Estudio sobre el libro de Hageo

Su aplicación al tiempo actual

Henri Rossier

 

Estudio Sobre El Libro De Hageo

 

Traducido del francs

Mas desde este da os bendecir Hageo 2:19

Introduccin: Cuadro histrico

Las circunstancias que hicieron necesaria la profeca de Hageo, nos trasladan a los ltimos aconte­cimientos del Antiguo Testamento. Cuando la ruina moral de Israel lleg al ltimo trmino, Dios declar a este pueblo: "Lo-ammi" (No es mi pueblo; Oseas 1: 9). Mucho tiempo despus, las diez tribus fueron llevadas a la cautividad, y ms tarde tambin Jud y Ben­jamn. El enemigo derrib y destruy Jerusaln y el Templo, ya privado de la gloria de Dios. Desde entonces, a los ojos de los hombres, ya no hubo casa de Dios sobre la tierra.

Cuando los setenta aos de cautividad, anunciados por los profetas (Jeremas 25: 11-12; Dan. 9: 2), llegaron a su fin, Ciro fue suscitado para la restaura­cin del pueblo. A la llamada del Rey, en el ao 536 A.C., un remanente de Jud y Benjamn, en total 49.697 hombres, subieron a Jerusaln, bajo el mando de Zorobabel y de Josu, (llamado Jesa en Esdras y Nehemas) para reconstruir la casa de Dios (Esdras 1: 2-3).

En el sptimo mes, reedificaron el altar sobre su emplazamiento (Esdras 3: 2-3) ofreciendo sacrifi­cios, y restableciendo as el gran testimonio pblico de sus relaciones con Dios.

"En el segundo ao de su llegada a la casa de Dios en Jerusaln", ponen los fundamentos del templo con gozo mezclado de tristeza (Esdras 3: 10-13). Los enemigos de Jud se ofrecen para participar en la obra del pueblo de Dios; los jefes no aceptan, pero el resto del pueblo coge miedo y la obra es abandonada.

La interrupcin dura diecisis aos, motivada durante seis solamente por el miedo, y durante otros diez por la orden absoluta de no trabajar, dada por mandato de Asuero. Esta prohibicin debe ser conside­rada como el castigo de Dios sobre el remanente a causa de su falta de fe.

En el segundo ao de Daro, fueron suscitados los profetas Hageo y Zacaras; su exhortacin produce efecto. Desde entonces todo cambia; el pueblo no se inquieta ni por reyes, ni por hombres, ni por su oposi­cin; el trabajo se inicia y este gran edificio se termina al cabo de cuatro aos.

Durante todo este tiempo, prosperan, pero no por la orden de Daro sino por "la profeca de Hageo... y de Zacaras" (Esdras 6: 14), y terminan su obra "por orden del Dios de Israel" del cual emanan las decisiones de los soberanos que les gobier­nan.

En el ao 515 A.C. (Esdras 6: 15), terminada la casa, el pueblo celebra alegremente la Pascua y la fiesta de los panes sin levadura (Esdras 6: 19-22).

Aqu es cuando termina la primera parte del libro de Esdras la cual tiene relacin con nuestra profeca. Esta comprende tres grandes hechos:

1 la construccin del altar;

2 la colocacin de los fundamentos, des­pus de un parntesis de diecisis aos seguidos por el despertar del pueblo;

3 la edificacin y terminacin de la casa.

Cuadro proftico

Esta historia de Israel tiene para nosotros tambin mucha importancia. "Y estas cosas les aconte­cieron como ejemplo, y estn escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos". (1 Cor. 10: 11). Todos los acontecimientos materiales de Israel tienen para nosotros, cristianos, una contrapartida espiritual.

No es evidente en el caso de la Iglesia? Ella es, como Israel, una institucin divina; est estable­cida en la tierra bajo su responsabilidad; como l, ella ha fallado y ha cado en la ruina ms completa, al haber introducido el hombre elementos corrompidos y corruptores. Dnde se encuentra Israel hoy en da? Dnde encontrar ahora la Iglesia de Dios? Sin duda, a los ojos de Dios, contina existiendo en su unidad, y la fe as la ve. Sin duda, Aqul que es el Arquitecto, como tambin es el Esposo, se la presen­tar gloriosa al fin; pero dejada a su responsabili­dad, no es a los ojos del mundo, otra cosa que un miserable montn de ruinas. (En este artculo, habla­mos slo de la Iglesia como casa de Dios, cuya edificacin est confiada a la responsabilidad del hombre).

Habindose consumado la ruina, Dios llama en nuestros das, como en los das de Esdras, a un dbil remanente para que reconstruya su casa. Para un judo, la casa de Dios era el templo material en donde a El le placa hacer habitar su nombre; para un cristiano, es un templo espiritual compuesto de piedras vivas, destinado a ser una "morada de Dios en el Espritu" (Efesios 2: 22).

Observemos que para el remanente de Israel, no se trata en absoluto de que ste reconstruya una segunda casa, o para el remanente cristiano de reedi­ficar una nueva Iglesia. Muchos se han equivocado y han intentado, en la ignorancia de los pensamientos de Dios y con la suficiencia de la carne, de recons­truir una nueva casa. Se les oye hablar de "su Iglesia", como si ellos hubiesen reedificado alguna cosa segn Dios. Su trabajo no es ms que una nueva ruina aadida a las antiguas. El Espritu Santo nos pone cuidadosamente en guardia contra tal locura. A los ojos de Dios, la Iglesia, al igual que el templo de Israel, es una, permanece una, y nunca habr otra. De aqu, que en cuanto al templo encontremos expre­siones tales como stas: Ellos "comenzaron a reedificar la casa de Dios que estaba en Jerusaln" (Esdras 5: 2). Aunque destruida, permaneca all siempre. "Y reedificamos la casa que ya muchos aos antes haba sido edificada" (Esdras 5: 11). La nueva casa es la misma que la antigua. El rey de Babilonia "destruy esta casa... el rey Ciro dio orden para que esta casa de Dios fuese reedificada" (Esdras 5: 12-13). La casa reedificada es la misma que la casa destruida, y an Hageo dice, hablando de un tiempo futuro: "Y llenar de gloria esta casa", y "La gloria postrera de esta casa ser mayor que la primera" (Hageo 2: 7-9). El profeta no dice: La gloria de esta casa ltima, pues si la gloria es diferente, la casa es siempre la misma, ante las miradas de Dios y de la fe. De hecho, hubo en el pasado muchos templos: El templo de Salomn, el de Zorobabel, el de Herodes; habr en el futuro el del Anticristo, y uno final, el templo milenario de Ezequiel. Pero para Dios no cuentan cinco, sino uno solo. Para nosotros, reconstruir la casa de Dios, no es pues construir una nueva casa, sino reconstruir la antigua en un tiempo de ruina, tal como El la haba establecido en un principio. Tanto hoy como antiguamente, es el trabajo de todos aquellos que Dios ha despertado, para restaurar la verdad de la Iglesia en medio de la corrupcin actual. Ellos han de dar un testimonio prctico de lo que debe ser. Tal restauracin no se puede conseguir si no va acompa­ada de un sentimiento profundo de tristeza y de humillacin. Para los dos o tres de Israel que recons­truyesen la casa, el gozo de ver los fundamentos nuevamente establecidos, estaba mezclado con lloros amargos, cuando comparaban la pobreza actual de este trabajo con la riqueza y la plenitud de la primera institucin (Esdras 3: 11-13).

Los que ignoran lo que es la Iglesia, se imaginan que esta obra de restauracin tuvo lugar cuando la Reforma y que, lo que se llama la Iglesia protestante, ha sido la manifestacin. No hay nada ms falso que esta opinin. Lo que caracteriza a la Reforma, es la Palabra de Dios, rompiendo los lazos mediante los cuales Satans haba buscado encadenar-la. Esta Palabra sac a la luz las grandes verdades de la salvacin individual, mientras que, estable­ciendo multitud de Iglesias, la Reforma ignoraba, ms bien negaba, la verdad de la Iglesia del Dios vivo.

El primer testimonio del remanente de Israel fue, como lo hemos visto en el libro de Esdras, la reunin alrededor del altar reedificado. En nuestros das ha sido lo mismo. Es la mesa del Seor la que ha reunido algunos testigos que Dios ha suscitado para "reconstruir" su casa. Reunir a los cristianos alrededor de la Cena, no es nada en apariencia, pero en realidad lo es todo. Alrededor de la mesa del Seor, sus redimidos proclaman que poseen una rela­cin viva con Dios, basada en la redencin. Esta mesa rene a todos los que tienen parte en la salvacin, y su carcter excluye al mundo de una forma absoluta y los separa, para constituirlos en una unidad de la cual la mesa del Seor es el signo (1 Cor. 10: 16-17).

La restauracin del altar no est por hacer, pues ha tenido lugar en el siglo pasado, cuando unos creyentes despertados en su conciencia y sus afectos para el Seor, han escudriado las Escrituras, para volver a encontrar muchas verdades concernientes al lugar, la forma, la manera de congregarse y esto slo en el nombre del Seor (Mateo 18: 20). La mesa del Seor est levantada; nadie tiene la misin de levantar otra. En sta un pequeo remanente de creyentes proclama la unidad del cuerpo de Cristo. Qu importa su nmero, si el altar est reedificado! La mesa del Seor no se encuentra, en absoluto, como muchos lo pretenden, en todas las sectas de la cristiandad, las cuales conservan sin duda el memorial de la muerte de Cristo, pero ignoran completamente que el carcter de este mismo memorial es el de separar a los hijos de Dios del mundo, y de ser una seal visible de la unidad del cuerpo de Cristo. Frente al Enemigo, la seguridad del pobre remanente de la cautividad era que: "Colocaron el altar sobre su base, porque tenan miedo de los pueblos de las tierras" (Esdras 3: 3). La unin de los hijos de Dios, alrededor del signo visible de la unidad de la Iglesia, no puede convenirle a Satans, pues su poder sobre ellos se reduce a la nada, mientras mantengan esta unidad; por esta razn el Enemigo quiere destruirla dispersando al rebao (y esto lo ha logrado en muchas ocasiones).

Los resultados de la reunin de los creyentes alrededor de la mesa del Seor no se hacen esperar. Nuevas luces deben acompaar necesariamente la obediencia a la Palabra de Dios, y las almas vuelven a la enseanza apostlica y a Cristo, nico fundamento sobre el cual la Asamblea puede ser construida.

Habiendo sido reconocido Cristo como el nico centro de nuestra reunin, se trata entonces de aadir piedras vivas al edificio, y las dificultades no tardan en surgir. Lo que le ocurre al pobre remanente es la prueba. "Edificaremos con vosotros", dicen los enemi­gos de Jud y Benjamn. Si estos ltimos hubieran consentido, habran sido la negacin misma de esta unidad del pueblo de Dios que acababa de ser puesta nuevamente a la luz, por medio del altar y de los fundamentos del templo. Dios no permite que se lleve a cabo este plan. La bendicin que los fieles han encontrado en su unidad como pueblo de Dios, les hace rechazar con indignacin toda accin comn con el mundo: "No nos conviene edificar con vosotros casa a nuestro Dios, sino que nosotros solos la edificaremos a Jehov Dios de Israel" (Esdras 4: 3).

El ardid del enemigo fracasa, pero ste no abandona la partida; acta haciendo coger miedo y levanta la oposicin, y despus las persecuciones con­tra los fieles. Toda clase de razones ayudan, sus manos se vuelven descuidadas. Israel acaba por desin­teresarse de la construccin y abandona la obra comenzada. Cuntas deserciones hemos visto producirse tambin entre nosotros en nuestros das!

Es en ese momento que Hageo interviene para mostrar al remanente las causas que, despus de los principios de fuerza y gozo, haban puesto trabas a la obra que Dios les haba confiado. Ojal encon­tremos en esta profeca de Hageo las exhortaciones y el nimo que tanto necesitamos hoy en da!

Primera revelacin Captulo 1

He aqu el razonamiento del pueblo en el momen­to en que Hageo fue enviado: "No ha llegado an el tiempo, el tiempo de que la casa de Jehov sea reedificada" (v. 2). Qu beneficio nos puede aportar este trabajo? Cun a menudo encontramos estas pala­bras entre los cristianos, incluso entre los que, tras haberse puesto manos a la obra, estiman sus esfuerzos superfluos! Esto tiene un nombre: Desnimo, cuya cau­sa es el miedo y nuestra incapacidad de resistir a los obstculos que el poder del Enemigo nos pone. Pregun­tmonos si este desnimo no es un ultraje al poder y a la fidelidad de nuestro Dios.

Pero el profeta va a mostrarnos que el desnimo mismo no era en el fondo ms que un pretexto. Detrs de l, se esconda un principio que el remanente apenas sospechaba, o del cual desconoca la gravedad: El egosmo y la mundanalidad. "Es para vosotros tiempo, para vosotros, de habitar en vuestras casas artesonadas, y esta casa est desierta?" (v. 4). El pueblo de Dios apreciaba ms sus propios asuntos que los de la casa de Dios. Se entregaba a la comodidad, se dejaba invadir por el lujo, artesonando sus casas. Los intereses del templo eran colocados en ltimo lugar.

Apenas han salido los cimientos de tierra que, siguiendo nuestra tendencia natural, volvemos a nues­tras casas y no pensamos ms que en hallar un lugar de descanso para nosotros y los nuestros. Habamos empezado por seguir a Aqul que no tena un lugar en donde reposar su cabeza, y ahora le tratamos como extranjero entre nosotros y apenas le damos un lugar entre los que El ha salvado y de los cuales ha hecho su casa. Ah! ciertamente, el celo de la casa de Dios no nos ha consumido como a El. Acaso amamos las comodidades de nuestras casas artesonadas, rebajando as nuestra ciudadana celestial, al nivel de "los que habitan sobre la tierra"!

Fijmonos en estas palabras: "Meditad bien sobre vuestros caminos" (v. 5), estas palabras apare­cen hasta cinco veces en esta corta profeca. Parmo­nos a meditar sobre nuestros caminos; consideremos su consecuencia. Esta consecuencia, es la disciplina del Seor ejercida sobre nosotros a causa de nuestra mundanalidad y de nuestro egosmo: "Sembris mucho, y recogis poco; comis, y no os saciis; bebis, y no quedis satisfechos; os vests, y no os calentis; y el que trabaja a jornal recibe su jornal en saco roto" (v. 6).

Acordmonos de las palabras, las predicaciones, las verdades largamente difundidas, cuando Dios nos dio la gracia de reunirnos alrededor de la mesa del Seor. Cmo se multiplicaba la simiente entre nues­tras manos en aquel tiempo! El tiempo de la siega ha llegado, dnde se encuentran los obreros doblegndose bajo el peso de la cosecha? "recogis poco"! Era por culpa de la simiente? No, los que fallbamos somos nosotros.

Pero la disciplina de Dios no alcanza solamente a nuestra obra sino que nos azota personalmente. "Bebis y no quedis satisfechos". Puede ser que nos ocupemos mucho de la Palabra de Dios. Cuntas preguntas interesantes dilucidadas, dificultades resueltas, doctrinas establecidas y aprendidas? Hay algo en esto con lo que podamos dar refrigerio a nuestras almas? No, el corazn permanece seco, y continuamos bebiendo sin saciar nuestra sed. Y todava ms, teniendo con que vestirnos, "no os calentis"; permane­cemos fros. Y para terminar, el fruto de nuestro trabajo, atesorado para nosotros mismos, se desliza a travs de las roturas del saco sin que quede nada.

"As ha dicho Jehov de los ejrcitos: Meditad sobre vuestros caminos. Subid al monte, y traed made­ra, y reedificad la casa; y pondr en ella mi voluntad, y ser glorificado, ha dicho Jehov. Buscis mucho, y hallis poco; y encerris en casa, y yo lo disipar en un soplo. Por qu? dice Jehov de los ejrcitos. Por cuanto mi casa est desierta, y cada uno de vosotros corre a su propia casa" (v. 7-9).

S, meditemos por segunda vez nuestros caminos. El trabajo segn Dios, es el de aadir materiales vivos a Su casa. Pero ste no era el nico trabajo que el remanente persegua; sino que haba buscado reunir dos cosas irreconciliables: La obra de la casa de Dios y la satisfaccin de sus propios intereses: "Cada uno de vosotros corre a su propia casa". Estas cosas no podan unirse. En tal asociacin es siempre el lado de Dios el que sufre. Ellos haban "trado poco" a la casa de Dios. Pero El, que no quiere corazones divididos, los haba "disipado en un soplo". Su poco trabajo se haba reducido a nada. Tal era el juicio de Dios sobre su actividad. Ya no les confiaba ms materiales para construir, desde el momento en que construan para s mismos.

No es de resaltar que el mundo, tan empeado en poner obstculos a su trabajo para Dios, no les haba puesto la menor oposicin cuando corrieron cada uno a su casa? Satans es un enemigo que acta con saa y perspicacia. Sabe perfectamente que la obra no puede prosperar si los corazones estn divididos.

Pero he aqu que, por la gracia de Dios (v. 12-15), los dirigentes escuchan, el pueble recibe y acata el mensaje del enviado de Dios. El grito: "Meditad sobre vuestros caminos"! ha hallado eco en la conciencia de Israel. Qu pueda tambin encontrarlo en la nuestra!

El resultado de este despertar no se hace esperar. Dios mismo anima en sus primeros pasos a los que se deciden a seguir el camino de la obediencia: "Yo estoy con vosotros". Nada ms conmovedor y que anime tanto!: "Yo estoy con vosotros". Los temores de muchos se desvanecieron. Su alma se conciencia de que la integridad es apreciada por el Seor y que le place. Ella recibe el testimonio de haber agradado a Dios. Como recompensa al celo de algunos se produce un despertar general. Ellos "vinieron y trabajaron en la casa de Jehov de los ejrcitos, su Dios".

Segunda revelacin Captulo 2:1-9

El libro de Hageo contiene cuatro revelaciones. Esta es la continuacin del despertar producido por la primera. Dios anima a sus testigos en un tiempo de ruina con la comunicacin de los recursos que les faltaban y con la esperanza gloriosa con la cual El quiere llenar sus corazones. Estos versculos ofrecen un parecido asombroso con la segunda epstola a Timoteo. Como el remanente de Israel, Timoteo haba estado a punto de perder el nimo y de dejarse intimidar por el mal que creca alrededor suyo. El apstol le exhorta a "avivar el don de la gracia de Dios" que estaba en l. Era necesario 'que sus manos no estuvieran paralizadas para la edificacin de la casa de Dios, cualquiera que fuera el aspecto de esta ltima. "Dios - aade el apstol - no nos ha dado espritu de cobarda, sino de poder, de amor y de dominio propio" (2 Tim. 1: 7). Y ms adelante: "T, pues, hijo mo, esfurzate en la gracia que es en Cristo Jess" (2 Tim. 2: 1). Aqu ocurre lo mismo: "Pues ahora, Zorobabel, esfurzate, dice Jehov; esfurzate tambin, Josu hijo de Josadac, sumo sacer­dote; y cobrad nimo, pueblo todo de la tierra, dice Jehov, y trabajad... no temis" (2: 4-5).

Para animar a su pueblo Dios no atena en nada el hecho de la ruina, ni aqu ni en la segunda epstola a Timoteo. El la hace constar, por el contra­rio, en toda su amplitud: "Quin ha quedado entre vosotros que haya visto esta casa en su gloria prime­ra, y cmo la veis ahora? No es ella como nada delante de vuestros ojos"? (2: 3). En efecto, qu podan pensar del estado actual de esta casa compa­rada con su primer estado? qu le quedaba a este pobre remanente? dnde estaba el arca con las tablas de la ley, y el propiciatorio, y el trono de Dios entre los querubines? dnde estaban los Urim y los Tumin para consultar a Jehov? qu haba ocurrido con el reinado que una al pueblo con Dios? Zorobabel, hijo de David, no poda ni siquiera llevar el ttulo de rey. Qu haba sucedido con el sacerdocio? Josu tena las vestiduras viles, en lugar de sus vestiduras de gloria y gala (Zac. 3: 3). Dnde buscar la presen­cia de Dios entre su pueblo? Dnde encontrar la gloria? El nombre de 'cabed (privado de gloria; 1 Samuel 4: 21) haba sido pronunciado de nuevo. Qu contraste tan humillante entre el estado actual de esta casa y su primera gloria!; pero tambin, qu contraste entre el estado actual de la Iglesia y su aspecto en el momento de su institucin! Debemos entonces perder el nimo? Al contrario, "trabajad en esta obra" nos dice el Seor. A los que han considerado sus caminos bajo su disciplina, que han sido despertados por su llamada, El repetir estas consoladoras pala­bras: "Porque yo estoy con vosotros" (2: 4). No vino el Seor a tomar parte, en el bautismo de Juan, con el remanente despertado por la palabra del profeta? No lo hizo en el tiempo de Hageo? no lo har en nuestros das? El se asocia con los dos o tres a quienes su Palabra ha despertado. Si nos falta la fuerza, El la ha guardado ntegramente. No tiene El los siete espritus de Dios y las siete estrellas (Apoc. 1: 4,16,20)? "Ve con esta tu fuerza" dice a Geden en un tiempo de ruina (Jueces 6: 14), de la misma manera que en un tiempo de prosperidad deca a Josu: "Esfurzate" (Jos. 1: 6-7 y 9).

S, tenemos esta fuerza en El para el trabajo de su casa, para introducir en la misma a los que deben formar parte de ella segn Dios. Cuntos cristianos ignoran esto completamente! Sienten la nece­sidad de edificar la Asamblea sobre Cristo, nico fundamento divino (1 Cor. 3: 11), o de adquirir proslitos para sus diversas sectas? Y cuando se les hace esta observacin, escapan de su responsabilidad pretendiendo que la nica misin de los cristianos es la evangelizacin. No quieren or hablar de otra co­sa! Ciertamente, la evangelizacin es una gran tarea, pero no es la nica del siervo de Dios. Preguntad al apstol Pablo, este gran ministro del evangelio, si estimaba este ministerio superior al de la Asamblea, o antes bien, si ambos no tenan un mismo valor para l. (Col. 1: 23-25). De cierto que no, la evangeliza­cin no lo es todo, ni para el Seor, ni para sus testigos. El ha amado a la Iglesia y se ha dado a s mismo por ella (Efesios 5: 25). Cmo podra serle indiferente? Dios es honrado por el trabajo, por dbil que ste sea, que edifica su casa, su Iglesia aqu abajo y el que no tiene en cuenta esto, desprecia lo que glorifica a Dios y se priva de las bendiciones que acabamos de mencionar.

La aprobacin de parte de Dios aporta al remanente obediente nuevas bendiciones. Son las mismas bendiciones que hallamos tambin mencionadas en 2 Timoteo. "Segn el pacto que hice con vosotros cuando salisteis de Egipto, as mi Espritu estar en medio de vosotros, no temis" (v. 5). El conocimiento de la Palabra, la realizacin de la presencia del Espritu Santo, no pueden hallarse all en donde su casa es despreciada, o bien donde se ha cesado de trabajar en ella.

Dios no se contenta con dar sus bendiciones al pobre remanente despertado por su Palabra. El le presenta una esperanza gloriosa y prxima, igual que hoy en da. La esperanza actual de la venida del Seor ha tomado vida entre los que reconocen la Asamblea de Cristo. "Porque as dice Jehov de los ejrcitos: De aqu a poco yo har temblar los cielos y la tierra, el mar y la tierra seca; y har temblar a todas las naciones, y vendr el Deseado de todas las naciones; y llenar de gloria esta casa, ha dicho Jehov de los ejrcitos. Ma es la plata, y mo es el oro, dice Jehov de los ejrcitos. La gloria postrera de esta casa ser mayor que la primera, ha dicho Jehov de los ejrcitos; y dar paz en este lugar, dice Jehov de los ejrcitos" (v. 6-9). La esperanza terrestre juda es reemplazada para nosotros, cristia­nos, por la esperanza celeste. Cuando El venga, llenar de gloria esta casa, a la construccin de la cual El nos haba convidado; casa, que por nuestra culpa, hoy es despreciada, aunque El est con los suyos - y esto debe bastarles. Pero cuando, en gloria, El habitar en la Iglesia, el precio con el que ha unido por la eternidad a su casa, resplan­decer a todos los ojos. "He aqu el tabernculo de Dios con los hombres" (Apoc. 21: 3). La ltima gloria de esta casa ser ciertamente mayor que la primera! Entonces habremos dicho adis para siempre al trabajo y a la lucha, pues en este lugar el Seor dar la paz.

Qu seguridad dan todas estas promesas a nuestra fe! Qu recompensa a la fidelidad coloca Dios ante nosotros! Meditemos, pues, sobre nuestros cami­nos, preguntmonos de donde viene la paralizacin de nuestro trabajo. Cesemos de preferir nuestros intereses a los de la casa de Dios; despertemos de este sueo que nos paraliza. Encontraremos con nosotros a Dios mismo, su Espritu y su Palabra, y seremos animados por la venida del Seor que nos promete una gloria sin nubes con El.

Tercera revelacin Captulo 2:10-19

La revelacin del captulo 1 destinada a alcan­zar la conciencia del remanente no es la nica. Este pasaje contiene otra. (Como ya hemos dicho, el libro de Hageo contiene cuatro revelaciones. La primera y la tercera son reprensiones, la segunda y la cuarta, alientos profticos). Que nosotros, como el remanente, hayamos escuchado la primera! Haba de venir un tiempo en que este remanente degenerado crucificara al Deseado de todas las naciones, su propio Mesas, remanente que haba sido llevado expresamente a Jeru­saln para recibirlo. Tambin fue quitada de su lugar la lmpara de Israel y el pueblo mismo transportado al otro lado de Babilonia. As sucede con todo testimo­nio cuando se vuelve infiel. Dios no tiene necesidad de nosotros para su testimonio. Si lo despreciamos, El lo pone en otras manos. Acaso no ha dicho sobre Israel: "Dar su via a otros"?

La primera revelacin habla del egosmo, la tercera de la santidad.

Nosotros poseemos una santidad inalterable delante de Dios en Cristo, al igual que tenemos una justicia intangible, siendo hechos justicia de Dios en El. Somos llamados a poner en prctica esta justicia y esta santidad de posicin, aqu abajo. Separacin real de todo mal y comunin viva con el bien, con Dios, el Padre y el Hijo, tal es la santidad prctica. Esta es la santidad que le haba faltado al remanente; algu­nos aos despus, sta les falt de una manera ms lamentable todava. Se contaminaron tomando por muje­res a las hijas de los Cananeos (Esdras 9), violando el sbado y profanando el sacerdocio (Nehemas 13). Sobre esto, el profeta interroga a los sacerdotes dicin­doles: "Si alguno llevare carne santificada en la falda de su ropa, y con el vuelo de ella tocare pan, o vianda, o vino, o aceite, o cualquier otra comida ser santificada? Y respondieron los sacerdotes y dijeron: No" (2: 12). El caso que les propone es el de un hombre a quien la carne santificada que lleva en la falda de su ropa da un carcter de santidad exterior. Acaso el fruto de su trabajo (pan, aceite, vino, productos de la actividad del hombre) ser santificado? De ninguna manera. Es necesario que el trabajo sea el fruto mismo de la santidad para ser agradable. Dios slo reconoce como hecho para El, todo lo que emana de esta fuente. Ninguna posicin de santidad exterior, ninguna profesin hace nuestro tra­bajo agradable a Dios. Cosa seria y digna de ser me­ditada en nuestros das, en que los cristianos profe­santes viven en la ilusin de que Dios reconoce sus "obras caritativas", como siendo hechas para El.

El profeta aade: "Si un inmundo a causa de cuerpo muerto tocare alguna cosa de estas, ser inmunda? Y respondieron los sacerdotes y dijeron: Inmunda ser" (v. 13).

Un cuerpo muerto era, en Israel, la figura ms completa de la terrible consecuencia del pecado. Si la separacin del mal, del pecado, no es una realidad para nosotros, cmo podr ser pura y agradable a Dios la obra de nuestras manos? Lo que se trataba de grabar sobre la conciencia del remanente era que su obra era impura, lo que tambin es necesario imprimir sobre la nuestra. Puede haber mucha actividad para moler el grano, para exprimir el zumo de la uva y el aceite de las olivas, para hacerlos servir en nuestro provecho. Pero, qu significa esto para Dios? El fruto del pecado. Lo que permanece, es lo que es ofrecido de puro corazn, lo que es hecho slo para El; es el perfume de Mara (Juan 12: 1-8). Llenar sus despensas no debe ser la obra de un creyente, sino la de llenar los graneros y las despensas de Dios. "Y respondi Hageo y dijo: As es este pueblo y esta gente delante de m, dice Jehov; y asimismo toda obra de sus manos; y todo lo que aqu ofrecen es inmundo" (v. 14).

Esto es lo que, en nuestros das, afecta nuestra obra de una incapacidad relativa, como se dice "antes que sucediesen estas cosas, venan al montn de veinte efas, y haba diez; venan al lagar para sacar cincuenta cntaros, y haba veinte" (v. 16). Decimos "relativa", porque, si Dios est obligado a castigarnos, El lo hace con medida. El es paciente, misericor­dioso, lleno de una bondad infinita. Qu aporta hoy da el trabajo de nuestras manos? Por la profeca, hemos aprendido lo que debera aportar: Materiales para la casa de Dios, almas no solamente salvas, sino aadidas a la Asamblea. Ocurre as? Desgraciadamente no! Los hijos de Dios se renen con fatiga. La luz es tan dbil que no tiene el poder de atraer a los que habitan en tinieblas, y si la aborrecieran, seran, como mariposas de noche, obligados a venir quemarse las alas y recibir as su propia condena­cin. Pero esta luz apenas logra penetrar, como un vago resplandor, a travs de los cerrados prpados del alma, para despertarla!

Pero el castigo fue ms lejos. "Os her con viento solano, con tizoncillo y con granizo en toda obra de vuestras manos" (v. 17). Dios haba condenado los mismos recursos de su trabajo. La puerta de la bendicin estaba cerrada.

Se haba arrepentido el remanente? "Mas no os convertisteis a m, dice Jehov!"

Pero ahora "meditad, pues..." lo que va a venir, meditadlo pues, os ruego, nos dice con insisten­cia la palabra de Dios: "Desde este da en adelante, desde el da veinticuatro del noveno mes, desde el da que se ech el cimiento del templo de Jehov; meditad, pues, en vuestro corazn... Desde este da os bende­cir" (v. 18-19). Si en este da, al considerar y juzgar vuestros caminos, os ponis a la obra para construir esta casa que vuestro egosmo y vuestra mundanalidad os han hecho abandonar despus de haber puesto los fundamentos; a partir de este da os bendecir!

Hermanos, hagamos lo mismo; escuchemos esta llamada. Podemos volver a encontrar la bendicin. Un poco de energa de fe, de abandono de nuestras comodidades y de nuestros intereses, de separacin del mundo, de corazones apegados a Cristo, llenos de celo por la edificacin de la casa de Dios, y enseguida encontraremos la bendicin perdida.

Cuarta revelacin Captulo 2:20-23

He aqu, en una cuarta revelacin, el estmulo dirigido al pobre remanente cuya conciencia se haba despertado, quien, de hecho, cuatro aos ms tarde, termin con la edificacin de la casa de Dios. Este estmulo es una promesa (Heb. 12: 26). "Yo har temblar los cielos y la tierra; y trastornar el trono de los reinos, y destruir la fuerza de los reinos de las naciones; trastornar los carros y los que en ellos suben, y vendrn abajo los caballos y sus jinetes, cada cual por la espada de su hermano" (v. 21,22; comp. 2: 6 con Heb. 12: 26). Todo sera trastornado, y por qu? Para que las cosas "inconmovibles" perma­nezcan (Heb. 12: 27). Estas cosas inconmovibles, son en el captulo 2, la introduccin del Mesas en su templo glorioso. Pero aqu, qu admiracin nos embar­ga, cuando nos enteramos que se trata de establecer y de confirmar para siempre al dbil Zorobabel! "En aquel da, dice Jehov de los ejrcitos, te tomar, oh Zorobabel hijo de Salatiel, siervo mo, dice Jehov, y te pondr como anillo de sellar; porque yo te escog, dice Jehov de los ejrcitos" (v. 23).

Sin duda, Zorobabel, el prncipe, era en una dbil medida, una figura de Cristo, pero ante todo era el representante del remanente ante Dios, como Josu, el sacerdote, lo es en el captulo 3 de Zaca­ras. Todas estas cosas sern conmovidas, a fin de establecer este remanente para siempre. Ocurre lo mismo para con nosotros: "As que, recibiendo nosotros un reino inconmovible" (Heb. 12: 28), es dicho de los creyentes, citando la profeca de Hageo. Dios ha establecido ya al Seor a su diestra y nosotros en El, y pronto nos establecer sobre el trono con El.

"Y te pondr como anillo de sellar". El dbil Zorobabel, como la dbil Asamblea de Cristo, ser el sello de todos los caminos divinos. Tanto en l, como en ella, todos los ojos vern lo que Dios ha querido hacer y lo que ha cumplido. "Como ahora, ser dicho de Jacob y de Israel: Lo que ha hecho Dios"! (Nm. 23: 23). En ese tiempo, el Seor ser "glorificado en sus santos y admirado en todos los que creyeron" (2 Tes. 1: 10).

Es la recompensa de la fidelidad y de la abnegacin a su servicio, pero hay mucho ms todava: Es necesario que la gracia de Dios triunfe al final, que se muestre superior a todas nuestras debili­dades, a todas nuestras infidelidades: "Porque yo te escog, dice Jehov de los ejrcitos" (v. 23). Es necesario que la gracia de la eleccin resplandezca ante todas las miradas. Ella es la nica causa, la causa inicial y final de la bendicin eterna de sus redimidos.

Fundados sobre nuestra esperanza que es Cris­to, y sobre la seguridad de la salvacin de Dios, apliqumonos pues, en un continuo juicio de nosotros mismos, a llevar a cabo la obra de la casa de Dios, reuniendo a las almas alrededor de Cristo, nico centro de reunin y de bendicin

H. Rossier

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