Sinopsis De Los Libros De La Biblia

— El Evangelio Según Mateo —

JN Darby

(Capítulos 21-28) 

Capítulo 21

Seguidamente, disponiendo de todo lo que concernía a Su complaciente pueblo, Él hace Su entrada en Jerusalén como Rey y Señor, según el testimonio de Zacarías. Pero aunque entró como Rey –el último testimonio a la ciudad amada, la cual, para su ruina, iba a rechazarle–, Él vino como un Rey manso y humilde. El poder de Dios influencia el corazón de la muchedumbre, que le saluda como Rey e Hijo de David, utilizando el lenguaje comunicado en el Salmo 118,63 que celebra el sábado milenial introducido por el Mesías, para ser luego reconocido por el pueblo. La multitud extiende sus ropas para preparar el camino para su manso, aunque glorioso Rey. Cortan ramas de los árboles para darle testimonio, y Él es conducido en triunfo a Jerusalén mientras exclama el pueblo: «¡Hosanná [excepto ahora] al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanná en las alturas!» Felices de ellos si sus corazones fueron cambiados para retener este testimonio en el Espíritu. Pero Dios dispuso soberanamente sus corazones para que dieran este testimonio. No podía permitir que Su Hijo fuera rechazado sin haberlo recibido.

Ahora el Rey va a hacer una examen de todo, manteniendo todavía Su posición de humildad y de testimonio. Por lo visto, las diferentes clases acuden para juzgarle, o para dejarle perplejo, pero de hecho se presentan todos ellos ante Él para recibir de Sus manos, uno después del otro, el juicio de Dios respecto a ellos. Es una sorprendente escena que se abre ante nosotros –el verdadero Juez, el Rey eterno, presentándose por última vez a Su pueblo rebelde con el testimonio más pleno de Sus derechos y de Su poder, y ellos, acudiendo para intimidarle y condenarle, conducidos por su propia malicia efectuada en Su contra, manifiestan su propia condición y reciben el juicio de Sus labios, sin que olvide Él por un momento –excepto cuando purificaba el templo, antes de comenzada esta escena– la posición del Testigo fiel y verdadero en toda mansedumbre sobre la Tierra.

La diferencia entre las dos partes de la historia es distinguible. La primera presenta al Señor en Su carácter de Mesías y Jehová. Como Señor, Él ordena que le sea traído un asno. Entra en la ciudad, según la profecía, como Rey. Él purifica el templo con autoridad. En respuesta a las objeciones de los sacerdotes, cita el Salmo 8, que habla de la manera en que Jehová le glorificó y cómo perfeccionó las alabanzas debidas a Él de boca de los niños, y de los que mamaron. En el templo Él sana también a Israel. Luego los deja, y no se queda en la ciudad, la cual no podía reconocer ya, sino que se marcha fuera con el remanente. El día siguiente, en figura sorprendente, Él exhibe la maldición que estaba a punto de caer sobre la nación. Israel era la higuera de Jehová, pero fatigaba mucho el suelo. Estaba cubierta de hojas, pero no había fruto. La higuera, condenada por el Señor, está seca en el presente. Es una figura de esta desdichada nación, del hombre en la carne contando con todas las ventajas, el cual no llevaba fruto para el Labrador.

Israel, de hecho, poseía todas las formas exteriores de la religión, y eran celosos de la ley y de las ordenanzas, pero no producían fruto para Dios. En lo que respecta a su posición responsable de producir fruto, es decir, bajo el antiguo pacto, nunca lo van a hacer. Su rechazo de Jesús puso fin a toda esperanza. Dios actuará en gracia bajo el nuevo pacto, pero ésta no es la cuestión aquí. La higuera es Israel tal como era, el hombre cultivado por Dios, pero en balde. Todo terminó. Aquello que Él dijo a los discípulos acerca de cambiar de lugar una montaña, mientras que es un gran principio general, se refiere también a lo que debería acontecer en Israel mediante el ministerio de aquéllos. Vistos corporativamente sobre la Tierra como una nación, Israel debería desaparecer y perder su identidad entre los gentiles. Los discípulos eran aquellos que Dios aceptaba de acuerdo a su fe.

Vemos al Señor entrando en Jerusalén como un rey –Jehová, el Rey de Israel– y el juicio anunciado sobre la nación. Después siguen los detalles del juicio sobre las distintas clases de que se componía. En primer lugar, están los sacerdotes y los ancianos, quienes deberían haber guiado al pueblo; éstos se acercan al Señor y ponen en duda Su autoridad. Dirigiéndose así a Él, ocuparon el lugar de los principales de la nación asumiendo el papel de jueces, capaces de pronunciarse sobre la validez de cualesquiera reclamaciones que fueran hechas. Si no era así, ¿por qué tenían que preocuparse por Jesús?

El Señor, en Su infinita sabiduría, les hace una pregunta que somete a prueba su capacidad, y que por la confesión que le dieron demostraron ser incapaces. ¿Cómo juzgarle entonces64? Explicarles Él la base de Su autoridad, era inútil. Era demasiado tarde ahora para explicárselo. Le hubieran apedreado si Él hubiera argüido sobre el verdadero origen de aquélla. Él replicó diciendo que lo decidieran ellos sobre la misión de Juan el Bautista. Si no podían decidir, ¿por qué insistir en ello? No podían. Si reconocían a Juan como el enviado de Dios, habría sido reconocer a Cristo. Negarlo hubiera sido una pérdida de influencia para con el pueblo. En cuanto a su conciencia, no había nada que hacer. Confesaron su incapacidad. Entonces Jesús, declinó su competencia como líderes y guardianes de la fe del pueblo. Se habían juzgado a ellos mismos, y el Señor procede a testificarles su conducta y los tratos de Él con ellos, claramente delante de sus ojos, desde el versículo 28 al capítulo 22:14.

Aunque profesaban hacer la voluntad de Dios, no era cierto, mientras que los declaradamente impíos se habían arrepentido e hicieron Su voluntad. Ellos, al verlo, se endurecieron aún más. No sólo no fue tocada su conciencia natural, ya fuera por el testimonio de Juan o por la inminencia del arrepentimiento en los demás, sino que aunque Dios había empleado todos los medios para hacerlos producir frutos dignos de su acerbo cultural, no halló nada en ellos sino malignidad y rebeldía. Los profetas habían sido rechazados, y Su Hijo también lo sería. Deseaban tener Su herencia para ellos solos. No podían por menos de reconocer que, en tal caso, la consecuencia había de ser necesariamente la destrucción de aquellos hombres impíos, y el ofrecimiento de la viña a otros. Jesús aplica esta parábola a ellos mismos citando el Salmo 118, el cual anuncia que la piedra rechazada por los edificadores debería ser la piedra principal del ángulo. Además, que cualquiera que cayese sobre esta piedra –y ésta sería la suerte de la nación rebelde en los últimos tiempos–, sería reducido al polvo. Los principales sacerdotes y los fariseos entendieron que hablaba de ellos, pero no se atrevieron a poner sus manos sobre Él porque la multitud le consideraba un profeta. Ésta es la historia de Israel, visto sometido a responsabilidad hasta los últimos tiempos. Jehová estaba buscando fruto en Su viña.

Capítulo 22

En este capítulo, su conducta con respecto a la invitación de la gracia es presentada a su vez. La parábola es por tanto un símil del reino de los cielos. El propósito de Dios es honrar a Su Hijo celebrando Sus bodas. Antes de todo, los judíos, quienes ya estaban invitados, son ofrecidos a ir a la fiesta de bodas. Pero no quisieron. Esto fue durante la vida de Cristo. Después, estando todas las cosas preparadas, de nuevo envía Él a Sus mensajeros para obligarlos a venir. Ésta es la misión de los apóstoles a la nación, cuando la obra de la redención haya sido consumada. Ellos menosprecian tanto el mensaje como matan a los mensajeros65. El resultado es la destrucción de esos hombres impíos y su ciudad. Ésta fue la destrucción que cayó sobre Jerusalén. En su rechazo de la invitación, los destituidos, los gentiles, aquellos que están fuera, son llevados adentro en la fiesta, y la boda se llena de invitados. Ahora se presenta otra cosa. Es cierto que hemos visto el juicio de Jerusalén en esta parábola, pero, como es un símil del reino, tenemos el juicio de aquello que está también dentro del reino. Debe haber una disposición para esta ocasión. Para una fiesta de bodas debe haber un traje de boda. Si Cristo tiene que ser glorificado, todo debe ser conforme a Su gloria. Podrá haber una entrada exterior en el reino, una profesión del cristianismo, pero aquel que no esté vestido adecuadamente a la fiesta será echado fuera. Debemos vestirnos de Cristo mismo. Por otro lado, todo está preparado, nada más es necesario. No les tocaba a los invitados llevar nada a la fiesta, pues el Rey proveyó todo. Pero debemos imbuirnos del espíritu de aquello que está hecho. Si existe alguna idea de lo que es idóneo para una fiesta de bodas, la necesidad de ir vestido con traje de boda sería la más apropiada. Si no, el honor del Hijo del Rey sería olvidado. El corazón era extraño a este honor; y el hombre mismo devendrá un extraño en el juicio del Rey cuando Él reconozca a los invitados que entraron con traje.

Así también la gracia ha sido mostrada a Israel, y ellos son juzgados por refutar la invitación del gran Rey a las bodas de Su Hijo. Y luego, el abuso de esta gracia por aquellos que parecen aceptarla, es juzgado también. La introducción de los gentiles es expresada.

Aquí concluye la historia del juicio de Israel en general, y del carácter que el reino asumiría.

Tras ello (caps. 22:15 y ss.), las diferentes clases de los judíos acuden, cada una por turno. En primer lugar, los fariseos y herodianos –es decir, aquellos que favorecían a la autoridad de los romanos, y aquellos que se oponían a ella–, intentan atrapar a Jesús en Su manera de hablar. El bendito Señor les responde con esa sabiduría perfecta que siempre se manifestó en todo lo que dijo e hizo. Por su parte, era malignidad pura manifestando una total falta de conciencia. Era su propio pecado que les había traído bajo el yugo romano –una posición en realidad contraria a aquella que debería haber correspondido al pueblo de Dios sobre la Tierra. Parece que entonces Cristo debiera convertirse en un objeto de sospecha a las autoridades o que renunciase a Su derecho de ser el Mesías, y consecuentemente el Libertador. ¿Quién había suscitado este dilema? Fue el fruto de sus propios pecados. El Señor les muestra que ellos mismos habían aceptado ese yugo. El dinero llevaba muestra de ello: démoslo pues a aquellos a quienes pertenece, y demos también –lo cual no hacían– a Dios lo que es de Dios. Él los deja bajo este yugo, cuyo peso estaban obligados a confesar que habían aceptado. Les recuerda los derechos de Dios, los cuales olvidaron. Tal pudiera además haber sido el estado de Israel conforme al establecimiento del poder en Nabucodonosor, como «una vid de mucho ramaje, de poca altura».

Los saduceos vienen seguidamente ante Él, cuestionándole acerca de la resurrección, con lo cual pensaban demostrar su absurdidad. Así, en cuanto la condición de la nación fue exhibida en Su discurso con los fariseos, la incredulidad de los saduceos es manifestada aquí. Ellos sólo pensaban en las cosas de este mundo e intentaban negar la existencia de otro. Pero cualquiera que fuera el estado de degradación y sometimiento en que el pueblo hubiera caído, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob no cambiaba. Las promesas hechas a los padres permanecían firmes, y los padres estaban vivos para gozar de estas promesas desde entonces. Era la Palabra y el poder de Dios lo que se cuestionaba. El Señor los defiende con poder y evidencia, tras lo cual los saduceos quedaron en silencio.

Los magistrados, sorprendidos por Su respuesta, le hacen una pregunta, lo que da ocasión al Señor para extraer de toda la ley aquello que, a los ojos de Dios, es su esencia, presentando así su perfección, y aquello que –cualquiera sea la manera como se llegue allí– constituye la felicidad de aquellos que caminan en ella. Sólo la gracia se eleva más alto.

Aquí cesan sus críticas. Todo es juzgado, todo es traído a la luz con respecto a la posición del pueblo y de las sectas de Israel; y el Señor dejó en claro los perfectos pensamientos de Dios acerca de ellos, tanto sobre su condición, Sus promesas o sobre la sustancia de la ley.

Era ahora el turno del Señor para proponer Su pregunta, a fin de poner en claro Su posición. Preguntó a los fariseos si eran capaces de reconciliar el título de Hijo de David con el de Señor, que David mismo le dio, y ello en relación con la ascensión de este mismo Cristo a la diestra de Dios hasta que hubiera puesto a sus enemigos por estrado de Sus pies, y Él hubiese establecido Su trono en Sión. Esto era en ese momento toda la afirmación de la posición de Cristo. Ellos fueron incapaces de contestarle, y nadie se atrevió a hacerle más preguntas. De hecho, el comprender ese Salmo hubiera sido comprender todos los caminos de Dios con respecto a Su Hijo en el momento que ellos iban a rechazarle. Esto concluyó inevitablemente estos discursos mostrando la verdadera posición de Cristo, quien, aunque Hijo de David, debía ascender a lo alto para recibir el reino, y, mientras lo esperaba, debía sentarse a la diestra de Dios conforme a los derechos de Su gloriosa Persona –el Señor de David, así como el Hijo de David.

Hay otro apartado de interés aquí digno de observación. En estas entrevistas y estos discursos con las diferentes clases de los judíos, el Señor destaca la condición de los judíos de todos lados con respecto a sus relaciones con Dios, y después la posición que Él mismo tomó. Primeramente, Él les muestra su posición nacional hacia Dios, bajo responsabilidad ante Él, según la conciencia natural y los privilegios que les eran propios. El resultado iba a ser su apartamiento, y la introducción de otras personas en la viña del Señor. Esto es en el capítulo 21:28-46. Luego Él expone su condición respecto a la gracia del reino, y la introducción de pecadores gentiles. Aquí también el resultado es el apartamiento y la destrucción de la ciudad66. Más tarde, los herodianos y los fariseos, los amigos de los romanos y sus enemigos, los supuestos amigos de Dios, dan evidencia de la verdadera posición de los judíos con respecto al poder imperial de los gentiles y al de Dios. En Su entrevista con los saduceos, Él muestra la certeza de las promesas hechas a los padres y la relación en que Dios permanecía con ellos respecto a la vida y la resurrección. Después de esto, Él pone el verdadero significado de la ley ante de los escribas; y luego la posición que Él tomó, el mismo Hijo de David, según el Salmo 110, el cual estaba ligado a Su rechazo por los líderes de la nación que estuvieron alrededor de Él.

Capítulo 23

Claramente se muestra en este capítulo cuán separados son contemplados los discípulos en relación con la nación, puesto que eran judíos. Aunque el Señor juzga a los líderes, quienes seducían al pueblo y deshonraban a Dios con su hipocresía. Él habla a la multitud y a Sus discípulos, diciendo: «En la cátedra de Moisés están sentados los escribas y los fariseos». Siendo los expositores de la ley, tenían que ser obedecidos de acuerdo a todo lo que decía esta ley, aunque su propia conducta fuera hipócrita. Lo que es importante aquí es la posición de los discípulos; de hecho, la misma que la de Jesús. Ellos estaban relacionados con todo lo que era de Dios en la nación, es decir, con la nación como pueblo reconocido por Dios, y consecuentemente, con la ley que poseía autoridad de Dios. Al mismo tiempo, el Señor juzga, y los discípulos también tenían que juzgar en la práctica los caminos de la nación, tal como los representaban públicamente sus líderes. Mientras que formaban parte de la nación, debían ir con cuidado para evitar los caminos de los escribas y los fariseos. Después de reprocharles a estos pastores de la nación su hipocresía, el Señor les señala la manera con que ellos mismos condenaban las acciones de sus padres –construyendo los sepulcros de los profetas a quienes habían matado. Ellos eran, en ese momento, los hijos de aquellos que los mataron, y Dios iba a someterlos a prueba enviándoles también profetas, hombres sabios y escribas, hasta que llenaran la medida de su iniquidad dándoles muerte a todos ellos y persiguiéndolos –condenados así por sus propias bocas–, a fin de que toda la sangre justa que se había derramado, desde la de Abel a la del profeta Zacarías, viniese sobre esta generación. ¡Terrible carga de culpa acumulada desde los primeros odios con que el hombre pecador, situado bajo responsabilidad, ha mostrado siempre al testimonio de Dios; y que crecían a diario porque la conciencia se endurecía cada vez que resistía este testimonio! La verdad se manifestaba tanto más por el sufrimiento de sus portadores testimoniales. Era una roca, puesta en evidencia, que era evitada en el camino del pueblo. Persistieron en su maligno proceder, y cada paso que daban, cada acto similar, era la prueba de una obstinación aún creciente. La paciencia de Dios, que en gracia actuaba en el testimonio, no se había olvidado de sus caminos, y bajo esta paciencia se había colmado todo, acumulándose sobre las cabezas de esta generación réproba.

Obsérvese aquí que el carácter dado a los apóstoles y a los profetas cristianos. Ellos son escribas, hombres instruidos, profetas enviados a los judíos –a la siempre rebelde nación. Esto destaca con claridad el aspecto bajo el cual se los considera en este capítulo. Incluso los apóstoles son «hombres sabios», «escribas», enviados a los judíos como tales.

Pero la nación –Jerusalén, la ciudad amada de Dios– es culpable, y es juzgada. Cristo, como hemos visto, desde la curación del ciego en Jericó, se presenta como Jehová el Rey de Israel. ¡Con qué frecuencia hubiera querido juntar a los hijos de Jerusalén, y éstos se habían negado! Y ahora su casa quedaría desolada hasta que – estando convertidos sus corazones– utilizaran el lenguaje del Salmo 118, y, deseándolo, saludaran a Su llegada al que venía en nombre de Jehová, buscando la liberación de manos de Él y rogándole por ella –en una palabra, hasta que exclamaran Hosanná al que venía. No verían más a Jesús hasta que, humillado su corazón, llamaran bendito al que estaban esperando, y a quien ahora rechazaban –hasta que estuvieran preparados de corazón. La paz debía seguir a Su venida, y el deseo precederla.

Los últimos tres versículos exponen ante Dios con bastante claridad la posición de los judíos, o de Jerusalén, como el centro del sistema. Desde tiempo atrás hubiera congregado Jehová el Salvador a los hijos de Jerusalén como una gallina reúne a sus polluelos bajo sus alas, pero ellos se resistirían. Su casa debía permanecer abandonada y desolada, pero no para siempre. Después de haber matado a los profetas, y apedreado a los mensajeros enviados a ellos, habían crucificado a su Mesías, y rechazaron y mataron a aquellos que Él envió para anunciarles la gracia, incluso después de Su rechazo. Así que no le iban a ver hasta que hubiera arrepentimiento y un deseo de verle en sus corazones, hasta que estuvieran preparados para bendecirle voluntariamente, y confesaran su prontitud para hacerlo. El Mesías, quien estaba a punto de abandonarlos, no sería visto por ellos hasta que el arrepentimiento hubiese vuelto sus corazones hacia el que ahora rechazaban. Entonces, ellos le verían. El Mesías, viniendo en el nombre de Jehová, será manifestado a Su pueblo Israel. Es Jehová su Salvador quien aparecería, y el Israel que le rechazó le vería venir como tal. El pueblo, por lo tanto, debería retornar al gozo de sus relaciones con Dios.

Tal es el cuadro moral y profético de Israel. Los discípulos, judíos, eran vistos como parte de la nación, aunque como un remanente espiritualmente apartado de ella, y dando en ella testimonio.

Capítulo 24

Hemos visto ya que el rechazo del testimonio en gracia acerca del reino, es la causa del juicio que cae sobre Jerusalén y sus habitantes. Ahora, en el capítulo 24, tenemos la posición de este testimonio en medio del pueblo; la condición de los gentiles y la relación en la cual permanecían frente al testimonio rendido por los discípulos. Después de esto, la condición de Jerusalén, subsiguiente a su rechazo del Mesías y del menosprecio por el testimonio; y más tarde, la caída universal al final de aquellos días. Un estado de cosas que deberá cesar a la aparición del Hijo del Hombre, y a la reunión de los elegidos de Israel desde los cuatro vientos.

Debemos examinar este destacado pasaje, presentado ya como profecía y enseñanza a los discípulos para su guía en el camino que deberán seguir en medio de los acontecimientos futuros.

Jesús se marcha del templo, y para siempre –un acto solemne, el cual podemos decir que ejecutaba el juicio que Él acababa de pronunciar. La casa estaba ahora desolada. Los corazones de los discípulos estaban todavía ligados a ella por su anterior elegancia, y dirigen la atención del Señor hacia los magníficos edificios que allí se hallaban. Jesús les anuncia su completa destrucción. Sentados aparte con Él en el monte de los Olivos, los discípulos inquieren cuándo tenían que suceder estas cosas, y cuál sería la señal de Su venida y la del fin del siglo. Ponen en un mismo saco la destrucción del templo, el regreso de Cristo y el final del siglo. Debemos observar que, aquí, el fin del siglo, es el fin del período durante el cual Israel estaba sujeto a la ley bajo el antiguo pacto. Un período que tenía que cesar, dando lugar al Mesías y al nuevo pacto. Obsérvese también que el gobierno de la Tierra por parte de Dios es aquí el asunto, y los juicios que deberían tener lugar a la venida de Cristo, la cual pondría fin al presente siglo. Los discípulos confundían aquello que dijo el Señor acerca de la destrucción del templo, con este intervalo de tiempo67. El Señor trata de este asunto desde Su propio punto de vista –es decir, con referencia al testimonio que los discípulos tenían que rendir en relación con los judíos durante Su ausencia y con el final del siglo. No añade nada acerca de la destrucción de Jerusalén, la cual ya había anunciado. El tiempo de Su regreso estaba expresamente ocultado. Además, la destrucción de Jerusalén por Tito terminó, de hecho, la posición que las enseñanzas de Cristo tenían en perspectiva. No existía ya ningún testimonio reconocible entre los judíos. Cuando esta posición sea retomada, la aplicabilidad del pasaje también comenzará de nuevo. Después de la destrucción de Jerusalén hasta este momento, sólo la Iglesia es tenida en consideración.

El discurso del Señor se divide en tres partes:

1. La condición general de los discípulos y del mundo durante el tiempo del testimonio, hasta el final del versículo 14.

2. El período marcado por el hecho de que la abominación desoladora se halla en el lugar santo (vers. 15).

3. La venida del Señor y la reunión de los escogidos en Israel (vers. 29).

El tiempo del testimonio de los discípulos está caracterizado por falsos Cristos y falsos profetas entre los judíos; por la persecución de aquellos que rinden el testimonio, quienes son delatados a los gentiles. Pero hay aún algo más determinado con respecto a esos días. Habría falsos Cristos en Israel, habría guerras, hambrunas, pestilencias y terremotos. Pero no debían atribularse, porque aún no sería el fin. Estas cosas iban a ser sólo un principio de dolores, pues eran principalmente cosas exteriores. Había otros acontecimientos que los someterían bajo pruebas más pesadas, y los probarían profundamente –cosas desde adentro. Los discípulos serían entregados, dados muerte y odiados por todas las naciones. La consecuencia, entre quienes hacían profesión, iba a ser que muchos se sentirían ofendidos, y que se traicionarían unos a otros. Aparecerían falsos profetas que engañarían a muchos, y por causa de la abundancia de iniquidad, el amor de la mayoría se enfriaría –una triste circunstancia. Pero estas cosas darían oportunidad para que la fe que hubiera sido probada fuese ejercitada. El que resistiese hasta el final, sería salvo. Esto concierne a la esfera del testimonio en particular. Aquello que dice el Señor, no se limita absolutamente al testimonio en Canaán, sino que es desde allí que el testimonio se expande. Todo está relacionado con esa tierra como el centro de los caminos de Dios. Pero, además de esto, el evangelio del reino debería predicarse en todo el mundo para testimonio a todas las naciones, y luego vendría el fin. Ahora bien, aunque el cielo será la fuente de la autoridad cuando sea establecido el reino, Canaán y Jerusalén serán sus centros terrenales. De modo que la idea del reino, mientras que se diseminará por todo el mundo, vuelve nuestros pensamientos hacia la tierra de Israel. Es «este evangelio del reino»68 del que se habla aquí. No es la proclamación de la unión de la Iglesia con Cristo, ni de la redención en toda su plenitud, como predican y enseñan los apóstoles tras la ascensión, sino el reino que iba que ser establecido sobre la Tierra, como Juan el Bautista y el Señor mismo habían anunciado. El establecimiento de la autoridad universal del Cristo ascendido, debería predicarse en todo el mundo para probar su obediencia, y para proveer del objeto de la fe a aquellos que tenían oídos.

Ésta es la historia general de aquello que tendría lugar hasta el fin del siglo, sin entrar en la cuestión de la proclamación que fundamentaba la asamblea propiamente dicha. La destrucción inminente de Jerusalén, y la negativa de los judíos a recibir el evangelio, hicieron que Dios levantara un testimonio especial por manos de Pablo, sin anular la verdad del reino venidero. Lo que sigue después, demuestra que tal avance del testimonio del reino tendrá lugar al final, y que ese testimonio llegará a todas las naciones antes de la venida del juicio que pondrá término a este siglo.

Habrá un momento cuando, dentro de una esfera determinada –es decir, en Jerusalén y en sus proximidades–, un tiempo especial de sufrimiento se impondrá con respecto al testimonio en Israel. Al hablar de la abominación desoladora, el Señor nos remite a Daniel para que entendamos de qué habla. Ahora Daniel (cap. 12, donde se habla de la tribulación) nos trae definitivamente a los últimos tiempos –el momento cuando Miguel se levantará por el pueblo de Daniel, es decir, los judíos, los cuales están bajo el dominio gentil–, los tiempos en que sobrevendrá una época de dolores, tal como nunca ha habido ni habrá, y en la que el remanente será liberado. En la última parte del capítulo anterior de este profeta, este tiempo es llamado «los días del fin», y la destrucción del rey del norte es declarada en profecía. Ahora el profeta anuncia que 1.335 días antes de la bendición completa –¡Bendito aquel que tendrá parte en ella!–, el sacrificio diario será quitado y establecida la abominación desoladora. Desde ese momento habrá 1.290 días (es decir, un mes más que los 1.260 días mencionados en Apocalipsis, durante los cuales la mujer que huye de la serpiente es alimentada en el desierto; y también más que los tres años y medio de Daniel 7). Al final, como vemos aquí, viene el juicio y el reino es dado a los santos.

Así queda probado que este pasaje se refiere a los últimos tiempos y a la posición de los judíos en aquel tiempo. Los acontecimientos del tiempo pasado, desde que el Señor hablara del él, confirman este pensamiento. Ni en los 1.260 días, ni en los 1.260 años, después de los días de Tito, ni siquiera 30 días o años más tarde, ocurrió jamás ningún suceso que pudiera ser la consumación de este tiempo en Daniel. Los períodos pasaron hace muchos años. Israel no ha sido liberado, ni Daniel ha tenido parte en su suerte al final de aquellos días. Igual de claro es que Jerusalén es tratada en este pasaje, y sus alrededores, pues los que están en Judea son ordenados a huir a las montañas. Los discípulos que estarán allí en ese momento, tendrán que orar para que su huída no sea en sábado –un testimonio adicional de que son los judíos los sujetos de esta profecía–, pero también un testimonio del tierno cuidado que tiene el Señor para con los que son Suyos, preocupándose incluso en medio de estos sucesos sin precedentes de que no fuera en invierno el momento de su huída.

Al lado de todo esto, otras circunstancias demuestran, si es que se precisa de más pruebas, que es el remanente judío del que se está tratando, y no la asamblea. Sabemos que todos los creyentes serán arrebatados para encontrarse con el Señor en el aire. Más tarde, volverán ellos con Él. Pero aquí habrá falsos Cristos sobre la Tierra, y la gente dirá «está en el desierto», «está en las habitaciones interiores». Pero los santos que serán arrebatados y que volverán con el Señor, no tienen nada que ver con falsos Cristos sobre la Tierra, pues ellos irán al cielo para estar con Él allí, antes de que regrese a la Tierra. Mientras, es fácil entender que los judíos, quienes esperan la liberación de la tierra, sean propensos a tales tentaciones, y que sean engañados por ellas a menos que Dios mismo los guarde.

Esta parte, entonces, de la profecía, se aplica a los últimos tiempos, los últimos tres años y medio antes del juicio que será abocado repentinamente al regreso del Hijo del Hombre. El Señor regresará rápidamente como el resplandor de un rayo, como águila a por su presa, hacia el lugar donde se halla el objeto de Su juicio. Inmediatamente después de la tribulación de aquellos últimos tres años y medio, todo el sistema jerárquico de gobierno será conmovido y completamente derrocado. Entonces, aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo, y verán al Hijo del Hombre viniendo en las nubes del cielo con poder y gran gloria. Este versículo 30 contiene la respuesta a la segunda parte de la pregunta de los discípulos en el verso 3. El Señor previene a Sus discípulos para su guía, pero el mundo no verá señales, por muy claras que parecerán a aquellos que las entenderán. Pero esta señal sería en el momento de la aparición del Señor. El resplandor de Su gloria que ellos habían despreciado, les mostraría quién era el que venía ahora, y sería algo inesperado. ¡Qué terrible momento cuando, en lugar de un Mesías que respondía a su mundanal orgullo, el Cristo a quien despreciaron aparecerá en los cielos!

Más tarde el Hijo del Hombre, así venido y manifestado, mandaría reunir a todos los escogidos de Israel desde los cuatro confines. Es esto lo que finaliza la historia de los judíos, e incluso aquella de Israel, en respuesta a la pregunta de los discípulos, y despliega los tratos de Dios con respecto al testimonio entre el pueblo que le había rechazado, anunciando el momento de su profunda angustia, y el juicio que será derramado en medio de esta escena cuando venga Jesús, siendo completa la subversión de todos los poderes grandes y pequeños.

El Señor ofrece la historia del testimonio en Israel, y la del mismo pueblo, desde el momento de Su partida hasta Su regreso. La longitud del tiempo, durante el cual no debería existir ni el pueblo, ni el templo, ni la ciudad, no nos es definida. Es esto lo que concede importancia a la toma de Jerusalén. No se nos habla aquí de la misma en términos directos, el Señor no lo describe. Pero puso fin a aquel orden de cosas al cual se aplica Su discurso, y esta aplicación no es reanudada hasta que Jerusalén y los judíos están nuevamente presentes. El Señor lo anunció al principio. Los discípulos pensaron que Su venida tendría lugar al tiempo de la caída de Jerusalén. Les responde de manera tal que Su discurso a ellos les sería de utilidad hasta que sucediera la toma de la ciudad. Pero una vez mencionada la abominación desoladora, nos vemos transportados a los últimos tiempos.

Los discípulos tenían que comprender las señales que Él les daba. He dicho ya que la destrucción de Jerusalén, por el hecho mismo, interrumpió la aplicación de Su discurso. La nación judía fue puesta aparte; pero el versículo 34 tiene un sentido mucho más amplio, y uno todavía más propio de él. Los judíos incrédulos habían de existir como tales hasta que todo fuera cumplido. Comparar Deuteronomio 32:5, 20, donde está en vista este juicio sobre Israel. Dios oculta Su rostro de ellos hasta que vea cuál será el fin de ellos, pues son una generación muy contendiente –un monumento a la permanente certeza de los tratos de Dios, y de las palabras del Señor.

Para concluir, el gobierno de Dios, ejercido con respecto a este pueblo, ha sido esbozado hasta su final. El Señor viene, y Él reúne a los escogidos dispersados de Israel.

La historia profética continúa en el capítulo 25:31, el cual está relacionado con el capítulo 24:30. Y como narra el capítulo 24:31, la reunión de Israel tras la aparición del Hijo del Hombre, el capítulo 25:31 anuncia Sus tratos en juicio con los gentiles. Él aparecerá sin duda como el rayo con respecto a la apostasía, que será ante Sus ojos como algo sin vida. Cuando Él venga solemnemente para tomar Su lugar terrenal en gloria, esa apostasía no pasará como el rayo. Se sentará en el trono de Su gloria y todas las naciones comparecerán ante Él en Su trono judicial, donde serán juzgadas conforme a cómo trataron a los mensajeros del reino, quienes habían salido a predicarles. Estos mensajeros son los hermanos (vers. 40); aquellos que los recibieron son las ovejas, y los que los despreciaron son los cabritos. El relato que comienza el capítulo 25:31, de la separación de las ovejas y los cabritos, y de su resultado, es un retrato de las naciones que serán juzgadas sobre la Tierra conforme a su trato hacia esos mensajeros. Es el juicio de los vivos, al menos hasta donde están implicadas las naciones –un juicio igual de final como aquel de los muertos. No se trata del juicio de Cristo en batalla, como en Apocalipsis 20:4. Hablo del principio, o más bien, del carácter del juicio. No dudo de que estos hermanos son judíos, así como lo eran los discípulos, es decir, aquellos que estarán en una posición similar en cuanto a su testimonio. Los gentiles, quienes habían recibido este mensaje, serían aceptados como si hubieran tratado a Cristo de la misma manera. El Padre de Cristo les había preparado para el disfrute del reino; y ellos deberían entrar en él mientras estuvieran aún sobre la Tierra, pues Cristo había venido a ella en el poder de la vida eterna69.

Por el momento, he pasado mucho de largo entre el capítulo 24:31 y el capítulo 25:31, porque el propósito de este último capítulo apura todo lo concerniente al gobierno y al juicio de la Tierra. Pero existe una clase de personas cuya historia nos es dada en sus grandes rasgos morales, en mitad de estos dos versículos que he mencionado.

Éstas son los discípulos de Cristo, fuera del testimonio llevado en medio de Israel, a quienes Él encomendó Su servicio y una posición relacionada con Sí mismo, durante Su ausencia. Esta posición y servicio van ligados a Cristo mismo, y no tienen nada que ver con Israel, dondequiera que sea que se realice este servicio.

Hay, no obstante, y antes de que lleguemos a éstos, otros versículos de los que no he hablado todavía, los cuales se aplican más particularmente al estado de cosas en Israel como advertencia a los discípulos que están allí, y describen el juicio discriminador que tiene lugar entre los judíos en los últimos tiempos. Hablo de ellos aquí porque toda esta parte del discurso –esto es, del capítulo 24:31 al 25:31– es una exhortación, una disertación del Señor sobre el asunto de sus deberes durante Su ausencia. Me refiero al capítulo 24:32-44. Hablan de la constante espera impuesta sobre los discípulos por su desconocimiento del momento en que el Hijo del Hombre vendría, y con la cual éstos fueron dejados intencionalmente –y el juicio es el terrenal. Mientras que a partir del versículo 45, el Señor se comunica de manera más directa, y a la vez de modo más general, acerca de su conducta durante Su ausencia, no en relación con Israel, sino con los Suyos, su familia. Les encomendó la tarea de suministrarles a su debido tiempo comida apropiada. Ésta es la responsabilidad del ministerio en la asamblea.

Es importante destacar que, en la primera parábola, el estado de la asamblea es visto en general. La parábola de las vírgenes y la de los talentos ofrecen una responsabilidad individual. De aquí que el siervo que es infiel sea cortado y tenga su parte con los hipócritas. El estado de la asamblea responsable dependía de su espera de Cristo, o de su corazón diciendo que Él retardaba Su venida. Sería a Su regreso que el juicio sería pronunciado sobre su fidelidad en el intervalo. La fidelidad será correspondida ese día. Por otra parte, la práctica del olvido de Su venida conducirá al libertinaje y a la tiranía. No se trata aquí de un sistema intelectual: «Dice el siervo malo en su corazón, mi Señor tarda en venir»; su conciencia estaba implicada en ello. El resultado fue que se manifestó la voluntad carnal. Ya no era el servicio devoto a Su familia, con un corazón atento a la aprobación del Maestro cuando regresara, sino la frivolidad en la conducta, y la asunción de una autoridad arbitraria, propiciadas por el servicio que se le encomendó. Come y bebe con los borrachos, se une al mundo y participa de sus caminos; golpea a sus consiervos como él quiere. Tal es el efecto de aplazar durante Su ausencia, deliberadamente en el corazón, la venida del Señor y el de querer retener la asamblea aquí abajo. ¿No nos es una escena harto familiar?

¿Qué fue lo que sucedió con aquellos que sostenían el lugar de servicio en la casa de Dios? Las consecuencias para ambas partes son éstas: el siervo fiel, quien se aplicó con amor y con devoción al cuidado de Su familia, debería ser hecho gobernador al regreso de Su maestro sobre todos Sus bienes. Aquellos que fueron fieles en el servicio de la casa, serán establecidos sobre todas las cosas por el Señor, cuando Él tome Su lugar de poder y actúe como Rey. Todas las cosas son entregadas en manos de Jesús por el Padre. Aquellos que humildemente hayan mostrado fidelidad a Su servicio durante Su ausencia, serán hechos gobernadores sobre todo lo que es encomendado a Él, es decir, sobre todas las cosas –que no son sino los «bienes» de Jesús. Por otro lado, aquel que durante la ausencia del Señor se hubiera establecido como maestro y haya seguido el espíritu de la carne y del mundo al que se había unido, no tendría meramente la porción del mundo; su Maestro vendría repentinamente, dándole el castigo de los hipócritas. ¡Qué lección para aquellos que se arrogan un lugar de servicio en la asamblea! Obsérvese aquí que, no se dice que sea un borracho, sino que come y bebe con los que son así. Se hace aliado del mundo y sigue sus costumbres. Éste es además el aspecto general que el reino asumirá en aquel día, aunque el corazón del siervo malo sea perverso. El Esposo ciertamente se rezagaría, y las consecuencias que se podrían esperar del corazón del hombre no tardarán en cumplirse. Pero el efecto, vemos luego, es hacer manifiestos a aquellos que poseían70 realmente la gracia de Cristo y a los que no la poseían.

Capítulo 25

Los profesantes, durante la ausencia del Señor, son presentados aquí como vírgenes que salieron a encontrar al Esposo y a iluminarle el camino a la casa. En este pasaje, Él no es el Esposo de la Iglesia. No salen más personas a Su encuentro, en ocasión de Su boda con la Iglesia en el cielo. La Esposa no aparece en esta parábola. Si hubiera sido presentada, habría sido Jerusalén sobre la Tierra. La Iglesia no es vista en estos capítulos como tal.

Aquí es sobre la responsabilidad personal71 durante la ausencia de Cristo. Aquello que caracterizaba a los fieles en este período, era que ellos salían del mundo, del judaísmo, de todos sitios, incluso de la religión relacionada con el mundo, para ir a encontrar al Señor que venía. El remanente judío, al contrario, le esperan en el lugar donde están. Si esta espera fuese real, la característica de alguien gobernado por ella sería el pensamiento de aquello que se necesitaba en vista de Aquel que venía –la luz, el aceite. De contra, ser compañeros de los profesantes mientras tanto, y llevar lámparas con ellos, satisfacía el corazón. No obstante, todos tomaron una posición: salen fuera, abandonando la casa para salir al encuentro del Esposo, el cual se retarda. Esto también ha tenido lugar. Todas las vírgenes se durmieron. Toda la Iglesia profesante ha dejado de pensar en el regreso del Señor –incluso los fieles que tienen al Espíritu. Éstos también deben de haber salido para dormirse tranquilamente en algún lugar de descanso para la carne. Pero a medianoche, de repente, se oye el grito: «He aquí el Esposo; salid a recibirle». ¡Ay!, necesitaban ser llamados como al principio. Nuevamente debían salir a recibirle. Las vírgenes se levantan y despabilan sus lámparas. Hay tiempo suficiente entre el grito de medianoche y la llegada del Esposo para probar la condición de cada una. Pero algunas no tenían aceite en sus lámparas. Se estaban apagando72. Las sensatas sí lo tenían. Era imposible para ellas compartirlo con las demás. Aquellas solo que lo poseían entraron con el Esposo para participar de la boda. Él rehusó aceptar a las otras. ¿Cuál era la obligación de cada una de ellas allí? Las vírgenes tenían que dar luz con sus lámparas. No lo habían hecho. ¿Por qué tendrían que compartir la fiesta con las demás? Habían fracasado en cumplir lo que las hubiera permitido estar allí. ¿Qué derecho tenían de estar en la fiesta? Las vírgenes de la fiesta eran las que acompañaban al Esposo. Las otras no habían cumplido, y no fueron admitidas. Pero incluso las sensatas habían olvidado la venida del Cristo, y se durmieron. Pero al menos, poseían lo esencial concerniente a ello. La gracia del Esposo hace que el grito sea oído para proclamar Su llegada. Éste las despierta: tienen aceite en sus lámparas, y el retraso que hace que las lámparas de las imprudentes se apaguen, da tiempo a las fieles para prepararse y hallarse en su lugar, y por olvidadizas que hayan sido ellas, entran con el Esposo a la fiesta nupcial.73

Pasamos ahora del estado del alma al servicio.

Porque en realidad (vers. 14) trata sobre un hombre que se había ido lejos de su casa (pues el Señor habitaba en Israel), y que entrega sus bienes a sus siervos, marchándose luego. Aquí tenemos los principios que caracterizan a los siervos fieles, o el contrario. No es ahora la esperanza personal del individuo y la posesión del aceite, requisito para un lugar en el glorioso tren del Señor; ni es la posición pública ni general de aquellos que estaban en el servicio del Maestro, caracterizada como posición y como un todo, y por lo tanto representados por un único siervo. Se trataba de la fidelidad individual en el servicio, como antes en la espera del Esposo. El Maestro a Su regreso pasará cuentas con cada uno. Ahora bien, ¿cuál era la posición de ellos? ¿Cuál era el principio que causaba fidelidad? Démonos cuenta, primero de todo, que no son dones providenciales ni posesiones terrenales los que son considerados. Éstos no son los «bienes» que Jesús entregó a Sus siervos cuando se marchó. Eran dones que les capacitaban para la labor en Su servicio mientras permaneciera ausente. El Maestro era soberano y sabio. Él daba distintamente a cada uno, y a cada cual de acuerdo a su capacidad. Cada uno estaba capacitado para el servicio en el que iba a ser empleado, y los dones necesarios para este cumplimiento del deber fueron investidos sobre ellos. La única cuestión para realizar este servicio era la fidelidad. Aquello que distinguía a los fieles de los infieles, era la confianza en su Maestro. Tenían suficiente confianza en Su bien conocido carácter, en Su bondad, en Su amor, para trabajar sin ser autorizados de otro modo que no fuera por su conocimiento de Su carácter personal, y por la inteligencia que esa confianza y ese conocimiento producían. ¿Qué utilidad había en hacer grandes sumas de dinero, si no se negociaba antes con él? ¿Había fracasado en Su sabiduría cuando Él otorgó estos dones? La devoción que fluía del conocimiento del Maestro, contaba con el amor de Aquel a quien conocía. Ellos trabajaron, y fueron recompensados. Éste es el verdadero carácter, y la fuente, del servicio en la Iglesia. Esto era de lo que carecía el tercer siervo. No conocía a Su Maestro, no confiaba en Él. Ni siquiera podía hacer lo que era consistente con sus propios pensamientos. Esperaba alguna autorización que le previniera contra el carácter que su corazón daba falsamente de su Maestro. Aquellos que conocían el carácter de su Maestro, entraron en Su gozo.

Hay esta diferencia entre la parábola aquí y aquélla de Lucas 19, en que en esta última cada hombre recibe una libra. Su responsabilidad es lo único que interesa. Y consecuentemente, aquel que ganó las diez libras es puesto sobre diez ciudades. Aquí la soberanía y la sabiduría de Dios son contempladas, y el que trabaja es guiado por el conocimiento que él tiene de su Maestro; y los consejos de Dios en gracia son consumados. Aquel que tiene más, recibe todavía más. Al mismo tiempo, la recompensa es más general. Aquel que ha ganado dos talentos, y el que ha ganado cinco, entran de igual modo en el gozo del Señor, al cual han servido. Le han conocido en Su verdadero carácter, y entran en Su gozo completo. ¡El Señor nos lo garantiza!

Hay mucho más que esto en la segunda parábola de las vírgenes. Se refiere más directa y exclusivamente al carácter celestial de los cristianos. No es la asamblea, propiamente llamada, como un cuerpo, sino que los fieles salieron a encontrar al Esposo que volvía para las bodas. Al tiempo de Su regreso para ejecutar juicio, el reino de los cielos asumirá el carácter de personas salidas del mundo, y todavía más del judaísmo (de todo esto, en lo que respecta a la religión, que pertenece a la carne, y de todo aquella forma mundana establecida) para ser asociados solamente con la venida del Señor, y salir a encontrarle. Éste era el carácter de los fieles desde el principio, que tenían parte en el reino de los cielos si hubieran comprendido la posición en la que fueron puestos por el rechazo del Señor. Las vírgenes, es cierto, habían entrado en ella de nuevo, y esto fue lo que falseó su carácter; pero el grito de medianoche las devolvió de nuevo a su correspondiente lugar. En la primera parábola, y en la de Lucas, el asunto tratado es Su regreso a la Tierra, y el galardón individual (los resultados, en el reino, de su conducta durante la ausencia del Rey74). El servicio y sus resultados no son tratados en la parábola de las vírgenes. Aquellas que no tienen aceite, no entran de ninguna de las maneras. Esto debería ser suficiente. Las demás comparten la bendición todas, y entran con el Esposo a las bodas. No se menciona una tilde del premio personal, ni la diferencia de conducta entre ellas. Era la esperanza del corazón, aunque la gracia hizo que tuvieran que volver a abrigarla nuevamente. Cualquiera que hubiera sido el lugar de servicio, la recompensa era segura. Esta parábola se aplica y se limita a la porción celestial del reino como tal. Es una semejanza del reino de los cielos.

Podemos observar aquí también, que el retraso del Maestro se observa del mismo modo en la tercera parábola «después de algún tiempo». Su fidelidad y constancia fueron así sometidas a prueba. Que el Señor nos dé para hallarnos fieles y dedicados, ahora al final de los tiempos, para que pueda decirnos «¡Bien hecho, siervos buenos y fieles!». Merece la pena resaltar que en estas parábolas, aquellos que están en el servicio, o que salen de él primero, son los mismos se hallan al final. El Señor no haría la suposición de que el retraso rebasara a «nosotros los que vivimos y quedamos».75

El lloro y el crujir de dientes son la porción del que no ha conocido a su Maestro, del que le ha traicionado con los pensamientos que derivaba de Su carácter.

En el versículo 31, la historia profética es retomada desde el versículo 31 del capítulo 24. Allí veíamos al Hijo del Hombre aparecer como un relámpago, y después reuniendo al remanente de Israel desde los cuatro confines. Pero esto no es todo. Si Él aparece así de manera repentina, también establece Su trono de juicio y gloria sobre la Tierra. Si destroza a Sus enemigos a quienes halla en rebeldía contra Él, se sienta igualmente sobre Su trono para juzgar a todas las naciones. Éste es el juicio sobre la Tierra de los vivos. Cuatro grupos distintos son hallados juntamente: el Señor, el Hijo del Hombre mismo, los hermanos, las ovejas y los cabritos. Sostengo que aquí los hermanos son judíos, y Sus discípulos también, a quienes utilizó para predicar el reino durante Su ausencia. El evangelio del reino tenía que predicarse como un testimonio a todas las naciones, y luego vendría el fin del siglo. El momento en que se habla aquí, esto se había hecho ya. El resultado se manifestaría ante el trono del Hijo del Hombre sobre la Tierra.

Él llama a estos mensajeros, por tanto, Sus hermanos. Les había advertido que serían maltratados, y así fue. Pero hubo quienes recibieron su testimonio.

Tal era Su afecto por Sus fieles siervos, y de tal modo los valoraba que Él juzgó a aquellos objetos del testimonio enviado, de la misma manera como recibieron a estos mensajeros, ya fuera bien o mal, como si lo hubieran hecho con Él mismo. ¡Qué aliento para Sus testigos durante ese tiempo de sufrimiento, en que la fe de ellos estaría en servicio mientras eran probados! Al mismo tiempo, era la justicia moral hacia aquellos que fueron juzgados, pues habían rechazado el testimonio sin importarles quiénes lo rendían. Tenemos también el resultado de su conducta, tanto de los unos como de los otros. Es el Rey (pues éste es el carácter que Cristo ha tomado ahora sobre la Tierra) quien pronuncia el juicio; y Él llama las ovejas (las que habían recibido a los mensajeros y se habían compadecido de ellos en sus aflicciones y persecuciones) para que heredasen el reino preparado para ellas desde la fundación del mundo; pues tal había sido el propósito de Dios con relación a esta Tierra. Siempre tenía en mente el reino. Eran los benditos de Su Padre. No eran hijos que entendían su propia relación con el Padre, sino los receptores de la bendición del Padre del Rey de este mundo. Además, tenían que entrar a la vida eterna, pues tal era el poder, por la gracia, de la palabra que habían recibido en sus corazones. Poseedores de la vida eterna, serían bendecidos en un mundo igualmente bendecido.

Aquellos que despreciaron el testimonio, y los que lo escucharon, han despreciado al Rey que los envió; y éstos deberán marchar al castigo eterno.

Así, el efecto entero de la venida de Cristo con respecto al reino y a Sus mensajeros durante Su ausencia, queda manifestado: con respecto a los judíos, hasta el versículo 31 del capítulo 24; con respecto a Su siervos durante Su ausencia, hasta el final del versículo 30 del capítulo 25, inclusive el reino de los cielos en su condición actual, y las recompensas celestiales que serán dadas. Después, del versículo 31 al final de capítulo 25, se manifiesta con relación a las naciones que serán bendecidas sobre la Tierra a Su regreso.

Capítulo 26

El Señor ha terminado Sus discursos. Se prepara ahora a sufrir y a dar Su última y conmovedora despedida a Sus discípulos, a la mesa de Su última pascua sobre la Tierra, desde donde instituyó el simple y precioso memorial que evoca Sus sufrimientos y Su amor con un interés tan profundo. Esta parte de nuestro Evangelio no requiere mucha explicación, pero no porque sea de menos interés, sino porque hay que sentirlo mejor que ser explicado.

¡Con qué sencillez el Señor anuncia aquello que tenía que pasar! Había llegado ya a Betania seis días antes de la Pascua (Juan 12:1): allí habitó, a excepción de la última cena, hasta que fue tomado prisionero en el jardín de Getsemaní, aunque visitó Jerusalén y participó de Su última comida allí.

Hemos examinado ya los discursos pronunciados durante aquellos seis días, así como Sus acciones, tales como la purificación del templo. Aquello que precede a este capítulo, o bien es la manifestación de Su derecho como Emanuel, Rey de Israel, o la del juicio del gran Rey con respecto al pueblo –un juicio expresado en discursos frente al cual el pueblo no tenía respuesta–; o finalmente, la condición de Sus discípulos durante Su ausencia. Tenemos ahora Su sujeción a los sufrimientos que le fueron fijados, al juicio que estaba a punto de caer sobre Él, pero el cual era, en verdad, sólo la consumación de los consejos de Dios Su Padre, y de la obra de Su mismo amor.

La escena del temible pecado del hombre en la crucifixión de Jesús, es desarrollada ante nosotros. Pero el Señor mismo (cap. 26:1) la anuncia de antemano con toda la serenidad de Aquel que había venido para este propósito. Antes de que tuvieran lugar las resoluciones por parte de los sacerdotes, Jesús habla de ella como un asunto ya zanjado: «Sabéis que dentro de dos días se celebra la Pascua, y el Hijo del Hombre será entregado para ser crucificado».

Más tarde (vers. 3) los sacerdotes, los escribas y los ancianos se reúnen para urdir sus planes a fin de echar mano sobre Su Persona, y deshacerse de Él.

En una palabra, en primer lugar, los maravillosos consejos de Dios, y la sujeción de Jesús, conforme a Su conocimiento de estos consejos y de las circunstancias que iban a darles cumplimiento; y, más tarde, los consejos inicuos del hombre, que no hacen sino cumplir aquellos de Dios. Su trabajado plan de no prenderle en la fiesta por temor del pueblo (cap. 26:25) no era la idea de Dios, y fracasa: Él tenía que sufrir en la fiesta.

Judas fue el instrumento de su malicia en manos de Satanás. Después de todo, si urdió todos estos planes fue por intención divina. Desearon, pero de balde, evitar prenderle durante la fiesta, por temor de la multitud, que tal vez intercedería por Jesús si Él les solicitaba protección. El pueblo así lo hizo cuando Él entró en Jerusalén. Los principales se imaginaron que Jesús pediría defensa, pues su iniquidad siempre deducía sus cálculos en base de los principios ajenos. Esto explica por qué fracasan tanto en burlar el derecho, porque eran torpes. Aquí se trataba de la voluntad de Dios que Jesús tuviera que sufrir en la fiesta. Pero Él había preparado providencialmente alivio para el corazón de Jesús –un bálsamo para Su corazón antes que para Su cuerpo–, circunstancia que emplea el enemigo para llevar a Judas al extremo de asociarse con los principales sacerdotes.

Betania76 –retenida en la memoria por los últimos momentos de paz y tranquilidad en la vida del Salvador, el lugar donde habitaban Marta y María, y Lázaro, el muerto resucitado–, recibe a Jesús por última vez: el bienaventurado y fugaz retiro de un corazón que, siempre dispuesto  a prodigar amor, caminaba en la estrechura de un mundo de pecado que no podía ni sabía corresponderle. Pero un corazón que nos ha dado, en Sus relaciones con esta amada familia, el ejemplo de un afecto perfecto, y humano, que hallaba dulzura en ser respondido y apreciado. La proximidad de la cruz, donde Él tendría que dar Su rostro como un pedernal, no privó a este corazón del gozo de la dulzura de esta comunión, al tiempo que la volvía solemne y afectuosa. Al hacer la obra de Dios, no cesó de ser Hombre. En todo condescendió para ser nuestro. No podía aceptar ya a Jerusalén, y este santuario le cobijó por unos momentos de la tosca mano del hombre. Aquí pudo manifestar lo que siempre fue como Hombre. Es con acierto que la acción de alguien, que en cierto sentido podía apreciar lo que Él sentía77–cuyo afecto penetró inconscientemente en la creciente hostilidad manifestada contra el objeto que ella amaba y por el cual era atraída–, y el gesto que expresa el valor que su corazón daba a Su hermosura y gracia, serían contados en todo el mundo. Esto es una escena, un testimonio que trae al Señor sensiblemente más cerca de nosotros, y despierta en nuestros corazones un sentimiento santificador, cuando los vincula a Su Persona amada.

Su vida de cada día continuaba en una tensión de alma, en proporción a la fuerza de Su amor –una vida de devoción en medio del pecado y de la miseria. Por un momento, Él podría y reconocería –en presencia del poder del mal, que ahora se manifestaba, y del amor que se aferraba a Él, inclinándose ante el mismo, mediante el conocimiento cultivado a las plantas de Sus pies– aquella devoción a Su Persona, derivada de aquello ante lo que se inclinaba, con divina perfección, Su alma. Él podía decir una palabra inteligente, dar su verdadero significado, a aquello sobre lo cual, de manera silenciosa, obraba el afecto divino78.

El lector hará bien en estudiar atentamente esta escena de la conmovedora condescendencia y esparcimiento de corazón. Jesús, Emanuel, el Rey y supremo Juez, ha estado haciendo que todas las cosas fueran pasando ante Él en juicio (del cap. 21 al final del 25). Había terminado aquello que tenía que decir. Su tarea aquí, en este sentido, estaba cumplida. Ahora ocupará el lugar de Víctima, sufriendo solamente, a la vez que consintiéndose el disfrute de las emocionantes expresiones de afecto que fluyen de un corazón entregado a Él. No podía por menos que probar la miel y pasarla de largo. Pero al degustarla, no rechazaba ningún afecto que Su corazón supiera apreciar y lo hiciera.

Obsérvese de nuevo el resultado del profundo afecto para el Señor. Los afectos respiran la atmósfera en que, forzosamente y en aquel momento, es hallado el Señor. La mujer que le ungió no estaba informada de las circunstancias que estaban a punto de suceder, ni era ella una profetisa. Pero la proximidad de esa hora oscura era sentida por aquella cuyo corazón estaba muy atento en Jesús79. Las diferentes formas del mal se desarrollaban ante Él manifestándose con sus colores verdaderos. Bajo la influencia de un maestro, Satanás, se amontonaban en torno al único objeto contra el cual merecía la pena formar esta concentración de malicia, y el cual sacó su verdadero carácter a la luz delatadora del día.

Pero la perfección de Jesús, que ahuyentó la enemistad, hizo salir también el afecto en la  mujer; y ella (por decirlo así) reflejaba la perfección en este afecto; y cuanto más actuaba esta perfección, iluminada por esa enemistad, tanto más su afecto. Así, el corazón de Cristo no podía sino satisfacerlo. Jesús, a causa de esta enemistad, era todavía más el objeto ocupando un corazón que, llevado sin duda por Dios, avistaba inconscientemente lo que sucedía. El tiempo del testimonio, y el de la explicación de Sus relaciones con todos los que le rodeaban, había expirado. Su corazón era libre para gozar de los buenos, verdaderos y espirituales afectos de los que Él era objeto; y de los que, adquirieran formas humanas cualesquiera, mostraban tan claramente su origen celestial, que estaban unidos a ese objeto sobre el que en este momento solemne se concentraba toda la atención del cielo.

Jesús mismo era consciente de Su posición. Sus pensamientos estaban puestos en Su partida. Durante el ejercicio de Su poder, Él se oculta, se olvida de Sí mismo. Pero ahora oprimido, rechazado, y como un cordero conducido al matadero, siente que es el justo objeto de los pensamientos de aquellos que son Suyos, de todos los que tienen corazón para apreciar aquello que Dios aprecia. Su corazón está lleno de los sucesos venideros. Ver versículos 2, 10-13, 21.

Aún unas palabras sobre la mujer que le ungió. El resultado de tener el corazón puesto afectuosamente en Jesús, se muestra en esta mujer de manera extraordinaria. Ocupada en Él, se muestra sensible ante Su situación. Ella siente lo que le afecta, y esto hace que sus afectos actúen en conformidad a la devoción especial que inspira esa situación. Como se levantó contra Él el odio hasta alcanzar cotas homicidas, el espíritu de fervor hacia Él crece en ella como contrapartida. Consecuentemente, procediendo con tacto devocional, hizo precisamente lo que requería Su situación. La pobre mujer no era muy consciente de esto; y no obstante procedió según lo satisfactorio. Su valoración de la Persona del Señor Jesús, tan infinitamente preciosa para ella, hizo que se apercibiera con respecto a aquello que pasaba por Su mente. A sus ojos, Cristo estaba investido de todo el interés de Sus circunstancias; y ella prodiga sobre Él lo que expresaban sus afectos. Fruto de este sentimiento, su acción fue conforme a las circunstancias, y aunque fue solamente el instinto de su corazón, Jesús le dio todo el valor que Su perfecta inteligencia sabía atribuirle, incluyendo de inmediato los sentimientos de su corazón y los sucesos venideros.

Pero este testimonio de afecto y entrega a Cristo evidencia el egoísmo y la escasez de corazón en los demás. Ellos culpan a la pobre mujer. ¡Lamentable prueba –por no hablar de Judas80– de los escasos afectos que despierta forzosamente en nuestros corazones el conocimiento de Jesús! Después de esto, sale Judas para concertar con los desdichados sacerdotes la traición de Jesús por el precio de un esclavo.

El Señor sigue Su carrera de amor; y como Él había aceptado el testimonio afectuoso de la pobre mujer, así otorga Él ahora a Sus discípulos uno de infinito valor para nuestras almas. El versículo 16 concluye este asunto del cual hemos estado hablando: el conocimiento de Cristo, conforme a Dios, de aquello que le aguardaba; la conspiración de los sacerdotes; el afecto de la pobre mujer y el egoísmo y frialdad de los discípulos, así como la traición por parte de Judas.

El Señor instituye ahora el memorial de la verdadera pascua. Envía a Sus discípulos a hacer los preparativos para la celebración de la fiesta en Jerusalén, señalando a Judas como aquel que le entregaría a los judíos. Se verá que no fue solamente Su conocimiento acerca del que le traicionaría, el que el Señor expresa aquí, puesto que lo supo cuando llamó a Judas a Su lado, sino que Él dice «uno de vosotros me va a entregar». Era aquello lo que sensibilizaba Su corazón, y deseaba también que sensibilizara el corazón de los demás.

Luego manifiesta que es un Salvador muerto, el que tiene que recordarse. No se trata ya del Mesías vivo; eso había terminado. No era el recuerdo de la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto. Cristo, y el Cristo muerto, comenzó un orden de cosas completamente nuevo. Acerca de Él deberían pensar ellos en adelante como el que fue muerto sobre la Tierra. Luego concentra su atención en la sangre del nuevo pacto, añadiendo aquello que alcanza a otros aparte de los judíos, sin nombrarlos: «es derramada por muchos». Además, esta sangre no es, como en el Sinaí, solamente para confirmar el pacto, por la fidelidad por la que ellos eran responsables. Se derramaba para la remisión de los pecados. De modo que la cena del Señor presenta el recuerdo del Jesús muerto, quien, al morir, rompió con el pasado, y puso el fundamento del nuevo pacto. Obtuvo la remisión de los pecados, y abrió la puerta a los gentiles. Es sólo en Su muerte que la cena nos lo presenta a nosotros. No es Cristo viviendo sobre la Tierra, ni Cristo glorificado en el cielo. Él está separado de Su pueblo, por lo que respecta a sus goces sobre la Tierra. Habían de esperarle como el compañero de la felicidad que Él ha asegurado para ellos; pues Él afirma que será así, en tiempos mejores: «No la beberé más del fruto de la vid, hasta aquel día que la beba nueva81 con vosotros en el reino de mi Padre». Pero una vez rotos estos vínculos, ¿quién, sino Jesús, podía soportar el conflicto? Todos le abandonarían. Los testimonios de la Palabra debían cumplirse. Estaba escrito: «Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño».

Sin embargo, Él seguiría adelante para renovar Sus relaciones, como Salvador resucitado, con estos menesterosos del rebaño, hasta el mismo lugar donde se había ya identificado con ellos durante Su vida. Él les precedería en Su entrada a Galilea. Esta promesa es muy notoria, porque el Señor retoma, bajo una forma nueva, Sus relaciones hebreas con ellos y con el reino. Podemos destacar aquí que, como había juzgado Él a todas las clases –hasta el final del cap. 25–, ahora exhibe el carácter de Sus relaciones con todos aquellos entre quienes Él mantenía alguna. Ya se trate de la mujer, o de Judas, o de los discípulos, cada uno toma su lugar en relación con el Señor. Esto es todo lo que hallamos aquí. Si Pedro tenía la energía natural suficiente como para sobrepasar el límite, sería sólo para una caída más profunda en el lugar donde sólo el Señor sabía permanecer en pie.

Ahora se adentra en soledad para presentar, en súplicas a Su Padre, los sufrimientos que le esperaban.

Pero al tiempo que se rodea de soledad, se lleva a tres de Sus discípulos para que en aquella hora solemne puedan velar con Él. Eran los mismos tres que estuvieron con Él durante la transfiguración. Tenían que ver Su gloria en el reino, y Sus sufrimientos. Se adelanta un poco de ellos. En cuanto a los discípulos, se durmieron igual que en el monte de la transfiguración. La escena aquí está descrita en Hebreos 5:7. Jesús no bebía aún la copa, pero estaba delante de Él. En la cruz sí la bebió, hecho pecado por nosotros, sintiendo en Su alma que era abandonado. Aquí es el poder de Satanás, utilizando la muerte como un terror con el que abrumarle. Pero la consideración de este asunto tendrá más consonancia cuando lleguemos al Evangelio de Lucas.

Vemos aquí Su alma bajo el peso de la muerte –anticipadamente– como sólo Él podía saberlo, no había perdido ésta su aguijón. Conocemos quién tiene el poder de la muerte, y la muerte todavía tenía todo el carácter de la paga del pecado, y la maldición, del juicio de Dios. Pero Él veló y oró. Como Hombre, sujeto por Su amor a esta acometida en presencia de la más poderosa tentación a la que Él podía exponerse, por una parte velaba, y por otra presentaba Su angustia a Su Padre. Su comunión no fue interrumpida aquí, por muy grande que hubiese sido el desasosiego. Esta ansiedad le acercó más, con toda sumisión y confianza, a Su Padre. Pero si teníamos que ser salvos, si Dios tenía que glorificarse en Aquel que había iniciado nuestra causa, la copa no debía pasar de largo. Su sujeción fue completa.

Dulcemente recuerda a Pedro su falsa confianza82, haciéndole consciente de su debilidad. Pero Pedro era demasiado egoísta como para escuchar. Se despierta del sueño, sin alterarse la confianza en sí mismo. Era necesaria una experiencia más triste para su curación.

Por tanto, el Señor toma la copa de manos de Su Padre. Fue Su voluntad que Él la bebiera. Entregándose por completo a Su Padre, no es ni de manos de Sus enemigos ni de Satanás –aunque ellos fueran los instrumentos– que Él la toma. De acuerdo a la perfección con la que se había sujetado a la voluntad de Dios en esta cuestión, encomendando todo a Él, es solamente de Su mano que Él la recibe. Es la voluntad del Padre. Es así que escapamos de segundos motivos y de las tentaciones del enemigo, si buscamos la sola voluntad de Dios que dirige todo. Es de Él que recibimos la aflicción y la prueba cuando éstas vienen.

Los discípulos no necesitan velar más: había llegado la hora83. Él tenía que ser entregado en manos de los hombres. Esto ya era decir mucho. Judas le señaló con un beso. Jesús salió a hallarse con la multitud y reprendió a Pedro por querer resistirse con armas carnales. Si Cristo hubiera deseado escapar, habría ordenado a doce legiones de ángeles acudir. Pero todas las cosas tenían que cumplirse84. Era la hora de sujetarse a los efectos de la malicia del hombre y al poder de las tinieblas, y al juicio de Dios contra el pecado. Él es el Cordero que iba al matadero. Luego, todos los discípulos le abandonan. Él se entrega, reconviniendo a la multitud que se acercaba a Él lo que estaba haciendo. Si nadie podía demostrar Su culpabilidad, Él no negaría la verdad. Confiesa la gloria de Su Persona como Hijo de Dios, y declara a partir de entonces que ellos verían al Hijo del Hombre, no ya en la humildad de Aquel que no quebraría la caña cascada, sino viniendo en las nubes del cielo y sentándose a la diestra del poder. Habiendo dado este testimonio, es condenado por causa de lo que dijo de Sí mismo, por la confesión de la verdad. Los falsos testimonios no salieron con éxito. Los sacerdotes y los principales de Israel eran culpables de Su muerte, en virtud de su propio rechazo del testimonio que Él rindió a la verdad. Él era la Verdad; ellos estaban bajo el poder del padre de mentira. Rechazaron al Mesías, al Salvador de Su pueblo. No vendría más a ellos, excepto como Juez.

Le insultan y le denigran. Cada uno, ¡ay!, ocupa, como hemos visto, su propio lugar: Jesús, el de Víctima, los demás, el de traidores, desdeñosos, delatores y negadores del Señor. ¡Qué escena! ¡Qué momento más solemne! ¿Quién podía permanecer en ella? Sólo Cristo podía pasar por ese momento con constancia. Y lo hizo como una víctima. Como tal, debía ser despojado de todo, y ello en presencia de Dios. Todo lo demás desapareció, salvo el pecado que provocó todo; y conforme a la gracia, antes también de la poderosa eficacia de este acto. Pedro, confiado en sí mismo, vacilante, atrapado, respondiendo a la mentira, y jurando, niega a su Maestro; y dolorosamente convencido de la nulidad del hombre frente al enemigo de su alma y frente al pecado, sale y llora amargamente. Las lágrimas, que no pudieron borrar su culpa, pero que demostraron la existencia, a través de la gracia, de un corazón recto, testifican de la impotencia que la rectitud de corazón no puede remediar85.

Capítulo 27

Después de esto, los desdichados sacerdotes y principales del pueblo entregan a su Mesías a los gentiles, como Él había contado a Sus discípulos. Judas, desesperado bajo el poder de Satanás, se ahorca tras haber tirado la recompensa de su iniquidad a los pies de los principales sacerdotes y ancianos. Satanás fue obligado a testificar, incluso a través de una conciencia que él traicionó, de la inocencia del Señor. ¡Qué panorama! Luego, los sacerdotes que no quisieron que la conciencia les acusara si compraban la sangre de Judas, sí fueron lo bastante escrupulosos para guardar el dinero en la tesorería del templo, pues era precio de sangre. En vista de lo que discurría dentro de él, Judas viose forzado a mostrarse tal como era, y el poder de Satanás sobre él. Habiéndose reunido el consejo, decidieron comprar el camposanto para extranjeros, pues éstos eran muy profanos a sus ojos para ser considerados como tales, a menos que ellos mismos no se contaminaran con tal clase de dinero. Pero aún era el tiempo de la gracia de Dios para el extranjero, y del juicio sobre Israel. Además, establecieron un memorial perpetuo de su propio pecado y de la sangre que se había derramado. Acéldama es todo lo que queda en este mundo de las circunstancias de aquel gran sacrificio. El mundo es un campo de sangre, pero que habla cosas mejores que la de Abel.

Sabemos que esta profecía está en el libro de Zacarías. El nombre «Jeremías» puede haber sido insertado en el texto cuando no había nada más que «por medio del profeta»; y quizás fuera porque el profeta venía primero en el orden prescrito por los talmudistas para los libros de la profecía. Por esta razón, muy probablemente también, decían: «Jeremías, o uno de los profetas», como en el capítulo 16:14. Pero éste no es lugar para discutir este asunto.

La parte de ellos en la escena judía concluye. El Señor está delante de Pilato. Allí no se cuestiona si Él es Hijo de Dios, sino si Él es el Rey de los judíos. Aunque era así, fue sólo en el carácter de Hijo de Dios que permitiría que los judíos le recibieran. Si le hubieran recibido como el Hijo de Dios, habría sido su Rey. Pero no fue así: Él debía consumar la obra de la redención. Habiéndole rechazado como Hijo de Dios, los judíos no solamente le niegan como Rey, sino que los gentiles también se hacen culpables en la persona de su gobernante en Palestina, cuyo gobierno había sido puesto en sus manos. El gobernante gentil debería haber reinado en justicia. Su representante en Judea, reconoce la malicia de los enemigos de Cristo; su conciencia, alarmada por el sueño que tuvo su esposa, intenta evadir la culpa de condenar a Jesús. Pero el verdadero príncipe de este mundo, en lo que respecta al ejercicio actual del control, era Satanás. Pilato, lavándose las manos –fútil intento de exoneración– entrega al inocente a la voluntad de Sus enemigos, diciendo a la vez que no halla delito en Él. Y les suelta a los judíos a un hombre culpable de homicidio y sedición, en lugar del Príncipe de la vida. Pero era de nuevo sobre Su propia confesión, y solamente ésa, que Él fue condenado, al confesar lo mismo en los tribunales gentiles como hiciera en los judaicos, la verdad en cada uno, testificando de una buena confesión concerniente a la verdad acerca de aquellos que tenía delante.

Barrabás86, la expresión del espíritu de Satanás, que era homicida desde el principio, y de la rebelión en contra de la autoridad que Pilato debía mantener allí –Barrabás era querido por los judíos–, y con él, la errada indolencia de su gobernante, impotente frente al mal, procuraron satisfacer la voluntad del pueblo al cual debería haber gobernado. «Todo el pueblo» es culpable de la sangre de Jesús en la solemne palabra, que sigue cumpliéndose hasta este día, hasta que la gracia soberana, según el propósito de Dios, la borre –solemne pero terrible verdad–: «Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos». ¡Lamentable y temible ignorancia que la propia voluntad acarreó sobre un pueblo que rechazaba la luz! De qué manera, ¡ay!, ocupa cada cual su lugar en presencia de esta piedra de toque, la de un Salvador rechazado. La compañía de los gentiles y los soldados, tomaron su posición con mofa, con la brutalidad habitual en ellos de paganos y ejecutadores, como harán los gentiles en gozosa adoración cuando Aquel del que se burlaron será realmente el Rey de los judíos en gloria. Jesús soportó todo eso. Era la hora de Su sujeción a todo el poder del mal: la paciencia debía tener su obra perfecta, a fin de que Su obediencia pudiera ser completa en todos los aspectos. Todo lo aguantó desprovisto de alivio, antes que faltar a la obediencia a Su Padre. ¡Qué diferencia entre esto y la conducta del primer Adán rodeado de bendiciones!

Cada uno había de ser siervo del pecado, o de la tiranía de la impiedad en esta hora solemne, en que todo es sometido a prueba. Obligaron a un Simón –conocido después, según parece, entre los discípulos– a llevar la cruz de Jesús; y el Señor es conducido al lugar de Su crucifixión. Él no evitaría la copa que tenía que beber, ni se privaría de las facultades a fin de permanecer insensible frente a la voluntad de Dios que Él debía sufrir. Las profecías de los Salmos son consumadas en Su Persona, por medio de aquellos que poco pensaban lo que estaban haciendo. Asimismo, los judíos consiguieron bajar al último escalafón del menosprecio. Su Rey fue colgado. Habían de soportar la vergüenza a pesar suyo. ¿De quién era la culpa? Endurecidos y contumaces, compartieron con un malhechor la sórdida satisfacción de insultar al Hijo de Dios, su Rey, el Mesías, para su propia ruina. Citaron de sus Escrituras –fijémonos cuán ciega es la incredulidad–, como expresión de lo que pensaban, aquello que en ellos fue puesto en boca de los enemigos incrédulos de Jehová. Jesús fue sensible a todo, pero la angustia de Su prueba, en la que Él era un testimonio fiel y sosegado, y el abismo de Sus sufrimientos, contenían algo mucho más terrible que toda esta malicia o abandono del hombre. Las crecidas elevaron sus voces87. Una tras otra, las olas de la impiedad arremetieron contra Él; pero las profundidades que le aguardaban debajo, ¿quién podía sondearlas? Su corazón, Su alma –el recipiente de un amor divino– sólo podían ser más profundos que el fondo de aquel abismo que el pecado había abierto para el hombre, para liberar a aquellos que permanecían allí tras haber soportado Él los dolores abismales en Su propia alma. Un corazón que fue siempre fiel, fue abandonado por Dios. Donde el pecado llevó al hombre, el amor llevó al Señor, con una naturaleza y percepción en las que no existían distancias ni separaciones, de modo que pudiera sentirse el pecado en toda su plenitud. Nadie sino Aquel que estaba en ese lugar, podía sondearlo o sentirlo.

Es un espectáculo demasiado maravilloso como para no ver a aquel Hombre justo en el mundo exclamar al final de Su vida que fue abandonado por Dios. Pero así, Él glorificó a Aquel como nadie hizo nunca, y donde nadie excepto Él pudo haberlo hecho –hacerse pecado, en presencia de Dios como tal, sin ningún velo que ocultara, ni propiciación que la cubriera o la soportara.

Los padres, llenos de fe, habían experimentado en sus ansias la fidelidad de Dios, quien respondía a sus corazones. Pero Jesús –en cuanto a la condición de Su alma en aquel momento– gritó en vano. «Gusano y no hombre» ante la vista de todos, tuvo que soportar el abandono de Dios, en quien confiaba.

Los pensamientos de los que le rodeaban, muy alejados de los Suyos, no entendieron siquiera Sus palabras, pero ellos cumplieron las profecías con su ignorancia. Jesús, testificando con un alto tono de voz que no era el peso de la muerte lo que le oprimía, entregó el espíritu.

La eficacia de Su muerte nos es presentada en este Evangelio bajo un doble aspecto. En primer lugar, el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo. Dios, quien se había ocultado siempre detrás de este velo, se descubrió completamente por medio de la muerte de Jesús. La entrada en el lugar santo se hace evidente –un camino vivo y nuevo que Dios ha consagrado para nosotros a través del velo. Todo el sistema judío, las relaciones del hombre con Dios bajo su gobierno, su sacerdocio, se derrumbó con la rasgadura del velo. Cada uno se halló, pues, ante la presencia de Dios sin ningún velo de por medio. Los sacerdotes tenían que estar siempre delante de Su presencia, pero, por este mismo hecho, el pecado, que hacía imposible que estuviéramos allí, fue para el creyente puesto aparte totalmente delante de Dios. El Dios santo y el creyente, lavado de sus pecados, son llevados cerca por la muerte de Cristo. ¡Qué amor tal el que consumó todo esto!

En segundo lugar, aparte de esto, fue tal la eficacia de Su muerte que cuando Su resurrección rompió los lazos que los apresaban, muchos muertos aparecieron en la ciudad –testigos de Su poder, quien, habiendo sufrido la muerte, se elevó por encima de ella, y venciéndola destruyó su poder en Sus propias manos. La bendición se mostraba ahora en la resurrección.

La presencia, por lo tanto, de Dios sin un velo, y de los pecadores sin el pecado delante de ellos, demuestra la eficacia de los sufrimientos de Cristo.

La resurrección de los muertos, sobre los que el rey de los espantos no sostenía más derechos, manifestó la eficacia de la muerte de Cristo para los pecadores, y el poder de Su resurrección. El judaísmo se terminó para aquellos que tienen fe, lo mismo que el poder de la muerte. El velo está rasgado. El sepulcro entregó su presa; Él es el Señor de los muertos y de los vivos88.

Todavía hay un testimonio especial del grandioso poder de Su muerte, hasta el punto de verse reflejado en estas palabras: «Si resucitara de los muertos, traeré a mí a todos los hombres». El centurión de la guardia en la crucifixión del Señor, viendo el terremoto y lo que había sucedido, temblando confiesa la gloria de Su Persona; y extranjero como era para Israel, rinde el primer testimonio de fe entre los gentiles: «Verdaderamente, éste era Hijo de Dios».

Pero el relato sigue. Unas pobres mujeres –a quienes la devoción otorga a menudo, de parte de Dios, más valor que a los hombres en su posición más responsable y ocupada–, permanecían al lado de la cruz, observando lo que hacían a Aquel que amaban89.

Pero ellas no eran las únicas que llenaban el lugar de los asustados discípulos. Otros –y esto ocurre a menudo– a quienes el mundo había demorado, una vez que la profundidad de su afecto es enardecida por los sufrimientos de Aquel que ellos amaban, cuando el momento es tan doloroso que los demás quedan aterrorizados, entonces, valentonados por el rechazo de Cristo sienten que ha llegado el momento de decidirse a confesar al Señor abiertamente. Asociados hasta aquí con aquellos que le crucificaron, ellos debían aceptar este hecho, o bien posicionarse. Por gracia, hicieron esto último.

Dios había preparado todo de antemano. Su Hijo iba a tener Su tumba con los ricos. José osa acudir a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús, y una vez le fue entregado, lo envuelve en tela de lino fino y lo coloca en su propio sepulcro, el cual no había sido nunca utilizado para enterrar en él la corrupción del hombre. María Magdalena y la otra María90, pues éstas eran conocidas, se sentaron cerca del sepulcro, resignadas por todo lo que quedaba de su fe hacia Aquel que habían amado y seguido con adoración durante Su vida.

La incredulidad no contiene fe, y temiendo que lo que niega no sea verdad, desconfía de todo. Los principales sacerdotes solicitaron a Pilato que guardara el sepulcro, a fin de frustrar cualquier intento de los discípulos de fundar la doctrina de la resurrección en la ausencia del cuerpo de Jesús de la tumba en que había sido puesto. Pilato les ordenó asegurar el sepulcro ellos mismos, así que todo lo que hicieron sirvió para que fuesen ellos testimonios indirectos del hecho, y nos aseguráramos nosotros del cumplimiento de lo que ellos temían. Así, Israel era culpable de este esfuerzo de inútil resistencia al testimonio que Jesús había rendido contra ellos, para convencerlos. Las precauciones que Pilato tal vez no habría tomado, ellos las extremaron, de manera que cualquier error acerca del hecho de Su resurrección era imposible.

La resurrección del Señor es descrita brevemente en Mateo. El objetivo es, nuevamente, después de la resurrección, relacionar el ministerio y servicio de Jesús, ahora transferido a Sus discípulos, con los menesterosos del rebaño, el remanente de Israel. Los reunió de nuevo en Galilea, donde continuamente les había estado enseñando, y donde los menospreciados de entre el pueblo habitaban lejos del orgullo de los judíos. Esto vinculó la obra de ellos con la de Él, en aquello que la distinguía de manera especial con referencia al remanente de Israel.

Capítulo 28

Examinaré los detalles de la resurrección en otro momento. Aquí sólo voy considerar su significado en este Evangelio. El sábado terminó –la noche del domingo para nosotros [cap. 28]–, y las dos Marías acuden para ver el sepulcro. En aquel momento, esto fue todo lo que hicieron. Cuando ocurrió el terremoto y sus sucesivos resultados, nadie se hallaba allí excepto los soldados. De noche todo era seguro. Los discípulos ignoraban lo que sucedió a la mañana siguiente. Cuando las mujeres llegaron en el crepúsculo, el ángel que estaba sentado a la puerta del sepulcro las tranquilizó con las noticias de la resurrección del Señor. El ángel del Señor había descendido y abrió la puerta de la tumba, la cual el hombre había cerrado con todas las precauciones91. Al decir verdad, habían dado por segura, mediante testigos irreprochables, la verdad de la predicación de los discípulos, colocando allí a los soldados.  Las mujeres, con su visita la noche anterior, y la mañana cuando el ángel les habló, recibieron plena seguridad para su fe del hecho de Su resurrección. Todo lo que es presentado aquí son los hechos. Las mujeres habían estado allí de noche. La intervención del ángel certificó a los soldados el verdadero carácter de Su abandono de la tumba; y la visita de las mujeres en la mañana estableció el hecho de Su resurrección como un objeto de fe para ellas mismas. Fueron a anunciárselo a los discípulos, quienes, lejos de hacer aquello que los judíos les imputaban, no creían siquiera las afirmaciones de las mujeres. Jesús mismo se apareció a las mujeres que volvían del sepulcro cuando creyeron las palabras del ángel.

Como ya he dicho, Jesús se vincula con Su anterior obra entre los menesterosos del rebaño, apartado del solio de la tradición judía, y del templo, y de todo lo que mantenía al pueblo asociado con Dios según el antiguo pacto. Él concede a los discípulos que le fueran a encontrar allí, y entonces le hallan, y le reconocen. Es en esta escena anterior de los trabajos de Cristo, según Isaías 8 y 9, donde reciben su comisión de parte de Él. Por tanto, no tenemos en este Evangelio, en absoluto, la ascensión de Cristo, sino todo el poder que le es dado a Él en el cielo y en la Tierra, y conforme a ello, la comisión dada a Sus discípulos alcanza a todas las naciones –a los gentiles. A éstos debían ellos anunciar Sus derechos, y hacerlos discípulos.

No obstante, no era solamente el nombre del Señor, ni en relación con Su trono en Jerusalén. Señor del cielo y de la Tierra, Sus discípulos tenían que anunciarle por todas las naciones fundando su doctrina sobre la confesión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Tenían que enseñar, no la ley, sino los preceptos de Jesús. Él estaría con ellos, con los discípulos que así le confesaran, hasta el fin del mundo. Es esto lo que relaciona todo lo que será consumado hasta que Cristo se siente sobre el gran trono blanco, con el testimonio que Él mismo dio sobre la Tierra en medio de Israel. Es el testimonio del reino, y de su Cabeza, una vez rechazada por un pueblo que no le conoció. Vincula el testimonio a las naciones con un remanente en Israel que reconoce a Jesús como el Mesías, pero ahora resucitado de entre los muertos, como Él había dicho, pero no con un Cristo conocido como el ascendido a los cielos. Ni tampoco presenta a Jesús solamente, ni a Jehová, como no siendo el sujeto del testimonio, sino como la revelación del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, el nombre santo por el cual las naciones eran asociadas con Dios.


Referencias

63  Este Salmo es peculiarmente profético del tiempo de Su recibimiento venidero, como a menudo se cita en relación con ello. Volver a nota 63

64  El recurrir a la conciencia es a menudo la respuesta más sabia, cuando la voluntad es perversa. Volver a nota 64

65  Desprecio y violencia son las dos formas del rechazo del testimonio de Dios, y del verdadero testigo. Odian al uno y aman el otro, o aceptan al uno y menosprecian el otro. Volver a nota 65

66  Obsérvese aquí que, desde el capítulo 21:28 hasta el final, tenemos la responsabilidad de la nación vista en posesión de sus privilegios originales, para los cuales debería haber llevado fruto. No habiendo hecho esto, otros son puestos en el lugar de ellos. Ésta no es la causa del juicio que fue, y todavía va a ser de un modo mucho más terrible, ejecutado en Jerusalén, y el cual incluso entonces llevó a cabo la destrucción de la ciudad. La muerte de Jesús, la de los últimos que fueron enviados para buscar fruto, trae el juicio sobre sus asesinos (Mat. 21:33-41). La destrucción de Jerusalén es la consecuencia del rechazo del testimonio del reino presentado para llamarlos en gracia. En el primer caso, el juicio fue sobre los labradores de la vid (los escribas y principales sacerdotes, y los líderes del pueblo). El juicio ejecutado por causa del rechazo del testimonio acerca del reino va más allá (ver cap. 22:7). Algunos menosprecian el mensaje, y otros maltratan a los mensajeros; y, la gracia siendo así rechazada, la ciudad es incendiada y sus habitantes cortados. Comparar cap. 23:36 y la profecía histórica en Lucas 21. La distinción se mantiene en todos los tres evangelios. Volver a nota 66

67  De hecho, esta posición de Israel, y el testimonio relacionado con ella, fueron interrumpidos por la destrucción de Jerusalén; y ésta es la razón por la cual este acontecimiento viene aquí a colación en relación con esta profecía, de la cual no es en absoluto el cumplimiento. El Señor no ha venido todavía, ni la gran tribulación. Pero el estado de cosas a las que alude el Señor, al final del versículo 14, fue violenta y judicialmente interrumpido por la destrucción de Jerusalén, de modo que bajo este punto de vista existe una relación. Volver a nota 67

68  El evangelio del reino fue limitado a Israel en el capítulo 10, y aquí éste, aunque sin ser el asunto de la enseñanza, es el supuesto tema hasta el versículo 14, pero sin hecha una distinción formal: la misión en el capítulo 28 es a los gentiles. Pero luego no hay nada del reino, sino al contrario, aunque Cristo sea sólo resucitado, pero todo el poder es dado a Él en el cielo y en la Tierra. Volver a nota 68

69  No existe un posible terreno para aplicar esta parábola a lo que se llama el juicio general, una expresión realmente contraria a la Escritura. En primer lugar, hay tres grupos, no solamente dos –cabritos, ovejas y hermanos. Luego, es el juicio sólo de los gentiles; y más tarde la base del juicio es totalmente inaplicable a la gran masa incluso de estos últimos. La base del juicio es la manera en que estos hermanos han sido recibidos. Ninguno ha sido enviado a la vasta mayoría de los gentiles en el transcurso de los siglos. El tiempo de esta ignorancia lo toleró Dios, y otra base de juicio respecto a ellos ha sido ya vista en los capítulos 24 y en la anterior parte del capítulo 25. Son precisamente aquellos que el Señor hallará sobre la Tierra cuando venga, y que serán juzgados conforme al trato ofrecido a los mensajeros que Él envió. Volver a nota 69

70  ¡Qué solemne el testimonio dado aquí del efecto de la Iglesia olvidando la cercana esperanza del regreso del Señor! Lo que provoca que la Iglesia profesante se someta a opresión jerárquica y a mundanalidad, como para ser cortada al fin y considerada hipócrita, es que diga en el corazón: «mi señor tarda en venir», abandonando la esperanza actual. Éste ha sido el origen de la ruina. La verdadera posición de los cristiano se perdió cuando empezaron a posponer la venida del Señor; y son tratados, démonos cuenta, pese a este estado, como el siervo responsable. Volver a nota 70

71  El siervo en el capítulo 24 es la responsabilidad colectiva. Volver a nota 71

72  La palabra significa mejor «linternas». Con ellas tenían, o debían tener, aceite en recipientes para alimentar la llama. Volver a nota 72

73  Obsérvese aquí que el despertar es por el grito, que despierta a todas. Esto es suficiente para levantar a todos los profesantes a la actividad, pero el efecto de ello es para probarlos y separarlos. No era el tiempo de obtener aceite o suministros de la gracia para aquellos que ya eran profesantes; la conversión no es el asunto de la parábola, sino el del obtener aceite, y la cual enseña, no lo dudo, que no era el momento de obtenerlo. Volver a nota 73

74  En la parábola de los talentos en Mateo, advertimos el gobierno sobre muchas cosas, el reino, pero se hace más patente mediante la expresión «entra en el gozo de tu Señor», y se otorga la bendición sobre todos los que fueron igualmente fieles en el servicio, fuesen estos grandes o pequeños. Volver a nota 74

75  En las Iglesias de Apocalipsis, Él habla de iglesias existentes, aunque no dudo que es una historia completa de la Iglesia. Volver a nota 75

76  No fue en la casa de Marta que ocurrió esta escena, sino en la de Simón el leproso: Marta servía y Lázaro se sentaba a la mesa. Esto personaliza aún más el sabio gesto de María. Volver a nota 76

77  No hallamos ejemplo de que los discípulos entendieran alguna vez lo que Jesús les decía. Volver a nota 77

78  Cristo satisfizo el corazón de la pobre mujer en la ciudad en la que fue pecadora, explicó allí la mente de Dios, y se la contó a ella. Satisfizo el corazón de María allí, y justificó y gratificó su afecto, dando la divina apreciación de lo que ella hizo. Él satisfizo el corazón de María Magdalena en el sepulcro, para quien el mundo era algo vacío si Él no se hallaba allí, y revela la mente de Dios en sus formas más elevadas de bendición. Tal es el efecto de una unidad con Cristo. Volver a nota 78

79  La envidia de los principales de Israel era conocida de los discípulos: «Maestro, los judíos de antes intentaron apedrearte, y tu vuelves allí?» Y después por Tomás (un testimonio providencial al amor de aquel que después mostró su incredulidad acerca de la resurrección de Jesús): «Vayamos para que podamos morir con Él». El corazón de María sin duda que sintió esta enemistad, y mientras crecía, su unidad al Señor crecía con ella. Volver a nota 79

80  El corazón de Judas fue el origen de este mal, pero los otros discípulos, no ocupándose en Cristo, caen en la trampa. Volver a nota 80

81  «Nueva» no es nuevamente (neon), sino de manera novedosa (kainon). Volver a nota 81

82  Es maravilloso ver al Señor en la plena agonía de la copa anticipada, sólo hasta entonces presentándosela a Su Padre, sin beberla. Y cuando se vuelve para dirigirse a los discípulos para hablarles con gracia serena, igual que en Galilea, regresando al terrible conflicto de espíritu exactamente por lo que ante Su alma se exhibía. En Mateo, Él es la víctima, y el agravio, sin circunstancia que lo aliviara, es lo que halla aquí Su alma. Volver a nota 82

83  Me propongo hablar de los sufrimientos del Señor cuando estudiemos el Evangelio de Lucas, en donde son descritos con más detalle; puesto que es como Hijo del Hombre que Él allí es especialmente presentado. Volver a nota 83

84  Obsérvese en este momento crucial y solemne, el lugar que el Señor otorga a las Escrituras: que así debía ser, que allí fue (vers. 54). Éstas son la Palabra de Dios. Volver a nota 84

85  Creo que se podrá ver, al comparar los Evangelios, que el Señor fue custodiado en casa de Caifás en el transcurso de la noche, cuando Pedro le negó, y que se reunieron formalmente de nuevo por la mañana, y preguntándole al Bendito Señor, recibieron de Él la confesión por la que le condujeron a Pilato. De noche se trataba solamente de líderes activos, pero de mañana hubo una reunión formal del Sanedrín. Volver a nota 85

86  Es curioso que este nombre signifique «hijo de Abba», como si Satanás se burlara de ellos con él. Volver a nota 86

87  Hallamos en Mateo, reunidos a propósito, la deshonra cometida al Señor y los insultos que se le hicieron, y en Marcos, el abandono de Dios. Volver a nota 87

88  La gloria de Cristo en ascensión, y como Señor de todo, no es contemplada históricamente en el entorno de Mateo. Volver a nota 88

89  La parte que tienen las mujeres en toda esta historia es muy instructiva, especialmente para ellas. La actividad del servicio público, el que puede llamarse «obra», pertenece naturalmente a los hombres –todo lo relativo a lo designado generalmente como ministerio–, aunque las mujeres participan de una actividad muy preciosa en privado. Pero hay otro aspecto de la vida cristiana que les pertenece exclusivamente a ellas, y es la devoción amante y personal a Cristo. Fue una mujer la que ungió al Señor mientras los discípulos murmuraban; las mujeres que estaban a la cruz cuando todos, excepto Juan, le abandonaron; las mujeres que vinieron al sepulcro y que fueron enviadas a anunciar la verdad a los apóstoles, quienes después de todo regresaron a sus hogares; las mujeres que ministraron las necesidades del Señor. En realidad, esto tiene un alcance mayor. La entrega en el servicio quizás sea la parte del hombre, pero el instinto de afecto que penetra más íntimamente en la posición de Cristo, y está así en relación directa con Sus sentimientos, en comunión más estrecha con los sufrimientos de Su corazón, es la parte de la mujer; ciertamente muy bendecida. La actividad del servicio para Cristo, tiene al hombre un poco fuera de esta posición, cuando menos si el cristiano no es prudente. Todo tiene, no obstante, su lugar. Hablo de aquello que es característico, pues existen mujeres que han servido mucho, y hombres que han sentido mucho. Obsérvese también aquí que, lo que creo ya manifesté, este acercamiento del corazón hacia Jesús es la posición donde las comunicaciones del verdadero conocimiento son recibidas. Todo el primer evangelio es anunciado a la pobre mujer que era pecadora y que lavó Sus pies; a María, el bálsamo para Su muerte; a María Magdalena, nuestra elevada posición; a Juan, que se reclinaba en Su regazo, la comunión que Pedro deseaba. Y aquí, las mujeres tienen una amplia participación. Volver a nota 89

90  Es decir, María la mujer de Cleofás, y madre de Santiago y José, de la que se habla tanto como «la otra María». En Juan 19:25, María la mujer de Cleofás es tomada como aposición de la hermana de Su madre. Pero esto es simplemente un error. Se trata de otra persona. Había cuatro: tres Marías, y la hermana de Su madre. Volver a nota 90

91  Yo entiendo que el Señor Jesús había abandonado la tumba antes de que fuera retirada la piedra. Esto último era para los ojos mortales. Volver a nota 91

© Traducción D. Sanz

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