Reflexiones Acerca Del Matrimonio Entre Creyentes E Inconversos

por J N Darby

Las siguientes reflexiones fueron motivadas por una situación particularmente grave: una joven hermana, convertida en 1853, cayó en una trampa al aceptar la propuesta de matrimonio que le hizo un hombre inconverso. Ella ocultaba a la asamblea cristiana local su intención de casarse, pero el retraso de sus planes por causas aparentemente accidentales permitió que un hermano descubriera sus propósitos y le advirtiera seriamente al respecto. La joven admitía su error, pero aún así persistía en él. Al cabo de un tiempo  fue a vivir a la casa de un familiar donde se enfermó gravemente. Ella reconocía en todo momento que su enfermedad obedecía a la  disciplina del Señor. Además, la Palabra de Dios que todo lo escudriña condujo a esta joven a juzgarse a sí misma, lo que le permitió disfrutar inmediatamente de un inmenso gozo. Falleció tres días después.  Por varias razones no daremos otros detalles.

El relato muestra con sencillez que Dios puede intervenir mediante su disciplina para librar a Sus hijos de las malas consecuencias espirituales que acarrea la desobediencia. Esta joven cristiana fue seducida por un hombre inconverso que  le propuso matrimonio. Ella no evitó dar el primer paso, aun cuando su conciencia le indicaba claramente que estaba actuando en contra de la voluntad de Dios.  Por lo tanto, al no rechazar desde el principio el ofrecimiento, aun sabiendo que la conducía al pecado y a la infidelidad para con Dios, no tuvo luego las fuerzas para resistirlo. Dios se vio obligado entonces a llevarla de este mundo para guardarla de un pecado que no deseaba cometer, pero que no podía resistir con sus propias fuerzas. ¡Qué difícil es detenerse cuando se comienza a transitar en semejante camino! 

Todo creyente celoso de la gloria del Señor, aunque sea en pequeña medida, interesado por el andar de sus hermanos y que, además, desea que todos los amados hijos de Dios tengan bienestar espiritual, puede percibir la fatal influencia que el mundo ejerce sobre ellos cuando éste último logra entrar en sus corazones.  Dios y el creyente que ha sufrido a causa del mundo conocen las sutiles y amigables apariencias que éste utiliza para invadir el corazón del cristiano. En cambio, la manifestación de Cristo y el poder de Su presencia jamás permitirán que el mundo pueda introducirse en su corazón. Los que por la gracia se hallan cerca de Cristo, están protegidos de  las influencias y de los atractivos del mundo que intentan introducirse en el corazón, y podrán juzgar dichas cosas. 

Estamos en guerra contra un enemigo que sabe cómo transformarse en ángel de luz para sorprendernos cuando estamos con la guardia baja. Si no permanecemos cerca de Cristo, revestidos de toda la armadura de Dios, nos resultará imposible escapar de sus trampas. Nuestra principal dificultad no consiste en resistir el poder de Satanás, porque Cristo ya venció por nosotros a este terrible enemigo, sino en descubrir las trampas que él coloca ante nosotros y, sobre todo, en comprender que él mismo trabaja en ello constantemente. Para combatir contra el enemigo es importante saber en qué estado se encuentran nuestros corazones. El ojo simple, (es decir, un corazón lleno de Cristo), descubre las trampas y recurre al Salvador para ser liberado. Además, si Cristo es el objeto de nuestros afectos, nuestro corazón  ya no representará un atractivo para los esfuerzos del enemigo. Así mismo, un corazón simple y lleno del Señor sabrá evitar las cosas que perturban la paz; las cosas que sí pueden turbar a la persona que está lejos de Cristo. Si alguien se encuentra atribulado y triste porque negligentemente se ha olvidado de su Señor, hallará, gracias a Dios, los recursos de su gracia para una completa restauración; pero, esta persona gozará de los frutos de dicha gracia luego de pasar por muchas tristezas y ejercicios de corazón. Aún así, debemos tener valor. Dios es muy compasivo y  sabe cómo protegernos.

Ahora bien, Dios ordena nuestro andar en Sus caminos según dos principios. Por un lado, Dios guarda nuestro corazón para que podamos discernir Sus propósitos; y por el otro, Cristo intercede por nosotros en cuanto a nuestras debilidades. Sucede que en el camino encontramos muchas dificultades y al mismo tiempo descubrimos que somos muy débiles. Además, tenemos una voluntad que rechaza ser controlada, ¡y que nos traiciona miles de veces en hechos y pensamientos! Nuestra debilidad y nuestra voluntad intentan impedir que lleguemos al final de nuestro viaje; pero es muy diferente la forma en la que actúa Dios en relación con nuestra debilidad, y cómo lo hace con respecto a nuestra voluntad y sus pensamientos: “La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hebreos 4:12).  Dios juzga nuestros pensamientos e intenciones según su Palabra. Ningún detalle pasará desapercibido ante Aquel que es fiel para con nosotros. Su Palabra en nuestro corazón es como un ojo ante el cual nada puede permanecer oculto: “Todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta” (Hebreos 4:13). ¿Has entendido bien alma ilusa que  das rienda suelta a tus deseos? No hay nada que pueda ocultarse; no puedes esconder tus pensamientos o intenciones ante los ojos de Aquel a quien tenemos que dar cuenta. Además, su Palabra habla a tu conciencia en forma simple y clara. ¿La escuchas? ¿No sabes que cuando Dios habla tenemos que dar cuenta? ¿Resistirás al que habla, y le provocarás a celos? Dios tiene pleno conocimiento de lo que hay en tu conciencia, por lo tanto jamás podrás ocultarle nada.

¿Darás coces contra el aguijón? (Hechos 9:5 y 26:14) ¿No sería mejor que consideres cuidadosamente el objetivo que Dios tiene  para tu vida? Él no quiere librarte a tu suerte; tampoco desea  que caigas en circunstancias  que, si no fuera por Su gracia,  harían de tu viaje por el desierto algo triste y humillante para tí. Él podría haberte dicho lo que le dijo a Israel, su amado pueblo: “Efraín es dado a ídolos; déjalo” (Oseas 4:17) ¡Terrible castigo! ¡Es más duro que cualquier disciplina corporal!  Nuestro Dios no desea privarnos de la luz de su rostro y de la dulzura de su comunión, porque  no se agrada en el castigo, sino que para él es una obra extraña, como lo dice en Isaías 28:21. Sin embargo, ante Sus ojos, el pecado siempre es pecado y Él no puede tolerarlo. ¿Cómo obra entonces Dios en nuestros pobres corazones? Él penetra en ellos por su Palabra para que nuestra conciencia pueda ver todas las cosas como las ve Él. Su mirada está sobre nosotros y vigila nuestros  corazones. La Palabra, la cual nos revela a Dios mismo,  ilumina nuestra conciencia para que podamos discernir todo lo que sucede en lo profundo de nuestros corazones. ¿Encuentro en mi corazón los afectos de un peregrino que ama a Dios? ¿Están mis pensamientos en concordancia con la voluntad de Dios? ¿Son mis pensamientos los adecuados para alguien a quien Cristo amó humillándose de tal manera, aun hasta la muerte por él? Detente, pobre alma, y pregúntate si tienes pensamientos que son agradables para Cristo,  el  Cristo que se dio a sí  mismo para salvarte. Él lleva tu salvación en el corazón; Él te ama; Él sabe qué cosas te hacen caer en el desierto y te llevan a la ruina. Él desea gobernarte mediante Sus principios de santidad, los cuales pertenecen a la naturaleza divina y deleitan al nuevo hombre. Él no puede negarse a sí mismo (2.ª Timoteo 2:13). El Señor no desea que  caigas en la terrible disciplina reservada para el alma que se desvía. Él no quiere que sufras la pérdida que tu locura traerá sobre ti, si le das rienda suelta a tu propia voluntad. Su anhelo es que  conserves el gozo de Su comunión, y que sus demostraciones de amor hacia ti no sean despreciadas ni se disipen en tu corazón. Él te habla a través de su Palabra y juzga los pensamientos e intenciones de tu corazón.  ¿Qué prefieres?, ¿recibir el juicio del Señor o pedirle que te libere de tu pesada carga? ¿O dirás como Israel: “A extraños he amado, y tras ellos he de ir” (Jeremías 2:25)?  Tienes un pensamiento que no procede de Cristo y te das cuenta de ello, pero ni siquiera le consultas al respecto y, en cambio, ¡te atreves a pedirle que bendiga tus intenciones y que te dirija!  Sabes que la Palabra juzga  que quieres conservar en tu corazón algo que te domina, pero aún así, aceptas ser el esclavo y no el amo de tus pensamientos. Si toleras los pensamientos que no provienen de Cristo, estás rechazando a Dios y a  su Palabra, por lo cual recibirás su castigo. Él es un Dios de gracia y tiene compasión de nuestras debilidades; además, muestra ternura y piedad en sus caminos; pero si estamos decididos a seguir nuestra propia voluntad, Él sabe como quebrantarla. Dios lo gobierna todo, y en especial a sus hijos. Dios no puede ser burlado: todo lo que el hombre sembrare, eso también segará (Gálatas 6:7).  Si Dios nos concediera el deseo de andar en nuestros propios caminos, sería el peor de los castigos.

El segundo punto hacia el que deseo dirigir tu atención, es justamente el gobierno que Dios ejerce sobre sus hijos. Él nos aconseja mediante Su palabra porque desea bendecirnos, pero si no queremos escuchar entonces intervendrá con su poder para detenernos  (véase Job 36: 5-14; 33:14-30).  No obstante, nuestra salvación no se ve afectada cuando Dios trata con nosotros. Él  vigila a sus hijos y, porque los ama, los castiga. Los hombres mencionados por el Espíritu Santo en el libro de Job son denominados “justos”.  Dios no aparta su mirada de ellos y les habla como lo hacía al pueblo de Israel a través del profeta Amós: “A vosotros solamente he conocido de todas las familias de la tierra; por tanto, os castigaré por todas vuestras maldades” (Amós 3:2).

En la epístola a los Corintios observamos que los cristianos tornaban la cena del Señor en una escena de disolución, por lo cual Dios les tuvo que infligir su castigo. Algunos enfermaban, y otros incluso dormían (es decir, morían); y el apóstol, llamando la atención en cuanto a estos eventos, añade: “Si, pues, nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados; mas siendo juzgados, somos castigados por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo” (1.ª Corintios 11:31,32). ¡Solemne pensamiento!

Estamos bajo la mano del Señor, quien castiga el pecado donde quiera que lo encuentre. Él es un fuego consumidor y, cuando llegue el momento, el juicio comenzará por Su casa. ¡Qué diferente es nuestra relación con Dios, y cómo gozamos de su amor y de su comunión cuando no contristamos su Espíritu, y cuando caminamos bajo su mirada y con la aprobación de su luz!  La mayoría de las enfermedades y de las pruebas que sufrimos los cristianos son, sin duda,  parte de la disciplina de Dios a causa del mal que está ante Su mirada. Estas cosas deberían despertar nuestras conciencias; sin embargo, no se tienen en cuenta. Dios se ve forzado entonces a producir en nosotros el efecto que tendría que haber logrado el hecho de juzgarnos a nosotros mismos. No obstante, sería erróneo pensar que todas las aflicciones son castigos. Aunque a veces lo son, no siempre vienen a causa del pecado. Hay cosas de nuestro carácter natural que deberíamos corregir para lograr vivir en comunión plena con Dios y glorificarle en todos los detalles de nuestra vida. Si no sabemos como proceder con dichas cosas, Dios obrará por nosotros. Pero cuando cometemos faltas, deberíamos ser concientes de ellas, a menos que nuestras almas no estén en la presencia de Dios.

Jacob tuvo que pelear contra sí mismo toda su vida, porque  Dios conocía sus caminos; más aún, Dios mismo tuvo que luchar contra él para poder bendecirlo, sin embargo, a causa de estas cosas, no le agradó a Dios revelarle su nombre a Jacob. La historia de Abraham fue totalmente diferente. También sabemos que a Pablo le fue dado un aguijón en la carne para evitar el mal;  aunque en su caso el peligro no provenía del descuido, sino de la abundancia de revelaciones que había recibido.

Cuando nuestro afecto por Dios es verdadero y reconocemos las relaciones en las que hemos sido colocados con Él, es absolutamente imposible que nuestras obligaciones hacia Dios y hacia Cristo no se quebranten si nos casamos con una persona del mundo. Si un hijo de Dios se une con un incrédulo, es evidente que ha dejado a Cristo fuera del asunto  y que actúa según su voluntad en uno de los eventos más importantes de su vida. Para tan importante decisión el cristiano debería tener la más íntima comunión de pensamientos, afectos e intereses con Cristo, pero a Cristo ¡se lo excluye totalmente! El creyente se une en el mismo yugo con un incrédulo y elige vivir sin Cristo. Deliberadamente prefiere dejar a Cristo de lado y hacer su propia voluntad, en vez de renunciar a ella y gozar de Cristo y de su aprobación. Le da su corazón a otro, abandonando a su Señor y rehusando escuchar Su voz. En la medida que sentimos más afecto y nos comprometemos más con lo que elegimos del mundo, más abiertamente habremos reemplazado a Cristo.¡Qué lamentable decisión la de vivir toda una vida en  compañía de un enemigo del Señor! La influencia de semejante unión, inevitablemente,  llevará al cristiano de regreso al mundo. Él ha elegido algo del mundo como el objeto más amado de su corazón,  y sólo las cosas del mundo les agradan a los que son del mundo, aunque el fruto de ellas sea la muerte (véase Romanos 6:21, 23).  “Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1.ª de Juan 2:17).  ¡Qué importante elección! Podemos ser fieles a Cristo y estar perfectamente unidos a Él con los más tiernos sentimientos, o podemos resistirle constantemente.  El hecho es que, a menos que la soberana gracia de Dios actúe, dicho cristiano (hombre o mujer), siempre cederá, y poquito a poco adoptará un caminar mundano. Nada es más natural, porque el hombre mundano sólo tiene deseos mundanos. El cristiano tiene la doctrina cristiana y también tiene la carne; entonces, para unirse con alguien que no conoce al Señor, necesariamente se verá obligado a abandonar sus principios cristianos para satisfacer los deseos de su carne. Lo que resultará de semejante alianza será muy triste:  no podrá tener pensamientos en común con quien más ama en el mundo — quien forma parte de sí mismo —, acerca de lo que debiera ser lo más precioso para su corazón, es decir, la persona de Cristo. En cambio, lo que tendrá serán discusiones, porque está escrito: “¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de acuerdo?” (Amós 3:3). Para estar de acuerdo, tendríamos que ceder frente a la mundanalidad y recrearnos en ello. Este triste final no puede divisarse al principio, cuando se toma la decisión que hace que  todo esto  se convierta en algo inevitable. El cristiano es cautivado paso a paso; él ya no está en comunión con su Salvador, por lo tanto encontrará placer junto a una persona inconversa que estará de acuerdo con él en todo porque ya no piensa en Jesús. Cuando esté solo no pensará en orar; y cuando esté con la persona que ama, aunque su conciencia o sus amigos cristianos le adviertan del mal, ya no tendrá fuerzas; Cristo ya no tendrá suficiente poder sobre su corazón para hacerle volver de su camino y hacer que renuncie a un sentimiento que él sabe que el Señor no aprueba. Pero él se someterá con ciertas excusas, como por ejemplo, sentimientos de honor (¡justo en estas circunstancias!) o motivos más detestables como los relativos al dinero. En cuanto dependa de él, sacrificará también, su conciencia, su Salvador, su propia alma y, por sobre todo, la gloria de Dios. Lo que al principio parecía nada más que una fantasía, se ha transformado en una voluntad ingobernable.

La historia de esta joven me lleva a considerar algo más. Lo primero que debemos hacer los creyentes, aún cuando seamos sinceros, es juzgar al «yo» y  la carne, lo cual pondrá a descubierto nuestra debilidad y nos conducirá a echar nuestra carga a los pies de Jesús. Entonces, sólo buscaremos fuerzas en Él, y confiaremos sólo en Él. Si comprendemos la doctrina y aceptamos  con el corazón el hecho de que únicamente el Señor es nuestra justicia, esto dará al alma —que ya no se sentirá autosuficiente—, la confianza de tener una paz sólida y duradera. Pero sólo lograremos esto en la presencia de Dios y comprendiendo que, aunque  pecamos, Cristo es nuestra perfecta justicia y Dios el perfecto amor. A partir de entonces desconfiaremos de nosotros mismos; combatiremos contra nosotros mismos, y la carne y el enemigo ya no tendrán el mismo poder de engañarnos.

Pienso que la joven a la cual nos referimos en estas páginas no se despojó del «yo». Hay muchos cristianos en esta condición, y aunque todos estamos expuestos a los mismos peligros, ellos deberían tener temor de las trampas del enemigo, porque  no han aprendido aún de qué forma nos puede engañar la carne y tampoco se dan cuenta ante qué clase terrible de traidor se enfrentan. Al entender estas cosas, aun cuando hubiera falta de vigilancia, el alma tendrá más calma, se manifestará menos el «yo», y Cristo tendrá un lugar más amplio en nuestro corazón. Debemos observar cuán engañoso es el corazón, y cómo se descontrola cuando se aparta de Dios. Aquella pobre joven (conducida más y más hacia el abismo, y en cuyo borde ella se sentía frívola, según su propia expresión) le pidió a una amiga de su madre que la ayudara todo lo posible para lograr su objetivo; pero, aún esa mujer poco piadosa, se asombró de que ella estuviera dispuesta a unirse con un hombre del mundo.

¡Cuán vil y engañoso es nuestro corazón! ¡Nos hace esclavos e idólatras! Porque aunque pudiéramos escapar del peligro, haremos todo lo posible por conseguir lo que deseamos, aun mientras estamos huyendo de ello. ¡Qué terrible es alejarse de Dios! Si no se hubiera enredado en sus sentimientos, esta joven habría escapado con horror ante la idea de casarse con un incrédulo.  El creyente que abandona a Dios se someterá con temor al hombre antes que a Dios mismo. Dios, quien amaba a esta joven, y quien fue verdaderamente amado por ella, necesitó quitarla de este mundo, donde ella no tenía el coraje para volver al camino correcto. Dios la tomó para sí.  Por pura gracia ella salió triunfante y murió en paz.

Cuando el cristiano goza de paz en sus últimos momentos, debería apreciar que esto proviene de Dios, y de la obra de Sus manos. ¡Qué solemne lección para los que se apartan de Dios y de su santa Palabra para satisfacer un deseo que fácilmente pudo haberse rechazado en un primer momento, pero que luego de ser albergado en el corazón, viene a ser tiránico y fatal! Que Dios le conceda al lector de estas líneas, y a todos sus hijos, el deseo de buscar Su presencia día tras día.

J. N. Darby

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