Los Hijos de David

Paul Fuzier

David tuvo «otros hijos de las concubinas», diecinueve hijos y una hija, Tamar (1ª Crónicas 3: 1 al 9). La Escritura menciona el número de diecinueve hijos, sin embargo —separando a Salomón, dejaremos voluntariamente su historia de lado — nos da solo algunos detalles de tres de ellos: Amnón, el primogénito, culpable del incesto con su hermana Tamar, y muerto según la ordenanza de Absalón (2ª Samuel 13); Absalón (el tercero) y Adonías (el cuarto) quien, el uno como el otro, buscaban apoderarse del trono (2ª Samuel 15; 1ª Reyes 1). Es considerable que los tres hayan perecido de muerte violenta, resultado de una conducta que no había honrado en nada a su padre, ni honrado a Jehová. Pero el gobierno de Dios pesaba sobre David después del grave pecado que había cometido con Betsabé, mujer de Urias, pecado agravado por las habilidades tomadas por el para tratar de borrar las huellas. Respondiendo a Natán, el profeta que Jehová le había enviado, David había pronunciado su propio juicio: «debe pagar la cordera con cuatro tantos» (2ª Samuel 11 y 12).

Efectivamente, cuatro de sus hijos son muertos en condiciones tales que no se puede dejar de ver el ejercicio del juicio de Dios:

En su gobierno, Dios «visita la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación», mientras que «que hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos.» (Éxodo 20:5,6 — Éxodo 34:6,7; Números 14:18; Deut: 5: 9,10). Hay una enseñanza que es muy justa para ejercitar nuestras conciencias: en algunos casos, Dios puede conducirnos a recoger lo que hemos sembrado (Gálatas 6:7,8) no solamente en nuestra propia vida sino también en la de nuestros hijos: ¡nuestros hijos tienen que sufrir a veces por nuestros errores! ¿Hay para los padres mayor sufrimiento que éste? Es a los padres que Dios alcanza afectando a sus hijos y esta disciplina, profundamente dolorosa, puede ir en tal circunstancia hasta la muerte del cuerpo.

Pero la historia de David y dos de sus hijos, Absalón y Adonías, confirma aun otras lecciones. No es solamente el hecho de que el uno y el otro de estos dos hijos hayan perecido de muertes violetas — el primero, en manos de Joab y sus jóvenes, en el curso de una batalla (2ª Samuel 18); el segundo, en manos de Benaía, actuando por orden de Salomón (1ª Reyes 2:25) — estaba también su conducta — que había dejado mucho que desear — y la manera de actuar de su padre a este respecto.

Ciertamente, Amnón había cometido con Tamar su hermana el horroroso pecado relatado en 2ª Samuel 13, pero el dolor y la humillación muy comprensibles experimentadas por Absalón lo conducen a un odio tenaz hacia su hermano: «Absalón aborrecía a Amnón» (v.22). ¡Cuan peligroso es alimentar tal sentimiento en su corazón! Este odio — que el tiempo no atenuará, muy por el contrario — conducirá a Absalón a cometer un fratricidio. «Dos años» han pasado, Absalón va a escoger la ocasión de satisfacer su odio: teniendo «esquiladores», «convidó a todos los hijos del rey», insistiendo particularmente para que Amnón estuviera allí. Después, el «había dado orden a sus criados, diciendo: Os ruego que miréis cuando el corazón de Amnón esté alegre por el vino; y al decir yo: Herid a Amnón, entonces matadle, y no temáis, pues yo os lo he mandado. ¡Esforzaos, pues, y sed valientes!» (2ª Samuel 23 al 29). Absalón toma la total responsabilidad de este crimen, alienta y ordena a sus siervos a cometerlo, ¡como si hiciera falta de mucha fuerza y valentía para atacar a alguno que estaba «alegre por el vino»!. Los siervos de Absalón hicieron lo que se les había mandado. ¡Tal fue el triste fin del primogénito de David!

Absalón, temiendo sin duda la ira del rey su padre, «huyó y se fue a Talmai hijo de Amiud, rey de Gesur», que era su abuelo materno (v.37). Esta estadía en Gesur se prolongó tres años, tres años que deben ser muy largos para David porque, «ya estaba consolado acerca de Amnón», «y deseaba ver a Absalón» (v 38,39). Joab «conociendo que el corazón del rey se inclinaba por Absalón» ideó una astucia que trata el capitulo 14 de este mismo libro, astucia que el rey aceptó perfectamente y condujo a David a decir a Joab: «haz volver al joven Absalón». Es cierto que Absalón llegó a Jerusalén, pero estuvo alejado de el y permaneció «por espacio de dos años…, y no vio el rostro del rey» (14:21 al 24 y 28). Sin embargo Absalón, empleando un medio tan censurable, hizo venir a Joab ante el para rogarle que intercediera a favor del rey, quien se dejó doblegar prontamente. «Entonces el rey llamó a Absalón, el cual vino al rey, e inclinó su rostro a tierra delante del rey; y el rey besó a Absalón» ( 29 al 33).

En esta circunstancia, David es guiado solo por los sentimientos que experimenta su corazón de padre. No tiene una palabra que pueda tocar la conciencia de este hijo que tenía por delante después de haber hecho matar a su propio hermano, David no busca conducirlo a reconocer su grave pecado y a humillarse. Solo manifiesta gracia y bondad, dejando enteramente de lado la santidad y la verdad. Luego, de manera general, la manifestación de la gracia sin la verdad conducen al endurecimiento de la conciencia. ¡David va a hacer una dolorosa experiencia! El ha faltado al no enfrentar a Absalón con la reprensión necesaria, y no dejando que la ley de Israel siga su curso hacia el asesino (Números 35:31); y sobre todo, al proteger a Absalón, agrega un precedente a esta nueva desobediencia: David se había casado con Maaca — quien era la madre de Absalón — que era la hija de Talmai, un rey cananeo, libre en razón de la infidelidad del pueblo (Josué 13:2,3 y 13). David experimentó una culpable debilidad, consecuencia de los sentimientos cuando aprueba los hechos de Absalón; luego sin tardar verá que actuar con debilidad cuando el mal es manifestado conduce al aumento del mal.

En efecto, enseguida sobreviene, la revuelta de Absalón (2ª Samuel 15). Gracias a diversos halagos, con una apariencia de amor, «robaba Absalón el corazón de los de Israel» Más aun, engaña a su padre: simulando piedad, asegurando querer pagar el voto que afirma haber consagrado a Jehová, El le pide autorización para ir a Hebrón. Y allí, en el mismo lugar donde David había sido ungido como rey, Absalón pretende ser rey de Israel (15: 1 al 12).

David, previendo que «El corazón de todo Israel se va tras Absalón», no tiene otro recurso que huir de Jerusalén (13 al 18). Comprende que Dios actúa a este respecto en su justo gobierno, ¡por medio de Absalón! ¡Que enseñanza para nosotros! Dios puede ejercer su gobierno hacia nosotros por medio de nuestros hijos: puede ser que nos haya faltado sabiduría y firmeza; en lugar de aprender obediencia y sumisión, hemos permitido que su voluntad propia actúe muy libremente, o aun los hemos dejado que tomen el camino del mundo — a veces con nuestro consentimiento, ¡desgraciadamente! —, les orientamos, o les dejamos orientarse hacia caminos llenos de peligros, puede ser que pensando que Dios es poderoso para guardarles, lo que es tentar a Dios. Y después, mas tarde, mucho mas tarde, ¡sufrimos las consecuencias bajo el gobierno de Dios!

Tenemos que notar que, en esta pagina de la historia de David, las consecuencias de la falta están unidas al «arca del pacto de Dios», David tiene conciencia de que no puede tomarla con el y pregunta a Sadoc: «Vuelve el arca de Dios a la ciudad» (24 al 29). El testimonio de Dios no debía sufrir ningún atentado y para que esto fuera así, David se asocia porque el no estaba en un buen estado para ser identificado con el arca. ¡Que dolor para el! «Y David subió la cuesta de los Olivos; y la subió llorando, llevando la cabeza cubierta y los pies descalzos» (v.30). Pero, sea lo que sea, su confianza en Dios no se debilitó y es entonces cuando compone el Salmo 3. ¡Enseñanza en cuanto al lugar que el mismo debe tomar, frente al testimonio, un creyente que tiene conciencia de su culpabilidad y siente sobre él, el peso del gobierno de Dios!

Todo esto en razón de las faltas de David con respecto a su hijo Absalón: consecuencias para el, para el pueblo y en relación con el arca del testimonio. ¡Sin hablar de aquellas que resultaron por el mismo Absalón y de todo el sufrimiento que probará luego David en su corazón como padre!

Los capítulos siguientes (16 al 18) nos muestran como Dios, a través de todo, dirige las circunstancias. Señalemos entre otras, y sin entrar en detalles, la maldición pronunciada por Simei (¡David ha debido oír sus palabras! Pero, inclinado y sumiso, recibe todo de la mano de Dios), el consejo de Ahitofel es dado en vano, en fin, la batalla tiene su curso en la cual Absalón es herido y muerto. Cuantas expresiones de estos capítulos traducen muy bien la debilidad de David con respecto a este hijo rebelde. Luego que sus tropas desean partir en guerra contra los conspiradores, David implora a los tres jefes de su ejército: «Tratad benignamente por amor de mí al joven Absalón», y cuando se le dice que «…Jehová Dios tuyo, ha entregado a los hombres que habían levantado sus manos contra mi señor el rey» su primera palabra es esta: «¿El joven Absalón está bien?» Cuando en fin el sabe que su hijo ha tenido la misma suerte que «los enemigos del rey». «Entonces el rey se turbó, y subió a la sala de la puerta, y lloró; y decía así: ¡Hijo mío Absalón, hijo mío, hijo mío Absalón! ¡Quién me diera que muriera yo en lugar de ti, Absalón, hijo mío, hijo mío!» ¡Que profundo dolor para un padre bajo el gobierno de Dios! ¡Dios permita que este ejemplo hable poderosamente a los padres cristianos mostrándoles cuales pueden ser los resultados, irremediables, de sus debilidades en el ejercicio de las responsabilidades que le incumben con respecto a sus hijos! ¡Que ninguno tenga que llorar, impotente, como David tuvo que hacerlo al presenciar las consecuencias de su debilidad hacia un hijo que había amado mucho y que nunca había disciplinado! Diversas circunstancias, lo hemos visto, que podrían haber conducido a David a dominarlo; ¡desgraciadamente! El no lo aprovechó…

Ahora, era demasiado tarde, ¡quedaban para el solo dolores y disgustos: haber perdido a un hijo muy amado y haber faltado a sus responsabilidades con respecto a él! Estas cosas, no lo olvidemos, «las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron » (Romanos 15:4).

Adonías fue el cuarto hijo de David. De los tres primeros sabemos positivamente que dos, Amnón y Absalón, fueron muertos, y que es probable que Daniel, el segundo, fue muerto también, también Adonías buscaba apoderarse del reino, como ya lo había hecho Absalón. Dirá mas tarde: «el reino era mío», sabiendo sin embargo muy bien que le pertenecía a Salomón: «por Jehová era suyo» (1ª Reyes 2:15). «Y Adonías se rebeló, diciendo: Yo reinaré.» (1ª Reyes 1:5). El orgullo le condujo a levantarse y a mostrar una confabulación en contra del rey David, su padre. La Palabra nos da aquí un detalle que aclara mejor a este respecto la conducta de David, como sin duda también, aunque esto no sea preciso, con respecto a Absalón: «Y su padre nunca le había entristecido en todos sus días con decirle: ¿Por qué haces así?» (v.6) En otros términos, ¡Adonías siempre había hecho su propia voluntad y su padre lo dejaba hacerlo! Vemos las consecuencias… En el mundo actual, se colocan delante razones muy diversas para asegurar que no es preciso contrariar a los hijos, ¡y los resultados apenas se hacen esperar!

Guardémonos allí también de conformarnos a este mundo, escuchemos primero lo que Dios nos dice con respecto a nuestros hijos: «criadlos en disciplina y amonestación del Señor» (Efesios 6:4). La conspiración de Adonías condujo a cualquier otro resultado que aquel que se esperaba: David es conducido a no aplazar mas el establecimiento de Salomón como rey, para sucederlo, de tal modo que los conspiradores se dispersan. A pesar de esto, Adonías — aunque se dirige a Betsabé, madre de Salomón, las palabras escritas en 1ª Reyes 2:15 — no manifiesta la menor pretensión al trono.

Cuan grave era que después de haber reconocido que el reino le pertenecía a Salomón «porque por Jehová era suyo». En efecto, tenía siempre su propia voluntad aponiéndose el pensamiento de Dios, una voluntad no quebrantada. Las circunstancias que se habían desarrollado puede ser que le hayan conducido a expresar algunas palabras, pero el fondo de su corazón permanecía igual. Si, por debilidad y en razón de un amor mal testificado, los padres no enseñan a sus hijos, desde su más tierna edad, obediencia y sumisión, estos hijos actuarán según su propia voluntad y conocerán, tarde o temprano, los dolores que son la consecuencia de tal andar. Adonías jamás se apenó por su padre, y tuvo el triste fin que se nos relata en 1ª Reyes 2:23al 25. Con un discernimiento notable del estado de Adonías, Salomón pronuncia el juicio que es ejecutado en seguida por Banaia.

El capítulo que ha sido registrado en la Escritura de la vida de David y la de sus hijos, Absalón y Adonías en particular, es rica en instrucción para nosotros, que puedan los padres cristianos sacar mucho provecho en el cumplimiento de la tarea tan bella, tan noble, pero también tan difícil, que el Señor les ha confiado: ¡criar a sus hijos para el Señor!

¡Que Dios les conceda tener plena conciencia de sus responsabilidades y les de todo el socorro de su gracia, la sabiduría y la energía necesarias para enseñar a sus hijos la obediencia, la sumisión, la separación con el mundo bajo todos sus aspectos, el temor de Dios y el apego al Señor! Entonces habrá vida y prosperidad en nuestros hogares, y rica bendición en la asamblea.

 

 

Traducido de “El Mensajero Evangélico” año 1969

Responsable traducción: Ruth de Vasconcelo

 

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