Sinopsis De Los Libros De La Biblia

— El Evangelio Según Mateo —

J N Darby

(Capítulos 11-20)

Capítulo 11

En este capítulo, habiendo enviado a Sus discípulos a predicar, Él continúa el ejercicio de Su propio ministerio. Las noticias de las obras de Cristo llegan a Juan en la prisión. Éste, en cuyo corazón, no obstante su don profético, quedaban todavía reminiscencias judías y esperanzas, manda por medio de sus discípulos a preguntar a Jesús si Él era Aquel que había de venir, o bien habían de continuar buscándole31. Dios permitió que se hiciera esta pregunta para poner todas las cosas en su lugar. Cristo, siendo el Verbo de Dios, debería ser Su propio testimonio. Debería darlo acerca de Sí mismo igual que acerca de Juan, y no recibirlo de este último. Esto es lo que hizo en presencia de los discípulos de Juan. El curó todas las enfermedades de los hombres, y predicó el evangelio a los pobres. Los mensajeros de Juan tenían que presentar ante él el verdadero testimonio de lo que Jesús era. Y Juan tenía que recibirlo. Era por estas cosas que los hombres eran sometidos a prueba. Bienaventurados aquellos que no se ofendían por el semblante humilde del Rey de Israel. Dios manifestado en carne no vino a buscar la pompa de la realeza, aunque fuera Su derecho, sino la liberación de los hombres sufrientes. Su obra revelaba un carácter mucho más divino en profundidad, el cual tenía una acción en origen de mayor gloria que aquella que dependía de la posesión del trono de David –más que la acción que hubiera puesto a Juan en libertad y hubiese terminado con la tiranía que le tenía prisionero).

El emprender este ministerio, el descender al centro de este ejercicio y soportar los dolores y las cargas de Su pueblo, podía ser una ocasión de caída para un corazón carnal que buscaba la apariencia de un reino glorioso que llenara el orgullo de Israel. Pero ¿no era ello divinamente mejor y más necesario para la condición del pueblo según Dios lo veía? El corazón de cada uno sería así probado para manifestarse si pertenecía a aquel remanente penitente, el cual discernía los caminos de Dios, o bien a la multitud orgullosa, la cual procuraba solamente su propia gloria, careciendo de una conciencia ejercitada ante Dios y de un sentido de su necesidad y miseria.

Habiendo situado a Juan bajo la responsabilidad de recibir este testimonio, el cual sometía a todo Israel bajo la prueba, y habiendo distinguido al remanente de la nación en general, el Señor lleva entonces testimonio al mismo Juan, dirigiéndose a la multitud y recordándoles cómo habían seguido las enseñanzas de Juan. Les muestra el nivel exacto al cual había llegado Israel en los caminos de Dios. La introducción, en testimonio, del reino marcaba la diferencia entre aquello que lo precedía y lo que le seguía después. Entre todos los nacidos de mujer, no existió nadie mayor que Juan, nadie que hubiera estado más cerca de Jehová y hubiese sido enviado delante de Él, nadie que hubiera rendido de Él un testimonio más exacto y completo y que hubiese estado tan separado del mal por el poder del Espíritu de Dios –una separación propia del cumplimiento de tal misión entre el pueblo de Dios. Todavía no había estado en el reino, porque no se había establecido. Y estar en la presencia de Cristo en Su reino, gozando del resultado del establecimiento de Su gloria32 era algo más grande que todo el testimonio de la venida del reino.

No obstante, desde el tiempo de Juan el Bautista se produjo un gran cambio. Desde entonces el reino se había anunciado. No estaba establecido, pero sí se había predicado. Esto era algo muy distinto a las profecías que hablaban del reino para un período aún más lejano, mientras seguía encomendándose al pueblo a la ley dada por Moisés. El Bautista precedió al Rey anunciando lo cerca que estaba el reino y ordenando a los judíos que se arrepentieran, para que pudieran entrar en él. Así, la ley y los profetas hablaban de parte de Dios hasta la llegada de Juan. La ley era la norma; los profetas, manteniendo esta norma, fortalecían las esperanzas y la fe del remanente. Ahora, la energía del Espíritu obligaba a los hombres a que se abrieran camino a través de cada dificultad y de toda la oposición de los líderes de la nación y de un pueblo ciego, a fin de que alcanzasen a base de esfuerzos el reino de un Rey rechazado por la ciega incredulidad de aquellos que deberían haberle recibido. Era necesaria esta violencia para entrar en el reino –viendo que el Rey había venido en humillación, y que había sido rechazado. La puerta estrecha era la única entrada.

Si la fe pudiera realmente penetrar en la mente de Dios acerca de esto, Juan era el Elías que debía venir. El que tenía oídos para oír, dejemos que lo hiciera. Era, de hecho, para éstos solamente.

En caso de haber surgido el reino en la gloria y en el poder de su Cabeza, la violencia no hubiera sido necesaria, sino que se habría poseído como el efecto certero de este poder. Pero era la voluntad de Dios que ellos fueran moralmente sometidos a prueba. Fue así también porque debieron haber recibido a Elías en espíritu.

El resultado es dado en las palabras del Señor que vienen ahora, es decir, el verdadero carácter de esta generación, y los caminos de Dios en relación a la Persona de Jesús, manifestados por Su mismo rechazo. Como generación, las amenazas de justicia y los atractivos de la gracia fueron para ellos igualmente perdidos de vista. Los hijos de la sabiduría, aquellos cuyas conciencias eran enseñadas por Dios, reconocían la verdad del testimonio de Juan, apropiándoselo en su contra, y la gracia, tan necesaria para los culpables, de los caminos de Jesús.

Juan, separado de la iniquidad de la nación, poseía, a ojos de ellos, un demonio. Jesús, afectuoso hacia los más desdichados, era acusado de complacerse en los malos caminos. Sin embargo, la evidencia era lo suficientemente poderosa como para haber amansado el corazón de todo un Tiro o una Sodoma, y la justa reprensión del Señor previene a la nación perversa e incrédula de un juicio más terrible que aquel que aguardaba al orgullo de Tiro o a la corrupción de Sodoma.

Pero esto era una prueba para los más agraciados de la humanidad. También podría haberse dicho: ¿por qué no se enviaba este mensaje a Tiro, donde prestos hubieran escuchado? ¿Por qué no a Sodoma, para que la ciudad hubiera escapado del fuego que la consumió? Ello es debido a que el hombre debe ser probado de todas las maneras, a fin de que los perfectos consejos de Dios sigan su curso. Si Tiro o Sodoma habían abusado de las bendiciones que un Dios creador y providente había acumulado sobre ellos, los judíos tenían que manifestar lo que había en el corazón del hombre, cuando ellos poseían todas las promesas y eran los depositarios de todos los oráculos de Dios. Se envanecieron con este don, y se alejaron del Dador. Su ciego corazón no reconocía a su Dios, e incluso le rechazaba.

El Señor sintió el menosprecio de Su pueblo, al cual amaba. Pero, como el Hombre obediente sobre la Tierra, se sujetó a la voluntad de Su Padre, quien, actuando con soberanía, el Señor del cielo y la Tierra, manifestó, en el ejercicio de esta soberanía, sabiduría divina, y la perfección de este carácter. Jesús acepta la voluntad de Su Padre y sus consecuencias, y, así sujeto, ve su perfección.

Era propio de Dios que revelara a los humildes todos los dones de Su gracia en Jesús, este Emanuel sobre la Tierra; y que Él los protegiera del orgullo que quería penetrar en ellos y juzgarlos. Pero esto abre la puerta a la gloria de los consejos de Dios en ello.

La verdad es que Su Persona era demasiado gloriosa para ser sondeada o comprendida por el hombre, aunque Sus palabras y Sus obras dejaban a la nación sin excusa, por rehusar venir a Él para conocer al Padre.

Jesús, sujeto a la voluntad de Su Padre, aunque profundamente sensible a todo lo que ocasionaba dolor a Su corazón en sus resultados, ve toda la extensión de la gloria que seguiría a Su rechazo.

Todas las cosas fueron entregadas a Él por Su padre. Es el Hijo el que es revelado a nuestra fe, siendo quitado el velo que cubría Su gloria, ahora que es rechazado como Mesías. Nadie conoce al Hijo sino el Padre. ¿Quién de entre los orgullosos podía sondear lo que Él era? Aquel que desde toda eternidad había sido uno con el Padre, se hizo Hombre, y sobrepasó, en el inescrutable misterio de Su ser, todo conocimiento excepto el del Padre mismo. La imposibilidad de conocer a Aquel que se despojó para hacerse Hombre, mantenía la certidumbre, la realidad, de Su divinidad, la cual esta propia renunciación podría haber ocultado de los ojos de la incredulidad. La impenetrabilidad de un ser en una forma finita revelaba el infinito que se hallaba dentro. Su divinidad estaba garantizada a la fe, contra el efecto de Su humanidad sobre la mente humana. Pero si nadie conocía al Hijo, excepto el Padre sólo, el Hijo, quien es verdaderamente Dios, era capaz de revelar al Padre. Nadie ha visto jamás a Dios. El Hijo unigénito, quien está en el seno del Padre, le ha revelado. Nadie conoce al Padre excepto el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar. ¡Mísera ignorancia que en su orgullo rechaza al Hijo! Fue así, conforme al beneplácito del Hijo, que esta revelación fue hecha. ¡Notable atributo de la perfección divina! Él vino para este propósito, de acuerdo a Su propia sabiduría. Tal era la verdad de las relaciones del hombre con Él, aunque Él se sujetó a la humillación dolorosa de verse rechazado por Su propio pueblo, como la prueba final de su estado y el del hombre.

Obsérvese también aquí, que este principio, esta verdad con respecto a Cristo, abre la puerta a los gentiles, a todos los que debían ser llamados. Él revela al Padre a los que Él quiere. Él siempre busca la gloria del Padre. Él solo puede revelarle –Aquel a quien el Padre, el Señor del cielo y la Tierra, ha entregado todas las cosas. Los gentiles están incluidos en los derechos conferidos por este título, incluso cada familia en el cielo y en la Tierra. Cristo ejerce estos derechos en gracia, llamando a los que Él quiere al conocimiento del Padre.

Así hallamos aquí a la generación perversa y sin fe. Un remanente de la nación que justificaba la sabiduría de Dios como la manifestaron Juan y Jesús en juicio y en gracia; la sentencia del juicio sobre los incrédulos; el rechazo de Jesús en el carácter bajo el cual Él se había presentado a la nación; y Su sujeción perfecta, como Hombre, a la voluntad de Su Padre en este rechazo, dando ocasión para la manifestación a Su alma de la gloria debida a Él como Hijo de Dios –una gloria que nadie podía conocer, de igual modo que Él solo podía revelar la de Su Padre. Así que el mundo que le rechazó estaba bajo total ignorancia, excepto en el puro afecto de Aquel que se complace en revelar al Padre.

Deberíamos destacar también aquí, que la misión de los discípulos al Israel que rechazó a Cristo continúa (si Israel se halla en la tierra) hasta que Él venga como Hijo del Hombre bajo Su título judicial y de gloria como Heredero de todas las cosas (es decir, hasta el juicio por el cual Él toma posesión de la tierra de Canaán, en un poder que no deja alternativa a Sus enemigos). Éste, Su título de juicio y gloria como Heredero de todo, es mencionado en Juan 5, Daniel 7, y en los Salmos 8 y 80.

Observemos también que, en el capítulo 11, la malignidad de la nación que había rechazado el testimonio de Juan, y el del Hijo del Hombre venido en gracia y asociándose así con los judíos, abre la puerta al testimonio de la gloria del Hijo de Dios, y a la revelación del Padre por Él en soberana gracia –una gracia que podía hacerle conocido tan eficazmente a un pobre gentil como a un judío. Ya no se trataba de una responsabilidad receptora, sino de la gracia soberana que se transmitía a quien quería. Jesús conocía al hombre, al mundo, a la generación que había gozado de las mayores ventajas de todas las que se hallaban en el mundo. No había descanso posible en las cenagosas aguas que diáfanas habíanse alejado de Dios. En medio de un mundo de maldad, Jesús permaneció el solo confesor del Padre, la fuente de todo bien. ¿A quiénes llama Él? ¿Qué otorga Él a los que acuden? Única fuente de bendición y revelación del Padre, Él llama a todos aquellos que están cansados y cargados. Quizás no conocían la fuente de toda la miseria, esto es, de la separación de Dios: el pecado. Él los conocía, y sólo Él podía curarlos. Si era el discernimiento del pecado lo que pesaba sobre ellos, tanto mejor. En todos los sentidos, el mundo no podía ya satisfacer sus corazones; eran menesterosos, y por tanto los objetos del corazón de Jesús. Además, Él les daría descanso. No explica aquí por qué medios lo haría, sino que simplemente anuncia el hecho. El amor del Padre, el cual en gracia, en la Persona del Hijo, vino a buscar a los desdichados, otorgaría el reposo (no simplemente alivio o comprensión, sino reposo) a cada uno que viniera a Jesús. Era la perfecta revelación del nombre del Padre al corazón de aquellos que lo necesitaban; y esto por medio del Hijo: paz, paz con Dios. Sólo tenían que acudir a Cristo, pues Él lo llevaba todo y proporcionaba descanso. Existe un segundo elemento en la palabra descanso. Hay más que paz mediante el conocimiento del Padre en Jesús. Y más de lo que se necesita, pues incluso cuando el alma está perfectamente en paz con Dios, este mundo presenta muchas causas de dolor al corazón. En estos casos, se trata de ser sumiso o de mostrar el yo. Cristo, en la conciencia de Su rechazo, en el profundo dolor producido por la incredulidad de las ciudades en que había realizado tantos milagros, acababa de manifestar la sumisión más completa a Su Padre, y había hallado en ello perfecto descanso para Su alma. A ello invita a todos los que le escuchaban, a todos los que sentían la necesidad de descanso para sus propias almas. «Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí», es decir, el yugo de la sumisión a la voluntad de Su Padre, aprendiendo de Él para enfrentarse a los problemas de la vida; pues Él era «manso y humilde de corazón», contento de estar en el lugar más vil por voluntad de Su Dios. De hecho, nada puede echar a nadie que se halle en este lugar, porque es el sitio de perfecto descanso para el corazón.

Capítulo 12

Finalmente, el rechazo de la nación, como consecuencia de su desprecio por el Señor, es claramente manifestado, así como la cesación de todos Sus tratos con ellos como nación, a fin de presentar de parte de Dios un sistema totalmente diferente, es decir, el reino en una forma particular. Así, este último capítulo es la gran intersección de toda la historia. Cristo es un testigo divino de Sí mismo, y Juan el Bautista también tiene el testimonio para recibirle, como cualquier otro. Él ya no estaba en la condición de Mesías, de la que testificaba, sino como Hijo de Dios, y da Su testimonio completo a Juan. Pero la nación había rechazado a Dios, quien se manifestó lo mismo en gracia que en amonestaciones: sólo quedaba un remanente. La sabiduría era justificada por sus hijos. Después viene la sumisión a Su rechazo, cruel como lo era, según la voluntad del Padre; pero ello le lleva a penetrar en la conciencia de Su gloria personal, el verdadero terreno de este rechazo. Todas las cosas fueron entregadas a Él por Su Padre. Nadie podía conocerle, ni tampoco al Padre, a menos que Él le revelara. El mundo entero, probado por Su perfección, fue hallado sumido en la impiedad –aunque con un remanente preservado–, porque el hombre estaba universalmente alejado de Dios. Él miró desde el cielo, como leemos, pero todos se habían apartado del camino, y no había nadie justo, ni siquiera uno. Así que Jesús, cuando caminaba sobre el mar, permanecía solo en un mundo juzgado porque le rechazó, pero ahora en la soberana gracia del Padre permanecía como el Hijo revelador, invitando a la revelación de esta gracia en Sí mismo. Ésta es precisamente ahora la nueva posición. Él había probado al hombre. Todo aquello que Él era, impedía al pueblo recibirle como tal. Ahora, el que estuviera cansado, debería venir a Aquel que permanecía así en soledad, y Él le daría descanso. Debían aprender de Él, quien de esta manera se había sujetado plenamente, y obtendrían el descanso frente al mundo y frente a todo lo demás aquí. Lo mismo sucede con nosotros: donde nos sometemos totalmente, llegamos a la conciencia de que poseemos nuestros privilegios inmerecidamente, sobre el elevado terreno celestial.

La primera circunstancia que hizo que se cuestionara Su Persona, y el derecho Suyo de cerrar la dispensación, fue el recoger espigas de trigo por parte de los discípulos y el triturarlas en las manos para satisfacer su hambre. Por este motivo los reprendieron los fariseos, pues lo hicieron en sábado. Jesús presenta ante ellos que el rey, rechazado por la malicia de Saúl, participó de aquello solamente permitido a los sacerdotes. El Hijo de David, en un caso similar, bien podía gozar de un privilegio igual. Además, Dios actuaba en gracia. El sacerdote también profanaba el sábado en el servicio del templo; y Uno mayor que el templo se hallaba allí. De igual modo, si ellos hubieran conocido realmente la mente de Dios, y se hubieran concienciado de lo que el Espíritu declara que por Su Palabra le era aceptable, «misericordia quiero y no sacrificios», no habrían condenado a los inocentes discípulos. Como añadido, el Hijo del Hombre era Señor incluso del sábado. Aquí Él ya no utiliza el título de Mesías, sino el de Hijo del Hombre –un nombre que testificaba de un orden nuevo de cosas y de un poder más amplio. Ahora bien, lo que dijo tenía gran significado, pues el sábado era la señal del pacto entre Jehová y la nación (Ezeq. 20:12-20); y el Hijo del Hombre declaraba este poder sobre ello. Si esto era alterado, el pacto pasaba a formar parte del pasado.

Se suscita la misma pregunta en la sinagoga; y el Señor persevera al actuar en gracia y haciendo el bien, mostrándoles que ellos harían lo mismo por alguien del rebaño. Esto sólo excita su odio, tanto más cuanto mayor era la prueba de Su poder benefactor. Eran hijos del homicida. Jesús se retira de ellos y grandes multitudes le siguen. Los sana, y les pondera que no le delaten por ello. En todo esto, sin embargo, Su hechos no eran más que la consumación de una profecía que ubicaba la posición del Señor sobre este momento. Llegaría la hora cuando Él conduciría el juicio a la victoria. Entretanto, permanecía en la posición de completa humildad, en la cual la gracia y la verdad podían encomendarse solas a los que las necesitaban y sabían apreciarlas. Pero en el ejercicio de esta gracia, y en Su testimonio de la verdad, no haría nada que falsificase este carácter, ni atraería la atención de los hombres para que fuera obstáculo a Su verdadera obra, o que la convirtiera en algo suspicaz con que Él mantuviese Su honor. No obstante, el Espíritu de Jehová estaba sobre Él como el Amado, en quien se gozaba Su alma; y declarando el juicio a los gentiles, éstos deberían confiar en Su nombre. La aplicación de esta profecía a Jesús en aquel momento es muy evidente. Vemos hasta qué punto se guardaba de los judíos, absteniéndose de la gratificación de sus deseos carnales respecto a Sí mismo, y satisfecho de quedarse detrás si Dios el Padre era glorificado, y si con glorificarle Él sobre la Tierra era haciendo el bien. Pronto había de darse a conocer a los gentiles, ya fuera por la ejecución del juicio de Dios o presentándose como Aquel en quien deberían confiar.

Este pasaje es expresamente situado aquí por el Espíritu Santo, a fin de dar la representación exacta de Su posición antes de desarrollarse las nuevas escenas que Su rechazo prepara para nosotros.

Él, entonces, echa fuera de un hombre sordomudo a un demonio –una condición triste, que describe con acierto la misma del pueblo con respecto a Dios. La multitud, llena de admiración, exclama: «¿Será éste aquel Hijo de David?» Pero los religiosos, oyéndolo, celosos del Señor, y hostiles al testimonio de Dios, declaran que Jesús efectuó este milagro por el poder de Belzebú, sellando así su propia condición y colocándose bajo el definitivo juicio de Dios. Jesús demuestra lo absurdo de su declaración. Satanás no destruiría su propio reino. Los propios hijos de ellos, pretensiosos de hacer lo mismo, serían los que juzgarían su iniquidad. Pero si no fue el poder de Satanás –y los fariseos admitieron que los demonios sí fueron echados fuera– fue el dedo de Dios, y el reino de Dios estaba entre ellos. Aquel que había entrado en la casa del hombre fuerte para despojar sus bienes, tenía que atarlo primero.

La verdad es que la presencia de Jesús sometía todo a prueba. Del lado de Dios, todo estaba centrado en Él. Era Emanuel mismo quien se hallaba allí. El que no estaba por Él, estaba en contra de Él. Quien no recogía con Él, desparramaba. Todo a partir de ahora dependía solamente de Él. Soportaría toda la incredulidad acerca de Su Persona. La gracia no podía modificar eso. Él podía perdonar todos los pecados, pero hablar en contra y blasfemar del Espíritu Santo –es decir, reconocer el ejercicio de un poder, el cual es el de Dios, y atribuirlo a Satanás–, no tenía perdón, pues los fariseos admitían que el demonio fue echado, y con toda malicia y odio deliberado hacia Dios, ellos lo imputaban a Satanás. ¿Qué perdón podía hallarse para esto? No existía ninguno, ni en la época de la ley 33 ni en la del Mesías. La suerte de aquellos que actuaban de este modo estaba decidida. Esto es lo que el Señor quería que ellos entendieran. El fruto demostraba la naturaleza del árbol, que era esencialmente malo. Eran una generación de víboras. Juan les había dicho lo mismo; sus palabras los condenaban. Los escribas y fariseos pedían una señal acerca de ello. No era más que malignidad, pues ya habían tenido suficientes señales. Se trataba sólo de excitar la incredulidad del resto. Esta petición permite al Señor pronunciar el juicio de esta generación: solamente habría la señal de Jonás para ellos. Como Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del pez, así el Hijo del Hombre estaría tres días y tres noches en el corazón de la Tierra. Pero he aquí que Cristo ya era a la sazón rechazado.

Los ninivitas, por su conducta, deberían condenar a esta generación en el día del juicio, porque se arrepintieron por la predicación de Jonás. Y uno mayor que Jonás se hallaba allí. La reina del sur asimismo testificaba en contra de la maldad de esta perversa generación. Su corazón, atraído por la fama de la sabiduría de Salomón, la había conducido a él desde los confines de la Tierra, y Uno mayor que Salomón se hallaba allí. Los pobres gentiles ignorantes comprendieron la sabiduría de Dios en Su Palabra, ya fuera mediante el profeta o el rey, mejor que Su amado pueblo, aun cuando el Gran Rey y Profeta estaba entre ellos.

Éste fue entonces Su juicio: el espíritu inmundo (de idolatría) que había salido del pueblo, no hallando descanso lejos de Israel –su verdadera casa, mientras que ellos, ay, debieron haberla sido para Dios– retornaría con siete espíritus peores que el primero. Hallaría la casa vacía, barrida y adornada, y el posterior estado de ésta sería peor que el primero. ¡Qué juicio más solemne del pueblo era éste, que aquellos entre quienes había caminado Jehová devinieran la habitación de un espíritu inmundo, de una sobreabundancia de espíritus inmundos; no meramente siete, el número completo, sino con éstos aquel otro espíritu –juntamente con los cuales les incitaría a la locura contra Dios y contra aquellos que le honraban, y los conduciría a su propia destrucción, volviendo otra vez a sumirlos en la idolatría de que habían salido! El juicio de Israel se había pronunciado.

En conclusión, Jesús rompe públicamente los lazos naturales que existían entre Él y el pueblo según la carne, reconociendo a aquellos solamente que estaban formados por la Palabra de Dios y se manifestaban haciendo la voluntad de Su Padre que está en los cielos. Aquellas personas eran las que Él reconocería como Suyas, formadas según el modelo del Sermón del Monte.

Capítulo 13

Sus acciones y Sus palabras, después de todo, testifican de la nueva obra que Él estaba haciendo sobre la Tierra. Abandonando la casa, se sienta junto al lago. Toma una nueva posición afuera para anunciar a la multitud aquello que era Su verdadera obra: un sembrador que salió a sembrar.

El Señor ya no buscaba fruto en Su viña. Fue un requisito conforme a las relaciones de Dios con Israel el que Él buscara este fruto; pero Su verdadero servicio, como bien sabía, era traer aquello que podía producir fruto, y no el hallar alguno en los hombres.

Es importante destacar aquí que el Señor habla del efecto visible y exterior de Su obra como Sembrador. La única ocasión aquí en que expresa Su juicio acerca del motivo en cuestión, es cuando dice: «No tenían raíz»; e incluso aquí es un hecho establecido. De las doctrinas respecto a la operación divina necesaria para la producción de frutos, no se nos habla aquí. Es el Sembrador quien está delante, y el resultado de Su siembra, no aquello que hace que la semilla germine en la tierra. En cada caso, excepto el primero, se produce un determinado efecto.

Luego es presentado el Señor comenzando Su obra, la cual es independiente de toda relación anterior entre Dios y los hombres, llevando con Él la semilla de la Palabra, que Él siembra en el corazón mediante Su ministerio. Donde permanece, donde es comprendida, donde no es sofocada ni marchitada, produce fruto para Su gloria y para la felicidad y provecho del hombre que la tiene.

En el versículo 11, el Señor muestra la razón por la que Él habla enigmáticamente a la multitud. Se produce definitivamente una distinción entre el remanente y la nación: esta última estaba bajo el juicio de ceguera anunciado por el profeta Isaías. Bienaventurados eran los ojos de los discípulos que vieron al Emanuel, al Mesías, el objeto de las esperanzas y de los deseos de tantos profetas y hombres justos. Todo ello marca el juicio, y un remanente llamado y preservado34.

Haré ahora unas cuantas observaciones sobre el carácter de las personas de las que el Señor habla en las parábolas.

Cuando la Palabra es sembrada en el corazón que no la comprende, cuando no produce ninguna relación de inteligencia, de sentimientos, o siquiera de conciencia entre el corazón y Dios, el enemigo se la lleva: no permanece en el corazón. Aquel que la escuchó, no era menos culpable: lo que fue sembrado en su corazón se adaptaba a cada necesidad suya, a la naturaleza y a la condición del hombre.

El recibimiento inmediato de la Palabra con gozo, en el próximo ejemplo, tiende más bien a corroborar que el corazón no quiere retenerla, pues es casi improbable en tal caso que la conciencia sea tocada. Una conciencia tocada por la Palabra torna en seriedad a un hombre, pues se ve en la presencia de Dios, lo cual es siempre algo serio, sea cual fuere la atracción de Su gracia o la esperanza inspirada por Su bondad. Si no se ha llegado a la conciencia, no hay raíz. La Palabra fue recibida por el gozo que transmitía. Cuando trae tribulación, es abandonada. Una vez ha sido ejercitada la conciencia, el evangelio trae de pronto alegría; pero si no, despierta la conciencia donde de veras se está produciendo una obra. El primer ejemplo es la respuesta a ello, y suple las privaciones que allí hay. El segundo ejemplo, crea estas privaciones.

La historia de cada día es, ¡ay!, la triste y mejor explicación del tercer ejemplo. No existe siquiera mala voluntad, sino esterilidad.

Que la Palabra fue comprendida se afirma solamente de aquellos que llevaron fruto. La comprensión verdadera de la Palabra trae a un alma en relación con Dios, porque la Palabra revela a Dios, expresa lo que Él es. Si yo la comprendo, yo le conozco; y el conocimiento verdadero de Dios –es decir, del Padre y de Su Hijo Jesucristo– es la vida eterna. Ahora bien, cualquiera que sea el grado de luz, es siempre Dios así revelado el que es dado a conocer por la Palabra que Jesús siembra. Así, siendo nacidos de Dios, produciremos, en diversas medidas, los frutos de la vida de Dios en este mundo. Porque el sujeto aquí es el resultado, en este mundo, de la recepción de la verdad traída por Jesús –no es el cielo, ni aquello que Dios motiva en el corazón para hacer que la semilla lleve fruto.

Esta parábola no habla, a modo de analogía, del reino, aunque la Palabra sembrada fuera la Palabra del reino, sino del gran principio elemental del servicio de Cristo en la universalidad de su aplicación, que fue llevado a cabo en Su propia Persona y servicio mientras estaba sobre la Tierra, y después de Su partida, aunque pudieran presentarse entonces aspectos más plenos de la gracia.

En las seis parábolas siguientes, hallamos analogías del reino. Debemos recordar que se trata del reino establecido durante el rechazo del Rey35, y que consecuentemente tiene un carácter peculiar. Es decir, que es caracterizado por la ausencia del Rey, añadiéndole a esto, en la explicación de la primera parábola, el efecto de Su retorno.

Las primeras tres de estas seis parábolas presentan el reino en su forma exterior en el mundo. Son dirigidas a la multitud. Las últimas tres presentan el reino conforme a la valoración del Espíritu Santo, de acuerdo a la realidad de su carácter visto por Dios –la mente y los consejos de Dios en ello. Éstas van pues destinadas sólo a los discípulos. El establecimiento público del reino en la justicia y el poder de Dios, también es anunciado a ellos, en la explicación de la parábola de la cizaña.

Consideremos primero la exterioridad del reino anunciado públicamente a la multitud, la forma exterior que asumiría.

Debemos recordar que el Rey, es decir, el Señor Jesús, fue rechazado sobre la Tierra; que los judíos, al rechazarlo, se condenaron ellos mismos; que, siendo la Palabra de Dios utilizada para consumar la obra de Aquel a quien el Padre había enviado, el Señor declaró así que el reino lo estableció Él, no por Su poder ejercido en justicia y en juicio, sino testificando a los corazones de los hombres; y que el reino ahora asumía un carácter relacionado con la responsabilidad del hombre, y con el resultado de la Palabra de luz sembrándose en la Tierra, dirigida a los corazones de los hombres y dejada allí como un sistema de verdad a la fidelidad y al cuidado de los hombres –Dios, sin embargo, guardando Su derecho soberano de preservar a Sus hijos y la verdad para Sí mismo. Esta última parte no es el asunto de las parábolas. Lo he presentado aquí porque de otro modo se habría supuesto que todo dependía absolutamente del hombre. Si así hubiera sido, todo se habría dado por perdido.

La parábola de la cizaña viene primero. Nos proporciona una idea general del efecto de estas siembras con respecto al reino, o más bien, el resultado de haber encomendado aquí abajo el reino a las manos de los hombres.

El resultado fue que el reino aquí abajo ya no presentaba en general el aspecto de la propia obra del Señor. Él no siembra cizaña. Por la negligencia y la inconstancia de los hombres, el enemigo obtuvo el medio de sembrarla. Obsérvese que esto no se aplica a los paganos ni a los judíos, sino al mal hecho por Satanás entre los cristianos a través de malas doctrinas, falsos maestros y sus seguidores. El Señor Jesús sembró. Mientras dormían los hombres, Satanás también sembró. Había judaizantes, filósofos, herejes que combregaban con los primeros por una parte, y por otra se oponían a la verdad del Antiguo Testamento.

No obstante, Cristo sólo sembró la buena semilla. ¿Debe pues la cizaña ser arrancada? Está claro que la condición del reino durante la ausencia de Cristo depende de la respuesta a esta pregunta, y arroja luz sobre esta condición. Pero existía aún menos poder para procurar un remedio, que el que había para prevenir el mal. Todo debería permanecer sin remedio hasta la intervención del Rey en el tiempo de la cosecha. El reino de los cielos sobre la Tierra, tal como es en manos de los hombres, debe quedar como un sistema confuso. Herejes y falsos hermanos estarán ahí, igual que el fruto de la Palabra de Dios, testificando, en este trato último de Dios con el hombre, de la incapacidad para mantener aquello que es puro y bueno en su estado prístino. Así ha sido siempre36.

En el tiempo de la cosecha –una frase que describe un determinado espacio de tiempo durante el cual los eventos relacionados con la cosecha tendrán lugar–, el Señor actuará primero, en Su providencia, con la cizaña. Digo en Su providencia, porque Él utiliza a los ángeles. La cizaña será atada en manojos para ser quemada.

Debemos observar que de las cosas exteriores en el mundo es lo que se trata aquí –actos que erradican la corrupción que ha crecido en medio del cristianismo–.

Los siervos no son capaces de hacer esto. La mezcla –provocada por su debilidad y negligencia– es tal, que al recoger la cizaña también arrancarían el trigo. No es solamente el discernimiento, sino el poder práctico de separación el que faltaría aquí para que ellos pudieran cumplir su propósito. Una vez la cizaña esta allí, los siervos no tienen nada que ver con ella en cuanto a su presencia en este mundo, en la cristiandad. Su servicio es para con lo bueno. La obra de purificar la cristiandad de la cizaña no era en su provincia. Es una obra de juicio sobre aquello que no es de Dios, para ejecutarlo Él conforme a la perfección de un conocimiento que todo lo abarca, y de un poder al que no se le escapa nada; tanto es así, que si dos hombres yacen en una cama sabrá cómo arrebatar al uno y dejar al otro. La ejecución del juicio en este mundo sobre los impíos, no es obligación de los siervos de Cristo37. Él lo derramará por los ángeles de Su poder, a quienes confía la ejecución de esta tarea.

Tras atar toda la cizaña, Él recoge el trigo en Su granero. No se habla de atar el trigo en manojos; Él lo toma todo para Sí. Tal es el fin de aquello concerniente al aspecto exterior del reino aquí abajo. Esto no es todo lo que la parábola nos puede enseñar, pero concluye el asunto del que esta parte del capítulo habla. Durante la ausencia de Jesús, el resultado de su siembra será perjudicado, como algo general aquí abajo, por la obra del enemigo. En el fin, Él atará toda la obra del enemigo en manojos; es decir, los preparará en este mundo para el juicio. Entonces arrebatará a la Iglesia. Es evidente que esto termina la escena que continúa durante la ausencia de Él. El juicio no es todavía ejecutado. Antes de referirse a él, el Señor perfila las formas que el reino asumirá durante Su retirada.

Aquello que se había sembrado como un grano de mostaza, deviene un árbol grande; un símbolo que representa un gran poder en la Tierra. Los asirios, Faraón, Nabucodonosor, son presentados ante nosotros en la Palabra como árboles grandes. Tal sería la forma del reino, la cual empezó siendo pequeña por la Palabra que sembró el Señor, y más tarde Sus discípulos. Lo que produjo esta semilla, asumiría gradualmente la forma de un gran poder que se haría prominente sobre la Tierra, a fin de que otros se cobijarían bajo él como pájaros debajo de las ramas de un árbol. Éste ha sido, en efecto, el caso.

A continuación, vemos que no habría únicamente un árbol en la Tierra, sino que el reino se caracterizaría como un sistema de doctrina que se divulgaría solo (una profesión que incluiría todo lo que abarcara dentro de su esfera de acción). El conjunto de las tres medidas serían leudadas. No es necesario detenerme aquí a explicar que la palabra «levadura» es empleada siempre en su sentido negativo por los escritores sagrados. Pero el Espíritu Santo hace que comprendamos que no se trata del poder regenerativo de la palabra en el corazón de una persona, que le trae de nuevo a Dios; ni es simplemente un poder que actúa por una fuerza ajena, tal como Faraón, Nabucodonosor y los otros árboles grandes de la Escritura. Es un sistema de doctrina que distinguirá a la masa, pervirtiéndola en su totalidad. No es la fe propiamente dicha, ni es la vida. Es una religión: la cristiandad. Una profesión de la doctrina en corazones que ni llevarán a Dios ni la verdad, y que se relaciona siempre con la corrupción misma de la doctrina.

Esta parábola de la levadura concluye Sus enseñanzas a la multitud. Todo era dirigido a ellos en parábolas, pues no le recibieron como Rey. Hablaba de cosas que daban por hecho Su rechazo, y de un aspecto del reino desconocido para las revelaciones del Antiguo Testamento, las cuales tienen en perspectiva el reino en poder o a un pequeño remanente que recibe, en medio de sufrimientos, la palabra del Profeta-Rey que había sido rechazado.

Tras esta parábola, Jesús se aleja de la multitud junto a la orilla –un lugar adecuado a la posición en que permaneció para con el pueblo después del testimonio dado al final del capítulo 12, y en el cual Él había reparado al salir de la casa. Ahora vuelve a entrar en la casa con Sus discípulos, y allí, en retirada intimidad con ellos, les revela el verdadero carácter –el objeto– del reino de los cielos, el resultado de lo que se hizo en él, y los medios que deberían emplearse para purificar todo sobre la Tierra cuando la historia exterior del reino durante Su ausencia hubiera terminado. Es decir, hallamos aquí aquello que caracteriza al reino para el hombre espiritual, lo que éste comprende como la mente real de Dios con respecto al reino, y el juicio que eliminaría de él todo lo que fuese contrario a Él –el ejercicio del poder que debería representarlo exteriormente en conformidad con el corazón de Dios.

Hemos visto la historia exterior del reino terminando con esto, el trigo guardado en el granero, y la cizaña apartada en manojos sobre la Tierra lista para ser quemada. La explicación de esta parábola reanuda la historia del reino en ese período; sólo hace que comprendamos y distingamos las diferentes partes de la mezcla, dándole a cada una el nombre de su autor. El campo es el mundo38, allí donde la Palabra fue sembrada para el establecimiento, de esta manera, del reino. La buena semilla son los hijos del reino, quienes pertenecían realmente a éste según Dios; son sus herederos. Los judíos ya no lo eran, ni tampoco por el privilegio del nacimiento natural. Los hijos del reino eran nacidos de la Palabra. Pero entre éstos, a fin de minar la obra del Señor, el enemigo introdujo a toda clase de personas, el fruto de las doctrinas que había sembrado entre aquellos nacidos de la verdad. Ésta es la obra de Satanás en el lugar donde la doctrina de Cristo ha sido plantada. La siega es el fin del siglo39. Los segadores son los ángeles. Se verá aquí que el Señor no explica históricamente aquello que tuvo lugar, sino los términos que se emplean para introducir el asunto cuando haya llegado la cosecha. El cumplimiento de aquello que es histórico en la parábola se da por supuesto; y Él continúa para ofrecer el gran resultado fuera de aquello que era el reino durante Su ausencia en los cielos. El trigo –es decir, la Iglesia– está en el granero, y la cizaña sobre el suelo en manojos. Pero Él recoge todo lo que constituye estos manojos, todo lo que en su forma de mal ofende a Dios en el reino, y lo lanza al horno de fuego, donde es el llorar y el crujir de dientes. Tras este juicio, los justos brillarán como Él mismo, el verdadero Sol de aquel día de gloria –del siglo venidero, en el reino del Padre. Cristo habrá recibido el reino del Padre, cuyos hijos ellos eran; y brillarán en este reino con Él conforme a este carácter.

Así, hallamos para la multitud los resultados sobre la Tierra de la siega divina, y las maquinaciones del enemigo –el reino presentado bajo esta forma–; más tarde, las alianzas de los impíos que tienen lugar entre ellos aparte de su orden natural, creciendo en el campo; y el arrebatamiento de la Iglesia. Para Sus propios discípulos, el Señor explica todo lo necesario para que comprendieran el lenguaje de la parábola. Luego hallamos el juicio ejecutado por el Hijo del Hombre sobre los impíos, los cuales son lanzados al fuego, y la manifestación de los justos en gloria –estos últimos acontecimientos tienen lugar después de que el Señor haya resucitado y puesto fin a la forma exterior del reino de los cielos sobre la Tierra, los impíos siendo recogidos en grupos y los santos tomados al cielo40–.

Y ahora, habiendo explicado la historia pública y sus resultados en juicio y en gloria para la plena enseñanza de Sus discípulos, el Señor les comunica los pensamientos de Dios con respecto a lo que transcurría sobre la Tierra, mientras que los eventos exteriores y terrenales del reino iban desarrollándose –aquello que el hombre espiritual debería discernir en ellos–. Para éste, para uno que comprendía el propósito de Dios, el reino de los cielos era semejante a un tesoro escondido en un campo. Un hombre encuentra el tesoro, y compra el campo para poder poseerlo. El campo no era su objeto, sino el tesoro que había en él, Su propio pueblo. Así, Cristo ha comprado el mundo. Lo posee por derecho. Su objeto es el tesoro escondido en él, Su propio pueblo, toda la gloria de la redención relacionada con él. En una palabra, la Iglesia vista no en su, y en cierto sentido divina, belleza moral, sino como el objeto especial de los deseos y del sacrificio del Señor –aquello que Su corazón había hallado en este mundo conforme a los consejos y la mente de Dios.

En esta parábola, es la poderosa atracción de esta «cosa nueva» lo cual induce a aquel que la ha encontrado a comprar todo el lugar, para poder poseerlo.

Los judíos no eran nada nuevo; el mundo no tenía atractivo; pero este nuevo tesoro indujo a Aquel que lo descubrió a vender todo lo que tenía para poder ganarlo. De hecho, Cristo abandonó todo. No sólo se despojó a Sí mismo para redimirnos, sino que renunció a todo lo concerniente a Él como Hombre, como Mesías sobre la Tierra, a las promesas, a Sus derechos reales, a Su vida, para tomar posesión del mundo que escondía en él este tesoro, el pueblo al cual Él amaba.

En la parábola de la perla de gran precio, tenemos de nuevo la misma idea, pero es modificada por otras. Un hombre buscaba finas perlas. Sabía lo que perseguía. Tenía gusto, discernimiento, conocimiento de aquello que buscaba. Fue la conocida belleza de ese objeto lo que le indujo a esta búsqueda. Sabe que cuando ha encontrado uno que corresponde con sus ideas, merece la pena venderlo todo para poder adquirirlo. Así Cristo ha hallado en la Iglesia misma una belleza, y –a causa de esta belleza– un valor que le indujo a despojarse de todo con tal de adquirirla. Es igual de cierto con respecto al reino. Considerando el estado del hombre, e incluso el de los judíos, la gloria de Dios demandaba que todo fuese abandonado a fin de tener esta cosa nueva; pues en el hombre no había nada que Él pudiera tomar para Sí mismo. No sólo se conformó Él con abandonar todo para poseer esta cosa nueva, sino que además aquello tras lo cual andaba Su corazón, lo que no podía hallar en otro lugar, lo halla en aquello que Dios le ha ofrecido en el reino. Él no compró otras perlas; hasta que la hubo hallado, no se inclinó a vender todo lo que tenía. Tan pronto como la ve, toma la decisión: abandona todo por ella. Su valor es lo que le decide, pues Él sabe cómo juzgar y buscar con discernimiento.

No digo que los hijos del reino no sean llevados por el mismo principio. Cuando hemos aprendido lo que es ser un hijo del reino, dejamos todo para obtener su disfrute siendo parte de la perla de gran precio. Pero no compramos aquello que no es el tesoro a fin de obtenerla, porque desconocemos acerca de cómo encontrar finas perlas antes de haber hallado la de gran precio. En toda su extensión, estas parábolas se aplican solamente a Cristo. La intención en ellas es presentar aquello que estaba entonces haciendo, en contraste con todo lo que había acontecido antes –con las relaciones de Dios hacia los judíos.

Queda todavía una de las siete parábolas: la de la red echada en el mar. En esta parábola no hay ningún cambio en las personas mencionadas, es decir, en la parábola misma. Las mismas personas que lanzan la red son las que la sacan a la orilla, y hacen la separación colocando el pez bueno en recipientes sin reparar en el malo. Asegurar el buen pez es la obra de aquellos que sacan la red a la orilla. Esto sólo es efectuado después de desembarcar. Clasificar el pez es su trabajo, no hay duda; pero sólo se ocupan del bueno. Ellos lo conocen. Hay otro pez junto a aquél, claro está, pero no es el bueno. No se necesita más juicio. Los pescadores conocen cuál es el bueno. Aquél no lo es, y lo dejan. Esto forma una parte de la historia del reino de los cielos. El juicio de los impíos no se halla aquí. El pez malo es dejado en la orilla cuando los pescadores recogen el bueno en recipientes. El destino final tanto del uno como del otro no es presentado aquí. No tiene lugar en esta orilla con respecto al pez bueno, ni con respecto al malo dejándolo simplemente allí. Es subsiguiente a la acción de la parábola; y, con respecto al malo, no tiene lugar meramente por su separación del bueno con el que había estado mezclado, sino por su destrucción. Ni en esta parábola ni en la del trigo y la cizaña, la ejecución del juicio forma parte de la parábola misma. Allí la cizaña es atada y dejada en el campo; aquí el pez malo es sacado fuera de la red.

Así, la red del evangelio ha sido lanzada al mar de las naciones, y ha incluido en ella a toda clase. Después de esta recolección general, que ha llenado la red, los agentes del Señor, teniendo que ver con los buenos, los recogen juntos separándolos de los malos. Obsérvese aquí que ello es una analogía del reino. Es el carácter que asume el reino cuando el evangelio ha reunido una masa de lo bueno y lo malo. Al final, cuando se saca la red y se ven en ella a todas las clases, los buenos son puestos aparte porque son preciosos, y los otros son dejados. Los buenos son reunidos en diversos recipientes. Los santos son reunidos, no por los ángeles, sino por la obra de aquellos que han trabajado en el nombre del Señor. La distinción no se hace por medio del juicio, sino por los siervos ocupados con los buenos.

La ejecución del juicio es otro asunto. Los obreros no tienen nada que ver con eso. Al final del siglo, los ángeles se adelantarán y separarán a los impíos de entre los justos, no a los justos de entre el resto como hicieron los pescadores, y los lanzarán al horno de fuego donde será el lloro y el crujir de dientes. Nada se dice aquí de que estuvieran ocupados con los justos. Reunirlos en recipientes no era la tarea de los ángeles, sino la de los pescadores. Los ángeles están en ambas parábolas ocupándose de los impíos. El resultado público se había dado, ya fuera durante el período del reino de los cielos como más tarde, en la parábola de la cizaña. Aquí no se vuelve a repetir. La tarea a realizar con respecto a los justos cuando la red está llena, es añadido aquí. El destino de los malos es reiterado para distinguir la tarea hecha con ellos de la efectuada por medio de los pescadores, los cuales recogen lo bueno en recipientes diversos. Todavía se nos presenta bajo otro aspecto; y los justos son dejados donde estaban. En la parábola de la cizaña, el juicio de los impíos es declarado igual que en ésta. Son lanzados al lloro y al crujir de dientes, pero allí es revelado el estado general del reino, y tenemos a los justos brillando como el sol –la parte más alta del reino. Aquí solamente es lo que los inteligentes comprenden, lo que las mentes espirituales ven. Los justos son colocados en recipientes. Hay una separación por el poder espiritual antes del juicio, que no existía en el estado público general del reino, pero sólo lo que la providencia hizo públicamente en el campo, y el buen grano recibido arriba. Aquí la separación es mediante relaciones con los buenos. Éste era el principal foco para la inteligencia espiritual. La manifestación pública no es la cuestión; solamente el juicio será ejecutado sobre los impíos, de hecho. Luego los justos serán dejados allí41.

En la explicación de la segunda parábola, se trata totalmente del juicio en el caso de la cizaña, que destruye y consume lo que queda en el campo, ya recogido y separado providencialmente del trigo. Los ángeles son enviados al final, no para separar la cizaña del trigo –lo cual ya fue hecho– sino para lanzar al fuego la cizaña, purificando así el reino. En la explicación de la parábola de los peces (vers. 49), tiene lugar la clasificación misma. Habrá justos sobre la Tierra, y los impíos serán separados de entre ellos. La enseñanza práctica de esta parábola es la separación de los buenos de los malos, y la reunión conjunta en compañías numerosas de los primeros. Esto se efectúa más de una vez, muchos otros del mismo ser siendo reunidos también en otra parte. Los siervos del Señor son los instrumentos empleados en lo que acontece en la misma parábola.

Estas parábolas contienen cosas nuevas y viejas. La doctrina del reino, por ejemplo, era una doctrina bien conocida. Que el reino tomara las formas descritas por el Señor y que abarcara a todo el mundo sin excepción, el pueblo de Dios debiendo su existencia no a Abraham sino a la Palabra, todo esto era bastante nuevo. Todo era de Dios. El escriba tenía conocimiento del reino, pero era completamente ignorante del carácter que iba a asumir como reino de los cielos plantado en este mundo mendiante la palabra, de la cual todo depende aquí.

El Señor continúa Su obra entre los judíos42. Para ellos, Él era solamente «el hijo del carpintero». Ellos conocían a Su familia según la carne. El reino de los cielos no tenía valor a sus ojos. La revelación de este reino fue efectuada en otro lugar, y allí el conocimiento de las cosas divinas fue comunicado. Los judíos no veían nada detrás de aquellas cosas que el corazón natural podía percibir. La bendición del Señor fue impedida por su incredulidad: fue rechazado como profeta, así como rey, por Israel.

Capítulo 14

Nuestro Evangelio reanuda el curso histórico de estas revelaciones, pero de tal manera que exhibe el espíritu por el que el pueblo era animado. Herodes –que amaba su poder terrenal y su propia gloria más que la sujeción al testimonio de Dios, y encadenado más por falsas ideas humanas que por su conciencia, aunque algunos aspectos de él parezcan corroborarle en su posesión de la verdad–, había decapitado al precursor del Mesías, Juan el Bautista; a éste le había encarcelado Herodes para quitar de delante de su esposa al fiel censor del pecado en que el monarca vivía.

Jesús se muestra sensible en cuanto a su importancia, cuyas noticias llegan a Sus oídos. Cumpliendo en servicio humilde –no obstante excelso en cuanto a Su Persona– juntamente con Juan, el testimonio de Dios en la congregación, se sintió unido de corazón y en obra a él; pues la fidelidad en medio de todo el mal une los corazones muy fuertemente, y Jesús había condescendido para tomar un lugar por lo que respectaba a la fidelidad (véase el Salmo 40:9, 10). En el momento de oír de la muerte de Juan, se retira a un lugar desierto. Pero al tiempo que se marchaba de la multitud que así comenzó a actuar abiertamente en el rechazo del testimonio de Dios, Él no cesa de ser el proveedor de todas sus insuficiencias y de testificar de este modo que Aquel que podía ministrarlos en sus necesidades se hallaba entre ellos. Porque la multitud, la cual sentía estas carencias y que, pese a no tener fe, admiraba el poder de Jesús, le siguió al lugar desierto. Y Jesús, movido a compasión, cura todas sus dolencias. A la noche, Sus discípulos le rogaron que despidiera a la multitud para que se procurase comida. Él rehúsa y testifica notablemente de la presencia, en Su propia Persona, de Aquel que tenía que satisfacer a los pobres de Su pueblo con pan (Salmo 132). Jehová el Señor, el cual estableció el trono de David, estaba allí en la Persona de Aquel que debería heredar ese trono. No dudo de que las doce cestas de pedazos de pan se refieren al número que, en la Escritura, designa siempre la perfección del poder administrativo en el hombre.

Adviértase también aquí, que el Señor espera hallar a Sus doce discípulos capaces de ser los instrumentos de Sus actos de bendición y poder, administrando conforme a Su propio poder las bendiciones del reino. «Dadles de comer», les dijo. Esto se aplica a la bendición del reino del Señor, y a los discípulos de Jesús, a los doce, siendo sus ministros. Asimismo, es básico el principio que apunta al resultado de la fe en cada intervención de Dios en gracia. La fe debería poder usar el poder que actúa en tal intervención, para producir obras propias de este poder de acuerdo al orden de la dispensación y a la inteligencia que éste tiene respecto a aquélla. Hallaremos este principio más adelante en detalle.

Los discípulos deseaban despedir a la multitud sin saber cómo usar el poder de Cristo. Deberían haber sido capaces de aprovecharse de él en nombre de Israel, conforme a la gloria de Aquel que estaba entre ellos.

Si el Señor demostraba con perfecta paciencia, mediante Sus acciones, que Aquel que podía bendecir así a Israel se hallaba en medio de Su pueblo, no restaba valor al testimonio que Él daba de Su separación de este pueblo con motivo de su incredulidad. Hace que Sus discípulos se embarquen en un bote para cruzar solos el mar; y despidiendo a la multitud Él mismo, sube a una montaña para orar aparte, al tiempo que el bote que llevaba a los discípulos era golpeado por las olas del mar con un viento contrario: una viva imagen de aquello que ha sucedido. Dios ha enviado verdaderamente a Su pueblo a cruzar solos el mar tormentoso del mundo, encontrándose la oposición contra la que es difícil luchar. Entretanto, Jesús ora solo allí arriba. Él ha despedido al pueblo judío, los cuales le habían rodeado durante el período de Su presencia aquí abajo. La partida de los discípulos, aparte de su carácter general, presenta peculiarmente ante nosotros al remanente judío. Pedro concretamente, saliendo del bote, se sale en figura de la posición de este remanente. Representa esa fe que, dejando atrás la comodidad terrenal de la embarcación, sale para encontrar a Jesús, el cual se había revelado a él, y camina sobre el mar –una audaz decisión, pero basada en la palabra de Jesús: «Ven».– Véase aquí que este caminar no tiene otro fundamento que «Señor, si eres tú...», es decir, Jesús mismo. No hay auxilio en el camino, ni posibilidad de continuarlo, si se pierde a Cristo de vista. Todo depende de Él. Hay un medio conocido en el bote: la fe, que mira a Jesús, para andar sobre el agua. El hombre, como tal, se hunde por el mismo hecho de encontrarse allí. Nada puede sostenerle salvo esa fe que obtiene de Jesús la fortaleza que en Él existe, la cual le imita. Es fascinante imitarle; y si uno está entonces más cerca de Él, más parecido es a Él. Ésta es la verdadera posición de la Iglesia, en contraste con el remanente en su carácter ordinario. Jesús camina sobre el agua lo mismo que si fuera sobre el suelo. Aquel que creó los elementos tales como son, podía disponer de sus cualidades como Él gustara. Él permite que se originen las tormentas para probar nuestra fe. Él anda sobre la encrespada ola igual que sobre la serena. Y además, la tormenta no tiene mucha relevancia, porque el que se hunde en las aguas tanto lo hace en las calmadas como en las tempestuosas, y el que sabe andar sobre ellas lo hará tanto en medio de las tranquilas como de las turbulentas. Claro está, a no ser que se mire a las circunstancias, la fe falle y el Señor sea olvidado. Pues con frecuencia las circunstancias nos hacen olvidar a Aquel en donde la fe debería capacitarnos para vencerlas por medio de nuestro caminar, confiando en Aquel que está sobre todas ellas. Sin embargo –¡bendito sea Dios!– Aquel que camina con Su propio poder sobre el agua está allí para sostener la fe y los vacilantes pasos del pobre discípulo; y en absoluto aquella fe habría traído a Pedro tan cerca de Jesús si Su mano extendida no pudiera sostenerlo. La falta de Pedro fue que miró las olas, se fijó en la tormenta –la cual, después de todo, no tuvo preponderancia en aquello–, en lugar de mirar a Jesús, quien permanecía inmutable y caminaba sobre aquellas mismas olas, como su fe debió haber observado. El grito de su angustia llevó el poder de Jesús a la acción, como su fe debería haberlo hecho. Pero ahora era para vergüenza suya, y no para el gozo de la comunión y del camino con el Señor.

Después de que Jesús entrara en el barco, el viento cesó. Así será siempre cuando Jesús vuelva al remanente de Su pueblo en este mundo. También entonces será Él adorado como el Hijo de Dios por todos los que estén en el bote, con el remanente de Israel. En Genesaret, Jesús ejerce de nuevo el poder que exterminará a partir de entonces todo el mal que Satanás ha introducido en la Tierra. Porque cuando Él vuelva, el mundo le reconocerá. Es una justa figura del resultado del rechazo de Cristo, el cual este Evangelio nos ha dado ya a conocer sucediendo en medio de la nación judía.

Capítulo 15

Este capítulo manifiesta al hombre y a Dios, el contraste moral entre la doctrina de Cristo y la de los judíos. Así el sistema judío es rechazado moralmente por Dios. Cuando hablo del sistema, me refiero a toda su condición moral, sistematizada por la hipocresía que intentaba ocultar la iniquidad, al tiempo que ésta crecía a ojos de Dios, delante de quien ellos se presentaban a sí mismos. Utilizaban Su nombre sólo para hundirse más profundamente, bajo el pretexto de la piedad, que las leyes de la conciencia natural. De esta manera un sistema religioso deviene el gran instrumento del poder del enemigo, y más aún cuando aquello, de lo cual todavía lleva el nombre, fue instituido por Dios. Pero entonces el hombre es juzgado, pues el judaismo era el hombre con la ley de Dios y la cultura divina.

El juicio que pronuncia el Señor sobre este sistema de hipocresía, mientras que manifestaba el consecuente rechazo de Israel, da origen a la enseñanza que va mucho más lejos, y la cual, escudriñando los corazones de los hombres y juzgando al hombre de acuerdo a lo que proviene de él, demuestra que son una fuente de alta iniquidad. Y de este modo evidencia que toda verdadera moralidad tiene su base en la convicción y la confesión del pecado. Porque, sin esto, el corazón es siempre falso y se envanece. Así Jesús va a la raíz de todo, y se sale de las relaciones especiales y temporales de la nación judía para entrar en la verdadera moralidad propia de todas las épocas. Los discípulos no observaban las tradiciones de los ancianos; pero de éstas el Señor no se ocupaba tampoco. Él se aprovecha de esta acusación para hacer pesar sobre las conciencias de sus acusadores que el juicio ocasionado por el rechazo del Hijo de Dios fue autorizado también en base de aquellas relaciones que existían ya entre Dios e Israel. Invalidaban el mandamiento de Dios por sus tradiciones, y ello en un grado extremo, sobre el cual dependían incluso todas las bendiciones terrenales para los hijos de Israel. Por medio de sus ordenanzas, Jesús expone también la hipocresía consumada, el egoísmo y avaricia de aquellos que pretendían guiar al pueblo y formar sus corazones según la moralidad y la adoración de Jehová. Isaías había pronunciado ya su juicio.

Más tarde, Él muestra a la multitud que se trataba de un asunto interno del hombre, de lo que procedía de su corazón, de su interior; y marca los oscuros meandros que fluyen de esta fuente corrompida. Era la simple verdad con respecto al corazón del hombre, como Dios lo conocía, que escandalizaba a los hombres del mundo que se imputaban su propia justicia, lo que era incluso incomprensible para los discípulos. Nada más sencillo que la verdad cuando ésta es conocida; nada más difícil y más oscuro cuando tiene que formar un juicio respecto a ella el corazón del hombre, el cual no posee la verdad. Porqué éste juzga según sus propios pensamientos, y la verdad no está en él. En una palabra, Israel, y más concretamente el Israel religioso, están en puro contraste con la verdadera moralidad: el hombre es situado bajo su propia responsabilidad, y bajo sus verdaderos colores delante de Dios.

Jesús escudriña el corazón, pero actuando en gracia, lo hace según el corazón de Dios, y lo manifiesta saliéndose, tanto para lo uno como para lo otro, de los términos convencionales de la relación de Dios con Israel. Una Persona divina, Dios, puede caminar en el pacto que Él ha dado, pero no puede quedar limitado por el mismo. Y la infidelidad de Su pueblo hacia esto es la ocasión de la revelación de Aquel que traspasa este lugar. He aquí el efecto de la religión tradicional al enceguecer el juicio moral. ¿Qué había de más claro y sencillo, que aquello que salía de la boca y el corazón contaminaba al hombre, y no lo que comía? Pero los discípulos, a través de la vil influencia de la enseñanza farisaica, que sostenía las formas exteriores por la pureza interior, no lo comprendían.

Cristo deja ahora los límites de Israel y Sus discusiones con los sabios de Jerusalén, para visitar aquellos lugares más alejados de los privilegios judíos, yéndose a la costa de Tiro y Sidón, donde las ciudades que Él mismo había utilizado como ejemplos estaban muy lejos de arrepentirse. Véase el capítulo 11, donde clasificándolas con Sodoma y Gomorra las califica de peores que ellas. Una mujer sale de estas provincias. Pertenecía a la raza maldita, según los principios que distinguían a Israel. Era una cananea. Acude a implorar la intercesión de Jesús a causa de su hija, poseída por el diablo. 

Al implorar este favor, ella se dirige a Jesús por Su título; su fe sabía que tenía relación con los judíos: «Hijo de David». Esto origina un rápido avance de la posición del Señor, y, al mismo tiempo, de las condiciones bajo las cuales el hombre podía esperar compartir el efecto de Su bondad, en efecto, para la revelación de Dios mismo.

Como el Hijo de David, Él no tiene nada que ver con una cananea. No le devuelve respuesta. Los discípulos deseaban deshacerse de ella concediéndole su ruego, a fin de librarse de su impertinencia. El Señor les contesta que Él no fue enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Ésta era, de hecho, la verdad. Cualesquiera hayan sido los consejos de Dios manifestados en ocasión de Su rechazo (véase Isaías 49), Él era el ministro de la circuncisión para la verdad de Dios, a fin de consumar Sus promesas hechas a los padres.

La mujer, en un lenguaje más sencillo y directo, y con la más natural expresión de sus sentimientos, implora la providencial intervención de Aquel en cuyo poder ella confiaba. El Señor le responde que no es lícito quitarles el pan a los hijos y dárselo a los perrillos. Vemos aquí Su verdadera posición, venido a Israel. Las promesas eran para los hijos del reino. El Hijo de David era el ministro de estas promesas. ¿Podía Él entonces borrar la distinción del pueblo de Dios?

Pero esa fe que adquiere fuerza a base de necesidad, y la cual no halla recurso sino en el Señor mismo, acepta la humillación de su posición y juzga que con Él hay pan para el hambre de aquellos que no tienen derecho a él. Esta fe es perseverante, porque hay la conciencia de la necesidad, y confianza en el poder de Aquel que ha venido en gracia.

¿Qué había hecho el Señor con Su aparente dureza? Había traído a la pobre mujer a la expresión y al sentido de su verdadero lugar delante de Dios, es decir, a la verdad en cuanto a ella misma. Pero entonces, ¿tenía derecho a decir que Dios era menos bondadoso de lo que ella creía, menos rico en misericordia hacia los desamparados y hacia aquellos cuya sola esperanza y confianza reposaba en esa misericordia? Esto hubiera sido negar el carácter y la naturaleza de Dios, de los cuales Él era la expresión, la verdad y el testigo sobre la Tierra. Se hubiera negado Él mismo, así como el objeto de Su misión. Él no podía decir que Dios no tenía siquiera las migas para ellos, sino que contesta sinceramente de corazón: «Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres». Dios sale fuera de los estrechos límites de Su pacto con los judíos, para actuar en Su soberana bondad conforme a Su propia naturaleza. Él se extralimita para ser Dios en bondad, y no meramente Jehová en Israel.

Esta bondad es ejercida hacia una que es llevada, en presencia de aquélla, a conocerse careciendo de derecho alguno a esa bondad. Hasta aquí la aparente dureza del Señor la había estado guiando. Ella recibió todo de la gracia, de la cual era inmerecedora. Es así, y solamente así, que cada alma obtiene la bendición. No se trata simplemente del sentido de la necesidad –la mujer la sentía desde el comienzo–, sino de aquello que la trajo allí. No basta simplemente con reconocer que el Señor Jesús puede suplir esa necesidad –la mujer vino con este convencimiento. Debemos estar en presencia de la única fuente de bendición, y ser llevados a sentir que, aunque estemos allí, no tenemos ningún derecho a beneficiarnos de ella. Y ésta es una posición terrible. Cuando de eso se trata, todo es gracia. Dios puede entonces actuar conforme a Su propia bondad, y Él responde a cada deseo que el corazón puede formular para su felicidad.

Así, vemos a Cristo aquí como un ministro de la circuncisión para la verdad de Dios, para consumar las promesas hechas a los padres, y que los gentiles pudieran también glorificar a Dios por Su misericordia, como está escrito. Al mismo tiempo, esta última verdad pone de manifiesto la verdadera condición del hombre, y la plena y perfecta gracia de Dios. Sobre ella actúa Él, al tiempo que permanece fiel a Sus promesas; y la sabiduría de Dios se manifiesta de un modo que despierta nuestra admiración.

Vemos hasta qué punto va desarrollándose la presentación, en este lugar, de la historia de la mujer siriofenicia, y el modo en que ilustra esta parte de nuestro Evangelio. El principio del capítulo presenta la condición moral de los judíos, la falsedad de la religiosidad sacerdotal y farisaica. Ello entresaca el estado real del hombre como tal, de qué era fuente el corazón del hombre, y después revela el corazón de Dios manifestado en Jesús. Sus tratos con esta mujer manifiestan la fidelidad de Dios a Sus promesas; y la bendición que se concede finalmente exhibe la gracia plena de Dios en relación con la declaración de la verdadera condición del hombre, aceptada por la conciencia –la gracia elevándose por encima de la maldición que se cernía sobre el objeto de esta gracia–, y sobre todo lo demás, a fin de abrirse camino a la necesidad que la fe presentaba ante ella.

El Señor ahora parte de allí y va a Galilea, el lugar donde Él estaba en relación con el remanente menospreciado de los judíos. No era Sión, ni el templo, ni siquiera Jerusalén, sino los menesterosos del rebaño, donde el pueblo moraba en tierra de sombra de muerte (Isaías 8, 9). Allí Sus compasiones siguen a este pobre remanente, y son nuevamente ejercidas a favor de ellos. Él renueva las evidencias, no solamente de Sus tiernas compasiones, sino de Su presencia que satisfacía a los menesterosos de Su pueblo con pan. Aquí, sin embargo, no es en el poder administrador del que Él podía investir a Sus discípulos, sino de acuerdo a Su propia perfección y viniendo de Él, provee para el remanente de Su pueblo. Por consiguiente, es la plenitud de siete cestas de pedazos lo que es recogido. Se marcha también sin que nada más suceda allí.

Hemos visto la eterna moralidad, y la verdad en sus partes intrínsecas, sustituida por la hipocresía de las formas, por el uso humano de la religión legalista y por el corazón del hombre, que es puesto en evidencia como fuente de mal y nada más. El corazón de Dios totalmente revelado, que se eleva sobre toda dispensación para mostrar la completa gracia en Cristo. Así, las dispensaciones son puestas aparte, aunque son del todo reconocidas, y el hombre y Dios son mostrados al hacer así. Es un capítulo maravilloso tocante a lo que es eterno en verdad acerca de Dios, y en cuanto a lo que la revelación de Dios muestra que es el hombre. Y esto propicia la ocasión para la revelación de la asamblea en el próximo capítulo, la cual no es una dispensación, sino el fundamento sobre la esencia misma de Cristo, el Hijo del Dios viviente. En el capítulo 12, Cristo fue dispensacionalmente rechazado, y el reino de los cielos fue sustituido en el capítulo 13. Aquí el hombre es puesto aparte, así como lo que había hecho de la ley, y Dios actúa en Su propia gracia sobre todas las dispensaciones. Luego vienen la asamblea y el reino en gloria.

Capítulo 16

El capítulo 16 sobrepasa la revelación de la simple gracia de Dios. Jesús revela lo que estaba a punto de ser formado en los consejos de esta gracia, donde Él era reconocido, mostrando el desprecio de los orgullosos entre Su pueblo hasta el punto de llegar a aborrecerlos, como ellos le aborrecían a Él (Zac. 11). Cerrando sus ojos –por su perversa voluntad– a las maravillosas y benéficas señales de Su poder, el cual Él derramó constantemente sobre los menesterosos que le buscaban, los fariseos y los saduceos, sorprendidos por estas manifestaciones, y no obstante descreídos de corazón y de voluntad, piden una señal del cielo. Él los reprende por su incredulidad, y les increpa que ellos supieran discernir las señales del clima; sin embargo, las señales de los tiempos eran mucho más dignas de observación. Ellos eran la generación adúltera y perversa, y Él los deja: significantes expresiones de lo que estaba sucediendo ahora en Israel.

Él previene a Sus confusos discípulos contra los ardides de estos sutiles adversarios hacia la verdad, y hacia Aquel a quien Dios había enviado para revelarle. Israel es abandonado, como nación, en las personas de sus líderes. Al mismo tiempo, en paciente gracia, Él recuerda a los discípulos lo que Sus palabras les explicaban.

Más tarde, hace a Sus discípulos la pregunta acerca de lo que los hombres decían en general de Él. Todo era materia de opinión, no de fe; es decir, la incertidumbre propia de la indiferencia moral, de la ausencia de esa necesidad consciente del alma que sólo puede descansar en la verdad, en el Salvador que uno ha hallado. Pregunta entonces qué pensaban ellos mismos de Él. Pedro, a quien el Padre se dignó revelarle, declara su fe diciendo: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente». Ninguna incertidumbre ni materia de opinión son las que están aquí, sino el efecto poderoso de la revelación, hecha por el Padre mismo, de la Persona de Cristo, al discípulo que había elegido para este privilegio.

Aquí, la condición del pueblo se manifiesta de manera extraordinaria, no como en el capítulo precedente con respecto a la ley, sino con respecto a Cristo, quien había sido presentado a ellos. Nos damos cuenta enseguida al contrastarlo con la revelación de Su gloria a aquellos que le seguían. Tenemos así tres clases: en primer lugar, los altivos e incrédulos fariseos; en segundo lugar, las personas conscientes de que había un poder y una autoridad divinos en Cristo, pero que quedaban indiferentes; y por último, la revelación de Dios y la fe que Él daba.

En el decimoquinto capítulo, la gracia mostrada a uno que no tenía esperanza en ella, es contrastada por la desobediencia y la perversión hipócrita hacia la ley, mediante la cual los escribas y fariseos intentaban cubrir su desobediencia con la apariencia de piedad.

El decimosexto capítulo, juzgando la incredulidad de los fariseos con respecto a la Persona de Cristo, y poniendo aparte a estos hombres perversos, introduce la revelación de Su Persona como la fundación de la asamblea, que tenía que tomar el lugar de los judíos como testigos para Dios en la Tierra. Anuncia los consejos de Dios en referencia a su establecimiento. Nos muestra, en línea con ello, la administración del reino, como estaba siendo establecido ahora sobre la Tierra. Consideremos primero la revelación de Su Persona.

Pedro le confiesa ser el Cristo, la consumación de las promesas hechas por Dios, y de las profecías que anunciaban su cumplimiento. Él era Aquel que iba a venir, el Mesías que Dios había prometido.

Asimismo, Él era el Hijo de Dios. El segundo Salmo declaraba que, a pesar de los esquemas de los líderes del pueblo y de la altanera aversión de los reyes de la Tierra, el Rey de Dios sería ungido sobre la colina de Sión. Él era el Hijo, nacido de Dios. Los reyes y los jueces de la Tierra43 son llamados a someterse a Él, para no ser abatidos con la vara de Su poder cuando tome a los paganos por herencia Suya. Así, el verdadero creyente esperaba al Hijo de Dios nacido en tiempo oportuno sobre esta Tierra. Pedro confesó a Jesús ser el Hijo de Dios. También lo hizo Natanael: «Tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel». Y, más tarde, también lo hizo Marta.

Pedro, no obstante, especialmente enseñado por el Padre, añade a su confesión una palabra simple, pero llena de poder: «Tú eres el Hijo del Dios viviente». No es sólo Aquel quien consuma las promesas y responde a las profecías; es del Dios viviente que Él es el Hijo, de Aquel en quien está la vida y en quien hay poder vivificador.

Él hereda este poder de vida en Dios que nada puede destruir ni abatir. ¿Quién puede vencer el poder de Aquel –de este Hijo– que proviene de «el viviente»? Satanás tiene el poder de la muerte; es él quien sujeta al hombre bajo el dominio de esta terrible consecuencia del pecado; y ello, por el justo juicio de Dios que constituye su poder. La expresión «las puertas del Hades», del mundo invisible, se refiere a este reino de Satanás. Es entonces sobre aquel poder, el cual deja la potestad del enemigo sin fuerza, que la asamblea es edificada. La vida de Dios no será destruida. El Hijo del Dios viviente no será conquistado. Esto, pues, que Dios fundamenta sobre la roca del inmutable poder de la vida en Su Hijo, no será suplantado por el reino de la muerte. Si el hombre ha sido vencido y ha caído bajo el poder de este reino de Satanás, Dios, el Dios viviente, no será vencido por éste. Es sobre aquél que Cristo edifica Su asamblea. Es la obra de Cristo basada en Él como Hijo del Dios viviente, no del primer Adán ni fundamentada en él –Su obra consumada de acuerdo al poder que esta verdad revela. La Persona de Jesús, el Hijo del Dios viviente, es su fortaleza. Es la resurrección lo que lo ha demostrado. En ella, Él es declarado el Hijo de Dios con poder. Por consiguiente, no es durante Su vida, sino cuando resucitó de entre los muertos, que Él comienza esta obra. La vida estaba en Él, pero es después de que el Padre hubiera golpeado las puertas del Hades –más bien, que Él mismo en Su divino poder lo hubiera hecho y hubiese resucitado– que Él comienza a edificar por el Espíritu Santo, cuando asciende al cielo, aquello que el poder de la muerte o de aquel que lo poseía –ya vencido– nunca pueden destruir. Es Su Persona la que es aquí contemplada, y es sobre Ella que todo queda fundamentado. La resurrección es la prueba de que Él es el Hijo del Dios viviente, y de que las puertas del Hades no prevalecen contra Él. El poder de aquéllas es destruido por éste. De este modo, vemos cómo la asamblea –aunque formada sobre la Tierra– es mucho más que una dispensación, pero no así el reino.

Era necesaria la obra de la cruz; pero no es la cuestión aquí de aquello que demandaba el justo juicio de Dios, ni de la justificación de un individuo, sino de aquello que anulaba el poder del enemigo. Era la Persona de Aquel de la que Pedro tuvo ocasión reconocer, Aquella que vivía conforme al poder de la vida de Dios. Era una revelación peculiar y directa del cielo, dada por el Padre. Sin duda, Cristo había dado pruebas suficientes de quién era Él; pero éstas no habían demostrado nada al corazón del hombre. La revelación del Padre era la manera de conocerle a Él, y esto excedía a las esperanzas en favor de un Mesías.

Entonces, el Padre había revelado directamente la verdad de la propia Persona de Cristo, una revelación que iba más allá de toda clase de relaciones con los judíos. Sobre este fundamento, Cristo edificaría Su asamblea. Pedro, mencionado con este nombre por el Señor, recibe la confirmación de este título en esta ocasión. El Padre había revelado a Simón, el hijo de Jonás, el misterio de la Persona de Jesús, y en segundo lugar, Jesús también le asegura, por el nombre que le ha dado44, la fidelidad, la firmeza, la durabilidad, la fortaleza práctica de Su siervo favorecido por gracia. El derecho de conceder un nombre corresponde a un superior, el cual puede asignar a aquel que lo lleva su lugar y su nombre, en la familia o en la situación en que se encuentra. El derecho, si es verdadero, supone discernimiento e inteligencia en aquello que está sucediendo. Adán da nombre a los animales. Nabucodonosor da nuevos nombres a los judíos cautivos; el rey de Egipto a Eliakim, a quien había emplazado en el trono. Jesús, por lo tanto, toma este lugar cuando Él dice el Padre te lo ha revelado, y yo también te doy un lugar y un nombre relacionados con esta gracia. Es sobre aquello que el Padre te ha revelado que yo voy a edificar mi asamblea45, contra la que –fundamentada en la vida que viene de Dios– las puertas del reino de la muerte nunca prevalecerán; y yo, el que edifico, haciéndolo sobre esta base inamovible, te doy el lugar de una piedra (Pedro) en relación con este templo viviente. Mediante el don de Dios, tú perteneces ya por naturaleza al edificio –una piedra viva, poseyendo el conocimiento de esa verdad que es el fundamento, y que hace de cada piedra una parte del edificio. Pedro fue una piedra prominente por medio de esta confesión; lo fue anticipadamente por la elección de Dios. Esta revelación fue hecha por el Padre en soberanía. El Señor le asigna, además, su lugar, poseyendo el derecho de administración y autoridad en el reino que Él iba a establecer.

Hasta aquí con respecto a la asamblea, mencionada ahora por primera vez, y los judíos habiendo sido rechazados a causa de su incredulidad, y el hombre pecador convicto.

Otro asunto se presenta en relación con éste de la asamblea que el Señor iba a edificar, esto es, el reino que se iba a establecer. Tenía que tener la forma del reino de los cielos, pues era así en los consejos de Dios, pero ahora iba a ser establecido de manera peculiar después de que el Rey hubiera sido rechazado sobre la Tierra.

Rechazado como fue, las llaves del reino estaban en la mano del Señor. Su autoridad pertenecía a Él. La investiría sobre Pedro, el cual, cuando se hubiera ido el Rey, debería abrir sus puertas al judío primero, y luego a los gentiles. Debería también ejercer la autoridad del Señor dentro del reino, de modo que todo lo que atara sobre la Tierra en el nombre de Cristo –el verdadero Rey, aunque ascendido al cielo– debería atarse en el cielo; y si se desataba algo sobre la Tierra, su acción debía ser ratificada en el cielo. En una palabra, él tenía el poder de gobernar el reino de Dios sobre la Tierra, teniendo ahora este reino el carácter del reino de los cielos, porque su Rey estaba en el cielo46, y el cielo sellaría sus actos con su autoridad. Pero es el cielo el que permite sus actos terrenales, no el que los ate o los desate para el cielo. La asamblea relacionada con el carácter del Hijo del Dios viviente y edificada por Cristo, aunque formada sobre la Tierra, pertenece al cielo; el reino, aunque gobernado desde el cielo, pertenece a la Tierra –tiene su lugar y administración aquí–.

Estas cuatro cosas son entonces declaradas por el Señor en este pasaje: primeramente, la revelación hecha por el Padre a Simón; en segundo lugar, el nombre dado a este Simón por Jesús, quien iba a edificar la Iglesia sobre el fundamento revelado en aquello que el Padre había dado a conocer a Simón; y tercero, la asamblea edificada por Cristo mismo, todavía incompleta, sobre el fundamento de la Persona de Jesús reconocido como Hijo del Dios viviente. En cuarto lugar, las llaves del reino que debían ser dadas a Pedro, es decir, la autoridad en el reino para su administración de parte de Cristo, poniendo en él el orden de Su voluntad, y que debía ser ratificado en el cielo. Todo esto está relacionado con Simón personalmente, en virtud de la elección del Padre –el cual, en Su sabiduría, le había escogido para que recibiera esta revelación– y de la autoridad de Cristo, quien había investido sobre él el nombre que le distinguía de manera personal en el gozo de este privilegio.

El Señor, habiendo pues dado a conocer los propósitos de Dios con respecto al futuro –propósitos que serían cumplidos en la asamblea y en el reino– no había ya necesidad de presentarse como el Mesías a los judíos. No significaba que abandonaba Su testimonio, lleno de gracia y de paciencia hacia el pueblo, y que Él había rendido en todo Su ministerio, sino que éste continuaba en realidad, pero los discípulos tenían que comprender que ya no era tarea de ellos anunciar al pueblo al Señor como el Cristo. A partir de este momento, Él comenzó a enseñar a Sus discípulos que debía sufrir, y ser muerto y resucitar.

Bendecido y honrado como fue Pedro por la revelación que el Padre le hizo, su corazón se aferraba todavía de manera carnal a la gloria humana de su Maestro –en realidad, a la suya propia– y permanecía aún lejos de los pensamientos de Dios. ¡Ay!, él no es el único ejemplo. Para estar convencido de las verdades más excelsas, e incluso para gozar verdaderamente de ellas como tales, es algo muy distinto del tener el corazón formado según los sentimientos y el caminar de aquí abajo, los cuales están en conformidad con esas verdades. No se trata de la sinceridad en el disfrute de la verdad lo que es necesario, sino el tener la carne y el yo mortificados, estar muertos al mundo. Podemos sinceramente gozar de la verdad enseñada por Dios, y aun así no poseer la carne mortificada o el corazón en un estado de acuerdo a esa verdad, en todo lo que la involucra aquí abajo. Pedro –así honrado por la revelación de la gloria de Jesús, y hecho depositario de un modo muy especial de la administración en el reino dado al Hijo, y poseyendo un lugar distinguido en medio de todo lo que debía seguir tras el rechazo del Señor por los judíos–, está haciendo ahora la obra del adversario con respecto a la perfecta sujeción de Jesús al sufrimiento e ignominia que tenían que presentar esta gloria y caracterizar al reino. ¡Ay!, el caso estaba claro: él saboreaba las cosas de los hombres y no las de Dios. Pero el Señor, en Su fidelidad, rehúsa a Pedro en este asunto, y enseña a Sus discípulos que el único camino, el señalado y necesario camino, era la cruz. Si alguien le seguía, éste era el camino que Él tomaba. Asimismo ¿qué aprovecharía al hombre si salvaba su vida y lo perdía todo, ganando el mundo y perdiendo su alma? Porque ésta era ahora la cuestión47, y no la gloria exterior del reino.

Habiendo examinado este capítulo, como la expresión de la transición del sistema mesiánico al establecimiento de la asamblea fundamentada sobre la revelación de la Persona de Cristo, deseo también dirigir la atención a los caracteres de incredulidad que aquí están desplegados, tanto entre los judíos como en los corazones de los discípulos. Será provechoso observar las formas de esta incredulidad.

En primer lugar, la forma mayor que ésta adquiere es la de pedir una señal del cielo. Los fariseos y saduceos se unen para mostrar su insensibilidad a todo lo que el Señor ha hecho. Exigen una prueba para sus sentidos naturales, es decir, para su incredulidad. No creerían a Dios, ni prestando atención a Sus palabras ni contemplando Sus obras. Dios tenía que satisfacer su voluntariedad, la cual no demostraba ser la fe ni la obra de Dios. Tenían entendimiento para las cosas humanas, las cuales eran, con todo, menos claras y evidentes, pero ninguno para las cosas de Dios. Un Salvador condenado para ellos, como judíos sobre la Tierra, debería serles suficiente señal. Tanto si querían como no, se someterían al juicio de la incredulidad que ellos mostraban. El reino sería quitado de ellos, abandonándolos el Señor. La señal de Jonás está relacionada con el asunto de todo el capítulo.

A continuación, vemos esta misma apatía hacia el poder manifestado en las obras de Jesús; pero no se trata ya de la oposición de la voluntad descreída, sino de la ocupación del corazón en las cosas del presente, que retiraban de éste toda influencia de las señales que se habían dado. Esto es debilidad, no voluntad propia. No obstante, ellos son culpables, pero Jesús los llama hombres de poca fe, no hipócritas ni generación adúltera y perversa.

Vemos entonces la incredulidad manifestándose bajo la forma de la opinión indolente, la cual prueba que el corazón y la conciencia no están interesados en un asunto que debería gobernarlos –ante el cual, si el corazón quería realmente afrontar su verdadera importancia, no descansaría hasta llegar a una certeza con respecto a ese asunto. Aquí el alma no siente la necesidad; consecuentemente no hay discernimiento. Cuando el alma siente esta necesidad, sólo hay una cosa que puede suplirla, y no halla descanso hasta que la ha encontrado. La revelación de Dios que creó esta necesidad no otorga paz al alma hasta que tiene la seguridad de poseer aquello que la despertó. Aquellos que no son sensibles a esta necesidad podrán descansar en probabilidades, cada cual conforme a su carácter natural, su educación y circunstancias. Es suficiente con despertar la curiosidad –la mente está ocupada en ella, y la considera. La fe tiene faltas, y en principio, inteligencia en cuanto al objeto que las suple; el alma es ejercitada hasta hallar lo que necesita. El hecho es que Dios está ahí.

Éste es el caso de Pedro. El Padre le revela al Hijo. Aunque débil, se halló en él verdadera fe, y hallamos la condición de su alma cuando dice: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente». ¡Dichoso el hombre a quien Dios revela verdades como éstas, y en quien hace despertar estas necesidades! Podrá haber conflicto, mucho que aprender, mucho que mortificar, pero el consejo de Dios está allí, y la vida relacionada con ello. Hemos visto su efecto en el caso de Pedro. Cada cristiano tiene su propio lugar en el templo del cual Pedro era una piedra tan eminente. ¿Quiere decir esto que el corazón sea, prácticamente, digno de la revelación que se le hace? No; puede hallarse, después de todo, la no mortificada carne en aquel punto donde la revelación toca nuestra posición terrenal.

De hecho, la revelación hecha a Pedro implicaba el rechazo de Cristo sobre la Tierra. Éste era el punto. Para sustituir la revelación del Hijo de Dios, la asamblea y el reino celestial, por la manifestación del Mesías sobre la Tierra, ¿cómo sería hecho sin que Jesús fuera entregado a los gentiles para ser crucificado, y después resucitara de nuevo? Pero moralmente, Pedro no había llegado a esto. Al contrario, su corazón carnal se beneficiaba de la revelación hecha a él, y de aquello que Jesús le había dicho, para exaltarse a sí mismo. Él vio, entonces, la gloria personal sin percibir las consecuencias morales y prácticas. Comienza a reprender al Señor, e intenta disuadirle del camino de la obediencia y de la sujeción. El Señor, siempre fiel, le trata como un adversario. ¡Ay, con cuánta frecuencia hemos gozado de una verdad, y no obstante hemos fracasado en las prácticas consecuencias a las que nos conducía sobre la Tierra! Un Salvador celestial y glorificado, el cual edifica la asamblea, comporta el llevar la cruz sobre la Tierra. La carne no comprende esto. Elevará a su Mesías al cielo, si se prefiere; pero participar de Su humillación, la cual seguía forzosamente, no es su idea de un Mesías glorificado. La carne debe ser mortificada para tomar este lugar. Debemos poseer la fortaleza de Cristo por el Espíritu Santo. Un cristiano que no esté muerto al mundo, no es sino una piedra de tropiezo para cada uno que quiera seguir a Cristo.

Éstas son las formas de la incredulidad que preceden a la verdadera confesión de Cristo, y las cuales se hallan, ¡ay!, en aquellos que sinceramente le confesaron y le conocieron –sin ser mortificada la carne para que el alma pueda andar al nivel de lo aprendido de Dios, y hallarse el entendimiento espiritual oscurecido por pensar en las consecuencias que la carne rechaza.

Si la cruz era la entrada al reino, la revelación de la gloria no se tardaría. Siendo el Mesías rechazado por los judíos, un título más glorioso y de trascendencia mucho más profunda es manifestado: el Hijo del Hombre había de venir en la gloria del Padre –pues Él era el Hijo de Dios–, y galardonar a cada hombre conforme a sus obras. Había incluso allí algunos que no pasarían por la muerte –pues de esto es lo que ellos hablaban– hasta que hubieran visto la manifestación de la gloria del reino que concernía al Hijo del Hombre.

Podemos destacar aquí el título de «Hijo de Dios» establecido como el fundamento; y el de Mesías, olvidado, por lo que hacía al testimonio rendido en ese tiempo, y sustituido por el de «Hijo del Hombre», el cual Él toma al igual que aquel de Hijo de Dios, que poseía una gloria propia de Él en Su derecho. Tenía que venir en la gloria de Su Padre como Hijo de Dios, y en Su propio reino como Hijo del Hombre.

Es interesante recordar aquí la enseñanza dada a nosotros al comienzo del libro de los Salmos. El hombre justo, distinguido de la congregación de los impíos, ha sido presentado en el primer Salmo. Luego, en el segundo, tenemos la rebelión de los reyes de la Tierra y de los gobernantes en contra del Señor y de Su Ungido –es decir, Cristo–. Sobre este decreto de Jehová, se le declara. Adonai, el Señor, se burlará de ellos desde el cielo. Además, el Rey de Jehová será establecido sobre el Monte de Sión. Éste es el decreto: «Jehová me ha dicho: mi hijo eres tú; yo te he engendrado hoy48». Los reyes de la Tierra y sus gobernantes son ordenados a besar al Hijo.

En los Salmos siguientes, toda esta gloria es oscurecida. La angustia del remanente, en el que Cristo tiene una parte, es relatada. Después, en el Salmo 8, Él es apelado como el Hijo del Hombre, el Heredero de todos los derechos conferidos soberanamente sobre el hombre por los consejos de Dios. El nombre de Jehová deviene excelente en toda la Tierra. Estos Salmos no traspasan la parte terrenal de estas verdades, excepto donde está escrito: «El que mora en los cielos se reirá; el Señor se burlará de ellos»; mientras que en Mateo 16, la relación del Hijo de Dios con esto, Su venida con Sus ángeles –por no decir con la asamblea– son presentados a nosotros. Es decir, vemos que el Hijo del Hombre vendrá en la gloria del cielo. No que su morada allí sea la verdad declarada, sino que Él es investido con la gloria más alta del cielo cuando viene a establecer Su reino sobre la Tierra. Él viene en Su reino. Éste es establecido sobre la Tierra, pero viene para tomarlo con la gloria del cielo. Esto es manifestado en el capítulo siguiente, de acuerdo a la promesa aquí del versículo 28.

En cada evangelio que se habla de ella, la transfiguración sigue inmediatamente a la promesa de que no se pasará por la muerte antes de poder ver el reino del Hijo del Hombre. Y no solamente esto, sino que Pedro –en su segunda epístola, 1:16–, cuando habla de esta escena declara que fue una manifestación del poder y de la venida de nuestro Señor Jesucristo. Dice que la palabra profética fue confirmada a ellos por ver en Él Su majestad, de modo que ellos sabían de qué hablaban al serles dado a conocer el poder y la venida de Cristo, tras haber contemplado Su majestad. De hecho, es precisamente en este sentido que el Señor habla de ello aquí, como vimos. Era una muestra de la gloria en la cual Él vendría después, ofrecida para confirmar la fe de Sus discípulos en la perspectiva de Su muerte, que justo les había anunciado.

Capítulo 17

En este capítulo, Jesús los conduce a una alta montaña, donde es transfigurado delante de ellos: «Su semblante brillaba como el sol, y sus vestidos eran blancos como la luz». Moisés y Elías se aparecieron también hablando con Él. Dejo el asunto de su discurso, el cual es profundamente interesante, hasta que lleguemos al evangelio de Lucas, donde se añaden algunas circunstancias más, que, en algunos aspectos, dan otro contenido a esta escena.

Aquí el Señor aparece en gloria, y Moisés y Elías con Él: el uno es el legislador de los judíos, y el otro –casi distinguidos por igual– el profeta que intentó hacer volver a las diez tribus apóstatas a la adoración de Jehová, y quien, desesperanzado a causa del pueblo, regresó a Horeb, de donde la ley fue dada, y después fue tomado al cielo sin pasar por la muerte.

Estas dos personas, sublimemente insignes en las relaciones de Dios con Israel, como fundadores y restauradores del pueblo en relación con la ley, aparecen en compañía de Jesús. Pedro –absorto con esta aparición, gozándose de ver a su Maestro asociado con estos pilares del sistema judío, con tales eminentes siervos de Dios, ignorando la gloria del Hijo del Hombre y olvidando la revelación de la gloria de Su Persona como el Hijo de Dios– desea construir tres tiendas, y emplazar a los tres sobre el mismo nivel de oráculos. Pero la gloria de Dios se manifiesta; es decir, la señal conocida en Israel como la morada (shechinah) de esa gloria49, y la voz del Padre es escuchada. La gracia puede emplazar a Moisés y Elías en la misma gloria que la del Hijo de Dios, y asociarlos con Él; pero si la locura del hombre, en su ignorancia, los quiere situar juntos como teniendo igual autoridad sobre el corazón del creyente, el Padre debe vindicar de inmediato los derechos de Su Hijo. No pasa un momento sin que la voz del Padre proclame la gloria de la Persona de Su Hijo, Su relación con Él, que Él era el objeto de todo Su afecto, y en quien tenía toda Su complacencia. Es Él a quien los discípulos tienen que oír. Moisés y Elías han desaparecido. Cristo está allí solo, como Aquel que ha de ser glorificado, Aquel que enseñaría a aquellos que escucharan la voz del Padre. El Padre mismo le distingue y le presenta a la atención de los discípulos, no porque fuese digno del amor de ellos, sino como el objeto de Su propia complacencia. En Jesús, Él mismo estaba complacido. Así, los afectos del Padre se nos presentan como los que gobiernan los nuestros, presentándonos un objeto común. ¡Qué posición para unas pobres criaturas como nosotros! ¡Qué gracia!50

Al mismo tiempo, la ley, y toda idea de su restauración bajo el antiguo pacto, han quedado atrás; y Jesús, glorificado como el Hijo del Hombre, y el Hijo del Dios viviente, permanece el solo dispensador del conocimiento y la mente de Dios. Los discípulos caen sobre sus rodillas, llenos de espanto, cuando oyen la voz de Dios. Jesús, a quien esta gloria y esta voz eran familiares, les anima, como siempre hizo sobre esta Tierra, diciéndoles: «No temáis». Estando con Aquel que era el objeto del amor del Padre, ¿por qué debían tener miedo? Su mejor Amigo era la manifestación de Dios sobre la Tierra, la gloria le pertenecía. Moisés y Elías habían desaparecido, y la gloria también, la cual los discípulos no podían aún soportar. Jesús, que había sido así manifestado a ellos en la gloria dada a Él, y en los derechos de Su gloriosa persona, en Sus relaciones con el Padre, permanece el mismo para con ellos como siempre le habían conocido. Pero esta gloria no tenía que ser el asunto de su testimonio hasta que Él, el Hijo del Hombre, fuera resucitado de entre los muertos –el sufriente Hijo del Hombre. La gran prueba debía ser dada entonces de que Él era el Hijo de Dios con poder. El testimonio de ello debía ser rendido, y Él ascendería personalmente a esa gloria que acababa de resplandecer delante de sus ojos.

Pero surge una dificultad en las mentes de los discípulos provocada por la doctrina de los escribas con respecto a Elías. Éstos decían que Elías debía venir antes de la manifestación del Mesías; y de hecho la profecía de Malaquías autorizaba esta expectativa. ¿Por qué entonces, preguntan ellos, dicen los escribas que Elías debía venir primero? –es decir, antes de la manifestación del Mesías–; mientras que nosotros hemos visto ahora que Tú eres Él, sin haber venido Elías. Jesús confirma las palabras de la profecía, añadiendo que Elías debía restaurar todas las cosas: «Pero», continúa el Señor, «os digo que ya ha venido, y han hecho con él lo que ellos quisieron; asimismo sufrirá el Hijo del Hombre por mano de ellos». Entonces comprendieron ellos que hablaba de Juan el Bautista, quien vino en el espíritu y poder de Elías, como había declarado el Espíritu Santo por medio de Zacarías su padre.

Unas cuantas palabras sobre este pasaje. Primero, cuando el Señor dice «Elías en verdad viene primero y restaurará todas las cosas», no confirma aquello que los escribas habían dicho, según la profecía de Zacarías, como si hubiera querido decir «Tienen razón». Él declara a la sazón el efecto de la venida de Elías: «Él restaurará todas las cosas». Pero el Hijo del Hombre tenía que venir todavía. Jesús había dicho a Sus discípulos «No iréis sobre las ciudades de Israel hasta que el Hijo del Hombre no haya venido». No obstante, Él había venido y estaba hablando con ellos. Pero esta venida del Hijo del Hombre de la que hablaba, es Su venida en gloria, cuando será manifestado como el Hijo del Hombre en juicio conforme a Daniel 7. Fue así que todo lo que se había dicho a los judíos tenía que cumplirse; y en el Evangelio de Mateo Él les habla en relación con esta expectativa. Sin embargo, era necesario que Jesús fuera presentado a la nación y sufriera, que la nación fuese sometida a prueba por la presentación del Mesías de acuerdo a la promesa. Esto fue hecho, y como Dios había también predicho por los profetas, «menospreciado de los hombres». De esta manera Juan fue también delante de Él, según Isaías 40, como la voz en el desierto, aun en el espíritu y poder de Elías; Y fue rechazado como el Hijo del Hombre también lo sería51.

El Señor, entonces, por estas palabras, declara a Su discípulos, en relación con la escena que justo habían dejado de ver, y con toda esta parte de nuestro Evangelio, que el Hijo del Hombre, ahora presentado a los judíos, tenía que ser rechazado. Este mismo Hijo del Hombre tenía que ser manifestado en gloria, como la habían visto por un momento en el Monte. Elías, en realidad, tenía que venir, como dijeron los escribas, pero Juan el Bautista había ya consumado ese oficio en poder para esta presentación del Hijo del Hombre; la cual – siendo abandonados los judíos, como convenía, a su propia responsabilidad– terminaría sólo en Su rechazo, y en el abandono de la nación hasta los tiempos cuando Dios comenzaría de nuevo a relacionarse con Su pueblo, todavía querido para Él, cualquiera que fuese su condición luego. Restauraría entonces todas las cosas –una obra gloriosa que Él cumpliría trayendo de nuevo a Su Primogénito al mundo. La expresión «restaurar todas las cosas» se refiere aquí a los judíos, y es empleada moralmente. En Hechos 3, se refiere al efecto de la propia presencia del Hijo del Hombre.

La presencia temporal del Hijo del Hombre fue el momento en que una obra estaba siendo realizada y de la que la gloria eterna dependía, y en la cual Dios era totalmente glorificado, sobre todo y más allá de toda dispensación, revelándose así Dios y el hombre en base de ello. Una obra en la que incluso la gloria exterior del Hijo del Hombre no es sino el fruto, por lo que respecta a ella, y no a Su divina Persona. Una obra en la que, en un sentido moral, Él fue perfectamente glorificado al glorificar de manera perfecta a Dios. Además, en cuanto a las promesas hechas a los judíos, no fue sino el último paso en la prueba a la que ellos estaban sujetos por la gracia. Dios bien sabía que rechazarían a Su Hijo, pero no los consideraría definitivamente culpables hasta que no lo hubieran hecho realmente. Así, en Su divina sabiduría –mientras que después cumpliría Sus promesas inmutables– Él les presenta a Jesús, a Su Hijo, al Mesías. Les proporciona toda prueba necesaria. Les envía a Juan el Bautista en el espíritu y poder de Elías como precursor Suyo. El Hijo de David es nacido en Belén con todas las señales que deberían haberles convencido, pero estaban cegados por su orgullo y autojusticia, que rechazaba todo. No obstante, Jesús devino en gracia para adaptarse Él mismo, en cuanto a Su posición, a la mísera condición del pueblo. Así también, el Antitipo del David rechazado en su tiempo, compartía la aflicción de Su pueblo. Si los gentiles los oprimían, el Rey debía identificarse con la angustia de ellos, al tiempo que daba toda prueba de lo que Él era y los buscaba en amor. Él rechazado, todo se transforma en gracia pura. Ya no poseen derecho a nada conforme a las promesas, y se ven reducidos a recibir solamente por la gracia todo ello, así como haría un pobre gentil. Dios no iba a fallar en la gracia. De esta manera, Él les hace ver su propia posición de pecadores, y consumirá no obstante Sus promesas. Éste es el asunto de Romanos 11.

El Hijo del Hombre que regresará, será este mismo Jesús que marchó. Los cielos le recibirán hasta los tiempos de la restitución de todas las cosas, de las cuales los profetas hablaron. Pero aquel que tenía que ser Su precursor en esta presencia temporal aquí no podía ser el mismo Elías. Por consiguiente, Juan estaba conformado a la entonces manifestación del Hijo del Hombre, salvo la diferencia que manaba necesariamente de la Persona del Hijo del Hombre, que podía ser sólo una, mientras éste no podía ser el caso con Juan el Bautista y Elías. Pero del mismo modo que Jesús manifestó todo el poder del Mesías y todos los derechos concernientes a Su calidad de Mesías, sin asumir todavía la gloria externa y sin ser venida Su hora, así Juan cumplió moralmente y en poder la misión de Elías para preparar el camino del Señor delante de Él –según el verdadero carácter de Su venida, como se cumplió entonces–, y respondió literalmente a Isaías 40 y Malaquías 3 incluso, los únicos pasajes aplicados a él. Ésta es la razón por la que Juan dijera que él no era Elías y que el Señor dijo «si le recibís, éste es el Elías que había de venir». En consecuencia, Juan tampoco se aplicó Malaquías 4:5, 6 a sí mismo, sino que se presentó cumpliendo Isaías 40:3-5, y ello en cada uno de los Evangelios, independientemente de su carácter particular52.

Pero sigamos con nuestro capítulo. Si el Señor asciende a la gloria, Él desciende a este mundo ahora en Espíritu y compasión, y se enfrenta con la muchedumbre y el poder de Satanás, con los cuales nosotros también tenemos que enfrentarnos. Mientras el Señor estaba en el Monte, un pobre padre había traído a los discípulos a su hijo lunático, poseído por el diablo. Aquí se desarrolla otro aspecto de la incredulidad del hombre, y la del creyente, incapaz de utilizar el poder que está, por así decirlo, al alcance de él en el Señor. Cristo, Hijo de Dios, Mesías, Hijo del Hombre, había vencido al enemigo y ató al hombre fuerte, teniendo derecho a echarlo fuera. Como hombre, el Obediente, pese a las tentaciones de Satanás, le había vencido en el desierto, y como hombre tenía el derecho de despojarle de su control mundano sobre un hombre, y esto es lo que hizo. Al echar a los demonios y curar a los enfermos, Él liberaba al hombre del poder del enemigo. «Dios», dijo Pedro, «ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo y con poder, e hizo buenas obras y curaba a todos los oprimidos por el diablo». Este poder debieron utilizarlo los discípulos, quienes debieron haber conocido cómo sacar rendimiento por la fe de aquello que Jesús había manifestado así sobre la Tierra; pero no fueron capaces de hacerlo. Sin embargo, ¿de qué aprovechaba llevar este poder aquí abajo si los discípulos no tenían fe para utilizarlo? El poder estaba ahí; el hombre podía beneficiarse de él para la completa liberación de toda la opresión del enemigo; pero no tenía fe para ello, ni los creyentes tampoco. La presencia de Cristo sobre la Tierra no tenía sentido si los discípulos no sabían cómo sacar provecho de este poder. Había más fe en el hombre que trajo a su hijo que en ellos, pues sintió que la necesidad le presentaba el remedio. Por tanto, el Señor pronuncia la frase: «Oh generación perversa y de poca fe». Tuvo que dejarlos; y aquello que la gloria había revelado arriba, lo comprendería la incredulidad abajo.

Adviértase aquí que no se trata del mal en el mundo el que pone término a una intervención particular de Dios; al contrario, da ocasión para la intervención en gracia. Fue a causa del control de Satanás sobre los hombres que Cristo vino. Él se marcha porque aquellos que le habían recibido eran incapaces de utilizar el poder que Él trajo consigo, y que Él otorga para su liberación: no sabían valerse de él mediante las ventajas de que entonces gozaban. Faltaba la fe. No obstante, obsérvese también esta verdad importante y llena de sentido, que mientras tal dispensación de Dios continuase, Jesús no fallaba al satisfacer la fe personal con bendición, incluso cuando Sus discípulos no supieran glorificarle ejercitando su fe. La misma sentencia que juzga la incredulidad de los discípulos, lleva al angustiado padre al goce de la bendición. Después de todo, para ser capaces nosotros mismos de valernos de Su poder, debemos estar en comunión con Él por la energía práctica de la fe.

Él bendice entonces a ese padre según su necesidad; y lleno de paciencia, reanuda el curso de la enseñanza que estaba dando a Sus discípulos sobre el asunto de Su rechazo y Su resurrección como Hijo del Hombre. Amando al Señor, e incapaces de elevarse por encima de las circunstancias del momento, están confusos; y no obstante, eso era la redención, la salvación y la gloria de Cristo.

Antes de seguir adelante y de enseñarles aquello que debía ser la porción de los discípulos de un Maestro así rechazado, y la de la posición que tenían que ocupar, Él les presenta Su gloria divina y su asociación con Aquel que la tenía, del modo más emocionante, si podían al menos comprenderlo; y al mismo tiempo, con perfecta condescendencia y simpatía hacia ellos se sitúa Él mismo con ellos, o mejor dicho, Él los coloca en el mismo lugar con Él mismo, como Hijo del gran Rey del templo y de toda la Tierra.

Los que recolectaban el tributo oficial para el servicio del templo, acudieron a Pedro y le preguntaron si su Maestro lo pagaba. Siempre presto a adelantarse a todo, olvidando la gloria que había visto y la revelación hecha a él por el Padre, Pedro, bajando al ordinario nivel de sus propios pensamientos, ansioso de que su Maestro fuera considerado un buen judío, sin consultarle contesta a la pregunta afirmativamente. El Señor se anticipa a Pedro en su intervención, mostrándole Su divino conocimiento de lo que ya había tenido lugar a una distancia de Él. Al mismo tiempo, Él habla de Pedro y de Sí mismo como hijos los dos del Rey del templo –Hijo de Dios que aún mantenía con paciente bondad su humilde lugar como judío–, y libres ambos de presentar tributo. Pero como no debían ser ofendidos, Él ordena a la creación –pues Él puede hacer todas las cosas, porque las conoce todas– haciendo que un pez trajera precisamente la suma requerida, y combinando como novedadel nombre de Pedro con el Suyo. Él dijo «para no ofenderlos», «dales a ellos por ti y por mí». ¡Maravillosa y divina comprensión! Aquel que escudriña los corazones, y que dispone a voluntad de toda la creación, el Hijo del soberano Señor del templo, sitúa a sus pobres discípulos en la misma relación con Su Padre celestial, con el Dios que era adorado en ese templo. Se somete a las demandas que son justamente impuestas a los extranjeros, pero Él sitúa a Sus discípulos en Sus mismos privilegios como Hijo. Vemos comprensiblemente la relación entre esta conmovedora expresión de la gracia divina y el asunto de estos capítulos. Demuestra todo el significado del cambio que estaba teniendo lugar.

Es interesante remarcar que la primera epístola de Pedro se basa en Mateo 16, y la segunda en el capítulo 17, que hemos estado considerando53. En el capítulo 16, Pedro es enseñado por el Padre, confiesa al Señor el Hijo del Dios viviente, y el Señor le dice que sobre esa roca edificaría Su iglesia, que aquel que tenía el poder de la muerte no prevalecería contra ella. Así también Pedro, en su primera epístola declara que ellos habían nacido de nuevo para una esperanza viva, por esta resurrección de Cristo Jesús de entre los muertos. Es por esta resurrección que el poder de la vida del Dios viviente fue manifestada. Más tarde, llama a Cristo la piedra viva, a quien imitando nosotros, como piedras vivas, somos edificados un templo santo para el Señor.

En su segunda epístola recuerda, de manera especial, la gloria de la transfiguración como prueba de la venida y del reino del Hijo del Hombre. Por consiguiente, él habla en esta epístola del juicio del Señor.

Capítulo 18

En el capítulo que entramos, se refieren los grandes principios concernientes a un nuevo orden de cosas dadas a conocer a los discípulos. Examinemos un poco estas dulces y preciosas enseñanzas del Señor.

Podemos contemplarlas bajo dos aspectos: cuando revelan los caminos de Dios con respecto a aquello que debía tomar el lugar del Señor sobre la Tierra, y al tratarse de un testimonio de la gracia y de la verdad. Además de esto, describen el carácter mismo del verdadero testimonio que hay que debe ser rendido.

Este capítulo da por supuesto que Cristo ha sido ya rechazado y está ausente, y que la gloria del capítulo 17 no ha llegado aún. Omite el capítulo 17 para enlazarse con el capítulo 16 –salvo que en los últimos versos del 17 se ofrece un testimonio práctico de Su renuncia de Sus derechos legítimos hasta que Dios los vindicara. El Señor habla de los dos asuntos contenidos en el capítulo 16: el reino y la iglesia.

Aquello que sería conveniente al reino era la mansedumbre de un niño, la cual es incapaz de afirmar sus propios derechos en vistas de que un mundo la ignora –el espíritu de dependencia y humildad. Ellos debían ser como niños. En ausencia de Su Señor rechazado, éste era el espíritu que convenía a Sus seguidores. Aquel que recibía a un niño en el nombre de Jesús, le recibía a Él. Por otro lado, el que ponía una piedra de tropiezo en el camino de uno de estos chiquillos que creían en Jesús54, sería visitado con el más horrible juicio. El mundo hace esto, pero, ¡ay del mundo por este motivo! En cuanto a los discípulos, si aquello que ellos más valoraban se convertía en lazo, debían arrancarlo y cortarlo, practicando un cuidado extremo en gracia para no ser lazos a un pequeñito que creía en Cristo, así como una severidad implacable en cuanto a aquello que pudiera ser una red para ellos mismos. La pérdida de lo más precioso aquí no era nada, comparado con su eterna condición en otro mundo; pues ésta era la cuestión ahora, y el pecado no podía tener lugar en la casa de Dios. Un cuidado hacia los demás, incluso hacia los más débiles, y severidad con el yo, eran la norma para que en el reino no existiera ningún lazo ni ninguna raíz de mal. En cuanto a la ofensa, gracia plena al perdonar. No tenían que menospreciar a esos pequeñitos, pues si eran incapaces de abrirse camino en este mundo, eran por ello los objetos del favor especial del Padre, como aquellos que, en las cortes terrenales, tenían el privilegio peculiar de ver el rostro del rey. No es que no hubiera pecado en ellos, sino que el Padre no menospreciaba a aquellos que estaban lejos de Él. El Hijo del Hombre había venido para salvar a los perdidos55. Y no era la voluntad del Padre que ninguno de éstos se perdiera. Él hablaba, no lo dudo, de los pequeñitos como aquellos que Él tomaba en Sus brazos. Les inculca a Sus discípulos el espíritu de humildad y dependencia por una parte, y por la otra el espíritu del Padre que ellos tenían que imitar, a fin de ser verdaderamente los hijos del reino, sin andar en el espíritu del hombre que intenta mantener su lugar y autoestima. Tenían que humillarse y someterse al vituperio; y al mismo tiempo –y esto es la verdadera gloria– imitar al Padre, el cual considera a los humildes y los admite en Su presencia. El Hijo del Hombre había venido de parte de los vituperados. Éste es el espíritu de la gracia del que se habla al final del capítulo 5. Es el espíritu del reino.

La asamblea, más concretamente, tenía que ocupar el lugar de Cristo sobre la Tierra. Con referencia a las ofensas contra uno mismo, el espíritu de mansedumbre es el que convenía a Su discípulo, para ganar a su hermano. Si este último le escuchaba, el asunto debía quedar enterrado en el corazón de aquel al que había ofendido; si no, dos o tres más, entonces, habían de acompañar a la persona ofendida para llegar a la conciencia del otro, o hacer de testigos. Si de nada valían estos medios designados, debía darse a conocer a la asamblea; y si ello no producía sumisión, aquel que había hecho el mal tenía que ser considerado por el otro como un extraño, igual que un pagano y un publicano lo eran para Israel. La disciplina pública de la asamblea no es tratada aquí, sino el espíritu en el cual los cristianos tenían que caminar. Si el ofensor agachaba la cabeza cuando era interpelado, debía perdonársele incluso setenta veces siete diarias. Pero aunque no se hable de la disciplina de Cristo, vemos que la asamblea tomaba el lugar de Israel sobre la Tierra. El afuera y el adentro, por lo tanto, se aplicaban a ella. El cielo ratificaría aquello que la asamblea atase sobre la Tierra, y el Padre respondería a la oración de dos o tres que convinieran en hacer juntos su petición; pues Cristo estaría en el medio de dondequiera que dos o tres se reunieran en, o hacia Su nombre56. Así, para las decisiones y para las oraciones, ellos eran como Cristo sobre la Tierra; Él estaba allí con ellos. ¡Solemne verdad! Inmenso favor otorgado sobre dos o tres cuando se reunían verdaderamente en Su nombre, pero que deviene un asunto profundamente triste cuando esta unidad es fingida y la realidad no está allí.57

Otro elemento del capítulo concerniente al reino, que se había manifestado en Dios y en Cristo, es la gracia perdonadora. En esto también los hijos del reino tenían que ser imitadores de Dios, y perdonar siempre. Esto se refiere solamente a los males causados a uno, y no a la disciplina pública. Debemos perdonar hasta el final, o mejor dicho, no debería haber nunca un final; así como Dios nos ha perdonado a nosotros todo. Además, creo que las dispensaciones de Dios a los judíos son aquí descritas. No sólo habían quebrantado la ley, sino que sacrificaron