ORDEN EN NUESTRAS CASAS,

REPERCUCIONES EN LA CASA DE DIOS

Paul Fuzier

Los hombres se glorifican de los progresos de su ciencia, indiscutibles por otra parte, pero que los conducen a ambiciones desmesuradas. Dios, a su momento, pondrá término a su loco orgullo. Pero mientras que el espíritu humano esta ocupado por miles de descubrimientos o en nuevas búsquedas, progresos también indiscutibles son realizados en otro dominio. Deseamos hablar del desorden que va creciendo y que se oye por todos lados, resultado de un debilitamiento cada vez más marcado del nivel moral entre los individuos, en las familias, entre los pueblos. Los hombres que reflejan y observan los rápidos progresos de este desorden generalizado se asustan y se hacen la pregunta, que para ellos permanece sin respuesta: ¿Pero, a donde vamos? El creyente, instruido por la Palabra y por el Espíritu de Dios, sabe que tenemos ya en nuestros ojos las señales precursoras de los tiempos que seguirán a la continuación del rapto de los santos en la venida del Señor. No habrá entonces aquí abajo nada «que lo retiene», ni «Aquel que lo retiene» (2ª Tes. 2:6,7), no se hará nada para mantener igualmente una simple apariencia de orden. Será una completa anarquía, una anarquía revolucionaria tipificada por «el mar» en Apocalipsis 13:1; esto, justo en el momento donde « en el mar» subirá «una bestia», símbolo del poder oficial, político, que establecerá un cierto orden, orden que no será regido por principios divinos sino que mantenido por un poder satánico.

En el seno del desorden actual, hay dos dominios que deben resolverse con todo el resto y en las cuales el orden debe ser visto, el orden según Dios: se trata de la casa del creyente y de la asamblea, casa de Dios. Preguntémonos en que medida hacemos frente a nuestras responsabilidades sobre este asunto. El espíritu del siglo, generador del desorden y de confusión, ¿no penetra al interior de estos terrenos donde sin embargo el no tiene ningún lugar? Que la exhortación de Romanos 12:2 se imponga en nosotros con toda autoridad: « No os conforméis a este siglo…», como también la de 1ª Corintios 14:40: «Pero, todas las cosas se hagan decentemente y con orden» ¡Y lo uno y lo otro nos conducen a un santo ejercicio sobre el tema de nuestros hogares y a la casa de Dios!

Las observaciones que siguen son apenas un llamado de las verdades conocidas, a veces puede ser que olvidadas. Que al encontrarlas, podamos manifestar así la piedad y la energía espiritual para colocarlas en práctica.

La administración de la casa de un creyente es una tarea difícil; para conducirla bien aquel que es responsable, el jefe de la familia, debe manifestar una real dependencia de Dios y al mismo tiempo una plena confianza en Él.

Esta casa es un terreno o dominio donde el orden debe ser mantenido, un pequeño santuario donde Dios habita. El buen orden en un hogar cristiano es un honor rendido a Dios. Importa que el marido, jefe de familia tenga conciencia de este hecho como también su propia responsabilidad a este respecto. Si, por debilidad o por otras razones, lo pierde de vista, las consecuencias de su debilidad serán tarde o temprano manifestadas; pueden ser muy graves y sin duda no existe otra causa de la ruina espiritual y moral de muchos hogares. Que el marido cristiano tenga toda la seguridad que su compañera cristiana puede cooperarle en esta tarea en si delicada, y que sobre todo los dos busquen la ayuda y las direcciones de Aquel que solo puede dar sabiduría y discernimiento en todas las circunstancias de la vida de hogar, Todo esto es un buen deseo pero no quita en nada el hecho de que la responsabilidad de la conducta del hogar está sobre los hombros del marido. No es según el orden establecido por Dios que su mujer lo sustituya y sea así conducida a cumplir un rol que no es el suyo. (Es verdad que ella puede ser llamada a veces a hacer frente a la tarea que incumbe normalmente a su marido, cuando por ejemplo este ha sido retirado; en ese caso, que es una excepción de la regla, Dios le dará a ella una especial manera de fuerza, la sabiduría y todos los recursos que necesitará día tras día.)

La Escritura nos enseña que la mujer es, para su marido, «una ayuda» (Génesis 2:18), preciosa y cuan útil en su lugar, pero no teniendo otra responsabilidad que la de ayuda. Estas son verdades que sin duda son útiles de recordar en estos días donde, mas y mas, la mujer tiende a salirse del lugar que Dios le ha dado para tomar el del hombre. La debilidad de su marido le ha conducido muchas veces, de tal manera que este último, no sólo falta solo a su responsabilidad sino que aún por esto mismo, conduce a su mujer a faltar a la suya. Cuando es así, el orden según Dios, no es mantenido en el hogar, los hijos sufrirán inevitablemente.

Los padres son, de parte de Dios, la autoridad a la cual los hijos deben estar sujetos (Efesios 6:1 al 4; Colosenses 3:20,21). Esta autoridad debe ser ejercida principalmente por el padre, sin ninguna brutalidad pero con firmeza, con una firmeza que no excluye ni la dulzura, ni igualmente la ternura. Obedeciendo a sus padres, los hijos obedecen a Dios; si los padres permiten a sus hijos el no obedecer, faltan por lo demás a su responsabilidad delante de Dios. Enseñar a nuestros hijos a obedecer, es para la gloria de Dios (Efesios 6:1; Colosenses 3:20). ¿A menudo no lo perdemos de vista? Al permitir que los hijos se comprometan mas allá en el camino de la desobediencia, los conducirá tarde o temprano a reencontrarse con el justo gobierno de Dios, un gobierno que puede ir en un caso extremo hasta el cumplimiento de Proverbios 30:17: «El ojo que escarnece a su padre y menosprecia la enseñanza de la madre, los cuervos de la cañada lo saquen, y los devoren los hijos del águila» ¡Que dolor para los padres cuando Dios es forzado de actuar en una manera semejante!

Al cuidar el buen orden de nuestras casas, conservando los caracteres que convienen a aquellos que hacen una profesión de ser del Señor, se tendrán benéficas repercusiones en la vida de la asamblea. Porque estos dos terrenos, Casa de Dios, y casa del creyente, están estrechamente unidos, mucho mas estrechamente que lo que uno piensa generalmente. Si existe una vida de piedad en nuestras casas, si en la vida de todos los días cada uno está habituado a sentir la presencia de Dios y a vivir delante de Él, si las almas están cotidianamente nutridas por la Palabra, del Cristo de las Escrituras, el tono moral de la congregación será felizmente revelado y habrá bendición en la vida y en las reuniones de asamblea. —A la inversa, el desorden en los hogares cristianos es capaz de arrastrar debilidad y desorden en la asamblea. Aunque el estado de cosas dejara mucho que desear en un solo hogar, habrían consecuencias en la asamblea—consecuencias más o menos reveladas según la acción capacitada y ejercida por hermanos fieles, deseosos de ver la prosperidad espiritual en las familias y en la congregación. Es necesario de mucha sabiduría, de discernimiento espiritual, de amor verdadero para intervenir en estos casos, pero, si existen en algunos un real ejercicio y el buen deseo, el Señor mismo sabrá mostrar, cada vez, lo que se debe hacer y como conviene hacerlo, y al mismo tiempo Él dará todos los recursos necesarios para esto. Una acción irreflexiva, manifestando una falta de dependencia del Señor, o un estado puramente carnal, producirá lastimosos efectos; agravará el mal más que curarlo.

¿Hay hoy en las asambleas muchos hermanos que verdaderamente ansíen la prosperidad espiritual de nuestras casas, comprendiendo que ella condiciona en una gran medida la prosperidad de la asamblea—que saben actuar como pastor, en sacerdocio, discerniendo lo que no va y aportando el remedio apropiado, mejor aun sabiendo prevenir y dar en el tiempo oportuno lo que es necesario con el fin de que nada enturbie el orden y la paz del hogar cristiano?

Hay allí un servicio, generalmente cumplido en secreto, con mucho temor y dependencia del Señor, un servicio difícil, escondido, pero donde los frutos serán visibles en la asamblea. ¡Dios permita ejercer para esto a muchos hermanos piadosos, fieles y que serán calificados por el Señor para cumplir de su parte una tarea tan útil! Y que también Él dé a aquel sobre el cual el hogar está en peligro saber aceptar con reconocimiento la intervención del que viene para aportar ayuda y seguridad espiritual, también pueden ser consejos de orden práctico. Porque podría ser que semejantes tentativas sean vistas por un ojo malo y al mismo tiempo no sean aceptadas del todo, tal es el gran espíritu de independencia que caracteriza a nuestro corazón natural. Esto puede sobrevenir tan fácilmente que el estado del hogar visitado deja mucho que desear: se termina por acostumbrarse a lo que no va, la conciencia se endurece y, sobre todo, el enemigo pone manos a la obra para que nada esté dispuesto para remediar el mal. Es necesario un trabajo de la gracia de Dios en los corazones y en las conciencias para que sea juzgado todo lo que debe ser, con el fin de que puedan ser reencontrados y el sentimiento de su aprobación y el gozo de la comunión con Él.

¡Cuanta mayor seriedad es el estado de una asamblea cuando no es solamente un hogar que se encuentra más o menos en desorden, no la mayor parte de entre ellos, sino todos! ¡Que haya por lo menos un hermano, o igualmente una hermana, que esté ejercitado sobre esto y clame al Señor con perseverancia! Hay tantos medios en su mano para producir un despertar y Él escucha la oración, a la cual el responderá en su momento oportuno.

La Palabra nos enseña, que un hermano en el cual su hogar está en desorden se priva del favor que Dios se complace darnos para cumplir un servicio en la asamblea. Se ha manifestado poco fiel en el terreno pequeño, ¿podría ser fiel en aquello que es mas grande? (Lucas 16:10).

El hermano no puede ejercer un cargo de anciano, ni igualmente el de diácono. 1ª Timoteo 3 nos dice lo que es requerido para un anciano: «Pero es necesario que el obispo sea irreprensible,…que gobierne bien su casa, que tenga a sus hijos en sujeción con toda honestidad (pues el que no sabe gobernar su casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?)» —como también de diácono(servidor ): «Los diáconos sean maridos de una sola mujer y que gobiernen bien sus hijos y sus casas; porque los que ejerzan bien el diaconado(servicio) ganan par así un grado honroso, y mucha confianza en la fe que es en Cristo Jesús» (v.2,4 y 5,12 y13). De la misma manera Tito 1 nos enseña que el anciano debe ser «irreprochable, marido de una sola mujer, que tenga hijos fieles, que no sean acusados de disolución, e insubordinación» (v.6). Sin embargo estas enseñanzas, por lo demás muy claras, son a menudo desconocidas y esto no puede ser bueno para el que cumple un cargo, para la cual, según la Escritura, la marcha de su hogar le descalifica, ni para el bien de la asamblea en las cual los hermanos aceptan, o hasta toleran simplemente que esto sea así.. ¡Que no se piense encontrar la prosperidad y la bendición del testimonio en un camino que no está en la obediencia a la Palabra!

La Escritura nos da el ejemplo de un hombre que ya no estaba calificado para cumplir un servicio en la casa de Dios, este era Elí, el sumo sacerdote. Jehová anuncia que El va a colocarlo aparte: «Yo me suscitaré», dice El, «un sacerdote fiel» ¿Porque razón Elí no podía ser considerado como tal? «Porque sus hijos han blasfemado a Dios, y él no los ha estorbado» (1ª Samuel 2:35, 3:13).

Sobre el ejercicio de los dones en la asamblea, ponemos por delante a veces el hecho de que no tenemos una enseñanza tan nítida y precisa como en 1ª Timoteo 3 y Tito 1 concerniente a los ancianos y servidores (diáconos) y nos servimos de eso para asegurar de que un hermano cuyo hogar esta en desorden esté calificado para presentar la Palabra en la asamblea, enseñar y exhortar a los santos. ¿Puedo pensar verdaderamente que tal hermano tenga la autoridad moral necesaria para esto? Un ministerio puede ser cumplido de tal manera que la Palabra sea «expuesta justamente» (versión J.N.D.), según la expresión de 2ª Timoteo 2:15, sin embargo estará sin fruto si aquel que lo ejerce, aunque pueda tener un vaso conocimiento de las Escrituras, tiene en cambio solo un poco, o hasta no tiene en absoluto autoridad moral.

El corazón está mas fácilmente dispuesto para cumplir un servicio público para el Señor, abandonar para esto muchas cosas, puede ser partir muy lejos, que hacerle frente al primer servicio colocado delante de un hermano cabeza de la familia: conducir bien su casa, tener a sus hijos sujetos en toda sumisión. El testimonio, el servicio comienza en su propia casa, somos muy llevados a olvidarlo. El endemoniado sanado deseaba seguir al Señor, pero Él no se lo permitió y Le dijo : «Anda a tu casa, hacia los tuyos, y cuenta todo lo que el Señor te ha hecho, y como usó de misericordia hacia ti» (Marcos 5:19). Lucas 8; 38 y 39, nos muestra que este hombre, el cual el Señor había dicho : «Vuelve a tu casa», «…se fue, publicando por toda la ciudad cuan grandes cosas había hecho Jesús con él.». Se podría decir “He aquí un evangelista lleno de celo”, pero se puede hacer este cuestionamiento: es verdad que este hombre creyó que Él lo hizo, sin embargo, ¿ha obedecido verdaderamente a la Palabra del Señor?

¡Velemos para que el Señor nos ejercite en cuanto a la vida de nuestras casas! ¡Que Él haga sentir de una manera particular a cada hermano, jefe de familia, la responsabilidad que le incumbe sobre esto y le conceda, para hacerlo, todo del socorro de su gracia! Aquel que lo haga así como un «buen siervo» tendrá «buena recompensa» y el privilegio podrá darse enseguida de cumplir un cargo en la asamblea local, de cumplir un servicio para el Señor, sea en la asamblea sea en el mundo, con toda la autoridad moral para esto.

 

Traducido de “El Mensajero Evangélico” año 1960

Responsable traducción: Ruth C. de Vasconcelo

 

 

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