Santiago – resumen

Por L M Grant


"Pero la sabiduría que es de arriba, es primeramente pura, luego pacífica, apacible, propensa a complacer, llena de misericordia y de buenos frutos, sin parcialidad, sin hipocresía." 

Santiago 3:17

Santiago (contracción castellanizada de dos palabras latinas, sanctus Iacobus, que quiere decir San Jacobo - Fuente: Nuevo Diccionario Ilustrado de la Biblia de Wilton M. Nelson y Juan Rojas Mayo, Editorial Caribe - Otra variante: Sant Yago - N. del T.) no está dirigida a la Iglesia sino "a las doce tribus que están en la dispersión." El Cristianismo temprano desde el punto de vista de los creyentes Judíos es, por consiguiente, su tema evidente. No había aún ninguna separación de las sinagogas Judías (capítulo 2:2 - VM -"Porque si entrare en vuestra sinagoga un hombre con anillo de oro..."), tal como insiste más tarde la Epístola a los Hebreos sobre esto.

Por esta razón la epístola de Santiago ha sido llamada "la cuna del Cristianismo." Ella trata con principios elementales.

Con todo, no pensemos que no es necesaria para nosotros debido a que suponemos estar avanzados en el conocimiento de la verdad. Si nosotros no hemos aprendido los principios elementales, entonces no estamos aprendiendo correctamente verdades más avanzadas; y es importante, también, que estas verdades primarias deban ser examinadas continuamente para tener una aplicación consistente y práctica del Cristianismo en su totalidad. Puesto que mientras que un estudiante aprende más en los cursos más altos, él también puede olvidar fácilmente lo que aprendió en los cursos inferiores.

Tampoco estas cosas se aprenden cosas por medio de la simple sabiduría natural. Ellas requieren sabiduría de lo alto como una realidad viva en el corazón; y el creyente sabe bien que solamente una comunión verdadera y consistente con el Señor puede mantener esto.

Este libro insiste en la fe mostrada por medio de las obras. No que esto justifique delante de  Dios, pero si lo hace delante de los hombres. Es sólo hipocresía hablar de tener fe y, sin embargo, no mostrarla en la propia conducta.

Esta epístola, por lo tanto, es profundamente necesaria para que los hijos de Dios se examinen en cuanto a las más simples responsabilidades de la conducta.

L M Grant 

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