Colosenses

CADA DIA LAS ESCRITURAS

Jean Koechlin

 

Colosenses 1:1-11

Esta carta se dirige a una iglesia que Pablo nunca había visitado (cap. 2:1). Colosas parece haber recibido el Evangelio por medio de Epafras, siervo de Dios al que se rinde aquí (v. 7-8), y en el capítulo 4:12-13, un notable testimonio. Según su costumbre, el apóstol destaca primeramente todo lo bueno que se distingue en los creyentes a los que escribe. Inspirémonos en su ejemplo. La fe, la esperanza y el amor eran el triple y completo fruto producido por el Evangelio en Colosas (v. 4-5). Pero lo que alimenta a la fe, sostiene a la esperanza y renueva al amor es el conocimiento de Dios (v. 10). Por eso el apóstol pide en su oración que los colosenses sean llenos de ese conocimiento. Era menester que su andar -y el nuestro- obedeciera a un doble motivo: frente a los demás, mostrarnos dignos de Aquel a quien confesamos pertenecer; y sobre todo frente al Señor, si le amamos, buscar agradarle en todo. Veamos finalmente en el versículo 11 para qué se requiere toda la fortaleza del Señor. No para tal o cual combate espectacular, ni aun para anunciar el Evangelio, sino simplemente para tener la paciencia y la longanimidad... con gozo. Son victorias que tenemos la oportunidad de lograr todos los días.

Colosenses 1:12-23

El verdadero cristianismo no es una religión ni un conjunto de verdades que se profesan. Es el conocimiento experimental de Alguien. El cristianismo es Cristo conocido y vivido. Hemos sido puestos en relación con una persona incomparable: el amado Hijo del Padre, quien nos hizo aptos para participar de la herencia en luz, nos dio un lugar en el reino, la redención, el perdón de pecados, la paz que Cristo hizo por su propia sangre v. 20)... Pero lo que determina la grandeza de semejante obra es la grandeza de Aquel que la efectuó. Y el apóstol enumera de un tirón las glorias de ese Amado: lo que Él es, lo que llegó a ser y lo que ha hecho de nosotros. Afirma su doble primacía: sobre el universo creado y sobre la Iglesia; como así también su doble título de Primogénito de toda la creación (es decir de heredero universal) y de Primogénito de entre los muertos. Por medio de Él, la vida salió de la nada como creación y también salió de la tumba como redención. Él es el Creador de todas las cosas en los cielos y en la tierra (v. 16). Él es el Reconciliador de todas las cosas en la tierra y en los cielos (v. 20). Finalmente, Él es el Dominador, quien debe tener la preeminencia en todas las cosas: en los cielos, en la tierra y en nuestro corazón (v. 18).

Colosenses 1:24-29 : 2:1-5

Pablo, siervo del Evangelio (v. 23 final), lo era también de la Iglesia (v. 25). Al precio de muchos sufrimientos, trabajaba y combatía por ella (v. 28-29). Anunciaba los divinos misterios, escondidos "de los sabios y de los entendidos" pero revelados al más joven creyente (v. 26; cap. 2:2 final; comparar Efesios 3). En esta ocasión. notemos las numerosas semejanzas entre la epístola remitida a los colosenses y la escrita a los efesios. Pero, mientras en esta última al creyente se le ve sentado en los lugares celestiales en Cristo (Efesios 2:6), la epístola a los Colosenses lo considera en la tierra, teniendo a Cristo en él: la esperanza de gloria (v. 27). ¡Maravilloso pensamiento! Él, "en quien agradó al Padre que habitase toda plenitud", habita ahora en el corazón de los suyos. Comprendemos que antes de mencionar las "palabras persuasivas" (v. 4) y los ensueños del espíritu humano, el apóstol empiece por presentar las excelentes realidades cristianas como para hacer notar el contraste. Sí, verdaderamente tenemos en Cristo "todas las riquezas en pleno entendimiento" y "todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento" (v. 2-3). ¿Qué podríamos ir a buscar fuera de Él?

Colosenses 2:6-19

Ocuparse en las glorias del Señor Jesús es el medio ara ser "arraigados y sobreedificados en él" (v. 7). Las raíces de un árbol le aseguran a la vez alimento y estabilidad (Proverbios 12:3). Si el cristiano no está "fun dado y firme en la fe" (cap. 1:23), corre el riesgo de ser conmovido o aun de ser llevado "de todo viento de doctrina" (Efesios 4:14; comparar Mateo 13:21). Precisamente, peligrosos vientos soplaban en Colosas: la f ilosofía , la tradición (v. 8), el culto de los ángeles (v. 18), los mandamientos religiosos (v. 22)... todo lo que el versículo 8 llama huecas sutilezas. Con no menos imaginación, actualmente se inventan y abundan las doctrinas y las teorías. Temamos prestar oídos a toda enseñanza que se aparte de la Palabra de Dios. El enemigo de nuestras almas, mediante los agentes que emplea, quisiera seducirnos (v. 4), engañarnos (o despojarnos) y nacer de nosotros su presa (v. 8), privarnos del premio del combate (v. 18). Mas la gran batalla ha sido librada y la victoria lograda por Otro. La cruz, donde Satanás por un momento creyó triunfar, señaló su derrota total y pública (v. 15); él mismo fue despojado de su armadura y de sus bienes (leer Lucas 11:21-22). No toleremos que nos despojen o, más bien, que despojen al Señor, de aquello que Le pertenece.

Colosenses 2:20-23; 3:1-7

Lo que debemos hacer o dejar de hacer procede de lo que somos. Nuestra doble posición acaba de ser señala- da en los versículos 12 y 13.

1) Hemos muerto con Cristo (v. 20), hemos muerto a los rudimentos del mundo; no podemos tomar más, como regla de vida, los principios que rigen a este mundo con sus pretensiones morales o religiosas, y su medida, frecuentemente equivocada, del bien y del mal.

2) Hemos "resucitado con Cristo" (cap. 3:1); como gentes de lo alto, pensemos en las cosas de lo alto, apliquemos los principios de lo alto a nuestras circunstancias más comunes. Sí, "habéis muerto", confirma el versículo 3, y la imperecedera vida -que es la vuestra ahora- "está escondida con Cristo en Dios". "Por esto el mundo no nos conoce" -es decir, no puede comprendernos- "porque no lo conoció a él" (1 Juan 3:1). Pero cuando Cristo sea manifestado, entonces todos sabrán cuál era nuestro secreto. Aunque nuestra vida está en el cielo, nos quedan en la tierra peligrosos «miembros» morales; dicho de otro modo: nuestras codicias. Apliquémosles la muerte a todas esas culpables manifestaciones del viejo hombre. A causa de ellas, "la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia". A causa de ellas, esa ira cayó sobre nuestro perfecto Substituto.

Colosenses 3:8-17

El despojo del viejo hombre se compone de tristes harapos señalados en los versículos 8 y 9: ira, malicia, blasfemia... Tengamos vergüenza de presentarnos así. En cambio, vistámonos del luminoso vestido del nuevo hombre, del cual Cristo es el perfecto modelo (v. 10). Sus adornos están enumerados: misericordia, humildad, mansedumbre, paciencia, perdón... Sobre todo recubrámonos de amor, que es la naturaleza misma de ese nuevo hombre. Es ese amor el que nos dará a conocer como discípulos de Jesús (Juan 13:35). Nuestro estado interior no es menos esencial. En nosotros deben morar:

Cristo, quien lo es todo (v. 11, al final), su paz (v. 15) y su Palabra (v. 16). El solo hecho de tener la Biblia en casa o sobre la mesa de luz no nos hará el menor bien. El más fortificante manjar no alimenta mientras permanezca en el plato. Es menester que la Palabra more en nosotros en abundancia (Romanos 10:8). Otro medio en el que poco pensamos para ser enseñados y edificados es el de los "cánticos espirituales" que cantamos a Dios en nuestros corazones (Salmo 119:54). No Le privemos de ello, ni hagamos lo mismo con nosotros. Finalmente, para cada una de nuestras palabras o acciones, una doble pregunta nos servirá para probar su calidad: ¿Puedo decir o hacer esto en el nombre del Señor Jesús ? ¿Puedo dar gracias a Dios Padre por esto?

Colosenses 3:18 - 25: 4:1-6

Los versículos 10-11 del capítulo 3, así como el pasaje de Gálatas 3:27-28, anulan toda diferencia entre las criaturas de Dios para mantener sólo la distinción fundamental entre el viejo y el nuevo hombre. Pero aquí el creyente, en quien coexisten estas dos naturalezas, es considerado en sus relaciones con los demás al mismo tiempo que con el Señor. A diferencia del resto de la epístola, en el cual tenemos que ver con Cristo (nuestra vida), aquí Él es llamado "el Señor" para subrayar sus derechos y autoridad. Niños, mujeres, maridos, empleados o amos, cada uno tiene su lugar y, a su manera, sirve a "Cristo el Señor". Y frente a "los de fuera", ¿cuál debe ser nuestra actitud? Primero, un sabio andar que ilustre la verdad. Luego, un lenguaje lleno de gracia y de firmeza, adaptado a las oportunidades y al estado de cada cual. Por último, oraciones (v. 3). Pablo las solicita incluso para sí mismo. Y notemos que no es la puerta de la prisión la que él querría ver abrirse, sino la del Evangelio. Los versículos mencionados arriba coinciden con la porción comprendida entre el capítulo 5:22 y el capítulo 6:9 de la epístola a los Efesios. En estos dos pasajes «es muy hermoso ver de qué manera la divina doctrina entra en todos los detalles de la vida y esparce el perfume de su perfección sobre todos los deberes y todas las relaciones» (J.N. Darby).

Colosenses 4:7-18

Pablo, prisionero en Roma, se sirvió del mismo fiel mensajero, Tíquico, para llevar sendas cartas a los efesios y a los colosenses (Efesios 6:21-22). Otros hermanos y siervos de Dios participaban de sus trabajos y ejercicios de corazón: Epafras, quien, después de haber hablado del Señor a los colosenses (cap. 1:7), hablaba de ellos al Señor (v. 12); Onésimo, Aristarco, Marcos, Lucas... y también Demás, en un principio estrechamente asociado a la obra, pero aquí solamente nombrado... Uno puede imaginarse la confusión de Arquipo al oír su nombre en la carta leída ante la iglesia. ¿Cuál es ese servicio particular que él había recibido del Señor? Basta que él lo haya sabido. Y si el Espíritu de Dios no lo determina, bien puede ser para que cada creyente coloque su nombre en lugar del de Arquipo. El trágico estado de la iglesia de Laodicea descrito en Apocalipsis 3:17 muestra que ningún provecho sacó de esta carta que le fue luego comunicada (v. 16). Permaneció pobre por haber acumulado otras riquezas que no eran "las riquezas de gloria" (cap. 1:27) y otros tesoros distintos de "los tesoros de la sabiduría y del conocimiento" (cap. 2:2-3). Permaneció desnuda por no haber sabido revestirse del nuevo hombre (cap. 3:10, 12, 14). ¡Que el Señor nos dé sabiduría y sumisión para tener en cuenta las advertencias de su Palabra y que ella habite en nosotros "en abundancia"! (cap. 3:16).

 

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