PARTICIPACION A LA CENA DEL SEÑOR

Paul Fuzier

Ciertamente hay una responsabilidad individual en la participación a la Cena, la Palabra nos lo enseña. Allí nadie puede estar forzado, sino que todo hijo de Dios, nacido de nuevo y teniendo por el Espíritu el gozo de su relación con Dios como Padre, ¿tendría corazón de no recordar al Señor, durante el tiempo de su ausencia, cuando Él mismo expresa el deseo de que lo hagamos: « Haced esto en memoria de Mí» (Lucas 22:19)? — ¡Dios desea producir en el corazón de los suyos pensamientos que les conduzcan a responder a esta tan conmovedora invitación del Señor! Que Él conduzca a cada uno de ellos a comprender esta responsabilidad a este respecto y también a colocar en práctica las enseñanzas de 1ª Corintios 11:23 al 32 en cuanto al estado moral requerido para la participación a la Cena. Los diferentes pasajes que citamos nos dicen con que seriedad un hijo de Dios debe observar el privilegio que tiene para él la participación al partimiento del pan: es responsable a la vez de responder al deseo del corazón del Señor y de hacerlo en el estado moral que conviene. Tal es, a este respecto, la responsabilidad de todo rescatado de Cristo.

Pero, tomar la Cena no tendría que dejarse solo a la responsabilidad individual. La Palabra de Dios nos presenta verdades muy importantes concernientes a la mesa del Señor (1ª Corintios 10:14 al22) y es la responsabilidad de la asamblea el mantener esta mesa pura de toda mancha de carne y de espíritu, porque ella es la mesa de Aquel que se presenta en testimonio fiel como «el Santo, el Verdadero» (Apocalipsis 3:7). Dejar que cada uno sea libre de participar en le partimiento del pan, a la Mesa del Señor, acabaría rápidamente, en un estado de confusión donde está la cristiandad hoy en día, en un gran desorden. La santidad y la verdad no serían mantenidas y la asamblea no cumpliría su función de «columna y baluarte de la verdad» (1º Timoteo 3:15). Perdería su carácter.

En los primeros días de la historia de la Iglesia en la tierra, tres mil personas pudieron ser agregadas enseguida de la predicación de apóstol Pedro, y el número de hombres subió a cinco mil en otra circunstancia (Hechos 2:41; 4:4). La asamblea estaba entonces en un terreno donde el mal no había penetrado. El Espíritu de Dios actuaba con tal poder que ninguno de los que no tenían allí su lugar hubiera podido quedarse allí e igualmente, ninguno de ellos lo hubiera deseado. Y bueno, un poco después, el mal ha entrado en la asamblea, ha sido enseguida discernido, dado a luz y juzgado, de tal manera que «de entre ellos, ninguno se atrevía a juntarse con ellos» (Hechos 5:13). Estos tiempos ya no existen más. Ya, en el capítulo 9 de este mismo Libro de los Hechos, vemos a Saulo de Tarso — que acababa de ser detenido por el Señor en el camino a Damasco y al cual, subrayémoslo, debían ser reveladas las verdades capitales concernientes a la Asamblea , cuerpo de Cristo, la cena y la mesa del Señor — deseoso « de juntarse con los discípulos» ; sin duda habían razones para temer que aquel que hasta entonces perseguía la Asamblea, pero, sea lo que sea, Saulo debía ser recomendado a los apóstoles y es Bernabé que toma esta responsabilidad (Hechos 9: 26 al 30) ¿No podemos ver allí como una petición de entrada a la comunión y la introducción en la asamblea sobre el testimonio es de uno de quiénes ya formaban parte? — Mas tarde, Saulo de Tarso llega a ser el apóstol Pablo que dirigirá a los cristianos de Roma esta exhortación, que también es para nosotros: « aceptaos los unos a los otros, como también Cristo nos aceptó para la gloria de Dios» (Romanos 15:7). Esta palabra implica una doble responsabilidad. Primeramente, una responsabilidad de recepción, lo que excluye toda posibilidad de cada uno introducirse a si mismo —(digamos aquí, entre paréntesis, que no se puede retirarse así como introducirse a sí mismo; la asamblea no es "asociación" de la cual se puede "dimitir", si se nos permite esta expresión, como se hace en una organización humana. Si un hermano o una hermana estima, por tal o cual razón, no poder continuar tomando la Cena, los hermanos primeramente, enseguida la asamblea si conviene, son llamados a ocuparse de su caso. En efecto este caso puede ser un motivo para que este hermano o esta hermana no esté en estado partir el pan, pero entonces es la asamblea que debe excluirlo de la comunión, según 1ª Corintios 5 no es el interesado que se retira) —. Luego, es una responsabilidad de recepción «para la gloria de Dios» : ¿sería «para la gloria de Dios» recibir a una persona que aporta, moralmente y doctrinalmente una deshonra a la mesa del Señor? Estas enseñanzas están de acuerdo con lo que encontramos ya en el Antiguo Testamento; en los días de ruina, convenía establecer su «genealogía » (Esdras 2:59 al 63).

Todo espíritu sumiso admitirá entonces que los hermanos deseosos ellos mismos de obedecer, no puedan dejar la responsabilidad a cada uno en la participación a al Cena. Cada caso particular se tiene que examinar. Conviene darse cuenta que si la persona que desea partir el pan es un verdadero hijo de Dios, si en su marcha individual o en sus asociaciones religiosas no constituyen un obstáculo a la comunión realizada a la mesa del Señor. Dos inconvenientes se presentan aquí: en primer lugar, es necesario evitar el manifestar una cierta estrechez de espíritu que nos conduciría a rehusar admitir en comunión a un hijo de Dios, sano en la fe, no teniendo falsas doctrinas o no estando ligado a aquellos que la profesan, teniendo un andar fiel, bajo el solo pretexto que no tenga la suficiente inteligencia en las enseñanzas en las Escrituras sobre el principio de reunión o que no estuviera de acuerdo con nosotros sobre puntos secundarios , como, que no sabe como hacer una pregunta acerca de la comunión a la mesa del Señor. Pero, el inconveniente opuesto, es que sería peligroso mostrarse ancho o muy abierto en exceso, lo que llegaría en definitiva a dejar penetrar " el pecado " en la asamblea.

En el caso más general, los hermanos pueden conversar con la persona que presenta una demanda de admisión, cotejar luego sus pensamientos y, sobre todo, orar al Señor que Él mismo dé lo suyo. Si estiman poder hacerlo, la demanda tiene luego lugar en la asamblea, hermanos y hermanas reunidos, y es la asamblea como tal que toma una decisión. Ella recibe o excluye, ella une o desata, según las expresiones de Mateo 18. —Sin exigir de una persona una inteligencia tal que puede muy bien no tener, conviene sin embargo asegurarse que sabe lo que hace expresando el deseo de entrar en comunión. ¿A comprendido lo que es la separación individual, luego busca con todos la justicia, la fe el amor, la paz según las enseñanzas de 2 Timoteo 2:19 al 22? .¿ A comprendido también las verdades relativas a la Cena y a la Mesa del Señor, presentadas en 1ª de Corintios 11 y 10?. Esta alma puede ir más lejos sobre estos temas, pero conviene aun, que haya comprendido lo esencial, por el cual arriesga tarde o temprano, sufrir y hacer sufrir a los demás. A este respecto, uno puede sin duda hacer esta pregunta: ¿los hermanos, a los cuales se les reprocha voluntariamente de mostrarse muy rectos, no son, al contrario demasiado abiertos? Esto podría explicar por qué muchos que se encuentran en comunión a la mesa del Señor, están sin haber comprendido lo que es la reunión en separación y lo que es la Mesa del Señor. Esto perjudica la comunión en la Asamblea.

Un asunto muy delicado y que provoca a veces algunas dificultades es la participación a la Cena de creyentes piadosos, rescatados de tal o cual denominación cristiana. En el principio, nada se oponía para esto, habiendo entendido sin embargo, que se está en presencia de un hijo de Dios, conocido por su andar fiel, dispuesto a someterse a la disciplina en la Asamblea y no poniendo como condición que no le es posible volverse a la reunión donde él iba hasta entonces, y quedarse indiferentemente en lo uno o en lo otro. En la práctica, la cosa es más delicada de lo que parece a primera vista. Muchos están dispuestos a ir mas lejos, olvidando que la confusión actual de la cristiandad es mucho más grande de la que ya existía en el siglo pasado y que, por otro lado, y es muy probable que no tengamos el discernimiento espiritual que tenían nuestros antecesores. Insistimos sobre este punto, porque es muy importante: En el primer siglo, había un poder espiritual., una energía para juzgar el mal (¿que está hoy en día? —Esta sola pregunta nos hace menear la cabeza…) tal que aquellos que no tenían su lugar en la asamblea apenas se atrevían a aproximarse; había también, consecuencia de un andar fiel, mas discernimiento espiritual. En aquel momento, nuestros antecesores han «comprado» la verdad, luego hoy en día seríamos llevados a veces más bien a "venderla" (Proverbios 23:23). De manera que los hermanos podían actuar a propósito de la admisión en un caso ocasional, mientras que hoy estamos, en la mayoría de las veces, incapacitados de hacerlo. Y pretender eso a pesar de todo, ¿no es aspirar a más poder y discernimiento espiritual del que lo tenemos? En lugar de manifestar parecidas pretensiones, humillémonos al contrario al encontrar en nosotros tal estado de debilidad que debemos, por nuestra falta, dejar a veces aparte a alguno que tendríamos que recibir a la mesa del Señor si tuviéramos mas capacidades espirituales. Comencemos pues, por remediar este estado de debilidad. Todos los recursos para esto quedan en la disposición de la fe.

Para justificar una larga aplicación de principios, se pone por delante diversos extractos de cartas de J.N.D., sin tomar en cuenta por otra parte de que todo lo que escribió en cuanto a la firmeza necesaria eran para realizar una santa separación de todo mal doctrinal. Además de lo que acabamos de recordar respecto a los tiempos actuales, muy diferentes de aquellos que pasaron, es necesario remarcar aun que J.N.D. presenta muchas reservas, sobre las cuales, se saltan rápidamente...

Primeramente aquella carta (M.E. 1876 – pag 382. Carta de Agosto de 1875). Después que el autor de la carta ha hablado del “examen” que conviene hacerle a una persona deseosa de tomar su lugar a la mesa del Señor — “examen” que no es otra cosa, dice el, que “el testimonio de dos o tres que le habrán visitado”—el agrega: “Lo que importa aquí, es que, por uno u otro medio, el tenga un testimonio suficiente para que la conciencia de la asamblea este satisfecha y a gusto”.

Es una consideración que no se debe perder de vista. Es la asamblea que recibe; por consecuencia, si un hermano toma sobre él la responsabilidad de darle ocasionalmente la cena a alguno, él actúa en nombre de la asamblea. El asume una grave responsabilidad: debe tener el sentimiento muy transparente, sin ninguna duda posible, que si la asamblea hubiera de pronunciarse tomaría una decisión de admisión. Si no tiene la convicción segura, debe abstenerse. ¡Que responsabilidad sería la suya, si diera la cena a un creyente de paso sin tener la certeza que la conciencia de la asamblea estará satisfecho y a gusto! ¡Y como sería culpable si haciéndolo tuviera el sentimiento de que la conciencia de la asamblea no estará ni satisfecha ni a gusto! ¡Dios nos guarde de todo lo que podría hacer violentar la conciencia de la asamblea!

Esto puede no sólo turbar la comunión y lo que turba la comunión no es según el Señor. Tal consideración debe bastar para detener al que quisiera tomar iniciativa semejante.

J.N.Darby escribe aun, en esta misma carta: « Luego, temo también que aquellos que vienen rehusando tomar parte sinceramente del oprobio de la posición, de la separada posición de los santos, y que desearían poder decir a otros: “No soy de allí, voy allá sólo como creyente”. “Yo voy sólo como creyente, pero acepto la posición”. En semejante caso, “es bueno esperar que esté mas claro…” Aun mas : “No admitiría a las personas de quienes acaba de hablar...” Estas personas no vienen realmente para partir el pan con nosotros sobre la base de la unidad el cuerpo, si piensan que ellas no están con nosotros cuando vienen así; porque si nuestra posición es verdadera y escritural, no son uno con el cuerpo de Cristo, el solo y único principio de reunión que yo conozco»

Recordemos en fin las reservas contenidas en la carta, a menudo citada, que ha aparecido en el M.E. 1905, pag 16. «Si un cristiano viene a nosotros, teniendo como condición que le sea permitido ir a los dos lados, no viene en la sencillez en la unidad del cuerpo. Se que su intención de hacerlo no es mala; pero no puedo permitir, que el tenga el derecho de colocar una condición alguna a la Iglesia de Dios… No pienso tampoco que un cristiano que va regularmente y sistemáticamente a los dos lados pueda ser recto en este doble andar…»

¡Que el Señor nos ayude y nos conceda la gracia para mantener pura su mesa, velando para que ninguna mancha le sea colocada!

¡Que Él nos de la sabiduría y el discernimiento para el examen de las pedidas de admisión en comunión., no perdiendo de vista ni el principio de unidad del cuerpo ni la responsabilidad que nos incumbe de mantener la santidad que es uno de los caracteres esenciales de la mesa del Señor! Hagamos el empeño de alumbrar a las almas que desean aproximarse, si aun las verdades esenciales no les son claras, seremos útiles mucho mas que por una admisión temprana, hecha en condiciones que no conviene.

¡Actuemos siempre de tal manera que tengamos comunión con los santos con nuestros actos, sin buscar imponer deseos personales que serían susceptibles de producir violencia en la conciencia y de turbar la comunión!

¡Que Dios nos dé más piedad, mas temor a Su Nombre, mas comunión con Él y con el Señor! — ¡Que nos conceda estar mas alimentados de Cristo, ocupados de las cosas excelentes, fortalecidos en el poder que viene de Él! Entonces tendremos el discernimiento espiritual que nos permitirá hacer todas las cosas según su pensamiento.

 

Traducido de “El Mensajero Evangélico” Año 1960

 

 

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