Tres Mujeres

Libro de Rut capítulo 1

por Hamilton Smith


Tres Mujeres

Los sucesos descritos en el primer capítulo del libro de Ruth, aun cuando tuvieron lugar en un pasado lejano y en circunstancias muy distintas de las actuales, abundan en instrucciones y advertencias, a la par que dan ánimo a los creyentes de todas las épocas.

Estos acontecimientos están relacionados con la vida de tres mujeres. En primer lugar, la historia de Noemí nos brinda el ejemplo de un creyente que se aparta del camino y nos muestra la gracia del Señor que lo ha restaurado. La actitud de Orfa, la segunda mujer, nos hace reflexionar seriamente porque ella comienza profesando piedad, pero termina regresando al mundo. Por último, la historia de Rut nos anima porque es el ejemplo de un creyente que no sólo tiene una buena profesión, sino que además, usando un lenguaje cristiano, lleva en sí mismo todas las marcas que acompañan a la salvación.

Para comprender plenamente la enseñanza que se nos brinda por medio de la vida de estas tres mujeres, necesitamos considerar cómo se vivía en aquellos días. El primer versículo del capítulo uno nos enseña que estos sucesos tuvieron lugar en “los días que gobernaban los jueces”. La gravedad de lo que se vivía en aquellos días se halla expresada sintéticamente en el último versículo del libro de los Jueces: “En estos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que bien le parecía”.                                  

Cuando Moisés instruyó al pueblo en cuanto a la conducta que debían tener luego de tomar posesión de la tierra, les dijo enfáticamente: “No haréis como todo lo que hacemos nosotros aquí ahora, cada uno lo que bien le parece” (Deuteronomio 12:8). Trescientos años después de esta advertencia vemos al pueblo morando en la tierra prometida, pero, según los últimos capítulos de Jueces, en un estado moral deplorable, marcado por la corrupción y la violencia. Esta baja condición moral se debe a dos causas: primero, desecharon a Dios como su Rey; y segundo, hacían lo que bien les parecía. Este pueblo se caracterizaba por rechazar la autoridad de Dios y perseverar en la independencia humana.

Es obvio que toda la miseria y la confusión que reinan en el mundo actual se deben a las mismas causas. El desprecio de la autoridad de Dios y la afirmación de la voluntad del hombre están causando estragos en lo político, en lo social y en la vida familiar. Gobernantes, docentes y padres ya no tienen temor de Dios; por otro lado, súbditos, empleados y niños viven con una marcada independencia.

El mundo, sin embargo, no debería ser nuestra principal preocupación. Lo que sí debería provocar en nosotros un profundo ejercicio de corazón es el hecho de que los mismos principios que están llevando al mundo a la ruina, ya han provocado la ruina del testimonio de la Iglesia. Más aún, al considerar lo que sucede en un círculo más familiar, integrado por aquellos que han buscado caminar separados de la corrupción de la cristiandad, vemos          que el mismo mal los ha dispersado y ha causado divisiones entre ellos. No hemos sido fieles a Cristo como la cabeza de su cuerpo —fallamos en asirnos de la Cabeza (Colosenses 2:19)—; en consecuencia, terminamos haciendo lo que bien nos parece. Desde el momento en que dejamos de asirnos de la Cabeza —Cristo en lo alto, cabeza de su cuerpo, la Iglesia, quien suple nuestras necesidades de gracia, sabiduría y poder —, se puede decir, usando el lenguaje de la época de los Jueces, que “no tenemos Rey”. Esto, lamentablemente, nos conducirá a utilizar nuestros propios recursos y hacer lo que nos parece recto según nuestro punto de vista. Quizá seamos muy sinceros, muy religiosos y estemos muy activos realizando buenas obras, pero si actuamos según nuestro propio parecer, evidentemente esto marca una clara independencia de nuestra Cabeza que está en lo alto.

La primera consecuencia directa sufrida por rechazar la autoridad del Señor y conducirse con independencia fue la hambruna que comenzó a padecer el pueblo de Dios. “Hubo hambre en la tierra” (v. 1). La misma tierra de la que tendría que haber fluido, según las promesas de Dios, leche y miel, vino a ser una tierra de hambre. ¡Deberíamos admitir que hoy en día, por las mismas razones, otra vez hay hambre en medio del pueblo de Dios! Nuestro fracaso consiste en  no darle a Cristo el lugar que se merece como cabeza de su cuerpo y en no reconocer que Él es la fuente de todas las bendiciones espirituales, “de quien todo el cuerpo, (...) recibe su crecimiento para ir edificándose en amor” (Efesios 4:16).

Como siempre, una época de hambre es una época de prueba. Poco nos cuesta identificarnos con el pueblo de Dios cuando todo es prosperidad, pero cuando surgen dificultades y hay que enfrentar conflictos, entonces se manifiesta nuestra debilidad y la realidad de nuestra fe es puesta a prueba.

Bajo la presión de dicha prueba algunos se apartan del camino de Dios, como lo hizo Noemí; otros muestran que son simples profesantes, como fue el caso de Orfa; mientras que para otros la misma prueba es una ocasión propicia para demostrar su fidelidad al Señor, como observamos en el bendito ejemplo de Rut.

NOEMÍ

Como ya lo señalamos, en los días de Noemí era tal la decadencia del pueblo de Dios que hubo hambre en la tierra. Elimelec, su esposo, al no tener la fe que hace contemplar a Dios en medio de la prueba, abandona la tierra de Jehová para buscar alivio en la tierra de Moab, llevando consigo a su mujer y a sus dos hijos. En las Escrituras hallamos diferentes territorios que rodean a la tierra de Jehová y que son tipos de los variados aspectos del mundo. Egipto nos habla de un mundo grosero, en el cual el hombre busca satisfacer sus codicias. Babilonia, en cambio, es el mundo en el cual el hombre busca su propia exaltación por medio de una religión corrupta. Acerca de Moab, el profeta Jeremías nos dice lo siguiente: “Quieto estuvo Moab desde su juventud, y sobre su sedimento ha estado reposado, y no fue vaciado de vasija en vasija, ni nunca estuvo en cautiverio” (Jeremías 48:11). Por lo tanto, Moab representa al mundo que nos ofrece un aparente reposo, donde podemos escapar de todos los conflictos que debemos enfrentar al pelear la buena batalla de la fe.

Hoy en día hay muchos que han escapado del mundo grosero de Egipto y del corrupto mundo religioso de Babilonia, pero cuando se enfrentan con el hambre y el conflicto que hay en medio del pueblo de Dios, encuentran en el mundo tipificado por Moab una peligrosa tentación. Desde los días de Elimelec, muchos creyentes acosados y cansados a causa de las pruebas y conflictos, han abandonado el terreno que Dios le ha dado a su pueblo para buscar una vida más fácil en algún círculo de personas más despreocupadas, en el cual la mayoría deshecha los dictados de la conciencia en medio de las pruebas, y donde se permite el libre ejercicio de la propia voluntad.

Está escrito que, lamentablemente, Elimelec, su esposa Noemí y sus dos hijos “llegaron a los campos de Moab”; pero lo que leemos a continuación es más grave todavía: “Se quedaron allí” (v. 2). En ese lugar donde los hijos de Dios  buscan quietud y reposo, sólo encuentran tristezas y mucha pérdida. Moab, con sus preciosos valles y sus verdes colinas parece muy atractiva, pero Elimelec aprendería que “Hay camino que parece derecho al hombre, pero su fin es camino de muerte” (Proverbios 16:25). Es exactamente lo que le pasó a Elimelec, él quiso escapar de la tierra de Jehová para no morir de hambre y se arrojó a los brazos de la muerte en Moab. Dar un paso en falso para evitar una prueba nos puede hacer caer en la misma prueba que quisimos evitar.

Luego del fallecimiento de Elimelec, sus dos hijos se casaron con mujeres de la tierra de Moab. Al cabo de diez años, la muerte puso su mano también sobre estos dos hombres. Finalmente, privada de su esposo y de sus hijos, Noemí se convierte en una mujer solitaria en una tierra extraña. Ella había abandonado la tierra de Dios para escapar del hambre, pero ahora se encuentra en la tierra de Moab llena de amargura y tristeza.

En este punto de la historia de Noemí, hallamos una solemne enseñanza acerca de no ignorar las instrucciones que el Señor provee en su gracia para la restauración. Noemí había abandonado la tierra de Jehová y tuvo que enfrentarse con el castigo del Señor. No obstante, si el Señor nos castiga es para bendecirnos y llevarnos de vuelta a su tierra para que estemos cerca de Él y de los suyos. En este crítico momento de su vida  Noemí “se levantó con sus nueras, y regresó de los campos de Moab” (v. 6). ¿Pero qué fue lo que en realidad la impulsó a retornar? Ciertamente, no fue por la tristeza que estaba sufriendo en la tierra de Moab, sino por las buenas noticias que provenían de la tierra de Jehová y que ella escuchó. No fueron las necesidades y la miseria del lejano país donde se hallaba las que impulsaron al hijo pródigo a dejar esa tierra de pecado y regresar a su hogar, sino la comprensión de que en la casa de su Padre había abundancia para él. Sus palabras confirman esto: “¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Me levantaré e iré a mi padre” (Lucas 15:17-18). De la misma manera, cuando Noemí “Oyó en el campo de Moab que Jehová había visitado a su pueblo para darles pan. Salió pues, del lugar donde había estado, y con ella sus dos nueras, y comenzaron a caminar para volverse a la tierra de Judá” (vs. 6 y 7). El pecado puede endurecer nuestros corazones y llevarnos lejos del Señor, pero sus pensamientos llenos de gracia para con nosotros nos quebranta y nos conduce de regreso hacia Él. El amor de Jesús eleva nuestros pobres corazones por encima del mundo que nos agobia.

Además, en la historia de Noemí se nos presenta una bendita consecuencia de la restauración que el Señor obró en ella. Se trata de la buena recepción que tuvo de parte de su pueblo. Leemos en el versículo 19: “Anduvieron, pues, ellas dos hasta que llegaron a Belén; y aconteció que habiendo entrado en Belén, toda la ciudad se conmovió por causa de ellas”. Deberíamos preguntarnos: ¿por qué hoy en día hay tan pocas almas restauradas? ¿Será que muchas veces el pueblo de Dios no se compadece de los que están descarriados? Que el Señor nos ayude a sentir, al menos un poco, la compasión que lo impulsa a Él a buscar su oveja descarriada hasta encontrarla.

Lo primero que dice Noemí es: “En grande amargura me ha puesto el Todopoderoso” (v. 20). Al considerar estas palabras vemos el sello de un alma restaurada, a la vez que aprendemos que el apartarse del Señor inevitablemente acarrea tristeza. Aunque por diez largos años ella no quiso tener ningún trato con el Señor, él nunca dejó de tratar con ella. “Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo. Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos” (Hebreos 12:6-7).

En segundo lugar, Noemí afirma que el Señor no sólo trató con ella, sino que también la puso “en grande amargura”. Cuando el Señor trata con nosotros a causa de nuestros desvíos, hallaremos que “ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados” (Hebreos 12:11). 

En tercer lugar, Noemí dice: “Yo me fui” (v.21). Un alma verdaderamente restaurada asume toda la culpa de haber abandonado la tierra de Jehová. De hecho, leemos en las Escrituras que en realidad fue Elimelec quien tomó la iniciativa de irse, pero ella no busca justificarse culpando a su marido. Tampoco se excusa de que no lo pudo ayudar a su esposo a volver del camino equivocado debido a que era una época de gran tribulación y que la presión que soportaba era muy grande. Deberíamos reconocer, como lo hizo Noemí, que la causa de nuestros desvíos no se halla en el fracaso de los demás ni en la presión de las circunstancias, sino en nosotros mismos.

En cuarto lugar, Noemí reconoce que fue el Señor quien la trajo de regreso. Ella reconoce que tomó la decisión de irse, y también reconoce que fue el Señor quien la trajo de vuelta. Cuando nos descarriamos, ninguno de nosotros podría volver al camino del Señor si no fuera porque Él mismo nos trae de regreso. David podía decir: “Él restaura mi alma” (Salmo 23:3 versión inglesa de J.N.D).

En quinto lugar, Noemí no sólo dice que el Señor la trajo de vuelta, sino que “la trajo de nuevo al hogar” (v. 21, versión inglesa de J.N.D) Cuando el Señor nos restaura no nos trae a una casa de rehabilitación, sino que nos conduce directamente al amor y a la calidez de Su hogar. Cuando el Pastor encuentra a la oveja perdida, “la pone sobre sus hombros gozoso; y al llegar a casa, reúne a sus amigos y vecinos, diciéndoles: Gozaos conmigo, porque he encontrado mi oveja que se había perdido” (Lucas 15:5,6). ¡Bendito sea el nombre del Señor! ¡Nada menos que Su hogar, es también el hogar de Su oveja!

En sexto lugar, encontramos que es necesario que Noemí confiese algo más. El Señor la había traído de regreso al hogar, pero ella tiene que reconocer que la había traído de nuevo al hogar “con las manos vacías” (v. 21). Noemí pudo decir, “Yo me fui llena”, pero fue regresada por el Señor a su hogar “con las manos vacías”. Todos los días de nuestra vida en los que permanezcamos apartados del Señor, serán días en los que no tendremos ningún crecimiento espiritual; pero también serán días en los cuales podremos ser despojados de todo aquello que impide dicho crecimiento.

En séptimo lugar, hallamos otra verdad que brilla en la historia de Noemí y que consuela grandemente a toda alma que ha sido restaurada. Leemos que el tiempo de su regreso fue “al comienzo de la siega de la cebada” (v. 22). Cuando el Señor nos restaura y nos trae de nuevo al hogar nuestras manos se encuentran vacías, pero Él se encarga de que nuevamente tengamos abundancia.

En resúmen, la historia de Noemí nos muestra las aflicciones del creyente que se aparta del camino, la gracia del Señor que lo restaura, y la recepción del creyente restaurado en medio del pueblo de Dios.

ORFA

La breve alusión acerca de Orfa nos muestra el triste caso de un profesante que no tiene ningún vínculo vital con Dios y con su pueblo. Es sorprendente observar cómo la naturaleza humana puede llegar a manifestar una buena profesión. En relación con esto, el apóstol Pablo nos advierte que en los postreros días habrá hombres que “tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella” (2.ª Timoteo 3:5).

La apariencia de piedad que observamos en Orfa nos impresiona. Primero, ella se identifica con Noemí, una verdadera creyente. Leemos en el versículo 7 que Noemí “Salió, pues, del lugar donde había estado, y con ella sus dos nueras, y comenzaron a caminar...” Parecería que Orfa ha dejado atrás su vida anterior y comienza a caminar hacia la tierra de Dios. Entonces, comienza la prueba: se le presenta a Orfa la oportunidad de regresar a su casa. Noemí les dice a sus nueras: “Andad, volveos cada una a la casa de su madre”. Esta propuesta que realiza Noemí pone de manifiesto el afecto natural que Orfa sentía por ella, porque leemos que “(Orfa y Rut) alzaron su voz y lloraron” (v.9). Ciertamente, todo esto nos hace pensar que Orfa está a punto de pasar victoriosa por la prueba. Parecería que definitivamente va a tomar la decisión de ponerse del lado de Noemí y del pueblo de Dios, porque se une con Rut para decir: “Ciertamente nosotras iremos contigo a tu pueblo” (v. 10). Más aún, Orfa muestra afecto natural: “Y Orfa besó a su suegra” (v. 14).

Sin embargo, a pesar de su identificación con Noemí, sus lágrimas, sus palabras amables y sus besos, finalmente ella retorna a su pueblo, a sus dioses y a su tierra, y no leemos más acerca de Orfa. Ella era una buena profesante y hasta tenía apariencia de piedad, pero le faltaba lo más importante: una fe simple en Dios.

RUT

En contraste con la historia de Orfa, tenemos la conmovedora historia de Rut. Al igual que Orfa, ella deja la tierra de Moab, se identifica con Noemí, derrama sus lágrimas y toma una decisión terminante. Pero, como ya lo aclaramos, la diferencia se nota en el hecho de que Rut exhibe todas las marcas que acompañan la salvación. Recordemos un importante pasaje de la Epístola a los Hebreos, donde el apóstol nos advierte que si los que fueron iluminados y gustaron del don celestial, e incluso participaron de los privilegios que pertenecen al círculo cristiano donde el Espíritu Santo habita, luego caen en la apostasía, esto prueba que no había ninguna unión vital con Cristo. Pero, al referirse a quienes está dirigida la epístola, el apóstol escribe: “Pero en cuanto a vosotros, oh amados, estamos persuadidos de cosas mejores, y que pertenecen a la salvación”, y menciona tres cosas: amor, esperanza y fe (Hebreos 6: 9-12). ¡Qué bendición disfrutamos al contemplar a Rut caracterizada por estas cosas!

Primero, por medio de una fe simple y preciosa ella rechaza la idea de volver a su tierra natal y se dirige a la tierra de Jehová. Acepta que deberá transitar por la senda de un peregrino: “A dondequiera que tú fueres, iré yo”. Toma el lugar de un extranjero que no tiene un hogar fijo: “Dondequiera que vivieres, viviré”. También se identifica plenamente con el pueblo de Dios: “Tu pueblo será mi pueblo”, y expresa su confianza en Dios: “Tu Dios (será) mi Dios”. Orfa había besado a Noemí, sin embargo fue Rut la que “se quedó con ella”, demostrando que la amaba con devoción. Ella puede decir: “Donde tú murieres, moriré yo, y allí seré sepultada”. Además, cuando leemos que “estaba tan resuelta a ir”, comprendemos que tiene una esperanza que la motiva. Sin duda, la luz del porvenir la hace renunciar al mundo actual.

Para el hombre natural, todo lo que hace Rut es una locura. ¿Abandonar su casa, sus parientes y su país para unirse a una anciana atribulada y viajar con ella a una tierra que nunca ha visto, y donde no conoce a nadie? La razón afirmará que esto es una total insensatez. Hoy en día experimentamos que el hecho de identificarnos con lo pobre, lo insensato y lo débil del mundo, abandonando todo sistema religioso para sufrir el vituperio de Cristo fuera del campamento, también es visto como una locura. Sin embargo, “aún no se ha manifestado lo que hemos de ser”. Solamente por medio de la fe podemos percibir el glorioso final de nuestro peregrinaje.

El camino que Rut comienza a transitar en compañía de una anciana triste y desolada sólo es el principio de la historia pues, al final, ella será la esposa del poderoso Booz y, un hecho más precioso aún, su nombre brillará por siempre en la genealogía de nuestro Señor. Luego de conocer toda la historia de Rut, ¿se animará alguien a decir que ella se equivocó al seguir a la anciana Noemí? Orfa eligió el mundo y sus placeres, y pasó al olvido. Rut, en cambio, rechazó el mundo y pasó a tener honor y gloria.

Tengamos en cuenta que el camino de sufrimiento, vituperio y vergüenza que, en diferentes medidas, soportan los que siguen a un Cristo rechazado, también parece una locura ante la mirada del mundo actual. Sin embargo, la fe reconoce que este camino conduce al gran día de las bodas del Cordero. Esto me recuerda lo que decía un respetado creyente: “Hay una larga cadena que está formada por caminos, consejos, decretos, demandas, eventos, juicios y misericordias de Dios; en ella encontramos entremezclados también blanco y negro, bueno y malo, lo torcido y lo recto; los eslabones de esta cadena son de oro, bronce, acero, y arcilla. Esta cadena viene desde el comienzo de las dispensaciones, pasando por el tiempo de los patriarcas, la generación de los profetas, el tiempo de los apóstoles, la persecución de los emperadores, el martirio de los testigos de Jesús asesinados por “la mujer ebria de la sangre de los santos”, y termina en el glorioso día de las bodas del Cordero”.

Hamilton Smith

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