comprendido mal al apóstol. No podéis invertir la frase manteniendo la verdad. El apóstol desea decir que aquel que habla en una lengua no edifica, ni exhorta, ni consuela; aquel que profetiza hace esto. La verdad es que la profecía es el carácter mas elevado de la comunicación divina para el hombre. La profecía no significa: mostrar el futuro, sino poner al alma en contacto con Dios. Vemos un ejemplo en el caso de la mujer samaritana. Lo que Cristo le dice, tiene por efecto evidente de colocar a Dios mismo frente a su conciencia, y su espíritu se abre a la convicción que Aquel que le hablaba era un profeta. La profecía es pues el medio de comunicación, más intima y más directa empleada por Dios cuando él se ocupa de un alma, para dar a esta última la certidumbre de que es el pensamiento de Dios el que ha sido expresado. Naturalmente el hombre que profetiza, edifica; pero hay muchos otros caracteres de ministerios para el alma. La enseñanza trae consolación y exhortación; la predicación del evangelio puede también dar al corazón grandes alientos; estas cosas son sin embargo distintas de la profecía.

Ahora el apóstol hace resaltar dos dones (resalto esto. con el motivo de ayudar a comprender el plan general del capítulo); uno era poco estimado y el otro elevado muy en alto por los Corintios. Menospreciaban la profecía porque no estaban suficientemente ejercitados en el gozo de la presencia de

Dios. Exaltaban los milagros y las lenguas; y el apóstol, de un punto a otro de la epístola, les da advertencias muy serias en cuanto a su pobre estado en este caso particular. En una palabra, andaban como hombres . Amaban el ejercicio intelectual, las especulaciones atrevidas, las olas brillantes de la elocuencia. Todas estas cosas eran fascinantes para ellos. El apóstol no pone en duda de que no tuvieran a la Escritura por objeto; perfectamente podía serlo; pero no gozaban de Dios en relación con sus almas. La razón es simple. Estaban en un estado en el cual el humillarse era extraño. Unos buscaban las causas, otros trataban con ligereza los templos y sacrificios paganos; habían desordenes en el culto; las doctrinas fundamentales eran cuestionadas, algunos, lo sabemos, faltaban a la moralidad, el pecado grosero era valorizado muy ligeramente.

Como lo hemos visto, el apóstol coloca en contraste estos dos dones, la profecía y las lenguas, porque precisamente eran contrarias la una de la otra. Hablar en una lengua era la forma menos elevada de la acción del Espíritu de Dios, mientras que la profecía era una expresión mas elevada. El reprende a los Corintios sobre el hábito de hablar en lenguas en la Asamblea, porque e no apreciaban el real valor de la profecía ¿De donde venía esto? Habían partido de un falso principio. Pensaban que la Asamblea era el lugar donde se manifestaba el poder divino, y como hablar en lenguas era una de las pruebas más sorprendentes y más visibles de este poder, era a su parecer la manifestación mas apropiada para la Iglesia de Dios. Esto no es así, les dice el apóstol, que para conducirlos a una apreciación mas justa, introduce el amor . Nada caracteriza mejor la presencia de Dios en medio de los suyos, que el amor. No hablamos aquí del amor de Dios hacia los rebeldes, que el evangelio proclama para ganar sus almas. Es notable que no sea de ninguna manera un asunto de evangelización en este capítulo, aunque en si sea precioso. En la epístola a los Efesios, el don de evangelista es uno de los caracteres esenciales; también el Señor lo pone particularmente en relieve en sus relaciones no solamente con las almas, sino con la Asamblea. Esto no puede ser olvidado, el don de evangelista siendo uno de los dones dados: « en vista del perfeccionamiento de los santos, para la obra del servicio, para la edificación del cuerpo de Cristo» (Efesios 4: 12). Aquí este don desaparece, porque no es el testimonio del amor de Dios para la Iglesia, y aun menos para el mundo; la presencia de Dios en la Iglesia ante el mundo es el tema de nuestra epístola.

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El pensamiento de los Corintios era que todo lo que se manifestaba en ellos de poder ante el mundo, era un motivo de Asamblea. «No hay lenguas sin un intérprete», dice el apóstol: y nos una cuestión de amor, dice el; y como lo muestra aquí (Cap. XIV: 3), porque no hay entonces consolación, edificación, ni consolación. Luego este es el efecto del amor divino. No puede jamás haber una verdadera edificación sin este amor, obrando de una manera o de otra en las almas, como también actúa en aquel que habla.

El apóstol compara largamente estos dos dones, el de lenguas y de la profecía. Hace resaltar la falta de sabiduría al introducir las lenguas desconocidas en la Asamblea por la simple razón de que serían una manifestación del poder divino. ¿Pero que es lo que sucede enseguida? El Espíritu es colocado ante nosotros de una manera notable en Su acción; y nos es mostrado como los santos, los rescatados incuestionables, poseyendo el poder del Espíritu de Dios, pueden ignorar completamente la voluntad de Dios, por el hecho de que no tienen a la persona del Señor delante de sus ojos.

¡Que imagen viva es la que se nos da, en primer lugar, el hecho de que el Espíritu de Dios ha venido aquí abajo para servir! Su acción podía ser falseada, pero Él estaba allí personalmente. Él no quitaba el poder en medio de la Asamblea porque era mal empleado. Este hecho es solemne, llevando por un lado plena consolación, y por el otro una extrema humillación.

Luego ahora, ¿sobre que reposa este hecho maravilloso de que el Espíritu Santo esté aquí abajo, que permanezca con nosotros, y que estará para siempre con nosotros? No es que los santos merezcan tenerlo, sino que es la consecuencia de

Cristo y de la redención que Él ha hecho. Es la razón por la cual ninguno de los caminos tenebrosos del hombre, ningún incumplimiento de la Iglesia ha conseguido hacerlo partir. El Espíritu de Dios ha permanecido; permanecerá hasta el día en que la Asamblea esté completa. Es pues en vano que algunos pregunten: ¿donde están ahora las manifestaciones del poder del Espíritu santo? El asunto no es ese. Porque lo verdadero es la presencia del Espíritu mismo. Pero notaréis que cuando los Corintios tenían este poder, podía haber y lo había, en efecto, entre ellos la más grande confusión. Luego cuando este poder ya no se manifiesta, la incredulidad viene y destruye todo, porque ignora la gran verdad de la presencia del Espíritu en la Iglesia, y no ve el poder en ejercicio.

Deseo preguntarles, mis amigos, ¿podéis decir que Dios os ha enseñado la verdad sobre la presencia del Espíritu Santo en la Iglesia; o mas bien sois indiferentes? ¿Es la presencia del Espíritu que os reúne para honrar como Señor, a Jesucristo, quien ha sido muerto por vosotros? Cuan triste es constatar que en muchos casos parece no ser así. Temo mucho que ciertos hijos de Dios, que no pueden soportar cualquier enfermedad u otros impedimentos legítimos, se contentan ajustadamente con tomar la Cena, y apenas ven mas lejos, perdiendo así la ocasión de dar culto y de adorar al Señor por Su voluntad y Sus caminos de amor, y son así un obstáculo para su propia bendición. Si se trata de personas que no pueden asistir a las reuniones o que tienen otros impedimentos, serán ciertamente dignos del amor y del respeto soportando pacientemente la privación y la pérdida que por consecuencia tienen. Pero no puedo hacer otra cosa que decir que es un verdadero dolor de ver a los hermanos mostrarse solamente el domingo por la mañana—quedando así en un límite estricto que les da el derecho de guardar nominalmente su lugar, y nada más. Preciosa como es la Cena del Señor, cuando es tomada en la comunión de los santos y conforme a la palabra de Dios, ¡desgraciadamente! pareciera no ser más que otra forma de ritualismo, como si no constituyera el elemento principal, sino la totalidad del servicio cristiano y del culto en público. El Señor no merece esto de parte de los suyos; y Él no desearía recibir tal culto de parte de aquellos que comprenden que es Aquel que está presto a bendecidles cuando se reúnen. ¿No está el Señor allí cuando partimos el pan? ¿Está entonces solamente cuando nos reunimos a Su nombre? ¿No está allí cuando nos reunimos para la oración? ¿No tenemos adoración que ofrecer? O bien suponemos que, porque no tomamos parte activa en el Culto, ¿Él no tiene derecho allí y nosotros, ningún privilegio?

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Lo que vamos describir es ciertamente un verdadero menosprecio de Dios y de su obra; porque Él actúa no solamente en los dones eminentes, sino aun en todo lo que aporta cada «coyuntura », como lo vemos en Efesios. Nos se trata solamente de los hombres que están a la cabeza, sino de lo que cada uno de los miembros de Cristo debe a los otros. Seguramente, mis hermanos, cualquiera que pueda ser el humilde lugar que un santo ocupa en el Cuerpo de Cristo, si le es dado de Dios para Su gloria. Si creéis a la Escritura, no podéis negar que la Iglesia sea una realidad aquí; y si es así, no hay ninguna coyuntura del cuerpo fuera de aquellas que están indicadas, sea para recibir el bien, sea para comunicarlo. Sin duda, una de las principales causas de nuestra debilidad reside en la poca fe que cada santo tiene en cuanto a la importancia de lo que puede encontrar en los otros. Dios no actúa sea en el cuerpo espiritual, sea en el cuerpo natural, independientemente del estado y de la condición de los miembros en particular. El cuerpo de Cristo es un todo viviente, y debería ser un todo inteligente. El Espíritu habita y actúa en la casa de Dios, ¿No es un Espíritu « de poder, y de amor, y de consejo»? ¿Esto es verdad solamente en aquellos que entienden la voz en las reuniones de los santos? ¿No es verdaderamente de cada santo en el cual el Espíritu habita, y que es parte constituyente de cuerpo de Cristo?

Tengamos pues mas fe en lo que Dios ha escrito para la bendición común de todos, y más confianza en el empleo que el Señor hace de aquellos que pueden ser pequeños y débiles. La acción del Espíritu sobre la nueva criatura está además en juego cuando estos últimos están presentes. Nuestro rol no es el de criticar, o de estar descontentos por esto o aquello, y además no debemos favorecer el espíritu sectario, porque todo esto afligiría al Espíritu de Dios; porque entonces desearía mejor que no nos reuniéramos. ¡Que diferencia cuando las almas tienen la certidumbre de que Dios está allí y que saben que cada uno de nosotros es parte de lo que Le glorifica! ¿Cómo puede ser esto así? Porque en amor, encontraremos la edificación de todos, y permitidme hacer notar, que no es solamente en los discursos, o en la oración, sino en el tono general que influye sobre la bendición, sobre que espíritu tenemos cuando estamos reunidos. Luego, ¿cuando estamos reunidos, estamos realmente en la verdad de esta reunión, nuestras almas se elevan a Dios en oración, en adoración, o en alguna otra manera? el Espíritu conoce todos los corazones, ya es una persona divina la que está con nosotros, y debemos darnos cuanta hasta que punto somos un estorbo o respondemos al motivo por el cual el Espíritu está allí, y por el cual estamos reunidos, es decir: la gloria de Cristo.

Como los Corintios razonaban de una manera enfática sobre el asunto de las lenguas, el apóstol los reprende vivamente, y le pide (verso 7), que el efecto sería producido, si las lenguas no fueran una confusión de sonidos; emplea figuras para convencerles de lo absurdo de lo que era solamente una mezcla de ruidos imposibles de distinguir en los unos y en los otros. Les repite con insistencia de que el orador debería ser comprendido (verso 11-17). El mismo hablaba más lenguas que todos ellos, pero deseaba en la asamblea proferir cinco palabras con su entendimiento, con el fin de instruir a los demás, que diez mil palabras en lenguas (verso 18,19). Llega a decirles que aun eran niños . « Hermanos, no seáis niños en el modo de pensar, sino sed niños en la malicia, pero maduros en el modo de pensar» (verso 20)

Que sea individualmente o como asamblea, el motivo por el cual Dios nos ha rescatado es para Su propia gloria y Él nos forma ahora para esta gloria por medio del Espíritu, que está con nosotros, el Espíritu sobre el cual somos invitados a descansar , espíritu donde la actividad y el gozo son de exaltar y de alabar a Jesucristo. Él ha enviado al Espíritu aquí y debemos contar con Su acción, cualesquiera que sean las dificultades que encontremos.

La Iglesia de Dios tiene derecho, en virtud del Espíritu que tiene, de buscar la luz divina; y no debe actuar en la oscuridad, pero si oír a Dios con la certidumbre de conocer Su pensamiento. Ciertamente, no niego que en ciertos casos, puede haber errores, pero entonces hay siempre un hecho que explica como el error ha sido producido. Suponed que en un caso grave de disciplina, se haya actuado en forma muy apresurada y sin los testimonios requeridos, uno podría sorprenderse de no haber tenido la dirección del Señor. Es un principio escritural simple que « para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra » Es una cosa extremadamente humillante para una asamblea el deber reconocer que se ha actuado injustamente; porque el hecho mismo de nuestra reunión debería servir para corregir las exasperaciones y facilitar a los individuos lo que podría faltarles. Todo esto es cierto, aunque lo es si se está realmente sumiso al Señor.

Tenemos el derecho de esperar la dirección de Dios; pero se admite con pena que puede haber errores cometidos. La asamblea no es más infalible que el cristiano tomado como individuo. Esto hace que la Asamblea es la Asamblea de Dios, no solamente que está compuesta de cristianos, sino que Dios le concede Su presencia— Dios está presente y actuando por su Palabra. Es el terreno por el cual somos colocados para esperar ser dirigidos. Pero esto es verdad también en un individuo. Posee la presencia de Dios es él, ¿pero esto lo hace infalible? La verdad es que la infalibilidad no existe mas que en Dios mismo; pero debemos también mantener que un individuo es guiado en la medida donde espera en Dios; y naturalmente en la medida donde la asamblea depende de Dios, gozará por gracia del mismo privilegio. Pero no hay allí algún lugar para pretender que el individuo o la Asamblea no pueden cometer un error por la mucha precipitación, aunque sea menos probable si es un asunto de la Asamblea y no del individuo. Debemos orar para poder ser vigilantes, y no olvidemos que es precisamente porque la gracia de Dios nos ha colocado en la Asamblea que Satanás busca sin cesar abatir y deshonrar por nuestro medio el nombre del Señor Jesús allí donde su presencia es reconocida.

Esto debería enseñarnos a apoyarnos sobre el Señor, y, como Asamblea de Dios ser fieles a Su Palabra. Pero es de una total importancia recordar que la Asamblea de Dios esta ahora en un estado de ruina, y que no podemos fiarnos de los que proclaman la preciosa verdad de la presencia de Dios en la Asamblea, sin tener el sentimiento del actual estado de ruina. Tenemos gran necesidad de recordarlo porque si perdemos de vista esta verdad, estaremos en peligro de que nuestra presunción nos prive de la acción del Espíritu de Dios.

Es igualmente de todo individuo conducido a Dios por nuestro Señor Jesucristo. No es solamente que es conducido por la fe; lo que es perfectamente verdadero; pero al mismo tiempo la confesión de su ruina total arroja a su alma en el polvo, pero no sin el sentimiento de la bendición en la cual es introducido. Es lo mismo ahora que Dios no nos ha colocado en relaciones de intimidad con Él como Asamblea, sino que nos ha mostrado el estado de la Iglesia en general. De todos los hombres que están sobre la tierra, aquellos que han recibido tal favor deberían recordarlo más y mostrarlo en la práctica.

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Vemos aun en el transcurso de este capítulo otro punto interesante, es que tal como Pablo ha conocido a la asamblea, la acción era muy semejante a aquella que a nosotros nos es familiar. Enumera, la oración, las acciones de gracias, las bendiciones. El centro de estas cosas es la mesa del Señor, como en los capítulos X y XI lo hemos aprendido. Aquí, por otra parte, está la acción y la presencia del Espíritu santo. Pero encontramos en este capítulo los mismos elementos que encontramos en nuestros días, aunque naturalmente no estén allí todos.

Vemos también claramente en este pasaje, que aunque una

« lengua » podía ser una señal poderosa para los incrédulos, el apóstol prefería mucho más lo que podía hacerse sobre y por la inteligencia, para la edificación de todos. Toma un cuidado particular de hacer notar que su sentimiento sobre este tema no viene de la envidia o del hecho que tendría en menos los dones de algunos de ellos, de los que se enorgullecían. El apóstol no tenía ninguna razón personal para denigrar los dones de los cuales habla; porque dice en el verso 18: «Doy gracias a Dios que hablo en lenguas mas que vosotros.» Pero lo que el Señor desea es la edificación; y el crecimiento de los santos es inseparable de la actividad del amor divino hacia ellos, en la verdad y por ella. Insiste entonces sobre este punto. Todo lo que, de una manera u otra, no era para edificación, no convenía para la Asamblea.

Podría decir aquí que esto debería en principio guardarnos de la envidia de singularizarnos entre los santos; como, entre los jóvenes, de la vanidad de hablar sobre pasajes difíciles. Sin duda, insistiendo sobre porciones de la Palabra de Dios que revisten este carácter, crearemos un interés ficticio, e igualmente dando de un simple texto una aplicación en la cual nadie había soñado anteriormente, esto me ha parecido siempre muy mezquino; estoy persuadido, por otro lado, que esto muestra una ausencia a la vez de juicio de si mismo y del serio deseo de edificar a los santos. Lo que es preciso buscar, es lo que hará conocer más a Dios. ¿Concebís que Pablo actuara así? Encuentro precisamente lo contrario en nuestro Salvador amado. Era la perfección absoluta de la gracia y de la verdad. ¡Ved como toma en sus enseñanzas los hechos más simples, los temas más comunes de la vida cotidiana! ¡Como toma por ejemplo a la mujer que barre el suelo de su cocina por una moneda de plata perdida; o al pastor buscando a su oveja perdida! Los incidentes más comunes son entre sus manos los medios de hacer penetrar hasta el alma las verdades mas elevadas. Es allí que el poder se manifiesta; introduce a Dios en las cosas comunes de la vida y hace de esas cosas el testimonio de su interés para nuestras almas. ¡Que interés mas precioso, cuando vemos la dignidad y la gracia del Señor en las cosas triviales de cada día! Esto nos muestra a Dios actuando para Él. En cuanto a la novedad en la predicación, teniendo la pretensión de ser original, puede ser ingeniosa e inesperada como un fuego artificial; ¿pero que es, si no podemos fiarnos de eso, o saber si es verdadera o falsa? ¡Cuan diferentes son los caminos de Dios en Cristo de todo esto!

Hablo de esto con motivo de dar una forma práctica al principio mismo que estaba en cuestión en los Corintios. Estaban ocupados de lo que podía sorprender y golpear, y no de lo que debía ayudar al crecimiento del alma en el conocimiento de Dios mismo.

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El apóstol aborda otra consideración en el v. 21, El atrae la atención sobre las Escrituras del Antiguo Testamento que hablan de las lenguas extranjeras. Cada vez que el pueblo de Dios había tenido contacto con otras lenguas, esto se volvía en contra del el. Si Israel quedaba en su integridad, esos sonidos extranjeros habían tomado distancia. Pero si era, al contrario, un ataque contra ellos, era cada vez que los sacaban de su terreno. Los Corintios debían meditar en esto: las lenguas extranjeras, en el caso de Israel, no eran algo muy bueno; porque no era ningún honor para los judíos.

¿Pero porque entonces las lenguas? el apóstol dice : Así que, las lenguas son por señal, no a los creyentes, sino a los incrédulos ; (verso 22). Los Corintios las empleaban como una manifestación de Dios entre los creyentes; — ¿no era faltar extrañamente de inteligencia? «Pero la profecía», —precisamente lo que ellos menospreciaban, —« es una señal, no a los incrédulos, sino a los creyentes » Tal es su uso directo, Sin embargo les muestra otra cosa aun, es que, aunque la profecía no era un empleo directo cuando es dirigida a los incrédulos, podía tener sobre ellos un efecto poderoso, que las lenguas no lo tenían. Hace aquí una suposición notable (verso 23): « Si, pues, toda la iglesia se reúne en un solo lugar, y todos hablan en lenguas, y entran indoctos o incrédulos, ¿no dirán que estáis locos?  » Tal era el efecto, cuando se suponía que hablaban todos en lenguas; (y si esto era bueno para uno, pensaban que era bueno para todos). Pero (v.24): « Pero si todos profetizan, y entra algún incrédulo o indocto, por todos es convencido, por todos es juzgado, lo oculto de su corazón se hace manifiesto el resultado es que el incrédulo es forzado a dar homenaje a Dios publicando que « Dios está verdaderamente con vosotros».

Este es un punto de mucha importancia para nosotros, y deseo que estéis muy atentos. Somos llamados a mirar al Señor con el fin de no ser un obstáculo en la manifestación de Dios en la conciencia, igualmente lo fuese en un incrédulo. Cuando nos reunimos como su Asamblea, que nunca seamos nosotros los que actuemos, sino que Él lo haga como bien le parece o para lo que Él desea. No seamos impacientes en nuestra acción. Nuestra parte es contar sobre él; sin impedir a los demás, y rehusando ir adelante cuando Él nos conduce. Suponed que haya un silencia, penoso para algunos, — esto no será jamás una señal del poder de Dios, pero, al contrario, una señal que hay un impedimento, — ¡y bien! no dudemos, pero creamos. Él sabe probar y humillar, tanto como consolar. El asunto principal es buscar siempre Su presencia cierta y Su acción. Jamás Él nos ha decepcionado, mientras que lo somos siempre por el hombre. Sin embargo so nos reunimos para quedar en silencio, sino para dar culto de manera de ser oídos, y para ser edificados. El silencio es una cosa excepcional: nuestro Dios no está mudo, pero es el Dios que nos ha hablado, y que nos da ahora hablarle y hablarle de Él. La Asamblea de Dios no es el testimonio de un ídolo mudo, sino el de un Dios vivo y verdadero que está en medio de ella. Deberíamos desear que haya la libertad, cuando nos reunimos, y no una molestia; pero hasta esto último no es tan penoso como la insolencia de aquellos que hablan, porque hay una puerta abierta, y no porque Dios les ha dado la palabra para edificar a su Asamblea.

Oremos para que, cuando nos reunamos, Dios desee manifestar Su presencia en medio de nosotros, y que no haya lugar para lo que no conviene a esta presencia. Es posible que el Señor emplee a un alma muy sencilla: estoy seguro de que Dios puede hacerlo por medio de un hermano que no tenga ninguna instrucción en este mundo, y que a Él le toma placer en hacerlo. Pero no debemos alabar ni a los ignorantes ni a los sabios, ni suponer alguna virtud particular a las circunstancias de los santos; la libertad en la Asamblea es un testimonio y los mas sencillos son los bienvenidos en su deseo de edificar. Pero esto, recordémoslo, es para Dios, no para nosotros mismos. La edificación no consiste en indicar un cántico o leer un capítulo, porque hay un silencio, y que no podemos soportar esperar un largo tiempo; no es tampoco porque un capítulo particular nos aportó personalmente alguna bendición, tengamos que leerlo. ¿Por qué me contentaré en gozar yo mismo de ese capítulo? ¿Tengo la seguridad de que Dios desea que así sea? Esto nos juzga a menudo muy a fondo; pero seguramente cuando es Dios que indica la palabra a leer, los hermanos espirituales lo sienten. ¿Quien es suficiente para estas cosas? Solamente Dios; en la Asamblea nos ha dado de su Espíritu para esto como para todo lo demás.

El motivo importante es pues la manifestación de la presencia de Dios en la Asamblea. Sin duda cuando el apóstol supone que todos profeticen, el caso es simplemente supuesto, pero el principio es verdaderamente universal. Y encontramos, de hecho que una regla importante se deduce de esto.

Encontramos otro punto en el verso 26 de 1ª Corintios XIV:

« ¿Qué hay, pues, hermanos? Cuando os reunís, cada uno de vosotros tiene salmo, tiene doctrina, tiene lengua, tiene revelación, tiene interpretación. Hágase todo para edificación.» El apóstol no condena esto formalmente, Deja la pregunta abierta, debe ser juzgada sobre principios espirituales. No digo que el lo apruebe; menciona simplemente el hecho; pero introduce ahora lo que, en cada ocasión, debe juzgar este hecho. ¿Cuál es aquí el gran criterio? « Que todo sea hecho para edificación » ¿Los Corintios podían decir que lo hacían así? ¿La persona que leía un Salmo, podía decir que al leerlo su motivo era para edificar? ¿Y aquel que tenía una doctrina? ¡Que se examinen y que vean! Uno solo   conocía toda la verdad; es Aquel al cual le place actuar en la Iglesia de Dios. Sería colocarle un desafío a Dios, que un alma osara, en Su presencia, actuar siguiendo su propia voluntad y la inclinación de su corazón. ¿Hay, para una persona no preparada, alguna cosa mas solemne que tomar parte activa en la Asamblea? ¿Que juicio continuo de nosotros mismos hace falta para ver si el motivo que hace actuar a alguien emana de la obediencia simple a la voluntad de Dios?

Insistir sobre esto no detiene la acción de Dios, pero coloca en cuestiona la nuestra; y es por esto que Dios establece el principio. Esto debe llenar el alma de seriedad. Antes de hablar o de leer, un hombre debería pensar en el Señor. No debería indicar un himno, simplemente porque es un himno agradable para el, o porque es su cántico favorito. Todo esto puede ser bueno, y puede perfectamente convenir para la casa del cristiano; pero aquí Dios actúa en vista de la edificación de la Asamblea; y la pregunta es esta: ¿Tengo en mi alma la seguridad que es Dios el que me guía? El Apóstol Pedro declara esto de la manera mas positiva cuando dice: « si alguno habla, habla según los oráculos de Dios» ; conforme a los oráculos de Dios, no sería suficiente aquí. En efecto, alguno podría hablar conforme a la Escritura, y sin embargo hablar completamente sin razón; esto podría no ser lo que Dios desea dar en ese momento, porque solo Él sabe lo que es mejor, y lo que es para Su propia gloria. Esto significa en el fondo que si alguno habla, como oráculo de Dios, esto debe ser de la misma manera y al mismo momento que si Dios hablara. Es algo muy serio. ¿Estoy seguro de que Dios desea dar una palabra en ese momento? ¿Ella conviene a la asamblea de Dios en ese momento? si no estoy seguro, debería esperar. Es lo que el Espíritu de Dios incluye en la exhortación : « que todo se haga para edificación»

Si por un lado es algo solemne, por el otro se encuentra el amor y la libertad. Si soy tímido y temeroso, debo cuidar de no esconder a los demás lo que me es dado para su bien. Así, por una parte y otra, no podemos escapar de un peligro. Aquel que guarda siempre silencio, porque es tímido. ¿Que testimonio podía tener de la gracia que alimenta en su tiempo al rebaño del Señor? Por otra parte, aquel que siempre está presto a mostrarse, ¿de quien es testigo? ¡Desgraciadamente! solamente de su propio espíritu y de su confianza en si mismo. Así, lo que debemos buscar, es que Dios actúe, y ninguna otra cosa debería satisfacernos. El hombre espiritual lo apreciará, y todo hijo de Dios recolectará las bendiciones, aunque el hombre carnal prefiera sin duda lo que a él le halaga. ¡Cuán bendita es la asamblea que camina en la fe, el amor y en la obediencia!

En el verso 27, el apóstol dice: « Si habla alguno en lengua extraña, sea esto por dos, o a lo más tres, y por turno; y uno interprete .»  Si no había intérprete, tenía que callar. La edificación, es la regla absoluta en la Asamblea de Dios.

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Pasemos a otro don, el de la profecía. En el verso 28. Seguramente la profecía no era muy abundante: He aquí lo que a este respecto el apóstol ordena: «Y que los profetas hablen. Dos o tres, y que los otros juzguen» ¿Por qué? Porque Dios piensa en la edificación de su Asamblea. Suponed que una media docena de personas hablan una después de la otra ¿cual sería el efecto producido? Seria verdaderamente demasiadas cosas buenas, y esto desconcertaría sobre todo a los simples. Luego Dios piensa siempre en los pequeñitos; aquellos que son mas fuertes no tienen la misma necesidad de Sus cuidados, al menos de la misma manera. Podrían posiblemente apartarse también del bien; pero Dios, lo repito, piensa en los pequeños. El defiende lo que podría turbar a los simples, o lo que podría sobrepasar su medida . «Que todo se haga para edificación» Así, mientras que el Espíritu de Dios excluye a las lenguas extrañas, a menos que sirvan para la edificación. No permite que la profecía vaya mas allá de la medida que pueda ser para provecho de todos.

El verso 32 nos presenta otra verdad, a saber que los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas. Algunos de los Corintios mantenían (a juzgar por el tono que les hace aquí) que no podían intervenir en la profecía, y que si alguien tenía el Espíritu Santo para hablar, debía hacerlo. Pablo les dice: Vosotros habláis como hombres poseídos por malos espíritus; esto podría ser el caso de un hombre bajo el poder del demonio: ¿pero no tiene el mismo Espíritu de Dios? El Espíritu Santo en sus operaciones, no coloca jamás al hombre en la necesidad de actuar mal. En la Asamblea, no encontramos jamás que el hombre esté absolutamente obligado a hablar. Balaam podía bien haber sido colocado, de una manera extraordinaria en la obligación de expresarse, tal como su asno debió hablar bajo el efecto del poder divino; pero no se puede pensar un instante en una analogía entre ese caso y la acción del Espíritu Santo en la Asamblea de Dios.

Los Corintios estaban en el error, diciendo o pretendiendo que esto era necesario para excusarse de su satisfacción de querer hablar tan a menudo. Es un principio muy importante en cuanto al bien, como lo es como una advertencia en cuanto al mal; porque, como lo dice el verso 30: « Y si algo le fuere revelado a otro que estuviere sentado, calle el primero» La «revelación» tenía esta señal de superioridad sobre todo el resto, la Escritura, no era revelada aun en su totalidad.

«Porque (verso 31) podéis profetizar todos uno por uno, para que todos aprendan, y todos sean exhortados. 
Y los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas; 
pues Dios no es Dios de confusión, sino de paz. Como en todas las iglesias de los santos,»

Ningún poder se libra de la responsabilidad del Señor en cuanto al ejercicio del poder. El Señor ha ordenado el buen uso de cada don por Su palabra; aquí por su apóstol. El poder espiritual debe servir bajo el señorío de Cristo e inclinarse delante de su autoridad. Un poder irresponsable o indomable en la Asamblea no es el fruto del Espíritu Santo.

El versículo 34 nos habla de una clase de personas, y de una solamente en la Iglesia de Dios, a quienes no se les admite que tomen parte en la acción; estas son las mujeres. No es que Dios no les dé a las mujeres dones también preciosos como a los hombres; pero cualquiera que sean los dones que ellas ejerzan, no es en la Asamblea que el Señor les permite hacerlo. Se bien que algunos han considerado esto como una razón para que las mujeres prediquen fuera de la asamblea. Pero la idea de las mujeres predicando al mundo, era una irregularidad que no había sido aún considerada. La Palabra no supone que la mujer haya sido completamente olvidada en lo que pertenecía a su naturaleza. Ninguno de los Corintios hubiera deseado que la mujer fuera, sin enrojecerse, a colocarse ante el mundo, ninguno hubiera aun presentado el caso de «pecadores que se pierden» como una excusa para faltar a la reserva que conviene siempre a ese sexo.

En cuanto a las mujeres de quienes se habla aquí, ellas podían haber dicho— y supongo que lo hicieron—:« Si no podemos predicar, podemos seguramente hablar en un lugar santo como lo es la Asamblea. Allí, la gente no podrá equivocarse, o imputar una falta de dignidad.» Si había un lugar donde las mujeres podían hablar, este debía ser ciertamente en la Asamblea. Pero el asunto es prohibido aquí, y esto no quiere decir que estaban libres de predicar ante el mundo, pero que no podían hablar en ninguna parte en público, lo mismo en la Asamblea. Os recuerdo que el lugar para ellas es en sus propias casas, o con las mujeres; o que una mujer casada pueda hablar con su marido; pero en la asamblea de los santos, esto está prohibido de una manera clara y terminante. ¿Qué hacer entonces? « Y si quieren aprender algo, pregunten en casa a sus maridos; porque es indecoroso que una mujer hable en la congregación.» (Verso 35) El apóstol no supone que las jóvenes no casadas puedan desear hablar en la Asamblea, pero piensa solamente en las mujeres de más edad; las jóvenes podían naturalmente preguntar a sus padres.

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Pablo continua : « ¿Acaso ha salido de vosotros la palabra de Dios, o sólo a vosotros ha llegado?»  La Palabra de Dios no procede de ninguna asamblea, y no es lograda en los santos, por la exclusión de otros santos. ¡Cuan lejos va este principio, cuan importante es para todos! Lo contrario de esto es lo que la Iglesia ha deseado siempre bajo una forma u otra., No conozco ni un solo grupo nominado como iglesia por el hombre, que no haya buscado hacer lo que habría debido ser dejado a la palabra de Dios.¹

¹ Ved a los Congrecionalistas, que se colocan sobre le terreno de la eficacia de las Escrituras. Pero sin embargo yerran desde el primer paso, escogiendo a un predicador, al pastor por un voto de la congregación. Esto nunca ha sido reconocido por las Escritura, y es enteramente opuesto en principio a lo que en ella se encuentra, porque vemos en la Palabra del Señor otorgando los dones, y Dios colocándolos en la Asamblea como el quiere. Ciertamente esto no es un mejoramiento como admitir la nominación de un obispo o la nominación de un protector. Los apóstoles o sus delegados escogían o confirmaban a los ancianos; `pero, después, en las Escrituras, no se han dejado sucesores. Los dones espirituales provenían siempre del Señor, y necesariamente no de alguna intervención humana. Él permanece para concedernos los dones a la Asamblea, pero el hombre no es libre de escoger. La cristiandad pretende tener el derecho de escoger y de dar autoridad, menospreciando los dones de Cristo, Salvo cuando están de acuerdo por casualidad con esta usurpación sin fundamento en la Escritura.

Cuando una Iglesia establece sus reglas, cuando ella formula sus creencias, cuando expone algún principio antes de

actuar por la disciplina por el gobierno o por la doctrina, cuando ella abandona la simple obediencia a la palabra de Dios, cae en el mismo error contra la cual la asamblea de Corinto era advertida aquí. Es evidente que este error no era en realidad sino (no en la forma, sino en el principio) el germen de la condición actual de desorden que existe en la

cristiandad desde el papismo hasta la más pequeña secta del protestantismo. Porque lo que encontramos en esta epístola , no es que la Asamblea de Corinto fuese el único lugar en donde se encontraban los dones el Espíritu Santo, sino una asamblea donde este Espíritu era estorbado, donde ciertas verdades eran pervertidas, y donde los principios humanos podían impedir la acción bendita del Espíritu de Dios. En consecuencia, era responsable, culpable de su intervención en el orden y la autoridad del Señor.

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Se encuentran en este capítulo dos grandes principios que se relacionan con la verdad capital de la presencia de Dios en la

asamblea. Alrededor de este punto central, hay dos obligaciones:

1 º « Que todo sea hecho para edificación» (v.26);

2º «Que todo sea hecho decentemente y en orden» (v.40).

En primer lugar, la actividad de la gracia divina, en segundo lugar la compostura según Dios de sus manifestaciones; porque, lo que sea que hagamos con en el deseo de edificar, debemos someterlo a la autoridad del Señor Jesús. La Iglesia o la Asamblea es para su gloria, la edificación es su motivo aquí, y esto según un orden divino, y siguiendo al palabra del Señor.

Es instructivo hacer notar aquí, como se hace a menudo, que parecía que no había ancianos en Corinto. Lo había en muchas asambleas; y era sin duda deseable que en el momento conveniente los hubiera en todas. Pero en los Corintios no se hace ninguna mención, entonces si, hubieran habido, habría sido razonable decirlo. Esto es importante, porque prueba que ellos no eran esenciales en aquello que Dios llama Su Asamblea. En las epístolas, donde la doctrina de la Iglesia, tanto al respecto de la destrucción como de la restauración, está mas desarrollada, donde tenemos la luz mas completa sobre el tema de La Cena del Señor, de la asamblea de Dios, etc., los ancianos son colocados bajo silencio.

Pero sería mucha ignorancia concluir que allí donde no había ancianos, como por ejemplo, en Efeso, los dones no eran ejercidos, o que la asamblea de Dios no tenía la competencia de actuar como en 1ª Corintios XI, XII y XIV. Es precioso pensar que allí donde no había apóstoles para hacer una elección, el Señor continúa concediendo la presencia de su espíritu. ¿Tenemos la fe para actuar en el terreno de su Asamblea? Luego el ministerio de uno solo, escogido por los hombres ( como lo es en la cristiandad), tiene por consecuencia el negar la acción del espíritu por medio de Aquel que Dios ha escogido como instrumento, y esto en su Asamblea; y esto es también poco escritural con el papado en el catolicismo. Son verdaderamente culpables aquellos que prueban de falsear 1ª Timoteo y Tito, o Apocalipsis II y IIII, de modo de neutralizar la primera epístola a los Corintios, y justificar el ministerio de un solo hombre. Pero este esfuerzo es vano. La Escritura es divina y consecuente con ella misma, no puede ser dividida; y el Señor viene pronto para juzgar a los numerosos «ídolos» (1ª Juan V) de aquellos que llevan Su nombre, y con sus hechos lo niegan.

Tenemos entonces, la presencia del Espíritu de Dios revelando la preciosa verdad que Dios está en la Asamblea. Allí se encuentra la actividad de Su amor que busca la edificación de Sus santos, pero allí también no debe haber ninguna infracción al mandamiento de Aquel que es el Señor (v.37). Todas estas reglas han sido escritas sin duda por el apóstol, pero ellas no son sino los mandamientos del Señor. La palabra de Dios está dirigida a la Iglesia de Corinto—pero no sólo es dirigida a ellos, sino que a todos los santos. El carácter de la Asamblea no es jamás de enseñar, sino el de inclinarse delante la palabra de Dios. La Iglesia no tienen autoridad en esas cosas— no puede dar el nacimiento a ninguna doctrina ni a ningún gobierno. Su posición es el estar sujeta, y naturalmente sujeta al Señor. No es absolutamente exacto decir que la Iglesia está bajo la presidencia del Espíritu de Dios: esta expresión no es escritural. El Señor está en medio de la Asamblea; de allí viene que el apóstol coloca «el Señor» cada vez que es alguna cosa de autoridad. El Espíritu más bien toma una posición de servicio, y por consiguiente (lo he mostrado más arriba) allí donde es una cuestión de operaciones, es Él que actúa en poder; pero cuando se trata de autoridad, es el Señor Jesús que manda. Es pues a Él que el Espíritu nos hace conocer como el que tiene autoridad sobre nosotros cuando nos reunimos, o en cualquier otra ocasión. Tenemos que guardarnos de la trampa de aquellos que se valen del Señorío de Jesús para negar que el Espíritu distribuye soberanamente igualmente como Él actúa en todos.

Cuidémonos entonces, buscando todo lo que sea para edificación, que todas las cosas se hagan decentemente y con un verdadero orden, que nuestra meta sea la gloria del Señor Jesús. Juzguémonos continuamente a la luz de la Palabra, y particularmente dejemos a la Iglesia ser gobernada por esas Escrituras que se aplican en los casos en los cuales está mas expuesta a extraviarse, y donde de hecho generalmente esta falló.

 

 

 

 

 

 

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