¿QUIÉN ES SACERDOTE?

Anónimo - (Messager Évangélique, 1860)

La Palabra de Dios, en el Nuevo Testamento, menciona con frecuencia a los sacerdotes judíos así como al sumo sacerdote de ellos. También alude a los sacerdotes de Júpiter que querían ofrecer sacrificios a Pablo y a Bernabé, a quienes ellos tomaban por dioses. Asimismo menciona a Melquisedec y su sacerdocio y, finalmente, nos presenta a Cristo mismo, ya como sacerdote en general o como sumo sacerdote.

Todo esto es suficientemente claro y no requiere mayores comentarios aquí. Pero otros hombres, hombres vivos en la tierra, también nos son presentados como sacerdotes o sacrificadores. El apóstol Pedro nos dice: “Vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo”; y más adelante agrega: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1.ª Pedro 2:5, 9).

Nadie podrá negar que estas palabras se dirigen al conjunto de los creyentes a los que Pedro escribía y a quienes instruía y alentaba en medio de sus aflicciones. Por consiguiente, todos los creyentes forman en conjunto un santo y real sacerdocio, así como nos lo dice el libro de Apocalipsis: “Al que nos amó (o ama), y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes (o un reino, sacerdotes) para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos” (1:5-6).

Volvemos a encontrar esta misma verdad en otros dos pasajes de la porción profética de este libro: “Digno eres tú de tomar el libro, y de abrir sus sellos; porque fuiste inmolado, y has adquirido para Dios con tu misma sangre, [hombres] de toda tribu, y lengua, y pueblo, y nación; y los has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes”; y luego: “Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene potestad sobre éstos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años” (Apocalipsis 5:9-10, VM; 20:6).

Finalmente, la epístola a los Hebreos invita a los creyentes a ejercer su sacerdocio, enseñándoles cómo deben hacerlo: “Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre” (Hebreos 13:15).

Estas declaraciones de las Escrituras nos dicen, de la manera más expresa y positiva, que todos los creyentes son sacerdotes . El Nuevo Testamento no contiene ni un solo pasaje que, directa o indirectamente, hable de un sacerdocio en la tierra fuera del que forma parte todo creyente, o que sugiera que Dios reconozca en la tierra otro sacerdocio aparte del sacerdocio universal de todos los creyentes. En la Palabra no se le da el nombre de sacerdote a ningún hombre en la tierra —excepto a los sacerdotes judíos y una vez a un sacerdote pagano—, a menos que se trate de creyentes en general, bajo el carácter de sacerdotes.

Es necesario insistir en que la idea de que hay una clase distinta de sacerdotes sobre la tierra es completamente extraña al Nuevo Testamento. Nuestro Sumo Sacerdote entró en los cielos, y todos los creyentes son sacerdotes en un sentido espiritual y celestial; y una doctrina, cualquiera que sea, que reconoce o establece una clase de hombres que, en la tierra, ejercen como sacerdotes un oficio distinto del que pertenece a todos los hijos de Dios, es antiescrituraria y completamente falsa.

Si se pregunta, pues, quién es sacerdote en la era cristiana, repetimos una vez más, con la Palabra, que Cristo es el Sumo Sacerdote, y que todos los creyentes son sacerdotes. En el Nuevo Testamento, ningún otro sacerdocio es reconocido entre los creyentes.

Pero se dirá: ¿Qué es un sacerdote? O bien, para hablar más exactamente, ¿cuáles son los principios sobre los cuales está fundado el sacerdocio terrenal, allí donde se ha establecido entre los hombres? La epístola a los Hebreos nos describe lo que es un sumo sacerdote de entre los hombres, de la siguiente manera: “Todo sumo sacerdote tomado de entre los hombres es constituido a favor de los hombres en lo que a Dios se refiere, para que presente ofrendas y sacrificios por los pecados...” (5:1).

Pero aun otros sacerdotes hacían esto cuando el sacerdocio estaba establecido en la tierra. Ciertas funciones pertenecían sólo al sumo sacerdote; pero todos los sacerdotes, sin distinción, ofrecían ofrendas y sacrificios por los pecados. Por eso allí donde en la actualidad se establecen sacerdotes oficialmente, al mismo tiempo se encuentra la institución formal y manifiesta de un sacrificio —la misa, por ejemplo—, lo que es perfectamente racional; o también se da que aquellos que son llamados sacerdotes tienden a transformar la cena del Señor en un sacrificio, porque sienten qué es lo que deberían ser y no son, si realmente son sacerdotes. Este sistema entero niega el valor y la eficaz verdad del cristianismo.

En la epístola a los Hebreos, el Espíritu de Dios nos asegura cuidadosamente que, una vez establecido el cristianismo, no queda más sacrificio por el pecado; todo el edificio cristiano reposa en el único y perfecto sacrificio de Cristo, ofrecido una vez por todas, y cuyo valor y eficacia son eternos. La institución de un sacerdocio terrenal que interviene por los hombres en las cosas que conciernen a Dios, lo que es y lo que supone, derriba por completo toda la verdad cristiana. No quiero decir que todos los que piensan que hay sacerdotes consagrados tengan la intención de hacer tal cosa, sino que es el hecho del sistema al que se apegan.

En efecto; la institución de una clase de sacerdotes para ofrecer ofrendas, sacrificios u oraciones no es otra cosa que la declaración pública de que otros adoradores no pueden acercarse directamente a Dios con sus dones, sus sacrificios y sus oraciones, que es necesario que los tales permanezcan lejos de Dios y que la casta favorecida es la que debe acercarse a Dios en lugar de ellos. En semejante orden de cosas, Dios se mantiene a distancia, encerrándoselo en el secreto del santuario al cual ningún hombre tiene la libertad de acercarse.

En el sistema judaico había un primer velo dentro del cual entraban los sacerdotes para ofrecer el perfume, luego había otro velo detrás del cual los sacerdotes mismos no podían entrar y donde la gloria de Dios moraba entre los querubines. Sólo el sumo sacerdote entraba allí, una vez al año, para poner la sangre de la propiciación sobre el propiciatorio, y aun era necesario que lo hiciese envuelto en una nube de incienso para que no muriese. “Dando el Espíritu Santo a entender con esto que aún no se había manifestado el camino al Lugar Santísimo, entre tanto que la primera parte del tabernáculo estuviese en pie” (Hebreos 9:8).

Dios estaba oculto dentro del velo, y el adorador no podía siquiera acercarse al altar que estaba delante de los dos velos, para ofrecer allí sus ofrendas o sus sacrificios; el sacerdote recibía sus ofrendas o la sangre de la víctima en sus manos y las presentaba a Dios. Este sistema entero declaraba que el hombre no podía acercarse a Dios; Dios permanecía en espesa oscuridad; y aun aquellos que más se le acercaban, sus propios sacerdotes, no podían llegar a Él; era necesario que se detuviesen fuera del velo.

El cristianismo es lo opuesto a todo este orden de cosas, aunque el tabernáculo y todas las ordenanzas que le atañen nos presenten, bajo admirables figuras, verdades que se refieren a Cristo. En el Evangelio, Dios se ha revelado; no mora más en la oscuridad: “Las tinieblas van pasando”, dice el apóstol Juan “y la luz verdadera ya alumbra” (1.ª Juan 2:8), porque el Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros. La perfecta gracia fue manifestada al más vil pecador. Ya que no podíamos acercarnos a Dios, Dios se acercó a nosotros. Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados” (2.ª Corintios 5:19). “En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres” (Juan 1:4).

El testimonio de Dios ahora es: “Que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida” (1.ª Juan 5:11-12). “La gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres” (Tito 2:11). El más vil pecador es bien recibido por el Señor Jesús; el leproso, cuya impureza lo excluía del campamento de Israel con cualquiera que lo tocase, vio que Jesús se le acercó, puso su mano sobre él y lo tocó. La gracia nos visitó; Dios se ha manifestado como “amigo de publicanos y de pecadores (Mateo 11:19).

Pero eso no es todo. Si Dios en su gracia visitó así al pecador, éste no podía llegarse a Él en su santa morada sin haber sido purificado; por eso Jesús no sólo vivió sino que también murió. Y ¿cuál fue el efecto de su muerte?: el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo (Mateo 27:51), el velo tras el cual Dios moraba oculto e inaccesible; y, además, la muerte de Cristo, que rasgó el velo, también quitó completamente el pecado de sobre todo aquel que cree en Él. Cristo llevó nuestros pecados, y su sangre purifica de todo pecado.

El Evangelio no solamente nos enseña que Dios es amor perfecto, que “Dios muestra su amor para con nosotros en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”, sino que, además, si creemos en el poder eficaz del sacrificio de Cristo, hemos hallado también lo que ha borrado nuestros pecados, pues Él “se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas” después de haber “efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo”, y no antes de ese momento (Hebreos 1). Así pues, la sangre de Cristo purifica la conciencia y la hace perfecta, y Dios no se acuerda más de nuestros pecados ni de nuestras iniquidades; así también “no hay más ofrenda por el pecado”, porque han sido perdonados y “con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados” (cf. Hebreos 9 y 10).

La epístola a los Hebreos, que acabamos de citar, establece de manera contundente que, de allí en adelante, toda repetición de sacrificio, como también todo sacrificio por los pecados, es un absurdo. Primero nos enseña que “sin derramamiento de sangre no se hace remisión” (Hebreos 9:22); por lo tanto, sería necesario que Cristohubiera sufrido muchas veces desde la fundación del mundo, si hubiera un derramamiento de sangre distinto del que se llevó a cabo en la cruz.

En segundo lugar, esta epístola nos enseña que el sumo sacerdote judío “está (o está de pie ) día tras día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados”, mientras que el Hombre del que hablamos, después de haber “ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado (o se ha sentado a perpetuidad) a la diestra de Dios (Hebreos 10:11, 12, 14). Así hablan las Escrituras en su simple y precioso lenguaje. Dios quería mostrar su bondad y su gracia para con nosotros, pero no podía tolerar el pecado ni recibir en su presencia, en su santa morada, lo que era sucio y culpable; por eso Dios dio a su Hijo, para quitar el pecado y sus manchas, para que pudiéramos acercarnos “en plena certidumbre de fe”.

Ahora bien, esta obra fue hecha una vez para siempre, y la Palabra puede concluir, como lo hace, diciendo: “Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne... acerquémonos” (Hebreos 10:19-22). Entramos allí donde ningún sacerdote podía entrar (excepto el sumo sacerdote, una vez al año) cuando subsistía una casta de sacerdotes. Todo creyente puede entrar con plena libertad, bajo el gran Sumo Sacerdote que está establecido sobre la casa de Dios. Nosotros, los creyentes, formamos parte de esa casa; nosotros somos esos sacerdotes o sacrificadores llamados a entrar. Ningún sacerdote puede pasar más allá del “Lugar Santísimo”, y allí el creyente no tiene necesidad de aquél, porque puede entrar él mismo con libertad. Si aceptamos que otro entre por nosotros, negamos nuestro propio derecho y nuestro carácter de cristianos y la eficacia del sacrificio de Cristo.

Establecer en la tierra un sacerdocio que se interponga entre los creyentes y Dios es negar la eficacia y la verdad de la obra de Cristo, que murió una vez, que “padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1.ª Pedro 3:18). Si realmente he sido llevado a Dios, ¿qué necesidad tengo de que un sacerdote entre por mí en Su presencia? Si el velo fue rasgado y soy exhortado por Dios a entrar en el Lugar Santísimo por ese camino nuevo y vivo, ¿qué necesidad tengo de que otro — otro que tampoco podría entrar si yo no tuviera acceso a ese lugar — entre por mí, como si yo no lo pudiera hacer por mí mismo?

La esencia del cristianismo es revelar a Dios y llevarnos a Dios; es darnos una santa y hermosa libertad como hijos en su presencia, a la cual podemos entrar estando lavados por la preciosa sangre de Cristo. El establecimiento de una clase distinta de sacerdotes entre los hombres hace lo contrario; su principio mismo niega todo esto, nos mantiene lejos de Dios y nos hace depender de otros hombres que pretenden entrar por nosotros delante de Él para ofrecer por nosotros nuestras ofrendas y sacrificios. Tal orden de cosas echa por tierra toda la eficacia del cristianismo y la posición en la cual son colocados todos los creyentes que, según la verdad cristiana, son sacerdotes de Dios en la tierra para ofrecer sacrificios espirituales a Dios, es decir, fruto de labios que bendicen su nombre y le dan gloria.

Por otro lado, agreguemos que todo ese sistema es falso e inútil, pues el velo está rasgado, Dios se ha manifestado en su santidad, la luz ha venido. Y es preciso que tú, querido lector, andes en luz, como Dios está en luz; lo contrario significa que no tienes relación con Él. No puedes tener un Dios oculto, como el Dios de los judíos, un Dios al cual es necesario que se acerque un sacerdote que, sin embargo, no puede llegar hasta Él. La luz resplandece; y es preciso que tú mismo andes en luz. Ahora ningún velo oculta la gloria de Dios; quizá haya uno sobre tu corazón, pero en ese caso no eres creyente, y ningún sacerdote puede representarte ante Dios. Lo repetimos, es necesario que tú mismo estés en la presencia de Dios, en la luz. Si has entrado allí por la sangre de Cristo, la luz no hará otra cosa que manifestar plenamente que estás perfectamente lavado por ella, pero es una inconsistencia que otro entre a la presencia de Dios en tu lugar. Si has sido purificado eres un sacerdote, y debes acercarte tú mismo.

La obra de Cristo es divina y perfecta, pero no puedes acercarte a Dios por medio de un representante aquí abajo; la pureza o la santidad de otra persona en la tierra no te pueden ser útiles. Si Cristo respondió por ti, todo está bien; ¡vé tú mismo, osadamente, al trono de la gracia! Ahora que Dios se ha revelado, tienes relación directa con Él; y, sin duda, será para tu desaprobación si quieres acercarte por medio de otro que no sea Cristo. Es absurdo que no te acerques por ti mismo; el estado de tu conciencia está en juego directamente entre tú y Dios. Si te acercas a Dios por Cristo, ningún sacerdote humano puede interponerse, y tampoco necesitas de su intervención, porque la intervención de Cristo no puede faltarte.

Para finalizar, repetimos que el establecimiento de un sacerdocio humano en la tierra, conformado como una clase distinta en medio de otros creyentes es la negación de la verdad y de la eficacia del cristianismo. Según el Nuevo Testamento, todos los creyentes son sacerdotes; sus ofrendas son sacrificios espirituales de acción de gracias para la gloria de Dios por Jesucristo.

 

 

 

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