Elección y Conversión

Por L M Grant

Esta paradoja está estrechamente ligada con la anterior: La soberanía de Dios y la responsabilidad del Hombre.

Las Escrituras afirman de manera clara y positiva que los creyentes somos “elegidos según la presciencia de Dios Padre” (1.ª Pedro 1:2), y que Dios nos escogió en Cristo “antes de la fundación del mundo” (Efesios 1:4). Estas verdades nos confortan y regocijan. Dios mismo ha tomado la iniciativa en estas cosas. La salvación es por pura gracia, no por obras ni por algún mérito humano. Dicha salvación es eterna y no puede variar, porque Dios nos ha elegido en Cristo antes de que la historia de la humanidad comience, y Él no cambiará su pensamiento al respecto. Todos los que verdaderamente hemos nacido de Dios tenemos pleno derecho, basados en la autoridad de las Escrituras, a poseer una absoluta certeza en cuanto a nuestra salvación.

No obstante, la Palabra de Dios enseña también, claramente, que las personas deben convertirse por medio del “arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo” (Hechos 20:21). “Si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente” (Lucas 13:3). “De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entrareis en el reino de los cielos” (Mateo 18:3). “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12). “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Juan 3:36).

Otros pasajes de las Escrituras ofrecen la salvación a toda la humanidad, no sólo a los elegidos: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). “Porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Romanos 10:13). “De éste dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre” (Hechos 10:43).

Dios ofrece la salvación a la vez que anima a los hombres a que sean salvos: “Dios nuestro salvador, el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1.ª Timoteo 2:3 y 4). “El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2.ª Pedro 3:9). “Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8). “Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan” (Hechos 17:30).

Sabiendo estas cosas, los siervos de Dios deberíamos predicar con fervor a todos los hombres: “Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios” (2.ª Corintios 5:20). “A quien anunciamos, amonestando a todo hombre, y enseñando a todo hombre en toda sabiduría, a fin de presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre” (Colosenses 1:28).

Evidentemente, el tema que estamos tratando es paradójico y hasta nos puede parecer contradictorio; pero, ciertamente no lo es. Hay creyentes que a veces tienen dificultades para comprender este asunto. Algunos entienden claramente un aspecto de la cuestión pero niegan el otro o dejan de lado su correcto significado en un esfuerzo para lograr que ambas facetas se adecuen a su conveniencia. Pero las dos verdades son absolutamente ciertas y no pueden ser alteradas.

Por ejemplo, algunos dicen que sólo hay que tener en cuenta la elección de Dios, por lo tanto, concluyen que Él ha dado a su Hijo únicamente a favor de los elegidos. De esta forma se predica una expiación limitada disponible sólo para los escogidos. En contraste con esto, otros insistirán en que la salvación depende únicamente de la elección que hacen los individuos. Dirán que Cristo cargó con los pecados de todos, entonces el factor determinante para alcanzar la salvación que ofrece Dios es que ellos, mediante su voluntad, la pueden aceptar o rechazar. Afirmarán que Dios ha dejado esta elección supeditada a la libre voluntad de las personas. Los dos pensamientos son erróneos y son mantenidos por quienes no reconocen que la sabiduría y el poder de Dios se elevan muy por encima del discernimiento del intelecto humano. Ellos tratan de conciliar la elección y la conversión anulando el aspecto que pudiera contradecir sus opiniones. ¡No nos atrevamos a hacer lo mismo, por el contrario, consideremos el valor y la importancia que Dios le asigna a las dos verdades!

El evangelio de la gracia de Dios en Cristo Jesús se ofrece de buena fe a toda la humanidad. Cristo “es la propiciación por nuestros pecados (de los creyentes); y no solamente por los nuestros, sino también por los (pecados) de todo el mundo” (1.ª Juan 2:2). Esta propiciación fue lograda por medio del inmenso sacrificio de Cristo que satisfizo a Dios en cuanto a lo que merecían los pecados de los hombres. El valor de este sacrificio está a entera disposición, sin límite alguno, de todos aquellos que quieran aceptarlo. En cambio, los que rechazan la obra de Cristo se hacen a sí mismos culpables y plenamente merecedores del juicio. Si ellos no creen, es porque no quieren. Como hemos visto anteriormente, el hombre es totalmente responsable ante Dios y debe aceptar la salvación tal como Él la ofrece o se perderá para siempre.

Por otro lado, la elección es una facultad de Dios y él tiene absoluto derecho sobre ella. Además, está fundamentada en Su presciencia. Él ha elegido a ciertas personas en Cristo desde antes de la fundación del mundo porque tiene un perfecto conocimiento del futuro. Ésta no ha sido una elección desconsiderada, por el contrario, fue justa, sabia y plena de maravillosa gracia, como los creyentes aceptamos en nuestro corazón. Ninguno de los elegidos estará ausente de la compañía de los eternamente redimidos. Como tampoco estará presente ninguno de los que no han sido elegidos.

Nadie puede saber lo que es ser un elegido de Dios a menos que acepte, con arrepentimiento y fe, al Señor Jesús como su Salvador. Esta verdad sólo puede ser comprendida por aquellos que por gracia han sido conducidos hasta la presencia del Señor. Sólo allí el hombre puede comprender que su propia elección no es lo que importa, sino que el Señor mismo lo ha elegido a él (Juan. 15:16) porque su naturaleza pecaminosa y rebelde no le hubiera permitido volverse a Dios por sus propios medios. Después de un genuino arrepentimiento, al que nos guía Dios en su benignidad (Romanos 2:4), comprendemos que Él mismo ha generado esto en nuestros corazones para conducirnos a creer en Cristo. ¡Cuantos motivos para nuestras acciones de gracias y nuestra adoración!

En contra de estas verdades, los hombres generan sus cuestionamientos: ¿Porqué Dios no produce arrepentimiento en los corazones de todos los hombres? ¿Es justo que Él guíe al arrepentimiento sólo a ciertas personas? Ellos también argumentan que si la elección es algo cierto, como hemos afirmado, entonces Dios es injusto.

¿Quién puede decidir qué es lo razonable y qué es lo justo? ¿Podría Dios dejar esta decisión en manos del hombre corrompido por el pecado y la injusticia? ¡Claro que no! Las Escrituras le atribuyen al Dios de toda la Creación una infalible e invariable justicia.“Porque Jehová es justo y ama la justicia” (Salmo 11:7); “De justicia está llena tu diestra” (Salmo 48:10); “Ciertamente, Señor Dios Todopoderoso, tus juicios son verdaderos y justos” (Apocalipsis 16:7).

Algunos también argumentan: ¿Porqué los cristianos dicen que Dios amó al mundo, si Él no ha conducido a todo el mundo al arrepentimiento? ¿Es esto amor? Pero, ¿quién es el que finalmente decide qué es el amor? ¿Podría Dios dejar esta decisión en manos del hombre egocéntrico y ambicioso? Dios realmente amó al mundo. Su naturaleza es amor y, ciertamente, sus criaturas son el objeto de ese amor. Además, la Palabra lo declara y la fe lo acepta sin dudarlo. Verdaderamente, la justicia y el amor de Dios están confirmados en las Escrituras.

Esto no es todo. Encontramos pruebas del amor y la justicia de Dios a lo largo de la historia del hombre, pero muy especialmente en la maravillosa obra de la cruz de Cristo. En los momentos terribles de su rechazo, su arresto y su crucifixión, el Señor Jesús brindó un claro testimonio de la manifestación del amor de Dios hacia un mundo culpable. El Señor pronunció aquellas palabras que habían surgido de lo profundo de su corazón: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34). “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo” (2.ª Corintios 5:19).

Dios, a causa de su perfecta justicia, no puede pasar por alto el pecado, sino que debe castigarlo por completo. Por lo tanto, para castigar el pecado y al mismo tiempo salvar a los pecadores, el Hijo perfecto y sin pecado tuvo que soportar el juicio que ellos merecían por sus pecados. La salvación de los pecadores no podía lograrse de otra forma. Tal sacrificio requería de un infinito amor que sólo puede ser hallado en Dios. ¡Que todos los que dudan miren a la cruz! ¿Se animarán a cuestionar que Dios es un Dios de perfecta justicia y de perfecto amor?

Debemos reconocer la claridad de estas verdades y aceptarlas tal como son. El hecho de que muchos no han sido elegidos en Cristo desde antes de la fundación del mundo, no empaña en absoluto el amor y la justicia de Dios. Si no lo comprendemos es simplemente porque Dios es infinitamente más grande que nosotros. Su sabiduría sobrepasa a la habilidad que posee el hombre para razonar. Dios nos recuerda que debemos permanecer en nuestro lugar de simples criaturas, satisfechos de creerle aun cuando no comprendiéramos nada de todo esto.

De paso, digamos que suele afirmarse que predestinación es lo mismo que elección, sin embargo, estas dos verdades tienen un significado diferente. La elección se refiere a que ciertas personas han sido elegidas, en cambio la predestinación significa que alguien ha sido señalado de antemano para ciertas bendiciones, por ejemplo “habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos” (Efesios 1:5) y “los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo” (Romanos 8:29). Haber sido predestinados para tales bendiciones es otra verdad que regocija a todos los creyentes.

L M Grant


Este articulo es parte del libro de L M Grant PARADOJAS BÍBLICAS MARAVILLOSAS.


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