La Vida En Familia

Colosenses  3:16-25

Efesios  5:22-23; 6: 1-4

Notas  tomadas  de las reuniones de estudios en 1950


Las  Relaciones  naturales

La casa del Creyente

El orden en la casa

El poder eficaz de la Palabra

Esposas y maridos

El yugo desigual

Los hijos

Los Padres

Enseñanzas y la vida práctica

Las orientaciones de la vida 

Las  Relaciones  naturales

La sabiduría divina en la Palabra mantiene, por una parte, el valor absoluto del cristianismo y sus efectos  y, por otra parte, las relaciones que el cristianismo no ha abolido. El cristianismo no ha terminado con las relaciones naturales, las respeta y las coloca  ante Dios.

En la epístola a los Colosenses las declaraciones más fuertes en cuanto a la posición cristiana y a la naturaleza de la vida cristiana son a menudo  instrucciones muy precisas  en cuanto a las relaciones del cristiano con  la familia y  afuera. «Vosotros estáis muertos, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios». Se trata aquí de  nuestra vida espiritual, de la vida nueva; pero por el momento la vida divina y el poder del Espíritu Santo se muestran en las circunstancias del desierto y en medio de los lazos que Dios respeta al mas alto nivel; dicho de otra manera, la nueva creación se muestra por el momento en la esfera de la antigua (naturaleza).

Si la Palabra nos dice también por otra parte que no hay judío, ni griego... ni esclavo, ni libre... ni hombre, ni mujer...y que estamos todos «en Cristo Jesús» (Gal.3,28), nos habla allí de la posición espiritual de los creyentes; cuando se trata de la condición actual, la misma Palabra, con el mismo cuidado y autoridad, distingue los deberes que incumben a los hombres, a las mujeres, a los maridos, a las esposas, a los padres, a los hijos a los siervos y a los maestros. ¡Que estas últimas relaciones sean temporales, es cierto! Pero el cristianismo muestra sus características en los santos desde siempre.  Dios desea que lo que El ha dado a cada cristiano—la vida de Jesús— se muestre en el ejercicio de los deberes unidos a su vida presente, sus deberes individuales, sus deberes familiares, sociales, sus deberes hacia el mundo. Que es difícil, es cierto, y Dios lo sabe; lo que cuenta, es la insistencia y el cuidado con los cuales El nos exhorta.

Las relaciones que Dios ha establecido, relaciones del marido y de la mujer, de los padres y los hijos subsisten pues en el cristianismo, pero representan un carácter que no es el mismo. El problema para nosotros es,  el ver como la intervención de Dios, la entrada de Cristo en nuestras relaciones, modifica estas relaciones y les da un carácter según Dios: lo que debe ser un padre, un hijo, un joven, una señorita, un marido, una esposa, todos estas relaciones respetados con tacto y al mismo tiempo en la autoridad de Dios.

Cristianos mal instruidos tienen a veces el pensamiento que la naturaleza es algo malo. Dios no ha dicho jamás que estamos muertos a la vieja naturaleza, sino que al pecado. En el principio, en las relaciones conyugales no había pecado, pero todo ha sido dañado por el mal, de manera que tenemos necesidad de Dios para honrar estas relaciones. El esfuerzo del Enemigo es el de poner en desorden estas relaciones. Con la ayuda de Dios se puede ser a la vez un cristiano piadoso y un padre, un esposo, etc.

El apóstol dice (1ª Corintios 7) que pueden haber situaciones que sacan al cristiano en forma drástica de los lazos que tiene desde el principio, pero esto es algo excepcional.

En una familia cristiana, las relaciones entre los diferentes miembros de la familia, entre el marido y la mujer, los padres y los hijos, son relaciones «en el Señor» La expresión es repetida muchas veces: lo que debe suceder ante todo, ante los sentimientos de nuestros corazones naturales, son los derechos del Señor.

Debemos señalar un punto muy importante, considerando el tema que nos ocupa, son las dificultades que suceden en las asambleas, debido a que  perdemos de vista que «no conocemos a nadie según la carne». —Si, por ejemplo, tenemos que ocuparnos de un caso  que se relaciona  con una persona de nuestra familia, ¡sabemos muy poco como traspasar los derechos del Señor ante los sentimientos de nuestros corazones¡ Ponemos muy a menudo nuestros afectos naturales sobre los derechos del Señor.

El Señor ha dicho: «Aquel que ama a padre, a madres mas que a Mí no es digno de Mí, y a aquel que ama  a un hijo e hija mas que a Mí, no es digno de Mí (Mateo 10:37), y por lo tanto la Palabra, al mismo tiempo,  tiene en cuenta  estos lazos naturales y muestra que  una señal de los últimos tiempos, es la ausencia de los afectos naturales (2ª Timoteo  3:2).

No se nos llama  todos los días a colocar en  un  mismo  nivel estas palabras en practica, pero  uno debe estar listo para hacerlo.  Abraham por la obediencia a Dios, a levantado su mano para sacrificar a su hijo. Hoy en día, esto sucedería a la inversa; se sacrificaría  a Dios por los lazos naturales. 

La casa del Creyente

Encontramos muchos pasajes en las Escrituras esta expresión: «Tu y  tu casa».—Por el hecho mismo que pertenecemos al Señor, nuestra casa constituye un campo a parte del mundo; nuestros hijos son santos, siguiendo con la expresión de 1ª Corintios 7, es decir, que son puestos a parte para Dios. Se trata de una separación exterior para el Señor y la casa de un creyente constituye un campo o terreno privilegiado. No es necesario concluir que todos los que son parte de la casa de un creyente son salvos  en virtud de la fe del jefe de  la casa. Pero es necesario para la salvación eterna  de un alma,  una obra  individual en el corazón  y en la conciencia, la obra del nuevo nacimiento.

Tenemos esta expresión por primera vez en las Escrituras al comienzo de Génesis 7, cuando Jehová le pide a Noé  que entre en el arca, le dice: «entra en el arca tú y toda tu casa... porque te he visto justo ante mí en esta generación...». Notemos el singular en la segunda parte del versículo: «te he visto justo».Porque Noé era justo Jehová  hacía entrar con él a toda su casa. Y si consideramos el arca como una figura del bautismo, aún   encontramos al final de 1ª de Pedro 3,  vemos que toda la casa del creyente se encuentra también colocada sobre el terreno privilegiado en virtud solamente de la fe de su jefe. Vemos así que la enseñanza de la Palabra,  lo que leemos en Colosense 3 y Efesios se aplican a la casa del creyente.

En Génesis aún, podemos citar un pasaje al principio  del capítulo 35: Jehová se dirige a Jacob diciéndole: «sube a Bethel»; el llamado es individual, era Jacob el que había sido invitado a subir a Bethel. Pero Jacob se dirige a su casa, les pide que quiten los dioses extranjeros, que se  purifique con el fin que se encuentre en un estado moral conveniente para ir a Bethel, a la casa de Dios.  Jacob se enfrenta a su responsabilidad. Había comprendido  que si Jehová le decía que debía subir a Bethel era necesario que su casa debía ir con él y que estuviera con un estado moral  que correspondiera a la santidad de la casa de Dios.

Otros pasajes nos muestran el mismo pensamiento. En Éxodo 10:9 y 24 el Faraón deseaba quedarse con los hijos de los israelitas  en Egipto. Moisés se pone firme y los hijos de Israel pueden salir con sus padres. ¿Deseamos dejar a nuestros hijos en Egipto, mientras nosotros estamos en Canaán?  Si nosotros los dejamos allí, nuestros corazones estarán atraídos  también, porque nuestros hijos son el objeto de nuestros afectos.  ¿No es el deseo de los padres cristianos arrancar a sus hijos del poder del mundo y de su príncipe?

En el capítulo 12 de Éxodo  vemos aun que por consecuencia de la fe de un israelita que sacrificaba un cordero y colocaba su sangre sobre el librillo y en el dintel de su casa, toda la casa estaba al abrigo del juicio. En relación con el gobierno de Dios, vemos el caso de Datan y Abirai por  los cuales Dios es forzado a ejercer un juicio gubernamental y la Palabra de Dios nos dice: (Números 16:25-35) que el juicio a alcanzado a sus casas; « y sus mujeres, y sus hijos, y sus nietos»fueron también alcanzados. No eran sin duda responsables personalmente; pero bajo el gobierno de Dios, toda la casa tenía la misma parte de su jefe.  Los hijos de los padres cristianos, aunque no sean ellos convertidos, tienen también parte de los privilegios de sus padres como también del gobierno que Dios puede ejercer con respecto a sus padres.  Este es un tema que deben formular los padres cristianos: si Dios, en sus propósitos con respecto de nosotros, está forzado a castigarnos, nos aqueja de tal o cual manera que él juzga que es su propósito, es el juicio de Dios ejercido en su gobierno alcanzando directa o indirectamente a nuestros hogares, nuestros hijos.

Números 14:3:«... ¿porque nuestras mujeres y nuestros hijos  vengan a ser una presa?» Al pueblo le ha faltado la fe: piensa que Dios no podía conducirles hasta el país de la promesa: Dios es poderoso para salvar a nuestros hijos como nos ha salvado a nosotros, sus padres.

Josué 24:15: «Pero yo  y mi casa serviremos a Jehová» Josué comprendía (¡podemos comprenderlo también!) que debía cuidar del carácter moral de su casa.  Hubiera sido culpable si sus hijos hubieran adorado a los ídolos. Tomo su posición por Cristo y deseó que sus hijos y todos los suyos estuviesen asociados en ello.

El orden en la casa

Es bueno hacer notar la responsabilidad de los jefes de la familia, son los caracteres del orden en la familia, es una manifestación del temor y de la honra que son dados a Dios.  Tenemos un ejemplo en el caso de Elí, cuando Jehová debe decir: «Tu has honrado a tus hijos mas que a mí» y agrega: «Yo honraré a los que me honran, y los que me desprecian serán tenidos en poco» (1ª Samuel 30). El orden en la familia es un honor dado a Dios y esto debe ser de importancia para el corazón y la conciencia de los jefes de las familias cristianas.

Dios no es un Dios de desorden (1ª Corintios .14); el cristiano, y todo hombre, es responsable  de reflejar el orden que es según Dios. El diablo  ha arrojado desorden en la creación entera; el cristianismo entrega un poder que mantiene o restablece el orden: la vida del cristiano, como la vida de la familia o la vida de  asamblea, debe reflejar este orden que es una manifestación  de la gloria de Dios. Una familia donde las cosas son a la inversa de esto, o por ejemplo, son los hijos los que mandan, esto no es darle la gloria a Dios.

Podemos notar también—y esto reúne el pensamiento  de la posición de los hijos, igualmente de los no convertidos—como el cristianismo, la Palabra de Dios, ha tenido efectos exteriores sobre los hombres, sin que fuesen convertidos. Es cierto que el cristianismo, durante siglos, ha revolucionado las condiciones sociales y  suavizado considerablemente la vida de todos, y la de las mujeres en particular. Y, en sentido inverso, no es asombroso que el olvido, el menosprecio actual de la Palabra de Dios arrastren grandes desordenes y grandes males. La Palabra tiene  un poder intrínseco aportando una bendición igualmente si ella no es creída para salvación, de manera que los países donde se lee la Palabra, donde ella es difundida,  han tenido siempre  un carácter notorio y diferente de aquellos países, diciéndose igualmente cristianos, donde la Palabra de Dios no ha sido leída.

Se puede ver lo que se dice con respecto a los ancianos en 1ª Timoteo 3: «que conduzcan bien su propia casa, teniendo a sus hijos en sumisión»; en Tito «teniendo  hijos fieles, que no sean acusados de disipación, o insubordinados». Vemos que cuando  había hijos que no eran fieles, esto era suficiente para que el hijo de Dios, aunque personalmente fuera piadoso y fiel, no podía ser designado como anciano.

Algunas veces la asamblea se reúne en la casa de cierto hermano; esto, sin duda, implica especialmente un buen estado del hermano jefe de  casa y de la familia.

Seríamos incapaces de responder a lo que Dios espera de nosotros  si El mismo, no nos hubiera provisto de todo. Efesios 5:1,2 nos dice: «Sed imitadores de Dios, como hijos amados, y andad en amor, como también Cristo nos amó y se entregó a si mismo por nosotros»No tenemos que esforzarnos en caminar bien para llegar  a ser hijos de Dios, sino que   porque somos hijos amados somos capaces de andar en amor.  Y  en la medida          que realizamos esta responsabilidad en la marcha, que gozaremos verdaderamente de nuestra relación de hijos de Dios. Es lo mismo, en la casa, en nuestros hogares,  Dios nos ha dado privilegios;  en la medida que nos sujetemos tendremos el poder necesario para hacer frente  a nuestra responsabilidad. Entonces nos gozaremos verdaderamente de lo que nos ha dado, en nuestras casas, en nuestros hogares. La decadencia, el fondo, prácticamente, es el de reclamar privilegios olvidando lo que Dios espera de nosotros.

El poder eficaz de la Palabra

El orden  en el cual nos son presentadas las enseñanzas en la 2ª parte  del capítulo 3 de la epístola a los Colosenses es muy particular. Para que podamos manifestar los caracteres  que debe asumir la familia cristiana es indispensable primeramente que la Palabra de Dios habite en nosotros (v.16). Esto jamás es una obediencia legal que nos es presentada en las Escrituras; es necesario  que el corazón del rescatado la comprenda, es necesario que sea la Palabra la que penetre, esta Palabra que es «viva y eficaz». Es preciso que la Palabra de Cristo habite en nosotros ricamente. Esta habitación de la Palabra en el corazón, la que no desea decir solamente que es capaz de citarla en tal o cual circunstancia, la que es capaz de decir que la Palabra permanece en nuestros corazones y forma nuestros pensamientos y nuestros afectos, que todo en el corazón es gobernado por ella.  Que ella habite en nosotros ricamente, es decir en una medida tal que ella responde a todos nuestros deseos. La riqueza en sí  es la que responde a todos los deseos con súper abundancia. La Palabra actuará, trabajará, nos conducirá  a una vida práctica según Dios. Es lo que encontramos luego en esta palabra: «Cualquier cosa que hagáis, sea de palabra o de hecho hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias en todo a Dios el Padre» (v.17). He aquí la vida práctica, he aquí lo que resulta de la acción de la Palabra en el corazón: todo está hecho «en el nombre del Señor Jesús». Es el Señor que pasa a primer lugar. Es la gloria del Señor que está delante de nosotros.

 La morada de la Palabra en el corazón, «ricamente», desarrolla los afectos, verdaderos, pero desarrolla en primer lugar los afectos por Cristo; y estos afectos por Cristo deben ser la base de todas las relaciones en la familia y en la asamblea.

En 1ª de Pedro 2:13, encontramos esta exhortación: «someteos a toda institución humana por amor al Señor»; el amor al Señor debe ser la base de nuestra sumisión a todo orden humano. Mas lejos, siempre con  relación a la sumisión, hay enseñanzas para las cosas domésticas (v.18) y leemos en el capitulo 3 «igualmente, vosotros mujeres...»Es el amor del Señor. «Igualmente» se une al amor del Señor (comparad 1ª Pedro 2:13-18; 3:1). Un poco mas lejos: «Igualmente, vosotros maridos...» (Cap.3:7). Vemos que es el amor del Señor desarrollado en el corazón por el conocimiento de la Palabra que habita «ricamente», que debe ser la fuente, la base de todas las relaciones familiares, relaciones entre esposas y esposos, entre padres e hijos y también en todas las relaciones en la asamblea.

Existe también una enseñanza en los hechos que corrobora  al de la Palabra. Es como si Dios nos dijera: ved lo que yo os he enseñado.  Cuando esto no es  puesto en práctica, los resultados se ven a la vista. No se trata de arrojar la piedra a aquellos que no  se ajustan a las enseñanzas de la Palabra, sino que de colocar instrucción por nosotros mismos.  . Este principio esta colocado al final del capítulo 24, versos 30-34 de los Proverbios: «He pasado por un campo de un hombre perezoso,  y junto a la viña  del hombre falto de entendimiento, y he aquí que por toda ella habían crecido los espinos, ortigas habían cubierto su faz (cardos y ortigas son los productos de la naturaleza —imagen de la actividad de la vieja naturaleza) y su cerca de piedras estaba ya destruida (no hay  mas separación). Miré, y lo puse en mi corazón, y recibí  consejo»— he aquí la enseñanza en hechos. «Un poco de sueño, cabeceando otro poco, poniendo la mano sobre mano otro poco para dormir;... y tu necesidad vendrá como caminante, y tu pobreza como hombre armado». Tres veces un poco, no gran cosa, sino pequeñas cosas, un poco de sueño espiritual, y después el mal progresa y en un corto tiempo se ven los resultados: es necesario que esta enseñanza nos haga poner el dedo en las enseñanzas de la Palabra, su importancia y las consecuencias de su olvido.

Esposas y maridos

Las exhortaciones dirigidas a las esposas y a los maridos en Colosenses 3  son exhortaciones generales dirigidas a  todos los cristianos: una esposa no podrá estar felizmente sumisa a su marido si ella no es piadosa; igualmente, un marido no podrá amar a su mujer según Dios, si no realiza la piedad donde las enseñanzas han sido dadas precedentemente. Lo uno y lo otro debe ser ejercitado.

Y deben ser ejercitados juntamente. Hay una comunión que debe ser particularmente buscada en un matrimonio cristiano: comunión con el Señor «a fin de que vuestras oraciones no sean interrumpidas» (1ª Pedro 3:7). Esto no es solamente un capítulo en la mañana, como un rito, el mínimo de maná a recibir; es el esposo teniendo cuidado de su mujer y ocupándola del Señor con el fin de que su mujer pueda  comunicar una orientación bendita en la vida de hogar donde ella es el alma. Y así, «ella le da  bien a su marido todos los días de su vida» (Prov.31:12). Ellos encuentran juntos  todo lo que es una fuente de vida y de bendición; todas las veces que sobreviene una dificultad, vienen juntos delante el Señor, no en frases rituales, sino por oraciones con propósito. Cultivan la piedad y acuden juntos al Señor, muy particularmente cuando se trata de aquello que les son más preciosos: los hijos que el Señor les ha confiado.

Las exhortaciones comienzan del lado donde la sumisión es  debida. Dios piensa primeramente en la mujer, porque su posición es muy difícil. Es necesario la piedad ante el matrimonio  y en toda la vida. El valor de un hogar depende del temor al Señor de cada uno y en  particular  de la mujer.

 Se ve mucho  hoy en día en este  mundo moderno, que va hacia  la apostasía no solamente religiosa  sino civil— las dos son anunciadas en las Escrituras—que esta sumisión de la mujer al marido ha desaparecido. Es un hecho, es uno de los caracteres de nuestro siglo: el marido se sale de su lugar, la mujer del suyo y los hijos de la de ellos. Ahora bien  Dios,  igualmente aporta toda la riqueza y toda la belleza del cristianismo, revive lo que El ha creado desde el principio   y no lo pierde de vista.

Aquellos que son exhortados a la sumisión, trátese de esposas, hijos, jóvenes en la asamblea, se salen a menudo de la posición que es la suya y pierden de vista esta exhortación de la Palabra porque a aquellos que Dios ha dado una posición de autoridad—el marido, jefe de la familia en el hogar, por ejemplo—olvidan que Dios les ha dado esta autoridad y al mismo tiempo una responsabilidad con relación a esta autoridad. Si pierden de  vista esta autoridad que Dios les ha dado, si ellos no la usan en la dependencia que conviene, en obediencia a la Palabra, La utilizan en aquello que no conviene.  Es lo que se  produce en el mundo y es lo que se produce desgraciadamente a menudo en las familias cristianas, y algunas veces en la asamblea.

Conviene pues que cada uno  comprenda   que lugar es el suyo, la posición que Dios le  asigna y las enseñanzas de la Palabra concerniente a esta posición. La sumisión demandada a la mujer no es una posición de esclava, sino una sumisión apacible, en confianza que presenta un carácter elevado, porque precisamente ella está «en el Señor» La mujer sumisa a su marido reconoce que su marido ha recibido de Dios una autoridad. Siendo sumisa a la autoridad de su marido, ella es sumisa a la autoridad del Señor. Ella lo hace por el Señor: esta obediencia le es fácil porque es la obediencia de un corazón que ama al Señor.

La posición de  todos nosotros, maridos, esposas, padres e hijos, es  ser sumisos. Pero esto va infinitamente mas lejos que toda sumisión simplemente humana: «cualquier cosa que hagáis, en palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor». Toda la vida del creyente se relaciona con el Señor. Si la mujer es exhortada a permanecer sumisa  a su marido, es en virtud  de la expresión de esta sumisión que tiene ella con todos los hijos de Dios. Y cuando el marido  ejerce la autoridad en la familia, es por sumisión a la Palabra  y a Cristo.

También es importante,  para que esto se realice, el respeto al lugar de cada uno, que haya misericordia en todos. La Palabra indica aquí que el marido y la mujer sean ejercitados en esto. Si la misericordia está, la mujer será sumisa sin actuar de manera servil; si el marido es piadoso, no usará una autoridad arbitraria y absoluta, sino según el Señor. La misericordia debe habitar en el corazón del uno y del otro para que los dos se comporten realmente según el orden de Dios, el Único perfecto.  La mujer es la gloria del hombre; ella ha sido creada para el hombre, y no el hombre para la mujer. Dios no pierde esto de vista, aun cuando el se ocupa de detalles, diciendo, por ejemplo, que la mujer debe tener la cabeza cubierta; y habla de los ángeles que son testigos  del orden o del desorden, porque hay mas desorden que orden hoy en día en la cristiandad, y algunas veces entre los verdaderos cristianos.

Lo que muestra aun más el valor de estas consideraciones, es que el matrimonio tiene un significado muy profundo. Dios no piensa solamente en el hombre y en la mujer,   cuando piensa en el matrimonio; el piensa en Cristo y en la Asamblea como  la epístola a los Efesios nos lo muestra. Y es totalmente verdadero que el apóstol, cuando  exhorta y  toma el tema de las esposas, de los maridos, eleva el tema hasta la altura del pensamiento de Dios con respecto a Cristo y a la Iglesia; y no debemos perder esto  de vista.

Si la mujer es exhortada a la sumisión, el marido es exhortado al amor: «amad a vuestras mujeres y no seáis ásperos con ellas». Tales exhortaciones no son vanas. Dios conoce el corazón de la mujer, y conoce el corazón del hombre: sabe que el hombre no tiene los sentimientos desarrollados  como la mujer: a menudo es mas duro,  puede perder de vista que la mujer es «un vaso frágil» según la expresión de 1ª de Pedro 3.  Y es exhortado a usar  con mucha consideración el afecto, el amor,  evitar así las palabras que pueden herir («no seáis ásperos») el corazón sensible de la mujer. Hay dos situaciones que se deben evitar, hay dos exhortaciones, dirigidas una a las esposas, y la otra a los maridos en relación con las necesidades de cada uno.

De paso se puede  afirmar, sin desarrollarlo, lo que el cristianismo ha aportado sobre este tema. En el Antiguo Testamento, Dios toleraba  que un hombre tuviera dos mujeres o mas; porque  entonces todo no  era  mas que una sombra, aun en Israel, mientras que nosotros estamos en la plenitud de la luz de la revelación de Dios: «Que cada uno de vosotros ama a su propia mujer».

El marido ama a su mujer como a su propio cuerpo; los términos mas tiernos son empleados a propósito del marido y a propósito de Cristo: « la cuida, la sustenta, la regala».

En 1ª de Pedro 3 hay otra característica que los maridos deben manifestar hacia sus esposas: en el verso 7, les dice: «dando honor a la mujer como vaso frágil, y como coherederas de la gracia». Luego esta es una consideración que no se debe perder de vista. ¿Es llamado el marido ha usar de su autoridad? Si  lo hace según el Señor y por amor por el Señor,  le dará la honra a su mujer; y  es algo muy indispensable para la vida de la familia, es una manifestación de la vida de Cristo en ella, con el fin  de que las oraciones no sean interrumpidas.

¿Qué oraciones?  Las oraciones a solas del marido, las oraciones  a solas de la esposa; pero, más aún, las oraciones de la esposa y el marido  juntos. Cuando ellas son interrumpidas, es la puerta abierta a muchas penas.

Es difícil leer estas exhortaciones a los esposos y a las esposas sin notar la atención a cada uno de nosotros,  en el hecho  en que hoy en día las esposas salen mucho mas afuera, trabajando mucho mas afuera, estando menos en el hogar, es necesario entonces redoblar la vigilancia para  aplicar esto y realizarlo; e igualmente el ejercicio podrá llevarnos sobre la orientación misma de la actividad de la mujer. Es necesario  tener en cuenta  al Señor para esto.

El medio de resistir los ataques del Adversario— que se ensaña con destruir esta esfera que es  la familia—, es el conocer las enseñanzas de la Palabra de Dios y de ponerlas en práctica.  Esto tiene mucho efecto en el medio donde nos desarrollamos, y   es la parte privilegiada de cada uno en el hogar y cuando cada uno  toma su responsabilidad,  podremos apreciar   todo lo que es un hogar cristiano. Estaremos entonces  en condiciones de  rechazar los ataques  a menudo  extremadamente sutiles del Adversario.

Es doloroso ver,  que en los países llamados cristianos,  y que por mucho tiempo, honraban la Palabra de Dios, con que rapidez  el abandono  de esta Palabra ha abierto  la puerta al desorden.

Los desordenes en un hogar  cristiano tienen inevitablemente repercusiones en la asamblea. Los desordenes en el hogar, en la casa de un anciano, lo descalifican para el servicio  (1ª Timoteo 3). El enemigo trabaja pues  en la familia para  llevar a tener un resultado en la asamblea. Y aquellas cosas que nos parecen poco importantes porque conciernen  a nuestras familias, a nuestras casas, cosas que dejamos pasar fácilmente, corren el peligro de tener consecuencias graves mas adelante en la asamblea. Se comienza por una pequeña cosa y el mal se agrava en los hogares; después, es la asamblea la que es perjudicada. En la mayoría de los casos, si las cosas no se ven bien en una asamblea local, ir y ver dentro de las familias: encontrareis las causas del mal.

El yugo desigual

Recordemos, en relación  con estas consideraciones, que la Palabra no supone que un cristiano se despose con una inconversa, o viceversa.  ¿Cómo un cristiano y una inconversa podrían tener oraciones no interrumpidas e igualmente oraciones en conjunto?

La Palabra no nos autoriza a fundar  esperanzas sobre la conversión   futura de un cónyuge. Dios puede convertirlo. Es un hecho, es su asunto, no  el nuestro. No tenemos el derecho de apoyarnos sobre los razonamientos de nuestros corazones astutos y perversos.

El joven creyente debe tener en cuenta a Dios para escoger una esposa, y la joven creyente por su lado debe esperar en Dios para lo que Dios desee darle.

La gracia de Dios es soberana. ¡Dios sea bendito! Pero nosotros, tenemos que seguir las instrucciones que Dios  da y ninguna otra: «No os unáis en yugo desigual con los incrédulos» (2ª Corintios  6:14).

El yugo desigual puede ser el matrimonio o diversas asociaciones, en los  negocios, o igualmente actividades sociales  de caridad según los  hombres; cualquier punto de vista que  consideremos, en  la asociación de un creyente y de un incrédulo es un yugo desigual. El creyente es llamado a llevar otro yugo. El Señor ha dicho, cuando estaba en la tierra: «Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de Mí» (Mateo 11:29). He aquí el yugo que el creyente es llamado a llevar. Si no lo lleva, se arriesga de ser conducido  y colocarse bajo un yugo  desigual con los incrédulos. Son estas asociaciones que la Palabra reprueba, el creyente no tiene nada que ganar, sino que perderá el gozo de su posición como un hijo de Dios.

Se piensa a veces que aquel que no es convertido va a sufrir la influencia del creyente, pero se olvida de las enseñanzas de la Palabra; aquello que es santificado  no santificará  lo inmundo; y aquello que es inmundo manchará lo santificado (Haggeo 2:11-13; 1ª Corintios 15:33).

Se nos dice a todos los creyentes que han caminado bien,  a nuestros conductores que han acabado la carrera: «Habiendo considerado  el resultado de su conducta, imitad su fe », han sido vigilantes, cuidándose sin cesar de si mismos en las pequeñas cosas, porque es esto se aprende a ser prudentes en las grandes cosas. Cuando se es vigilante en las pequeñas cosas,  llega la ocasión  que uno  sabe que es  mucho mejor hacer intervenir a Dios en una situación importante. La dependencia de Dios nos es conveniente hasta el fin de nuestros días, en todos los momentos, Hoy en día los dolores, las lágrimas entre nosotros se multiplican a propósito de estas cosas.  Podemos clamar a Dios, tenemos que clamar a Dios; y al mismo tiempo recordarnos que El nos ha dado su Palabra y que El nos lo dice y  repite sin cesar. Lo que El ha dicho no ha perdido su valor y es  suficiente hasta el fin.

El pensamiento de Dios, en los versículos que hemos citado, no parece  desarrollar las alegrías que uno puede encontrar en   un hogar. Se comprende el porqué,   y  existen algunos  pasajes que nos ayudan a entenderlo. Los pasajes  que consideraremos tratan únicamente más o menos de deberes. Las relaciones hermosas establecidas por Dios entre marido y mujer, padres e hijos,  son solo temporales; sin embargo Dios ha tenido siempre en vista lo que es eterno, en  el andar mas adelante o en el momento. Si El tiene la honra en el hogar, es en vista  de  la gloria eterna de Cristo y de la bendición eterna de cada uno de los suyos. Existe también un gran número de creyentes que no han tenido la ocasión de vivir en familia, que han sido llamados como Pablo a otro servicio, por   una fuerza superior, o como consecuencia de alguna otra circunstancia. De manera que comprendemos muy bien que el Espíritu Santo, nos invita, gustando  las alegrías  de la familia, pensando primero en la gloria de Dios y de la  gloria de  Cristo.

Es preciso señalar este pensamiento. Fundar un hogar, vivir en familia no es pues un fin en si, sino un medio que Dios nos da para glorificar a Cristo. Ciertos creyentes son llamados a vivir solos, otros en familia. Las alegrías familiares son experimentadas, igualmente en las familias de inconversos; pero en un hogar cristiano, ellas tienen otro carácter: lo que la distingue de las otras, es que  en primer lugar ellas son santificadas por la presencia de Cristo  en el hogar. Son experimentadas y apreciadas en la medida cuando este privilegio es conocido y gustado.  Y el privilegio  no podrá ser  experimentado y, por consecuencia, las alegrías apreciadas mas que en la medida que hagamos frente a nuestra responsabilidad.

Los hijos

Hemos hablado de las exhortaciones dirigidas a las esposas y a los maridos. La tercera exhortación está dirigida a los hijos: «hijos obedeced  a vuestros padres, en todas las cosas, porque esto es agradable en el Señor». «Hijos obedeced a vuestros padres en el Señor, porque esto es justo». En los Colosenses estoe es agradable, en los Efesios esto es justo, Los hijos son exhortados a obedecer « en todas las cosas », es decir en aquellas que les agradan y en aquellas que no les agradan.  Es fácil obedecer cuando se nos manda en algo que nos agrada, pero mucho mas difícil es cuando se nos impone un sacrificio. ¿Por qué el hijo es llamado a obedecer? Porque el Señor se lo manda, porque sus padres representan a Sus ojos y a  su consideración la autoridad del Señor: obedeciendo a sus padres, un hijo obedece al Señor; desobedeciendo a sus padres, el desobedece al Señor.

La obediencia de los hijos es mas fácil si comprenden que, obedeciendo a sus padres, ellos obedecen al Señor; si un hijo ama al Señor, será feliz  obedeciendo: «Si alguno me ama, Mi Palabra guardará» (Juan 14:23).

Hoy  en el mundo, los rasgos de estos últimos días  están ya manifestados y lo que caracteriza generalmente a los hijos es la insumisión con respecto a sus padres (2 Timoteo ·); y esto se manifiesta hasta en nuestras familias. El espíritu y los pensamientos del mundo llegan  y nos alcanzan. Es muy triste el ver en las familias cristianas este espíritu de insumisión y de rebeldía en los hijos.

Se ha dicho que si los padres no gobiernan a sus hijos, ellos gobernaran a sus padres, si uno no cuida a sus hijos  desde su temprana edad en relación a los principios de la obediencia,  las dificultades mas tarde serán considerables. Se dice a veces «los hijos son jóvenes, es preciso dejarlos hacer, mas tarde verán y podrán  comprender, se les explicará que es necesario obedecer» Y bien, se dejará desarrollar una planta donde no se podrá jamás extirpar sus raíces. Cuantos padres han tenido obligadamente que decir mas tarde: «no hemos hecho lo que deberíamos con nuestros hijos; no lo podemos ahora retener». ¡Y Dios se vale luego de nuestros hijos para castigarnos! Dios nos hacer sufrir y nos disciplina por la insumisión de nuestros hijos que amenazan igualmente de comprometerse en un camino donde la gracia de Dios solamente puede detenerlos.

El Enemigo es astuto para probarnos  y hacernos perder de vista las enseñanzas de la Palabra y  se oye decir a veces: « ¿Cómo  aseguráis que el viejo hombre no puede ser mejorado, que no puede hacer el bien, que es la Palabra  la que  enseña, y decís que es necesario criar a los hijos de tal manera que vengan a ser mejores? ¡Pero hay una absoluta contradicción!». Estos razonamientos son las astucias del Adversario.

No es necesario que un hijo sea convertido para que obedezca a sus padres. La Palabra nos muestra en Efesios como los hijos han de ser criados; deben ser instruidos en las cosas de Dios hasta el momento que Dios los convierta.  Cuando el nuevo hombre esta allí, hay un incentivo nuevo, poderoso, divino, para obrar sobre un hijo: pero antes que esto suceda, los padres son responsables de hacer valer la autoridad hacia sus hijos, como Dios nos lo enseña.  De como  se prepara de a poco  el fuego, se coloca la madera, el carbón (se instruye al niño en las cosas de Dios por las enseñanzas de la Palabra) hasta que Dios coloca el fuego en todos estos materiales.

Está la obediencia del cristiano, aquella que el nuevo hombre tiene y que no puede sino obedecer (1ª Juan 3,9 y 5,18) y que además encuentra su placer en obedecer, y la obediencia exigida según Dios y que es muy diferente; la primera es natural, mientras que la segunda no es obtenida mas que bajo los efectos de la obligación.  Cuando Dios, por medio de las autoridades que son de El, coloca un freno a la violencia de los malhechores, es siempre el viejo hombre que el frena, ¡El no está en los hombres no convertidos! Dios frena así la voluntad del hombre, en la familia, con respecto a los hijos no convertidos, dando la autoridad a los padres para tener al viejo hombre con freno mientras que  Él no este allí.  Y enseguida, cuando  el nuevo hombre está, Dios frena en nosotros al viejo hombre  por toda la vida, porque tal correctivo es apropiado. En la sociedad, Dios mantiene a las autoridades para impedir el desorden. Tener al viejo hombre  con freno, con respecto a los hijos, es honrar a Dios buscando, por su parte, mantener el orden en una esfera donde los padres son responsables de hacerlo. El padre de la familia cristiana no tiene que hacer reinar el orden en su pueblo o en su ciudad, Dios no lo carga con esta responsabilidad, sino que El le encarga de mantener el orden en su hogar. Sino, ¿qué sería  de la familia,  de la asamblea? Lugares donde reinaría el más grande desorden.

En todas las cosas no tenemos que seguir nuestros propios pensamientos y decir: he aquí esto es sabio y bueno; sino que consultemos con cuidado la Escritura: la mayoría de las veces  colocamos nuestros propios pensamientos y somos negligentes en leer lo que Dios nos dice, El es el único sabio; que El  nos permita escucharle hasta  nuestro último día.

Hay una bendición muy particular  ligada  a la obediencia de los hijos; es la que encontramos en Efesios 6:2: «Es el primer mandamiento con promesa»; el pasaje del Antiguo Testamento trata evidentemente  de una bendición en la tierra en relación con el carácter terrenal del pueblo de Israel. Pero lo que nos concierne ahora es una bendición espiritual;  hay una bendición prometida a los hijos que obedecen: a la inversa; Dios puede ejercer y ejerce disciplina  con respecto a los hijos desobedientes: El puede ejercer su gobierno  en su relación, y su gobierno puede llegar hasta la muerte; es lo que encontramos en el capitulo 30 de los Proverbios, verso 17: «el ojo que escarnece a su padre, y menosprecia  la enseñanza de su madre, los cuervos de la cañada lo saquen, y lo devoren los hijos del águila». La obediencia es dada para los hijos de los padres; a la madre tanto como al padre, y es porque Proverbios 30 nos dice: «el ojo...que menosprecia la obediencia  hacia la madre». Si amamos a nuestros hijos, ¿desearemos actuar  de tal manera de que arriesguen de encontrarse colocados en una posición donde Dios estará obligado de ejercer  sobre ellos  tal juicio?

En ninguna parte se nos indica el límite  a la sumisión de los hijos: un hijo llega a la edad de un hombre, puede ser tentado a menospreciar el pensamiento de su padre, si lo ha creído falso. Debe siempre guardarse de faltar a la honra debida a su padre. Durante toda su vida los hijos deben honrar a su padre y a su madre. Tomar consejo  de lo padres no será algo penoso para un creyente aunque haya llegado a su edad madura; será un privilegio y no una pesada molestia. Si hemos habituado  a nuestros hijos  desde muy jóvenes a obedecer, la cuestión de la honra debida a los padres no será abandonada probablemente cuando lleguen a su mayoría de edad. Será algo natural para ellos realizar Efesios 6:2,  será para ellos un gozo.

La  comunión con Dios en todos  estos asuntos nos dará siempre la luz, para saber actuar según Dios,  en el fondo  la buena manera de hacerlo estará  siempre unida a la piedad.

Si existe piedad no será doloroso  tener que contar con el pensamiento paternal, y Dios bendice tal estado de espíritu. Siempre un hijo es responsable directamente ante Dios si es el jefe de su hogar. Hay una responsabilidad personal y directa: es el jefe del hogar; el temor a Dios le enseñará a cada uno  a saber colocarse  exactamente en el lugar donde Dios lo ha puesto; el padre anciano no tiene la responsabilidad de los hijos con respecto   a los hijos de este; es el hijo, jefe de su familia, que tiene la responsabilidad de la marcha de su mujer y de sus hijos: En cuanto  a los consejos que pueden darle los padres, es otro asunto : es  de sabiduría, de piedad, de  afecto, y no de autoridad y de responsabilidad.  

Los Padres

Los padres necesitan mostrarse no autoritarios, arbitrarios; tienen la necesidad de comprender a sus hijos, de saber que sus hijos son frágiles,  ver lo que son  ellos mismos, y  a veces  hemos experimentado los unos y los otros, que muy a menudo hemos encontrado en nuestros hijos; nuestras  faltas, nuestras imperfecciones,  y decimos: esto es lo que yo mismo hago. Es la gracia del Señor que nos sostiene, y tenemos también la misma necesidad de gracia para nuestros hijos,  pero ahora lo importante es el principio de la autoridad y de la obediencia. Es por esto que la Palabra nos dice: «No irritéis a vuestros hijos, para que no se desalienten». No coloquemos sobre sus espaldas un fardo que no puedan llevar, enseñémosles la obediencia, seamos firmes pero al mismo tiempo no lo desalentemos; tengamos en cuenta su edad, su inexperiencia, sus debilidades. Es todo un conjunto, una escuela; es necesario que estemos nosotros mismos en la escuela de Dios para aprender a discernir  lo que conviene, para saber dosificar la firmeza, la autoridad, y el mismo tiempo la gracia y el apoyo. Es necesario que  para esto tengamos que hacerlo con el Señor y es en la medida  que lo hagamos con el Señor podremos verdaderamente criar a nuestros hijos «en  disciplina  y bajo la amonestación del Señor»

No encontramos nada en la Escritura que reemplace a los padres  al lado de sus hijos. Los padres tiene una autoridad, son los únicos en este deber, salvo esta reserva: si se considera a los hijos unidos a la asamblea, incluso antes  que estén en comunión, los hermanos y hermanas de la asamblea pueden cumplir tal servicio a este respecto. Si los hijos están en la asamblea, están también bajo otra autoridad que la de los padres: la del Señor en la asamblea; es  el caso de toda hermana y hermano: cada uno esta sujeto a la autoridad del Señor en la asamblea, autoridad  que se ejerce de diversas maneras.

¿No es necesario hoy en día considerar de cerca, con la Palabra, si no estamos en peligro de ser  arrastrados por la corriente moderna que hace que los hijos pasen poco a poco  de la influencia de los padres a otras influencias? Es un hecho que está a  la vista de todo el mundo y que debe hacer pensar a los ancianos porque es un gran cambio en comparación con lo que ellos han conocido, que el mundo se disputa y  arrastra a la juventud: partidos políticos, deportes, movimientos diversos. ¿No hay una materia de reflexión, para las familias de cristianos, con el fin de que sean ejercitados por la Palabra para no seguir la corriente del mundo?

Los padres tienen que velar sobre sus hijos y los  hijos tienen que saber que, si ellos  se   forman primero en sus padres, no podrá  resultar  más que bendición. Y si los padres se sienten  sobrepasados  en este punto, con respecto de quienes se rodean, para instruir, para criar a sus hijos, tienen evidentemente el privilegio de hacerse ayudar por las oraciones de los hermanos y hermanas. He aquí como la asamblea puede y debe siempre  ocuparse de las familias y de los hijos: por la oración. Pero los hijos son de los padres.

Es necesario que los padres sientan que es su responsabilidad. Deuteronomio 6 nos dice: «y que estas palabras que yo te mando hoy estén en tu corazón, tu la inculcarás a tus hijos, y les hablarás, cuando  estés  en casa».

Los padres tienen una responsabilidad, lo hemos visto, en lo que concierne en el cuidado de su casa, el orden que debe reinar en el hogar, el carácter moral que debe presentar la familia cristiana.         También tienen una responsabilidad  en lo que concierne a la educación cristiana, en la enseñanza de sus hijos.

Parece imposible que los padres cristianos, si están ejercitados en la fe, en la lectura, no estén en un estado de dar a sus hijos las enseñanzas esenciales que son según la Palabra;  y si verdaderamente un padre o una madre cristianas no se sienten capaces de dar  a sus hijos esta enseñanza, este sentimiento debe conducirles  a clamar  al Señor, a suplicarle  al Señor que les de lo que es útil para sus hijos. Si hay un verdadero ejercicio según Dios, el Señor les dará primero para si mismos lo que les falta y  tendrán así lo que les hacía falta para sus hijos: la casa  del creyente se beneficiará, habrá prosperidad en el hogar y, en consecuencia, la asamblea   misma se beneficiará.

Es preciso pues que un ejercicio sea producido en los padres, Siempre Dios desea lo mismo, hacer nacer: un ejercicio de piedad y de fe, para que Dios les de lo que es útil y  para que el actúe  en los hijos.

Los cristianos pueden al menos enseñar a sus hijos en el temor de Dios, esto es esencial. El padre puede no ser un doctor  en el conocimiento, puede no tener ningún don, pero si él es piadoso,  que conoce a  Dios mismo, y si el conoce a Dios por si mismo, es capaz, no de convertir a sus hijos, pero de enseñarles, en la vida el temor a Dios. Si el padre y la madre viven en el temor de Dios, no tienen la necesidad de ser profetas, doctores, pastores; sus hijos habrán visto a Dios en ellos como se debe ver Dios en todos nosotros, y esto es lo mas elevado y lo mas útil de todas las enseñanzas. No podemos pues excusarnos y decir que nos es imposible cumplir con los hijos lo esencial: la misión de  padres y de colocar a los hijos en contacto con Dios; y esto será realizado prácticamente con el ejercicio de la piedad en el hogar: la fidelidad en la oración, con la lectura de la Palabra no hecha a la ligera, no hecha después de todo lo que  resta, cuando puede ser que el corazón de nuestros hijos se han llenado con el mundo y las cosas que son el mundo. La misión de los padres es el honrar a Dios en ellos dándole su lugar en la vida  de la familia.

Enseñanzas y la vida práctica

Enseñar el conocimiento teórico tiene poco valor si esta enseñanza no sigue una conducta, una vida familiar tal que los hijos se sientan ante Dios. Luego esto está al alcance de todos; felizmente  esto dependerá no de un don, sino que solamente de la piedad del creyente. ¡Dios sea bendito! Es la piedad que nos falta y no el conocimiento, es decir la búsqueda perseverante, cotidiana e igualmente  en todos los instantes, de la presencia de Dios en el hogar.

Es bien humillante constatar,  que poco realizamos esta vida de piedad en la familia, y  nuestras casas no tienen  el carácter que deberían tener, un carácter que debe corresponder al carácter mismo de Dios.

¡Que estas enseñanzas nos conduzcan a un ejercicio serio ante Dios y que esto nos conduzca a buscar, no en los recursos humanos, sino en aquellos que son según Dios!

Que esto nos conduzca a un ejercicio profundo ante Dios en cuanto a lo que nos concierne, nosotros los jefes de la familia en particular, porque, teniendo una responsabilidad, una autoridad particular, tenemos que pensar mucho mas que los demás.

Si este ejercicio fuera producido en cada uno de nosotros, padres cristianos, y muy particularmente en los padres, habría ciertamente frutos que podríamos constatar en nuestras familias, habría igualmente frutos en la asamblea, ¡podemos ser persuadidos de esto!  Muy a menudo el estado de debilidad de las asambleas no es mas quepo la consecuencia del bajo nivel espiritual  de nuestras casas, de nuestras familias, Las dos cosas están unidas la una de la otra.

Por consiguiente, parece que la primera enseñanza que los padres han dado a sus hijos, es el ejemplo de su propia casa. Es necesario que las enseñanzas verbales estén en relación con la conducta, con la práctica de la vida de Dios, de  Cristo  en nuestros hogares. Es evidente que si los padres no viven la vida de Cristo en ellos, están descolocados para enseñar a los hijos a vivir esta vida de Cristo, para criarlos bajo la amonestación del Señor, porque ellos mismos no tienen en cuenta estas amonestaciones.

El hijo sabe muy bien donde está el corazón de su padre. Es por esto que tenemos que ser estrictos, nosotros, padres, no para imponer esta vigilancia a nuestros hijos, sino que para darles nosotros mismos el ejemplo, y  los hijos saben muy bien si el corazón de sus padres arde por el Señor o por algún ídolo mundano. No solamente  los hijos no serán llevados a dar las espaldas al mundo si ellos saben que un ídolo mundano permanece en el corazón del padre o de la madre, sino que el gobierno de Dios hará que una bendición podrá ser retirada  al hijo mismo: el padre ama al mundo, el hijo lo amará  frecuentemente mas tarde.

Y en ciertos casos, si tenemos la libertad de hacer tal o cual cosa en algo que nos concierne personalmente, podemos ser conducidos a abstenernos, porque esto sería una ocasión  de caída para nuestros hijos: para no turbarlos, encauzarlos en un mal camino, deseo  mejor abstenerme de ciertas cosas. Hay cosas que podemos comprender y que nuestros hijos no pueden comprender; cosas que podríamos hacer en conciencia, pero sin embargo  debemos dejarlas de lado, cuidando de ser una ocasión de caída para nuestros hijos (Mateo 18:6).

Una enseñanza muy importante nos es dada en el pasaje de Jueces 13:12-14. Manoa hace una pregunta: «... ¿cómo debe ser la manera de vivir del niño, y que debemos hacer con él?» el Ángel De Jehová  parece responder  dejando a un lado la pregunta: «la mujer se guardará de todas las cosas que yo le dije....» En efecto Él responde bien a la pregunta que se le ha hecho. Los padres mismos, deben ser guardados primeramente si desean que sus hijos lo sean. La enseñanza debe ser presentada por los padres a los hijos en hechos tanto, sino mas, que en palabras. Si deseamos  que nuestros hijos sean separados para Cristo, es necesario que nosotros los seamos, nosotros, en primer lugar. Debemos mostrar a nuestros hijos que encontrando a Jesús, hemos encontrado la plena satisfacción de las necesidades de nuestros corazones.

Si tenemos una actitud el Domingo en las reuniones,  cuando conversamos entre nosotros, escuchamos la Palabra, y enseguida vivimos como el mundo, buscando nuestros propios intereses y nuestras satisfacciones, nuestros hijos saben discernir esta diferencia.  Es un asunto problemático para ellos, que puede poner en duda las verdades del cristianismo; ciertamente que son así engañados.

Hemos pues de velar para que nuestra conducta práctica, nuestro testimonio práctico, corresponda a lo que sabemos, puede ser a lo que enseñamos, de tal manera que nuestra vida cristiana sea una realidad.  Dios ve la realidad de nuestros corazones. Es una pesada responsabilidad para los padres cristianos que tienen el deber de criar a sus hijos «en la disciplina y amonestación del Señor». No se trata de dejar a la naturaleza del niño «desarrollarse», como se dice. En realidad, esto sería dejar a la carne desarrollarse, manifestarse y llevar frutos.

Las orientaciones de la vida 

Otro punto muy importante en relación con nuestros hijos, es el asunto de su profesión, de su situación.  Es necesario tener ante nosotros algo mas que no sea el darles solamente una situación lucrativa, para permitir que vivan en condiciones materiales las mas agradables posibles. Consideremos ante todo el interés espiritual de nuestros hijos, en lugar de un buen pasar material con intereses para sus satisfacciones humanas. Hay situaciones que no convienen absolutamente nada para un cristiano. El caso es muy diferente, si un hombre se encuentra en esta situación y se ha convertido porque  ejercía su profesión antes de su conversión. En 1ª Corintios 7:21 se le dice: «¿Has sido tu llamado esclavo? No te de cuidado: pero también, si puedes hacerte libre, procúralo mas», pero cuando deliberadamente, los padres cristianos, alientan a sus hijos  o lo aguijonean en tal o cual camino que les conducirá a una situación que no  conviene para un cristiano, donde una situación  que presenta peligros serios para su prosperidad espiritual, los padres cristianos tomaran una pesada responsabilidad.

La perdida que se puede hacer en este caso no es una pérdida solamente para la tierra, sino que también para la eternidad;  buscando una buena situación aquí en la  tierra, ¡se pierda la eternal

Se puede pensar en Mateo 16: «¿De que aprovechará al hombre si ganare todo el mundo y perdiere su alma?» Se trata aquí de una pérdida total, eternal; pero se puede también hacer una aplicación para el creyente: ¿qué le serviría a un cristiano hacer muchos adelantos si tiene la pérdida de su carrera cristiana? Hay situaciones que endurecen la conciencia, que quitan el juicio moral, y así mismo la ignorancia cristiana; el mismo no se da cuenta, y poco a poco se endurece y se acostumbra al mal: estas consideraciones se tienen que pesar seriamente.

Los hijos no pueden ver todos estos peligros; es a los padres que hay que aconsejar, guiar, los padres tienen la necesidad de buscar el pensamiento del Señor, contar con el Señor para que les muestre como podrán criar a sus hijos y darles una situación en la cual tendrán la posibilidad de servir fielmente al Señor y prosperar espiritualmente. La prosperidad espiritual, es la que tenemos que desear ante todo el resto y a menudo la hacemos pasar al último lugar.

Lo principal es quedar bajo la autoridad del Señor y en la comunión con él. Lo que conviene igualmente, es una vigilancia que no se realiza sino que por la oración. La base de la familia debe ser la oración. Es necesario que haya oración y la lectura en familia, no solamente la lectura individual, sino en familia, para que los corazones se sientan bien unidos y colocados todos  bajo la mirada del Señor y cumplan todo por amor al Señor.

La oración, es lo que debe estar primero que todas las cosas. Es evidente que si los padres oran insistentemente antes de darles una situación a sus hijos, el Señor no les dejará sin enseñanza y sin dirección con respecto a esto.

El asunto de las situaciones económicas es muy importante. Ella es menos importante que el asunto del matrimonio.  El asunto de la situación económica es menos importante por la buena y simple razón que si un cristiano actúa según Dios el comprende que si una situación el nefasta,  Él  siempre  la quitará.  Mientras que el matrimonio es para toda la vida. He aquí porque es muy serio. Ha habido cristianos en todos los tiempos que por fidelidad  se han despojado de sus bienes, hay otros que han sido muertos por Cristo, era otra cosa la que les hacía perder los adelantos materiales; pero hoy en día. ¿Donde esta energía, incluso en las mas pequeñitas?

Si no damos al Señor más de lo que podemos dar al mundo. No osemos decir casi que le amamos; nuestra conciencia incluso nos hará sentir mentirosos.

Todo esto nos conduce ciertamente a reflexionar los unos y los otros y nos ejercita ante Dios, no lo dudemos. Esto nos hace medir en algo de lo que hablamos a menudo; constataremos así nuestros hechos; todo esto nos hace realizar un poco nuestra extrema debilidad. Pero nos habituamos poco a poco a esta debilidad, nos habituamos a este deslizamiento que es generalmente insensible y  llegamos a verlo todo muy natural; nos parece que es el orden normal de las cosas. Dios se complace  en quitarnos alguna cosa del camino, y hacernos considerar las cosas tales como el las ve, nos hace medir la caída y nos hace tomar en cuenta en algo nuestra debilidad.

Es preciso que, cuando Dios nos detiene así, no nos contentemos  en medir el decaimiento y nuestra debilidad, sino que seamos conducidos a «volver a Jehová» siguiendo con la expresión a menudo empleada por los profetas en lo que concernía a Israel. Volverse a Dios es  maravilloso y, si esta obra es cumplida en nosotros, los frutos serán realizados enseguida, viniendo con toda naturalidad después de este ejercicio de corazón y de conciencia que Dios desea producir en nosotros.

Traducido de“El Mensajero  Evangélico“,  año 1987,1988

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