Resumen de las últimas palabras de Jacob a sus hijos

El orden de los hijos de Jacob en Génesis 49

por Hugo Bouter


En la tabla que figura a continuación, observamos que el orden de las bendiciones que el patriarca imparte a sus hijos en sus últimas palabras, coincide sólo parcialmente con el orden cronológico de sus nacimientos.

            Génesis 29, 30, 35                     Génesis 49

              (nacimientos)                        (bendiciones)

   1.      Rubén (Lea)                          Rubén

   2.      Simeón (Lea)                         Simeón

   3.      Leví (Lea)                             Leví

   4.      Judá (Lea)                            Judá

   5.      Dan (Bilha)                            Zabulón

   6.      Neftalí (Bilha)                         Isacar

   7.     Gad (Zilpa)                             Dan

   8.      Aser (Zilpa)                           Gad

   9.      Isacar (Lea)                          Aser

   10.    Zabulón (Lea)                         Neftalí

   11.    José  (Raquel)                        José

   12.    Benjamín (Raquel)                    Benjamín

Al bendecir a sus hijos, Jacob se dirige primeramente a los hijos de Lea, colocando a Zabulón antes que Isacar. Luego son mencionados los hijos de las siervas, de los cuales Neftalí es mencionado en último lugar.

Los dos hijos de Zilpa, sierva de Lea, ocupan un lugar entre los hijos de Bilha, sierva de Raquel. Finalmente, están José y Benjamín, los dos hijos de Raquel, la esposa que más amó Jacob y por quien sirvió a su suegro siete años más.

Este orden coincide con las leyes de la primogenitura que serían promulgadas por Moisés tiempo después (Deuteronomio 21:15,17). Por lo tanto, el hijo de la esposa amada no podía ser favorecido con el desplazamiento del primogénito, aun cuando éste fuera el hijo de la aborrecida. El hecho de que Rubén haya perdido su primogenitura es atribuible sólo a su propia falta. Él fue a la cama de su padre y cometió adulterio con Bilha, la concubina de su padre. Por lo tanto, fue destituido de sus privilegios (Génesis 35:22; 49: 3-4; 1.º Crónicas 5: 1-2).

La posición que correspondía a la primogenitura fue entonces para Judá, el cuarto hijo de Lea (Simeón y Leví no fueron tenidos en cuenta debido a su violento comportamiento contra los habitantes de Siquem). Y las riquezas vinculadas con dicha primogenitura —porque el primogénito recibía una doble porción de la heredad— fueron para José, el amado, el primer hijo de Raquel. Para ser más precisos, fueron para Efraín y Manasés, los hijos de José a quienes Jacob había bendecido previamente y a quienes en cierta forma había adoptado como sus propios hijos (Génesis 48). De esta forma Efraín y Manasés obtuvieron un lugar propio en medio de las tribus de Israel (Deuteronomio 33:17). Debido a su primogenitura, Judá y José ocuparon un lugar prominente en las bendiciones de Jacob, ya que Judá recibió la posición de liderazgo y José las riquezas.

Es importante señalar que, contrariamente a lo que ocurrió con Ismael en la historia de Abraham, los hijos de la sierva no son considerados inferiores o distintos en esta oportunidad, sino que son bendecidos junto a los otros hijos de Jacob. Al referirse a Ismael Dios había dicho que el hijo de la esclava no sería de ninguna manera coheredero con el hijo de la mujer libre (Génesis 21: 8-21). Partiendo de este principio, el apóstol Pablo llega a la conclusión de que hay una clara distinción entre judíos y cristianos; entre un pueblo esclavo y un pueblo libre (Gálatas 4:21-31). Estas dos clases de personas debían recibir la bendición por separado. Pero en las bendiciones de Jacob no hay lugar para distinciones entre Israel y la Iglesia. Mientras que Abraham es el «padre» de la descendencia terrenal y de la celestial, Jacob es particularmente el «progenitor» de Israel según la carne. Los doce hijos de Jacob nos brindan un cuadro completo del pueblo terrenal de Dios. De acuerdo a los caminos gubernamentales de Dios ellos son bendecidos conjuntamente, porque en las Escrituras el número doce está siempre relacionado con el gobierno de Dios sobre todo su pueblo.

Ahora bien, si el orden de los hijos de Jacob que encontramos en Génesis 49 no está determinado ni por el orden de su nacimiento ni por el orden de sus madres, ¿cuál es el principio utilizado? La respuesta es que se tienen en cuenta los factores proféticos y espirituales que nos permiten visualizar en estas bendiciones un espléndido cuadro de la historia de Israel hasta los últimos tiempos.

Un aspecto profético de Israel y del mundo

Estoy convencido de que este capítulo nos brinda  también un breve resumen de la historia completa del hombre, ya que ésta se desarrolla teniendo como centro a Israel. En los primeros tres hijos observamos el fracaso del hombre que tuvo lugar desde el principio de la humanidad. Rubén se dejó llevar por su codicia, mientras que Simeón y Leví hicieron uso de una extrema violencia. La corrupción interna y la violencia externa han sido desde la caída del hombre los dos principales males. Podemos observar la aparición de estos elementos una y otra vez en la historia de la humanidad y en la de Israel. El pecado de Adán y Eva fue su codicia, el pecado de Caín su violencia, y todos ellos fueron quitados de la presencia de Dios. El juicio del diluvio tuvo lugar debido a la corrupción y a la violencia que llenaban la tierra.

Pero después del diluvio la situación siguió sin mejorar. Los hombres deseaban hacerse un nombre y comenzaban a adorar ídolos. También leemos acerca de Nimrod, “vigoroso cazador delante de Jehová” (Génesis 10:9). Dios comienza entonces una nueva etapa con el llamamiento de Abraham y separa una nación para que le sirva y le pertenezca exclusivamente. Sin embargo, al analizar la historia de Israel vemos que fracasó tristemente, tanto en el desierto como en la tierra prometida. El final del libro de los Jueces y el principio del primer libro de Samuel están marcados por hechos de corrupción y violencia. Pero entonces Dios le concedió descanso al pueblo por medio del rey David, cuyo nacimiento está mencionado en el libro de Rut.

Este período de la historia de Israel se refleja en la profecía de Jacob acerca de Judá, la tribu real, sobre la cual sólo se pronuncian alabanzas (Judá significa «alabanza»). Esta fue una época de oro para Israel, que tenía sometidas a todas las naciones vecinas. La mención de Siloh que hace Jacob (nombre que significa «el que trae descanso») probablemente se refiera en primer lugar a Salomón, el rey de paz. Pero es obvio que no se refiere sólo a Salomón, porque se afirma que el cetro no será quitado de Judá hasta que llegue Siloh, a quien el pueblo deberá obedecer.

Esta profecía referente a Siloh, es por lo tanto de orden mesiánico. Judá tiene un importante papel hasta la venida de Cristo, aun cuando tiempo después de dicha profecía su reino pasó a abarcar sólo dos tribus y fue reducido aún más después del retorno de la cautividad Babilónica. Incluso hoy en día, las gentes deben obedecer a Cristo por la obediencia a la fe (Romanos 16:26). Pero llegamos a la conclusión de que esta profecía se extiende hasta un futuro aún más lejano. Nuestro Señor fue rechazado, por lo cual el tiempo de paz y prosperidad universal al que se refiere Jacob es pospuesto hasta la segunda venida de Cristo. Entonces Él reinará como el Príncipe de paz y su dominio se extenderá hasta los confines de la tierra.

Observemos qué ocurre después de los tiempos de prosperidad de los reinados de David y de Salomón, y también después del rechazo del Mesías: el pueblo se amoldó a las naciones y quedó subyugado por ellas terminando en una completa apostasía. Esto está representado simbólicamente en Zabulón, Isacar y Dan. La profecía entonces nos presenta dos aspectos importantes:  histórico y  futuro. Israel se colocó gradualmente bajo la influencia de las naciones vecinas hasta que finalmente fue subyugada por ellas (ej. Egipto, Asiria y Babilonia), teniendo, pues, que servir a sus ídolos. Encontramos que Zabulón está en conección con «el mar de pueblos y naciones» (Isaías 17: 12-13; Apocalipsis 17:15). Zabulón («habitación») estaba totalmente orientado hacia las naciones, especialmente hacia Sidón, de donde proviene el culto a Baal introducido en Israel por el rey Acab ( 1.º Reyes 16: 31-33). Isacar («renta» o «salario») fue obligado a hacer trabajos forzados y terminó siendo un esclavo. En Dan («juez») se encarnó el poder de la serpiente (es decir, Satanás), de manera que Israel fue quebrantada y quedó sin poder. Las Escrituras a veces relacionan a la tribu de Dan con la idolatría (Jueces 18; 1.º Reyes 12: 29-30). Israel abandonó al único y verdadero Dios y finalmente rechazó a su Mesías cando éste vino a ellos en forma de siervo. Este hecho marcó el final de la historia de Israel y la del primer hombre en cuanto a su responsabilidad. Fue un gran fracaso que sólo el Señor podía remediar (Génesis 49:18). Esta salvación fue finalmente manifestada (y vista por fe) en la cruz y en la resurrección de Cristo. 

En el versículo 18 observamos también un aspecto futuro de la salvación y de la restauración de Israel. Esta breve oración de Jacob es el punto clave de todo el capítulo. Después de rechazar a Cristo, se repite el proceso de declinación espiritual y apostasía descritos antes. Israel fue dispersada entre las naciones, viniendo a ser más y más dependiente de ellas, situación que se mantiene hasta el día de hoy. Consideremos ahora la aplicación futura de este pasaje. Dan es tipo del Anticristo que reinará («juez») sobre Israel con el apoyo de la cabeza revivida del imperio romano y de Satanás mismo (Apocalipsis 13). La idolatría alcanzará entonces el más alto grado de manifestación de todos los tiempos y el remanente fiel de Israel esperará ansioso la intervención de Dios a su favor.

En este punto de la historia Dios provocará un cambio en la suerte de su pueblo. Él revelará su salvación como respuesta a la oración del versículo 18. Dan representa el punto más bajo en la decadente historia de Israel, pero a partir de ahí ésta cambiará para bien. Gad, Aser y Neftalí muestran los resultados de la salvación de Dios en el tiempo final. Gad («tropa») aun está amenazado por tropas hostiles, pero al final resulta victorioso y arroja al enemigo fuera de la tierra (cf. Miqueas 4: 1-4; 5:8). Aser («feliz») goza de alimentos en abundancia y puede compartir con otros. Neftalí («mi lucha») se regocija en la libertad del vencedor y canta el cántico de salvación.

Finalmente, José y Benjamín nos brindan una doble figura de la gloria de Cristo en el milenio. José («él añade») es un tipo particular del Mesías que fue rechazado por sus hermanos, pero a quien Dios exalta y sienta a su diestra como el Salvador del mundo. El Padre se complace en el Hijo y le otorga las más ricas bendiciones. Benjamín («hijo de la diestra») representa figurativamente el aspecto terrenal del reinado de Cristo. Cuando Él aparezca para establecer dicho reinado, destruirá a todos sus enemigos y reinará hasta que el último enemigo, la muerte, sea destruido una vez finalizado este período (1.ª Corintios 15:24), “a la tarde” (Génesis 49:27), para que el milenio le dé paso a la eternidad.

Para resumir, podemos decir que en los primeros tres hijos de Jacob observamos la corrupción del hombre natural. Rubén («ved, un hijo») mostró un comportamiento indigno de un hijo, y Simeón («que ha sido oído») y Leví («unido») fueron hermanos para la maldad. Después tenemos tres hijos que son tipos particulares de Cristo y nos enseñan cómo actúa el Señor: primero Judá, luego José y Benjamín. Ya hemos mencionado el significado de los   nombres de  los hijos de Jacob. El tercer grupo de tres hijos —Zabulón, Isacar y Dan— exhibe la decadencia de Israel hasta la apostasía final (y también la apostasía de los últimos días). En el último grupo de tres —Gad, Aser y Neftalí— observamos una línea ascendente y aprendemos de qué forma Israel será restaurada y verá la salvación del Señor. Génesis 49 es un relato profético del cual algunas partes ya se han cumplido a lo largo de la existencia de Israel, mientras que otras partes, de un valor profético muy especial, todavía esperan su cumplimiento en el tiempo final.

Historia de la Iglesia

Estoy convencido de que este capítulo contiene además importantes enseñanzas relacionadas con la historia de la Iglesia, porque todo el Antiguo Testamento fue escrito para nuestra enseñanza (Romanos 15:4). A causa del rechazo del Mesías, Israel fue puesto de lado por un tiempo y Dios tiene ahora sobre la tierra el testimonio del pueblo cristiano. El cual también ha fallado en su testimonio así como fracasó el antiguo pueblo de Dios.

En los primeros cuatro hijos de Jacob podemos observar ciertas características de las bendiciones que Dios había concedido originalmente a su pueblo:

1 - La relación de hijos (Rubén).

2 - La posibilidad de escuchar la palabra de Dios y ser guiados por su Espíritu (Simeón).

3 -  La comunión con Dios y con los demás creyentes (Leví).

4 -  La adoración en espíritu y en verdad reconociendo la autoridad de Cristo, quien dirige las alabanzas en medio de sus hermanos (Judá).

Si analizamos la historia de la cristiandad, veremos que estos privilegios se perdieron de vista muy pronto. Los hijos de Jacob no se comportaban de acuerdo al bello significado de sus nombres, y de igual forma el testimonio de la Iglesia muchas veces ha contradicho su altísimo llamamiento. Los cristianos se han mezclado con el mundo al precio de estar sujetos a él, como podemos observar en Zabulón («habitación») e Isacar («renta» o «salario»). Por un motivo similar el Señor reprocha a la iglesia en Pérgamo con las siguientes palabras: “Yo conozco tus obras, y dónde moras, donde está el trono de Satanás” (Apocalipsis 2:13).

A pesar de su llamamiento celestial, la Iglesia se ocupó en tener un importante poder externo aquí en la tierra, de manera que el mundo y “esa mujer Jezabel” (el papado) ejercen el control de dicho poder. En Apocalipsis 2 esta situación también termina en idolatría, lo cual podemos observar en Génesis 49 en la tribu de Dan. La influencia de Jezabel aparece nuevamente, en el tiempo final, en “Babilonia la grande” (Apocalipsis 17 y 18). Aquí vemos a la cristiandad profesante lista para el juicio.

En medio de esta difícil situación, sólo Dios puede mostrar una salida. Por este motivo la oración de los que permanecen fieles a la Palabra y al nombre de Cristo es: “Tu salvación esperé, oh Jehová» (Génesis 49:18). Aun en las horas más oscuras, hay un remanente victorioso (Gad venció a sus enemigos). Este remanente se regocija  por la abundancia de alimento espiritual (“El pan de Aser será substancioso” vs. 20) y soporta las pruebas que vienen por no dejarse dominar por las influencias judaicas y mundanas (Neftalí es una “cierva suelta” vs.21). Estos fieles también compartirán la gloria de Cristo, el primogénito entre muchos hermanos (José fue separado de sus hermanos; pero también fue distinguido en medio de ellos). Ellos reinarán con Él aquí en la tierra y se sentarán junto a Él en su trono (Benjamín “repartirá los despojos” vs. 27). De esta manera, las bendiciones que habían sido despreciadas al principio, vienen a ser la porción del remanente fiel que espera la revelación completa de la salvación de Dios en la segunda venida de Cristo.

Niveles de crecimiento espiritual

Además de todo lo que hemos considerado, el pasaje de Génesis 49 nos ofrece lecciones muy útiles para nuestra vida individual como creyentes. Nuestro andar como hijos de Dios a veces es reprochable, tal como lo vimos figuradamente en la conducta de los tres primeros hijos de Jacob. La primera lección que debemos aprender es: “Lo espiritual no es primero, sino lo animal; luego lo espiritual” (1.ª Corintios 15:46). A pesar de todos los privilegios que tenemos, nuestro viejo hombre es un gran obstáculo. Aun cuando reconozcamos la autoridad de Cristo sobre nuestras vidas (Judá y Siloh), podemos caer en la esclavitud del mundo, la ley y el pecado (Zabulón, Isacar y Dan). Esto nos lleva entonces a orar por la intervención de la salvación de Dios: “Tu salvación esperé, oh Jehová” (vs. 18). Aprendemos por experiencia que no podemos esperar nada bueno de nosotros mismos y que sólo Dios puede darnos el oportuno socorro.

En el Nuevo Testamento hallamos una breve oración equivalente a la que hizo Jacob: “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” Pero la hora más oscura es la que precede al amanecer. Y así como la profecía de Jacob anuncia un cambio favorable a partir de una situación crítica, el creyente es bendecido cuando sus ojos son abiertos ante la plenitud de la salvación en Cristo que lo ha librado de la ley del pecado y de la muerte. De manera que él agradece a Dios porque antes era un esclavo y ahora es libre; antes era un perdedor y ahora es un vencedor. Romanos 8 nos describe la vida victoriosa del cristiano en virtud del poder del Espíritu de Dios.

Esto es exactamente lo que observamos en los próximos tres hijos de Jacob. Gad vence a los enemigos que lo acosaban. Aser nos muestra que la porción del vencedor es vida abundante. Su pan es substancioso y puede dar deleites al rey. Además, puede compartir con otros su abundancia. La figura se completa con Neftalí, que nos muestra la libertad y el gozo del creyente después de la lucha de Romanos 7. Él es una “cierva suelta” y pronuncia dichos hermosos. Él canta las alabanzas de la libertad cristiana y clama: “¡Abba, Padre!”

Este proceso de crecimiento espiritual alcanza su punto más elevado cuando Cristo mismo puede ser visto en el creyente. Los que son guiados por el Espíritu de Dios son hechos conformes a la imagen de su Hijo (Romanos 8: 14 y 29). Esto es mostrado en figura en los dos últimos hijos de Jacob, José y Benjamín, que tipifican de manera muy bella al Señor Jesús.

Cristo mismo es el punto más elevado de nuestras bendiciones, la corona de nuestra felicidad. En José observamos tanto el rechazo como la exaltación de nuestro Señor y nuestras vidas deberían estar en concordancia con estos hechos. Por un lado, nuestro mejor ejemplo es Cristo en su profunda humillación (Filipenses 2); por otro lado, Cristo en su gloria celestial es el objeto de todas nuestras ambiciones (Filipenses 3). Si Él es formado en nosotros por medio de estas cosas, nuestra vida estará más y más bajo el señorío del Hombre que está a la diestra de Dios, quien nos hizo participantes de los resultados de su victoria (Benjamín reparte los despojos).

De esta manera alcanzaremos la madurez espiritual, la cual se menciona varias veces en el Nuevo Testamento, y Cristo será visto claramente en nosotros (1.ª Corintios 3: 1-3; Gálatas 4:19; Efesios 4: 12-16; Colosenses 1: 28). 

Hugo Bouter

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