¿Hablar en lenguas - es una respuesta?

L. M. Grant

 

Seguramente simpatizamos con todo ejercicio espiritual honesto de parte de aquellos santos de Dios que se sienten afligidos por la lamentable falta de santidad, crecimiento espiritual y conocimiento de la Palabra de Dios que en general se observa en los cristianos meramente profesantes. No hay duda alguna de que la cristiandad es culpable de ignorar la realidad de la presencia viva del Espíritu de Dios en el cuerpo de Cristo, la verdadera Iglesia del Dios vivo, y también, lamentablemente, de ignorar acerca de las diversas operaciones del Espíritu de Dios y su importancia en la presente dispensación de la gracia. Algunos han sentido esta falta en ellos mismos y en el testimonio cristiano, y su vivo deseo de hallar algo mejor los ha conducido a tomar distintas direcciones, algunas de ellas muy contrarias entre sí. Estas divergencias nos llevan a serias consideraciones y nos advierten en el sentido de que la falta no sólo ha de ser reconocida, sino también tratada únicamente según el pensamiento de Dios, pues hay por allí muchas alternativas seductoras que pueden influenciar fácilmente al pueblo de Dios. Estamos en los umbrales de la venida del Señor, próximos a estar ante el trono del juicio a fin de dar cuentas de lo que hayamos hecho en el cuerpo; por tanto, cuán solemne es nuestra responsabilidad en cuanto a ser hallados absolutamente sujetos a Su autoridad, la cual hallamos en su preciosa Palabra, no buscando grandes cosas para nosotros mismos en medio del testimonio en ruinas de la Iglesia profesante, sino procurando con honestidad sólo aquello que honra el nombre del Señor Jesús.

Uno de los más grandes peligros para los cristianos es que resulta más fácil dejarse influenciar por sus sentimientos a que se aferren con firmeza a la Palabra de Dios. Algunos libros tratan exclusivamente acerca de la experiencia personal de hablar en lenguas, de los distintos efectos que esto provoca en las personas, etc. ¿Acaso no es muy lamentable ver cómo estas experiencias y sentimientos están tan fuertemente enfatizados y desarrollados a manera de tema central en dichos libros, cuando en las Escrituras no hallamos ni la más breve expresión acerca de cómo se sentía la gente o de si experimentaba o no algún tipo de éxtasis cuando hablaba en lenguas? Muy por el contrario, las Escrituras están llenas del testimonio del Espíritu de Dios acerca de hechos objetivos, que son la única base real del verdadero Cristianismo; y, por consecuencia, el único fundamento legítimo de cualquier experiencia subjetiva. Sin la base de las Escrituras, la sola experiencia probablemente conducirá al engaño y a la culpabilidad.

Cuando el Señor Jesús hablaba acerca del Espíritu de Dios, afirmaba lo siguiente: “...no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir. Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber” (Juan 16: 13-14). Por lo tanto, cuando estamos llenos del Espíritu de Dios, la delicia de nuestro corazón es la gloria y la gracia del Señor Jesús. La persona del Señor Jesucristo y Su gloria eternal junto al Padre, Su maravillosa encarnación, Su vida de absoluta fidelidad, amor y gracia, Sus palabras infinitamente verdaderas, Su sacrificio de la cruz del Calvario a favor de los pecadores, Su sepultura, Su resurrección, Su ascensión a la diestra de Dios, Su gloria allí como Cabeza sobre todas las cosas y, particularmente, sobre Su cuerpo, la Iglesia , Su Sacerdocio, Su abogacía, Su venida a buscar a los santos, Su trono de juicio en gloria, Su juicio sobre las naciones, Su reinado y gloria establecidos sobre todo el mundo, Su reinado milenario, Su prerrogativa como Juez en el Gran Trono blanco, desde donde juzgará a todos los muertos “grandes y pequeños”, y Su infinita gloria exhibida por la eternidad en los cielos nuevos y la tierra nueva son las cosas acerca de las cuales el Espíritu se deleita en testificar. Contrariamente, muchos líderes (o engañadores) pasan por alto todas cosas y prefieren hablar de simples hombres y sus maravillosas experiencias. El Espíritu de Dios no halla sus delicias en honrar a hombre alguno, sino solamente al Señor Jesús; y el creyente es conducido por el Espíritu sólo cuando Cristo es el objeto vivo de su corazón y de su vida entera. Efectivamente, este hijo de Dios estará tan ocupado con el Señor Jesús que no tendrá lugar para pensamientos acerca de los efectos sobre su cuerpo o de los sentimientos de su corazón; este creyente no atribuirá importancia alguna a dichos efectos, pues el hecho de que su Señor esté recibiendo la honra sobrepasa a todo aquello. Sin dudas, el creyente tiene sentimientos, pero ellos son realmente muy sagrados, preciosos, dispuestos para ser gozados entre él y su Señor y no para ser presentados ante los demás como un objetivo o criterio a seguir. ¿Sería propio que los sentimientos íntimos que existen entre un esposo y su esposa fueran exhibidos ante otros como una pauta a seguir? De hecho, cuando Moisés tenía su rostro con un espléndido brillo, él no lo dio a conocer a nadie (Éxodo 34:29). Y Esteban, lleno del Espíritu, no pensaba en él en absoluto, sino en Cristo, de quien había dado un claro testimonio (Hechos 7: 55-60).

Muchos de estos falsos líderes insisten en que ningún creyente puede afirmar que ha recibido el Espíritu de Dios a menos que hable en lenguas. Esto es totalmente falso. Las Escrituras no hablan de esto en absoluto. Algunos hombres suponen esto porque en los Hechos de los apóstoles hay cuatro casos (si consideramos también el de Hechos 8) en los que grupos de creyentes reciben el Espíritu y hablan en lenguas. Más aún, en todos estos sucesos se manifiesta claramente que dichas personas recibieron el Espíritu luego de haber creído. Sin embargo, debemos ser muy cuidadosos y considerar el carácter transitivo del libro de los Hechos, es decir, que este libro presenta el cambio gradual que se produjo desde la dispensación del judaísmo a la del cristianismo, proceso cumplido por el Espíritu Santo. ¿Por qué solamente en cuatro oportunidades el don del Espíritu Santo es acompañado por señales? Porque en estos casos estaban involucradas cuatro clases de personas:

En primer lugar, los judíos que se hallaban en Jerusalén, el centro terrenal de los tratos con Dios (Hechos 2). No resulta difícil comprender que Dios aceptara públicamente a estos judíos acompañando este acto con una gran demostración del poder de Su Espíritu.

En segundo lugar, los samaritanos (Hechos 8). Los judíos no tenían trato alguno con ellos, pues los consideraban inmundos. Pero Dios los recibió públicamente, llenándolos con el Espíritu y dando claras señales de esto, uniéndolos así a los judíos creyentes.

En tercer lugar, los gentiles. Cornelio y su casa, y muchos otros reunidos en su casa (Hechos 10). ¿Podía Dios otorgarles lo mismo a ellos? Sí, ellos también recibirían del mismo Espíritu y se unirían con los creyentes judíos y samaritanos.

Por último, los discípulos de Juan en Éfeso (Hechos 19). Éstos eran judíos que se hallaban alejados de su tierra. Y Dios, en el Antiguo Testamento, nunca había prometido que fuera de su tierra el judío podría hallar bendición alguna. Pero, ellos también recibirían el don del Espíritu de manera pública. Todos estos casos constituyen un reconocimiento público y un testimonio claro.

No obstante, observemos que en cada una de estas situaciones está presente al menos un apóstol. También notemos que en todos los casos en los que había varias personas, todas recibían el Espíritu al mismo tiempo. Este es el verdadero bautismo del Espíritu, porque “por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu” (1.ª Corintios 12:13). En cuanto a este tema, ésta es la única afirmación doctrinal de las Escrituras, la cual verdaderamente se cumplió por medio del bautismo del Espíritu, quien bautizó a todos los creyentes en un cuerpo. Esto se cumplió en la época de los Hechos, de manera que el cuerpo de Cristo es uno en virtud de dicho bautismo. Además, el bautismo del Espíritu no es individual, sino que va completando la formación del cuerpo de Cristo. Nadie niega que la habitación del Espíritu, la llenura del Espíritu, las arras del Espíritu, el sello del Espíritu y la unción del Espíritu son todas bendiciones personales que surgen como consecuencia de haber recibido el Espíritu de Dios, pero el bautismo del Espíritu y la unidad del Espíritu involucran a todo el cuerpo de Cristo y no a personas individuales.

Ciertamente, estas cuatro ocasiones de la venida del Espíritu santo mencionadas arriba muestran que distintas clases de personas han sido partícipes del bautismo del Espíritu, y que todos los que eran salvados por gracia eran bautizados en un cuerpo, produciéndose así una unión vital entre creyentes judíos y gentiles, viniendo a ser uno en Cristo Jesús. Ésta es la verdadera Iglesia de Dios. El libro de los Hechos nos relata la historia de este maravilloso cumplimiento de la unidad del cuerpo de Cristo, pero recordemos que no nos brinda ninguna enseñanza doctrinal ni acerca del Espíritu ni sobre la Iglesia. Para esto están las epístolas.

L. M. Grant

Traducido del inglés por Ezequiel Marangone

 

 

 

 

 

 

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