Hebreos

CADA DIA LAS ESCRITURAS

Jean Koechlin

 

Hebreos 1:1-14

El autor de la epístola a los Hebreos es probablemente el apóstol Pablo. Pero él no se nombra para dejar todo el lugar al Señor Jesús, el gran "apóstol... de nuestra con­fesión" (cap. 3: 1 ; V. M. nota). Después de haber habla­do por medio de tan diversos instrumentos, Dios acaba por dirigirse directamente a Israel ya los hombres por su propio Hijo (Marcos 12: 6).

Él es "la Palabra", la plena y definitiva revelación de Dios. Y, para damos una idea más elevada, Él nos ense­ña quién es este Hijo: el heredero de todo, el creador de los mundos, el resplandor de su gloria, la imagen misma de su substancia, el que sustenta todas las cosas (Juan 1: 1 y 18). ¡Pues bien! el que hizo los mundos hizo tam­bién la purificación de nuestros pecados. Mas si para crear le bastó una palabra, para esa última obra tuvo que pagar el supremo precio: su propia vida. Una sucesión de citas de los salmos que se da en llamar mesiánicos (2, 45, 102, 110...), establece la exaltación y la supremacía del Hijo de Dios. Los ángeles son criaturas, Jesús es el Creador; ellos son servidores, Él es el Señor.

Los ángeles, de un modo invisible, ministran a nues­tro favor; Jesús solo cumplió la purificación de los peca­dos: los míos y los de usted. Y lo que Él es realza incomparablemente lo que Él ha hecho.

 

Hebreos 2:1-9

"Dios... nos ha hablado por el Hijo... Por tanto" -pro­sigue el capítulo 2- "es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído". Ya sobre el santo monte, una voz del cielo había mandado solem­nemente a los tres discípulos que escucharan no a Moi­sés o a Elías sino al Hijo amado. "Y alzando ellos los ojos, a nadie vieron sino a Jesús solo" (Mateo 17: 5­8).

Nosotros también, por la fe, "vemos... a Jesús" (v. 9).

El capítulo 1 nos lo presentó bajo sus diversos títulos de Creador y de Primogénito. Aquí nos aparece como el Hombre glorificado y vencedor de la muerte. En el capí­tulo 1, todos los ángeles le rinden culto; en el capítulo 2, Jesús ha sido hecho un poco menor que ellos a causa de esa muerte cuyo gusto infinitamente amargo tuvo que conocer (final del v. 9). Pero el Salmo 8, citado aquí, nos revela en su conjunto el propósito de Dios respecto del "hombre Jesucristo". Una corona de gloria y de honra ciñe su frente; la dominación universal le pertenece por derecho; pronto todo se doblegará bajo su ley. El lugar ocupado ya por "el autor de nuestra salvación" procla­ma la excelencia de esa salvación. ¿Cómo escaparemos nosotros si la "descuidamos"? (cap. 10:29). Notemos bien: basta ser descuidado y postergar para más tarde... Sí, apresurémonos a asir "una salvación tan grande".

 

Hebreos 2:10-18

Le convenía a Dios que Él "perfeccionase por aflic­ciones" al autor de nuestra salvación (v. 9). "Quiso quebrantarlo, sujetándolo a padecimiento" dice por otra parte Isaías (53: 1 O). ¿Y con qué fin? Para llevar "muchos hijos" a la gloria. "Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje" agrega también el profeta. Esos hijos que Dios ha dado a Cristo para que sean sus compañeros en la gloria son sus amados redi­midos. "No se avergüenza de llamarlos hermanos" (v. 11). Pero, para poder tomar su causa entre manos, debía ser hecho semejante a ellos y llegar a ser verdaderamente hombre (v. 14). Y nuestro capítulo nos da de ese gran misterio varios motivos de un precio infinito:

-Jesús vino con nuestra naturaleza para glorificar a Dios como hombre y permitirle que realizara sus pro­pósitos respecto del hombre.

-Tomó un cuerpo para poder morir y así obtener la victoria sobre el príncipe de la muerte en su propia for­taleza.

-Finalmente, Jesús se vistió de nuestra humanidad para entrar perfectamente en nuestras aflicciones y compren­derlas con un corazón humano. Su propia experiencia del sufrimiento le permite simpatizar plenamente con nuestras pruebas como un sacerdote fiel y misericordio­so. ¡Qué consuelo para todos los afligidos!

 

Hebreos 3:1-15

La epístola a los Hebreos ha sido llamada «la epístola de los cielos abiertos». ¿Ya quién contemplamos en los cielos? A Jesús, a la vez apóstol-es decir, el portavoz de Dios ante los hombres- y sumo sacerdote, o sea el por­tavoz de los hombres ante Dios.

Al escribir a los cristianos hebreos, el autor va a mos­trar, apoyándose en la historia del pueblo, cómo Jesús reúne y supera en su persona las glorias que veneraban los judíos: la de Moisés (cap. 3), la de Josué (cap. 4), la de Aarón (cap. 5)... Pero no podemos aprender a conocer al Señor sin descubrir al mismo tiempo la perversidad del corazón natural. Dios lo llama "un corazón malo de incredulidad" y nos recuerda que en éste está el origen de nuestras miserias. "Siempre andan vagando en su corazón" declara el versículo 10 (comp. Marcos 7:21).

Por esa razón, quienquiera que oye la voz del Señor (¿y quién se atrevería a decir que nunca la oyó?) está solemne y triplemente invitado a no endurecer su cora­zón: "Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones" (v. 7,15, y cap. 4:7). Generalmente limita­mos esta exhortación al Evangelio de la cruz. Pero nos­otros, que somos creyentes, ¿no tenemos cada día la oportunidad de oír la voz del Señor en su Palabra? ¡Que seamos guardados de toda forma de endurecimiento, cualesquiera sean Sus exigencias para con nosotros hoy!

 

Hebreos 3:16-19; 4:1-7

El descanso de Dios en el séptimo día, después de la obra de la creación, pronto fue turbado por el pecado del hombre. Y desde entonces "hasta ahora" (Juan 5 '.17) no ha cesado el trabajo que el Padre y el Hijo realizan juntamente para la redención. Mas aprendemos esto aquí:

•  Que Dios tiene siempre en vista Su descanso.

•  Que éste está por venir y no se confunde con el establecimiento del pueblo en Canaán bajo la conduc­ción de Josué. Israel gozará del reposo terrenal en el milenio, y la Iglesia 10 gustará en la gloria celestial.

3) Que, si bien Dios quiere compartir su descanso con su criatura, no todos entrarán en él.

Como otrora en el desierto, la "incredulidad" (cap. 3: 19) y la "desobediencia" (cap. 4: 6) cierran el acceso a la promesa. Juan 3: 36 nos muestra además que el que desobedece está en la misma situación que el que no cree, porque hacer la obra de Dios es creer "en el que él ha enviado" (Juan 6: 29). Por desdicha, ocurrió con Israel como con las multitudes de hoy: "No les aprove­chó el oír la palabra, por no ir acompañada de fe en los que la oyeron" (v. 2; leer Romanos 10: 17). De modo que es la obediencia al Señor la que nos permite entrar ahora en el trabajo de su gracia y nos prepara para com­partir también mañana el reposo de su amor (véase Sofonías 3: 17).

 

Hebreos 4:8-16

Hasta nuestra entrada en el divino reposo, perdura todavía para nosotros, hijos de Dios, el tiempo del can­sancio unido al andar, al servicio y al combate.

Pero no somos dejados sin recursos. De los tres que menciona este capítulo, el primero es la Palabra de Dios. Hoy oímos Su voz... Esta Palabra vigila sobre nuestro estado interior. Viva, nos trae la vida; eficaz, hace su trabajo en nosotros (Efesios 6: 7 nos la presenta, al con­trario, como un arma ofensiva). Penetrante en fin, deje­mos que ella nos revele nuestro interior y examine nues­tra vida. Pero, al lado del pecado que la Palabra pone en evidencia y condena, hay en nosotros flaqueza y debili­dades. Para contrarrestarlas, Dios proveyó otros dos recursos. Nos ha dado un gran sumo sacerdote, lleno de comprensión y de simpatía. Como hombre aquí abajo, Cristo conoció todas las formas del sufrimiento humano para poder desplegar en el momento "oportuno" todas las formas de su amor en favor de sus débiles rescata­dos.

En segundo lugar, nos abrió el acceso al trono de la gracia. Estamos invitados a acercamos a ese trono por medio de la oración con la libertad y confianza que debe inspiramos el saber que encontramos allí a nuestro ama­do Salvador. ¿Buscamos el socorro allí, y solamente allí? (Salmo 60: 11).

 

Hebreos 5:1-14

¡Qué contraste entre el santo Hijo de Dios y el sacer­dote tomado de entre los hombres, obligado a ser indul­gente a causa de su propia debilidad! Otro contraste resalta en el versículo 8. En lo que nos concierne, nece­sitamos aprender la obediencia porque somos por natu­raleza desobedientes. El Hijo de Dios tuvo que apren­derla por una razón muy distinta. Por ser soberano Cre­ador no está sujeto a nadie. Obedecer era para Él una cosa enteramente nueva. Pero de este modo da el ejem­plo y, de ahí en adelante, se impone como modelo a los que le obedecen (v. 9).

¿Quién es en una colectividad el jefe que tiene más autoridad?: el que empezó por ejecutar personalmente, en las más difíciles condiciones, las tareas que enco­mienda luego a sus subordinados. Aprendamos la obe­diencia en la escuela del Señor Jesús. Pero ¿qué clase de alumnos somos nosotros? ¿No merecemos a menudo el reproche del versículo 11: "tardos para oír"? La Palabra de Dios no es aquí, como en el capítulo 4, la espada que desentraña las intenciones del corazón, sino el alimento sólido que fortalece al Hijo de Dios y lo vuelve capaz de discernir por sí mismo el bien y el mal. Tal es el gran progreso del creyente: llegar a ser más y más sensible a lo que agrada al Señor. .. y a lo que no le agrada.

 

Hebreos 6:1-20

Sí, avancemos espiritualmente hacia el estado de madurez. No nos contentemos, corno aquellos cristia­nos salidos del judaísmo, con conocer algunas verdades elementales. Jesús quiere ser para nosotros más que un Salvador de obras muertas: Un Señor, un Modelo, un supremo Amigo...

Los versículos 4 a 6 han sido a menudo empleados por el diablo para turbar a los hijos de Dios. En realidad, no se trata de ellos sino de los que llevan el nombre de cristianos sin serlo. En el estado moral así descrito, se buscaría en vano la vida divina comunicada al alma de un verdadero creyente. ¡Pero es posible, por desdicha, vivir en medio de los privilegios del cristianismo sin haber sido realmente convertido! Era verdad para cier­tos judíos; es tal vez verdad hoy para algunos hijos de padres creyentes. En cuanto a los cristianos verdaderos, no pueden perder su salvación. Mas siempre corren el peligro de relajarse.

Al lado del "trabajo de amor" que Dios no olvida, la fe y la esperanza no deben ser descuidados (v. 10, 11, 12). Se nutren de las promesas divinas. El creyente conoce su puerto de amarre aún invisible; allí echó su ancla. Por más agitado que esté el mar de este mundo, la fe es la amarra que une firmemente al rescatado con el lugar celeste e inamovible donde se halla el objeto de su espe­ranza.

 

Hebreos 7:1-17

El autor de la epístola tenía "mucho que decir" acerca de Melquisedec (cap. 5: 10, 11). Ese personaje misterio­so atraviesa la historia de "Abraham" (Génesis 14) obrando como mediador, bendiciendo a Abraham de parte del Dios Altísimo y luego bendiciendo a ese Dios Altísimo de parte de Abraham. En cambio, todo lo que concierne a su persona y sus orígenes es dejado en la sombra. Y comprendemos porqué. Lo que interesa al Espíritu de Dios aquí, no es el hombre sino el oficio. Rey y sacerdote, Melquisedec es una figura del Señor Jesús cuando reine en justicia y sea sacerdote sobre su trono. El sacerdocio según el orden de Melquisedec, desde todos puntos de vista, es superior al de Aarón:

1) Su titular es más excelente que Abraham, ya que ese patriarca dio el diezmo a Melquisedec y fue bendecido por él.

2) Siendo anterior a la historia de Israel, ese sacerdo­cio no sólo se ejerce en beneficio de ese pueblo sino de todo creyente.

3) Finalmente, es intransmisible, ya que el que está a cargo de ese oficio permanece siempre vivo (véase Ro­manos 8: 34). Muchas personas en la cristiandad creen que es necesario recurrir a intermediarios, sacerdotes o «santos». Esta epístola les enseña que Dios nos ha dado un único sumo sacerdote, perfecto y suficiente para siempre (cap. 10:21,22).

 

Hebreos 7:18-28

Hasta que no hubiera sido hecho "más sublime que los cielos", Jesús no podía ser nuestro sumo sacerdote. Para poder representamos ante Dios era necesario que primeramente se ofreciera a sí mismo por nosotros. Ante todo, necesitábamos un Redentor. Pero ahora, el Salvador de nuestras almas es también el que nos salva perpetuamente, es decir, quien se encarga de nosotros hasta nuestra entrada en la gloria. Y, como vive para siempre, tenemos la seguridad de que en ningún mo­mento nos faltará. A la verdad, tal sumo sacerdote nos convenía. Su perfección moral, expresada de muchas maneras, y su posición gloriosa ante Dios nos llevan a exclamar: "Mira, oh Dios... Y pon los ojos en el rostro de tu ungido" (Salmo 84: 9).

Pronto no necesitaremos más su intercesión. Termi­nará cuando todos los redimidos hayan acabado su pere­grinaje. ¿Por qué, entonces, se repite: "Tú eres sacerdote para siempre"? (cap. 5: 6; 6: 20; 7: 17 y 21). Porque el sacerdote es también el que conduce la alabanza, ese servicio eterno que nuestro amado Salvador no será más el único en cumplir. Lo rea1izarájuntamente con los que Él habrá salvado enteramente, quienes serán para siem­pre sus compañeros en la gloria (cap. 2: 12).

 

Hebreos 8:1-13

Por culpa de Israel, otrora se rompió el antiguo pacto del Sinaí. Un nuevo pacto (anunciado en Jeremías 31: 31...) será concertado con ese pueblo. Como ha sido hecha la prueba de que el hombre es incapaz de cumplir las promesas formuladas a Dios, ese nuevo pacto no le impondrá la obligación de cumplir con condición algu­na (Romanos 11: 27). Su única base será la sangre de Cristo, llamada "la sangre del nuevo pacto" (Mateo 26: 28). Cuatro puntos lo caracterizan:

1) Los mandamientos del Señor estarán escritos en sus corazones, es decir, hará un llamamiento al amor.

2) Israel volverá a su relación de pueblo del Señor (v. 10; Zacarías 8: 8).

3) El conocimiento del Señor será común a todos (v. 11; Isaías 54: 13).

4) Dios no se acordará más de "sus pecados y de sus iniquidades" (v. 12). Los cristianos, en lo que les con­cierne, no están bajo un pacto (¿hace falta un pacto entre un padre y un hijo?). Pero ellos gozan ya, y más allá, de todas esas bendiciones prometidas a Israel. La divina Palabra está implantada en ellos (comp. 2 Corintios 3: 3). Ahora son hijos de Dios. Conocen al Señor por medio del Espíritu Santo que habita en ellos. Tienen la seguridad de que sus pecados han sido borrados para siempre. ¿Tiene también esos privilegios el lector?

 

Hebreos 9:1-15

Los capítulos 35 a 40 del Éxodo relatan cómo fue construido el tabernáculo. El Levítico da instrucciones que conciernen a los sacrificios (cap. 1-7); luego las tocantes a los sacerdotes (cap. 8-10). Pero todas esas ordenanzas de un culto terrenal habían demostrado su trágica impotencia. El tabernáculo estaba dividido en dos, mediante un velo infranqueable. El sacerdote, peca­dor, estaba obligado a "ofrecer por los pecados" de sí mismo (v. 7; cap. 5: 3). Finalmente, los sacrificios de machos cabríos y de becerros no podían "hacer perfecto, en cuanto a la conciencia".

Entonces Dios nos habla de un santuario celestial "más amplio y más perfecto... no de esta creación" (v. 11; cap. 8: 2). ¿Pero de qué serviría si no hubiera un sacerdote capaz de asumir el servicio? ¿Y de qué nos serviría un sacerdote perfecto (cap. 5: 8), si el sacrificio no fuese excelente? (cap. 9 y 10). Para nuestra entera seguridad, Jesús es a la vez lo uno y lo otro. Como sacrificio, nos da la paz de la conciencia. Como sacerdote, nos asegura la paz del corazón y nos mantiene en comu­nión con Dios. Bajo el antiguo pacto, todo era precario y condicional. Ahora todo es eterno: así la redención (v. 12 final; cap. 5: 9) como también la herencia (v. 15 final). Nada podrá arrebatárnoslas ni cuestionarlas.

 

Hebreos 9:16-28

"Sin derramamiento de sangre no se hace remisión" (v. 22; leer también Levítico 17: 11). Lo que proclamaba cada sacrificio del antiguo pacto, 10 que Abel ya había comprendido por la fe (cap. 11 : 4), está confirmado aquí de la más categórica manera. Porque "la paga del pecado es muerte", y la sangre derramada sobre la tierra es la prueba de que esa paga fue efectuada (Deuteronomio 12:23, 24). La sangre de Cristo fue derramada "por muchos para remisión de pecados" (Mateo 26: 28). ¿Quiénes son esos muchos? ¡Todos los que creen! La preciosa sangre de Jesús, continuamente bajo la mirada de Dios, los pone al abrigo de Su ira, porque "está esta­blecido para los hombres que mueran una vez..." No les será otorgada una segunda existencia.

Sin embargo, no todo se acaba con la extinción de la vida corporal y la muerte es poca cosa al lado de lo que sigue. ¿Qué hay después de la muerte? Una palabra bas­ta para revelado: "... y después de esto el juicio" (2 Timoteo 4: 1; Apocalipsis 20: 12). El hombre sin Dios tiene esas dos realidades terribles ante sí: la muerte y el juicio. Pero el redimido posee por su parte dos bienaven­turadas certezas: el perdón de todos sus pecados y el retorno del Señor para su liberación final (v. 28). Que cada uno de nuestros lectores pueda formar parte de "los que le esperan".

 

Hebreos 10:1-18

La necesidad de volver a ofrecer siempre y siempre de nuevo los sacrificios del antiguo pacto mostraba que eran ineficaces. A decir verdad, constituían únicamente un acto recordativo del pecado (v. 3). La justicia de Dios no estaba satisfecha con ellos y menos aun podían agra­darle. Entonces se presentó alguien que tomó a su cargo nuestra causa. Sólo Jesús era el objeto de la complacen­cia del Padre, sólo Él podía ser la ofrenda agradable, la santa víctima ofrecida una vez para siempre. En tanto que los sacerdotes se mantenían en pie porque nunca habían terminado su servicio, Cristo, "se ha sentado a la diestra de Dios" porque su obra está acabada. Y el que se sentó para siempre nos hizo perfectos para siempre. Sí, perfectos, es así cómo Dios nos ve, porque hemos sido lavados de nuestros pecados. Y no se trata del futuro; es una cosa cumplida y definitiva.

Mas no olvidemos que a la obra hecha para nosotros se le une la obra hecha en nosotros actualmente. El Señor quiere poner su amor y sus mandamientos en cada uno de nuestros corazones (v. 16; cap. 8: 10). Si Jesucristo dijo al Padre al entrar en el mundo: "el hacer tu volun­tad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón", ¿cómo no habría de querer Él que los suyos se le pareciesen? (v. 7, 9; Salmo 40: 6-8).

 

Hebreos 10:19-31

La obra de la gracia se acabó. Aquel que la cumplió ha sido hecho más sublime que los cielos (cap. 7: 26). Y somos invitados a penetrar en ellos sobre sus pisadas, por el camino nuevo y vivo que desde entonces ha que­dado abierto al adorador. La sangre de Jesús, el velo rasgado, la intervención de un gran sumo sacerdote a favor de nosotros dan a nuestra fe una certera seguridad. Acerquémonos, hermanos, con plena libertad. Que nada nos detenga de entrar en el Lugar Santísimo... ni tam­poco de juntamos con regularidad en la reunión de los hijos de Dios (v. 25). No nos hemos convertido para vivir solos, como egoístas. Alentémonos unos a otros a practicar el amor y la abnegación.

Los versículos 26 a 31 son particularmente solemnes.

Pecar voluntariamente era, para los judíos que profesa­ban el cristianismo, volver a la ley y, de esa manera, pisotear al Hijo de Dios, envilecer su preciosa sangre y burlarse de su gracia. Pero esto puede aplicarse a hijos de padres creyentes que hubieran rechazado la enseñan­za recibida en la juventud y deliberadamente hubieran escogido el camino del mundo.

Amigos jóvenes que poseéis privilegios tan grandes: el camino del cielo no estará siempre abierto para voso­tros. ¡Acercaos ahora! (Juan 6: 37).

 

Hebreos 10:32-39; 11:1-7

Los cristianos hebreos habían aceptado, y aceptado con gozo, el despojo de sus bienes terrenales (comp. Mateo 5: 12). ¿Cuál era su secreto? La fe que se apro­piaba bienes mejores y fuera del alcance de los perse­guidores. Pero la fe es necesaria no tan sólo en los días malos y para la conversión; ella es el principio vivo y vital del justo. Hace presente al porvenir y visible lo invisible. El que no la posee no puede perseverar; retro­cede y Dios no se agrada en él (v. 38; cap. 4: 2; 1 Corin­tios 10: 5). Sin fe -repite el versículo 6 del capítulo 11­es imposible agradarle. Pero ahora Dios va a presentarnos a algunos de aquellos en quienes tiene su compla­cencia (Salmo 16: 3).

En el capítulo 11, los distintos aspectos de la vida de la fe son ilustrados por testigos del Antiguo Testamento. En Abel vemos esa fe apropiarse la redención mediante la ofrenda de un sacrificio agradable a Dios. En Enoc, ella camina hacia su meta celestial. En Noé, ella condena al mundo y predica la justicia divina.

Así la fe caracteriza toda la vida cristiana. Y cuando se llega a los últimos pasos de ese andar por la fe, no es el momento de perder nuestra confianza, pues, aún un poquito y Aquel que "ha de venir, vendrá y no tardará" (v. 37). Esta designación es suficiente. Jesús es «Aquel que viene»; nosotros somos «los que le esperan» (9:28).

 

Hebreos 11:8-16

Una vez más en la Biblia, Abraham y los suyos son elegidos por Dios para enseñamos lo que es la fe. "Abra­ham siendo llamado, obedeció... ". Obedecer a alguien sin conocer sus intenciones muestra que se tiene plena confianza en él. Cuando Dios lo ordena, la fe sabe "sa­lir" (v. 8), pero también "morar" (v. 9).

Decidió el patriarca morar "en Harán" (Hechos 7: 4) cuando debió haber ido a Canaán, y también resolvió salir para Egipto cuando habría tenido que morar en el país (Génesis 12: 10). Pero Dios se complace en disimu­lar esos pasos dados en falso; asimismo hace caso omiso de la risa de Sara, del triste fin de la historia de Isaac y del desagradable principio de la de Jacob; de la vida de los suyos, Él retiene solamente lo que le glorifica y sólo la fe puede glorificarle. En principio, no es posible poseer simultáneamente dos patrias. Por eso la promesa de una ciudad celestial había hecho de Abraham y los suyos unos extranjeros. No temieron confesado (v. 13; Géne­sis 23: 4); pero también lo mostraron claramente al habi­tar en tiendas (2 Corintios 4: 18; 5: 1 ). No tuvieron ver­güenza de su Dios, y por eso Él no se avergüenza de ellos. Él reivindica ese nombre de "Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob".

Lector: ¿Tiene el derecho de llamarle "Dios mío"?

 

Hebreos 11:17-31

El sacrificio de Isaac prueba que Abraham cree en la resurrección (véase Romanos 4: 17) y que ama a Dios más que a su único hijo. La larga historia de Jacob la cuenta su bordón, alguna vez instrumento de pastor de ovejas y otras de peregrino o de cojo y, finalmente, sos­tén del adorador (v. 21). De Isaac, se podría pensar que su discernimiento fue muy tardío y de José que hubiera habido otra cosa que recordar más que esa simple reco­mendación acerca de sus huesos.

Pero cada uno de esos patriarcas proclama a su mane­ra su segura esperanza de las cosas venideras. Moisés rehúsa... escoge... estima... porque tiene puesta la mira­da en la remuneración (ver cap. 10: 35). Deja... no teme... se sostiene porque ve al que es el Invisible. La fe es el único «instrumento de medida» que permite apre­ciar el verdadero valor y la relativa duración de todas las cosas. Pero ella es, al mismo tiempo, la energía interior que da la capacidad de triunfar, tanto sobre los obstácu­los -la ira del rey, el Mar Rojo, Jericó- como sobre las codicias: los deleites del pecado o las riquezas de Egip­to.

Sí, la fe es enérgica y audaz. Y si el ejemplo de Moisés nos parece demasiado elevado, seamos alentados por el de Rahab. Cualesquiera sean nuestras circunstancias, Dios aguarda un fruto invisible de nuestra fe.

 

Hebreos 11:32-40; 12:1-3

A partir del versículo 32 estamos en el país de Canaán.

En él hallamos a los jueces, los reyes, los profetas y la "grande nube de testigos" que nos rodea, que nos ha precedido y que nos aguarda para entrar en posesión de lo prometido (v. 39, 40). A través de los más sombríos tiempos, la antorcha de la fe ha pasado de mano en mano y no se ha apagado jamás. Sólo Dios conoce la lista de esos mártires y la tiene al día. «Cada uno tiene que integrar su propia página en el volumen de la fidelidad» escribió un creyente.

El ejército de la fe cuenta con exploradores (cap. 11) y con un Jefe prestigioso; nosotros somos la retaguardia. Hoy, nos toca el turno de ser alistados en esa «carrera de relevo». ¿Qué hace falta para correr bien?: no tener carga ni estorbo. Empecemos por despojamos de todo peso y bagaje inútil. Rechacemos también el pecado, esa red que nos hace tropezar tan fácilmente. Pero no es todo. Es necesario que un objeto nos atraiga hacia ade­lante como un irresistible imán. Pongamos nuestras miradas en Jesús, Guía y Modelo de la vida de la fe, su Autor y Consumador. Él también tenía un objeto delan­te de sí, más poderoso que la cruz, el oprobio y todo su sufrimiento: era "la plenitud de gozo" que debía coro­nar la vida del hombre de fe según el Salmo 16: 11.

 

Hebreos 12:4-17

En su familia, un niño está sujeto a la educación paterna. Ésta le hará derramar algunas lágrimas, pero, cuando haya crecido, será para él un motivo de agrade­cimiento hacia sus padres. Si somos hijos e hijas de Dios, es imposible que no tengamos que habérnosla con su disciplina (v. 8), porque el Dios santo quiere formar sus hijos a su imagen (v. 10).

Sin embargo, esa disciplina podría llevamos a dos reacciones opuestas: primeramente, a menospreciada y a no hacerle caso. Pero hemos de ser "ejercitados" en ella, es decir, aprender a juzgamos delante del Señor cuando indaguemos por qué motivo nos manda esa prueba (véase Job 5: 17). El peligro contrario es que nos desalentemos (v. 5; Efesios 3: 13). Entonces acordémo­nos del nombre dado al creyente disciplinado: "al que ama el Señor" (v. 6). Sigamos "la paz con todos", pero sin que sea a costa de la santidad (v. 14). No olvidemos que nosotros mismos somos objetos de la gracia y echemos de nuestro corazón las raíces de amargura (literalmente: gérmenes de veneno). Ocultas al principio, tarde o tem­prano se manifiestan si no son juzgadas enseguida (Deu­teronomio 29: 18). Esaú, quien no pudo ser nombrado en el capítulo precedente con los miembros de su fami­lia, lo es aquí para su eterna vergüenza. ¡Que ninguno de nosotros se le parezca!

 

Hebreos 12:18-19

Aquí todavía se establece un contraste entre lo que ofrecía la ley y lo que el creyente posee ahora en Cristo. Al terrible Sinaí, Dios lo substituirá con la gracia en "Sión" en el próximo reino del Mesías (Salmo 2: 6).

Pero el hijo de Dios se dirige ya hacia un más elevado orden de bendiciones. Está invitado a subir las pendien­tes de ese monte de la gracia, a penetrar por la fe en "la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial" y a saludar a sus habitantes. Encuentra a los muchos millares de án­geles, luego "la congregación de los primogénitos", es decir, a la Iglesia. En la cumbre está Dios mismo, "el Juez de todos", quien lo recibe como redimido en su Hijo. Al volver a bajar hacia el pie del monte, hacia la base de todas esas glorias, halla "a los espíritus de los justos hechos perfectos" (capítulo 11) y a Jesús, media­dor de un nuevo pacto sellado por su propia sangre. «Allí está mi morada» dice un cántico. Si las cosas movibles son llamadas a pasar pronto, yo recibo un reino inconmovible; mi nombre está escrito "en los cie­los" (Lucas 10: 20). Y la misma gracia que me da acceso a ellos me permite ya servir a ese Dios santo, no de una manera que me sea agradable, sino que le sea agradable a Él. La reverencia, el temor de desagradarle me guarda­rán en el camino de su voluntad.

 

 

Hebreos 13:1-16

El amor fraternal puede ejercerse bajo muchas for­mas: la hospitalidad que se vuelve provechosa para el que la practica (v. 2), la simpatía que se identifica con los que sufren (v. 3; cap. 10: 34) y la beneficencia de la que Dios mismo se agrada (v. 16).

La avaricia, por desdicha, también tiene varios ros­tros. Se puede amar al dinero que uno posee, pero tam­bién al que uno desea tener. Sepamos contentamos con lo que tenemos actualmente. Y para las necesidades o los peligros de mañana, apoyémonos "confiadamente" en la fidelidad del Señor (v. 6; Mateo 6:31-34). El que es nuestro ayudador no podría cambiar. "Tú eres el mis­mo" proclamaba el versículo 12 del capítulo 1. El ver­sículo 8 de nuestro capítulo completa esa afirmación con ésta de un insondable alcance: "Jesucristo es el mismo ayer y hoy, y por los siglos". Si Él nos basta, las "doctrinas diversas y extrañas" no hallarán asidero en nosotros (v. 9). Y estaremos listos para salir del campa­mento religioso formalista (véase Éxodo 33: 7) a fin de ir hacia Jesús solo, al lugar en el que su presencia está prometida. Él ofreció el supremo sacrificio. Nuestro privilegio es ofrecer a Dios, en cambio, no sólo el culto del domingo sino un incesante sacrificio de alabanza, ese fruto de nuestros labios que madura primero en nuestro corazón (Salmo 45: 1).

 

Hebreos 13:17-25

Tuvimos fieles conductores o "pastores". Veneremos su memoria, imitemos su fe... y leamos sus escritos (v. 7). Pero Dios nos los da hoy también (v. 17,24). ¿Cuál es nuestro deber hacia ellos? Obedecerles, orar por ellos (v. 18), actuar de modo que ellos puedan cumplir su servi­cio con gozo -ya que velan por nuestras almas- e igual­mente soportar "la palabra de exhortación" cuando nos es dirigida por su medio (v. 22). No obstante, que la personalidad de ningún obrero del Señor nos haga per­der de vista al "gran Pastor de las ovejas". Sólo Él dio su vida por ellas y ahora las lleva con Él fuera del campa­mento de la religión humana.

De ahí en adelante, todos los creyentes constituyen un único rebaño, a la cabeza del cual se halla un único "Pastor" (Juan 10: 4, 16). A lo largo de esta epístola, uno tras otro los elementos del judaísmo han sido quitados y reemplazados por las gloriosas verdades cristianas. To­das se hallan resumidas en Jesucristo.

Y finalmente, ésta es la obra que Dios cumple en nosotros (v.21): nos libera de todo vínculo, nos despoja de toda forma para apegarnos a su Hijo resucitado y glorificado. Mientras aguardamos su próxima aparición, que esta epístola pueda habernos ensenado, ya, por la fe, a poner los ojos en Él (véase cap.12:2).

 

 

 

 

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