Betel: La morada del Dios de Jacob

por Hugo Bouter

«Levántate, sube a Betel...»  Génesis 35:1

«Yo me alegré con los que me decían: ¡A la casa de Jehová iremos!»    Salmo 122:1

Prólogo

Los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob permanecen muy alejados de nosotros. Los sucesos que ahora hallamos en el libro del Génesis ocurrieron hace más de treinta y cinco siglos. ¿Con quiénes de estos tres nos sentimos más identificados? Admiramos a Abraham, padre de todos los creyentes, pero también sentimos un gran respeto por Isaac, el hombre de una confianza quieta en Dios. Ciertamente no nos atreveremos a compararnos con el uno o el otro.

Pero Jacob es mucho más como nosotros somos. Con él nos identificamos fácilmente: continuamente ideando nuestros planes para finalmente postrarnos a los pies de Dios. Así es, por ejemplo, la manera como Dios se esfuerza para conseguir Sus propósitos para sus hijos. Observamos todas y cada una de estas cosas en la vida de Jacob y las reconocemos también en nuestras propias vidas.

Sin embargo, Dios soluciona los problemas con Jacob. Finalmente consigue traerlo de nuevo a Betel, la casa de Dios, el lugar de comunión con Dios. Incluso con un hombre obcecado como Jacob, Dios consigue Sus propósitos. ¡Qué ánimo tan enorme para nosotros! Jacob es un monumento de la obra del Espíritu Santo en el creyente. Dios puede operar en nuestras vidas como lo hizo en la vida de Jacob.

Introducción

Dios quiere habitar con el hombre

El deseo de Dios es revelarse al hombre y tener comunión con él. Él desea habitar con el hombre. Dios es el Dios de Betel, el Dios de Su casa, porque Betel significa casa de Dios. Dios tiene en la tierra una morada en la cual habita y se revela a aquellos que se acercan a Él.

¿Cómo es eso posible? Si Dios es un Dios santo, ¿cómo puede habitar con los hijos pecadores de hombres? En realidad, esto no sucede como en el curso ordinario de las cosas. Dios no puede tolerar el pecado y es imposible que un pecador se acerque a Su presencia. Después de su pecado, Adán y Eva fueron expulsados de la presencia de Dios. ¿Cómo podían sus descendientes, que llevaban la imagen de sus padres pecadores, aventurarse a acercársele?

El hombre sólo puede acercarse a Dios sobre una base justa que satisface las exigencias santas de Dios y cubre las necesidades del hombre como pecador. Esta base la establece la muerte de un sustituto, un cordero inocente para el sacrificio que ocupa el lugar del pecador culpable. Sobre esta base, Abel se acercó a Dios y Él le respetó. Sobre esta misma base Noé se acercó a Dios, que olió el dulce aroma –o fragancia de reposo– de su ofrenda, y respetó a Noé y a su familia. Los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob también edificaron altares para ofrecer sus sacrificios a Dios.

Él habita con un pueblo redimido

Pero hay algo más: Dios sólo puede habitar con un pueblo liberado de la esclavitud, como leemos en el libro del Éxodo. Dios condujo a Su pueblo con brazo fuerte fuera de Egipto, donde vivían en esclavitud, para apartarlos para Él y habitar en medio de ellos. Únicamente tras su liberación del poder del enemigo, los israelitas pudieron servir a Dios, y Él pudo establecer Su santuario en medio de ellos. Así, Dios poseía una casa en la tierra, en el cual habitar.

Sin embargo, el santuario en mitad de Su pueblo Israel era sólo una figura de la casa que Dios posee ahora en la tierra. Cristo vino como el Cordero de Dios, cuyo sacrificio cumplió todo el servicio de sombras del Nuevo Testamento. Sin duda alguna, Él satisfizo todas las exigencias de Dios, y Su obra consumada es la base sobre la cual Dios puede habitar con y en los suyos –véase Juan 14:37. Como cristianos, somos ahora miembros de la familia de Dios –Ef. 2:19–, tenemos acceso al Padre por el Espíritu –Ef. 2:18; 3:12–, y somos verdaderos adoradores que adoran al Padre en espíritu y en verdad. –Juan 4:23.

Las experiencias de Jacob con la casa de Dios

¿Qué nos aporta la historia de Jacob en este contexto? Mucho, porque Dios dijo a Jacob, al patriarca del pueblo de Israel, que quería tener un lugar de morada en la tierra. Se dio a conocer a Jacob como el Dios de Betel, el Dios de la casa de Dios. Dios quería bendecir a Jacob y habitar con él... ¡y permitió que Jacob habitara también con Él!

No obstante, Jacob no entendió al principio casi nada. La presencia de Dios le asustó y abandonó el lugar donde Dios habitaba. Se dispuso a hacer un largo viaje, alejándose de la casa de Dios. Durante muchos años vivió alejado de Betel, pero al final Dios intervino y le trajo de vuelta otra vez. No fue cosa fácil, ya que supuso muchas experiencias dolorosas. Finalmente, esta disciplina sirvió para el bien de Jacob, que le llevó de vuelta a la presencia de Dios.

Por este motivo, las experiencias de Jacob con la casa de Dios descritas en Génesis 28-35, significan mucho para nosotros. Nos muestran que Dios debe tomarse grandes molestias para llevar a un creyente al lugar donde Él habita. También nos enseñan que Dios tiene mucha paciencia con un creyente para hacerlo apto para Su presencia de manera práctica, a fin de que pueda acercarse como adorador.

La vida de Jacob está repleta de lecciones espirituales para todos, en lo tocante a nuestro comportamiento en la casa de Dios, que es la Iglesia del Dios vivo. Nuestro objetivo principal será meditar en este pensamiento, aunque consideraremos también el significado profético de estas experiencias para Israel como nación. Intentemos aprender, como cristianos, de estos capítulos de las Escrituras. «Pues lo que fue escrito anteriormente fue escrito para nuestra enseñanza, a fin de que por la perseverancia y la exhortación de las Escrituras tengamos esperanza» –Rom. 15:4.

Cristo, La Piedra Viva

Génesis 28

La Roca de la salvación

Al encontrarnos con Jacob en Génesis 28, vemos que huyó de la presencia de su hermano Esaú, a quien había engañado. Jacob le arrebató su primogenitura y su bendición, y estaba dispuesto a cumplir la promesa de Dios de que el mayor serviría al menor. Pero rehusó esperar que Dios dispusiera el momento. Como resultado, recogió el fruto de las semillas de celos que había sembrado, teniendo que huir de su hermano porque quería matarle.

Mientras iba de camino, halló un lugar de descanso sobre una piedra: «Llegó a un cierto lugar y durmió allí, porque ya el sol se había puesto. De las piedras de aquel paraje tomó una para su cabecera y se acostó en aquel lugar» –v. 11.

En seguida podremos trazar un paralelo entre Jacob y el pueblo de Israel. Jacob halló descanso sobre esta piedra, y la nación que descendería de él hallaría reposo en el Señor, su Roca, su Amparo y su Refugio –Sal. 61:2,3; 62:2,6-8. Sin embargo, abandonaron a la Roca de su salvación y le provocaron a celos con sus dioses extranjeros –Deut. 32:4-18. También rechazaron a su Mesías, la Piedra en la que debían depositar su fe –Isa. 28:16. No le recibieron, pero la Piedra que los edificadores rechazaron se ha convertido en cabeza del ángulo. Esto era obra de Jehová, cuya maravilla nos deja asombrados. –Sal. 118:22,23; Mat. 21:42-44; Hech. 4:10-12; 1 Ped. :4-7.

Cristo fue despreciado y rechazado por el hombre, pero honrado por Su Dios y Padre, ya que Dios ha ensalzado a la Piedra rechazada y le ha dado el lugar más relevante en el templo espiritual de Dios, Su lugar de morada actual. Esta morada de Dios se compone de todos aquellos que vienen a Cristo con fe y hallan descanso en Él, ya que ofrece el verdadero descanso a todos los que se le acercan –Mat. 11:28–.

De esta manera, Él se ha convertido en la Piedra principal del Ángulo del lugar de morada del Dios vivo –Ef. 2:20-22. Cuantos vienen a Él con fe, pueden decir:

En Cristo la salvación reposa firme;
En la Roca de los siglos que resiste;
No puede la fe ser abatida
Que reposa en la «Piedra Viva»

El Señor resucitado, Cristo, la Piedra viva, es el lugar de descanso para todos los Suyos. Dios mismo contempla con satisfacción a la Persona y obra de Cristo, quien le glorificó plenamente en la cruz del Calvario. Y es sólo en la base de esta obra consumada que Dios convida al hombre a venir a Cristo, para que halle su paz eterna.

Esta invitación no se pretende sólo para el remanente fiel de Israel, sino que abarca también a las naciones. Si trazamos luego un paralelo entre Jacob y su descendencia con relación a Cristo, la Piedra Viva, no llega únicamente a Israel. En la dispensación actual, en la que nuestro Señor Jesucristo ha sido rechazado por Su pueblo terrenal, Él ofrece el verdadero reposo a todos los que vienen a Él, ya provengan de Israel o de las naciones.

Sobre esta Roca edificaré mi Iglesia

Todas estas personas que vienen a Jesús con fe, sean de Israel o de las demás naciones, son añadidas a la casa de Dios como piedras vivas. El tabernáculo del Antiguo Testamento, y más tarde el templo, servían como figura de esta casa espiritual, ya que la sustancia, la realidad plena de estas cosas, ha venido con Cristo –Col. 2:17.

Por lo tanto, nuestro Señor describe este templo verdadero de Dios como la casa que se fundamentaría en Él como Hijo del Dios vivo. Esto lo hallamos en el Evangelio según Mateo, que nos describe al Señor como el Mesías rechazado. Pero a pesar de Su rechazo, continuó siendo el Cristo, el Hijo del Dios vivo, que iba a derrotar a la muerte y a salir victorioso del sepulcro. Cuando Pedro le confesó con estos términos, Jesús le contestó diciendo: «Y yo también te digo que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré Mi Iglesia, y las puertas del Hades no la dominarán» –Mat. 16:16-18.

La Iglesia es el resultado de la muerte de Cristo y de Su resurrección. La Iglesia del Dios vivo se edifica en el Hijo del Dios vivo, y se compone de piedras vivas que participan de Su vida, de pecadores muertos por naturaleza pero vivificados por Él e integrados en el templo de Dios. Pedro era una de estas piedras vivas que deben su vida a Cristo la Roca. Jesús le llamó Pedro, es decir, «piedra». Le dio una vida nueva y un nombre nuevo. Pedro evoca en su primera epístola estos sucesos al hablar de la Piedra escogida, y de las muchas piedras vivas que vienen a Él y son edificadas una casa espiritual –véase Mat. 16:18; Juan 1:43; 5:21; Ef. 2:5,21; 1 Ped. 2:4,5.

La Iglesia o Asamblea es el lugar de morada actual de Dios. Se ha edificado en Cristo, el Hijo del Dios vivo, que ha erradicado la muerte y ha sacado a la luz la vida y la inmortalidad. No se podía edificar hasta que Cristo no hubiera consumado la obra de la redención y con la cual hubiese puesto un fundamento adecuado para el templo del Dios vivo. Solamente tras la venida del Hijo de Dios y de nuestra unión en Su muerte y resurrección, Dios podía habitar realmente con los hombres y en ellos.

Una Roca ofensiva

Pero existe otro aspecto más: la Piedra no es sólo una Roca de salvación para los que creen, sino también una ofensa a los que continúan en su incredulidad. Para los que desobedecen todavía a la palabra, Él es una Piedra de tropiezo y una Roca ofensiva –1 Ped. 2:7. El Señor ya lo había anunciado en los evangelios. La piedra rechazada se ha convertido en la piedra principal del ángulo de la casa de Dios. Quienquiera que tropiece con ella será desmenuzado, porque se acerca el tiempo en que Él se echará sobre Sus enemigos, y los reducirá al polvo –Mat. 21:40-45; Luc. 20:16-19.

Esto nos recuerda la escena que describe el profeta Daniel al descifrar el sueño de Nabucodonosor –Dan. 2. Los reinos del mundo serán aplastados juntos por una Piedra no cortada de manos, que destituirá estos reinos y llenará toda la tierra. Cristo está esperando ahora a la diestra de Dios hasta que todos Sus enemigos sean puestos por estrado de Sus pies. Cuando aparezca de repente Cristo, sin que el hombre tenga que ver en absoluto en Su aparición, juzgará a Sus enemigos y establecerá un reino eterno, del cual Él mismo constituirá el gran Centro glorioso.

Luego se reconocerá Su autoridad en todos los lugares. Todas las cosas se reunirán en una bajo Cristo –Ef. 1:10. Entonces, también el remanente fiel de Israel hallará descanso en Él, en la Piedra que se pone en Sión como fundamento sólido –igual que Jacob el patriarca halló descanso en la piedra que colocó a su cabecera en Betel.

En resumen, las enseñanzas de las Escrituras concernientes a la Piedra viva nos hacen distinguir los cuatro aspectos siguientes:

  1. Es el lugar de descanso para cuantos vienen a Él con fe.
  2. Él es la piedra del fundamento de la casa de Dios, la Iglesia del Dios vivo sobre quien es edificada.
  3. Para los que le rechazan, no obstante, y en especial para la gran masa incrédula de Israel, es una piedra de tropiezo y una Roca ofensiva con la que tropiezan y caen.
  4. Como piedra, Él se echará sobre Sus enemigos al término de este siglo. Los desmenuzará a todos y será luego el Centro reconocido del reino milenial.

Estas consideraciones nos llevan hasta la siguiente experiencia de Jacob: la escalera que vio colocada sobre la tierra, con su extremo que llegaba al cielo. Esta escalera es una referencia profética a los tiempos de la restauración de todas las cosas, al reino venidero de nuestro Señor Jesucristo.

La Escalera Que Llega Al Cielo

Génesis 28

Veréis el cielo abierto

Tras empezar a dormirse, Jacob soñó algo muy especial: «Y tuvo un sueño: vio una escalera que estaba apoyada en tierra, y su extremo tocaba en el cielo. Ángeles de Dios subían y descendían por ella» –v.12. En su sueño, los cielos estaban abiertos. Observó una relación entre el cielo y la tierra, una escalera por la cual descendían y ascendían ángeles.

Esta visión tiene un profundo significado profético, porque nuestro Señor ya se refirió a ella en Juan 1. Cuando Natanael le reconoció como el Hijo de Dios omnipresente y omnisciente, el legítimo Rey de Israel, Él le contó que vería cosas mayores que éstas. Estas glorias tenían que ver con el pueblo de Israel. Pero había cosas todavía más excelentes. Jesús le prometió: «Desde ahora veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios que subiendo y bajando sobre el Hijo del hombre» –Juan 1:48-51. La gloria de Cristo como Hijo del Hombre supera Su majestad como Rey de Israel, ya que será como Hijo del Hombre que dominará sobre todas las obras de la mano de Dios y ejercerá poder universal. De este modo fue coronado con gloria y honor a la diestra de la majestad en las alturas.

Natanael le llamó el Hijo de Dios, el Rey de Israel. Como el Mesías de Israel, Él poseía estas cualidades, porque era Aquel que por decreto divino fue hecho rey sobre el monte santo de Sión –Sal. 2:6ss. El salmo 2 habla de los consejos inalterables de Dios concernientes a este asunto. Aunque Su propio pueblo y las naciones rechazaron al Mesías, el decreto de Dios permanecerá, y Su rey ungido reinará finalmente sobre Sión. Desde allí se extenderá su reino hasta los confines de la tierra.

La gloria de Cristo como Hijo del Hombre remite a cosas mayores que Sus derechos mesiánicos en la tierra, porque poseyendo tal nombramiento, Dios le ha ensalzado a Su diestra en el cielo y le ha designado sobre todas las obras de las manos de Dios. Como Hijo del Hombre, es heredero de la creación entera, de todo cuanto Dios quiso dar al hombre. Éste es el carácter que se le atribuye en el salmo 8, donde se nos habla del designio de Dios para con el hombre –un designio que, a consecuencia del fracaso del primer hombre, tiene que cumplirse en Cristo, el segundo Hombre del cielo.

Ángeles de Dios ascendiendo y descendiendo sobre el Hijo del Hombre.

Todo ello será visible para todos en el reino venidero, del cual Cristo será el centro glorioso. Los ángeles, esos poderosos siervos de Dios, rendirán entonces homenaje al Hijo del Hombre y llevarán a cabo Sus mandamientos. Ellos servirán al segundo Hombre y al Señor del cielo, a quien se le ha conferido toda autoridad tanto en el cielo como en la tierra.

Del mismo modo, los ángeles le sirvieron en Su humillación, ya que el Señor dijo que «en adelante» (V.M.) iba a ser el objeto del ministerio de los ángeles –Juan 1:51. Los ángeles le vieron –1 Tim. 3:16. Cuando padeció la tentación en el desierto, unos ángeles le ministraron –Marcos 1:13. Un ángel del cielo se le apareció en Getsemaní y le fortaleció –Lucas 22:43. Unos ángeles ministraban en el sitio donde habían depositado su cuerpo –Lucas 24:4 y ss.

Cuando el Hijo del Hombre venga en Su gloria, vendrán entonces todos los santos ángeles con Él –Mat. 25:31–. Él será el objeto visible de su ministerio. Ascenderán para llevar a cabo sus órdenes y descenderán sobre Él para recibir nuevas, ya que entonces se dará públicamente al Hijo del Hombre toda la autoridad –véase Dan. 7:13,14; Juan 5:27; Apoc. 1:13; 14:14.

Cristo reinará como Hijo del Hombre en representación de Dios el Padre. Tendrá dominio sobre todas las obras de las manos de Dios. El reino milenial será el reino de nuestro Dios y de Su Cristo –Ef. 5:5; Apoc. 11:15–. El Rey ungido de Dios deberá reinar hasta que todos sus enemigos se hayan postrado a Sus pies. Luego vendrá el fin, cuando Él entregará el reino a Dios el Padre para que Dios sea todo en todos –1 Cor. 15:24-28.

Cuando Cristo reine, la Iglesia reinará con Él. Nosotros somos Su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo. También somos la esposa de este Hombre glorificado, una ayuda idonea para Él durante Su reinado sobre todas las cosas.

Los ángeles serán los ministros voluntarios del Hijo del Hombre, que procurarán que se haga la voluntad de Dios en la tierra y en el cielo. La oración del Señor se cumplirá –Mat. 6:10– y los cielos y la tierra armonizarán juntos. El Primogénito sobre la creación tomará públicamente el lugar al cual tiene derecho, y los ángeles le adorarán –Col. 1:15,16; Heb. 1:6.

De hecho, la escalera que vio Jacob, así como los ángeles que subían y bajaban, indican el tiempo de la restauración de todas las cosas, cuando todo será dispuesto conforme a la orden divina –Hech. 3:19-21. Aun así, el significado de esta escalera no está reservado para el futuro, cuando todas las cosas serán sometidas ante todos al Hijo del Hombre. Para la fe, el cielo ya permanece ahora abierto y manifiesta que existe una unión patente entre éste y la tierra. Con nuestros ojos de la fe podemos penetrar ahora dentro de unos cielos abiertos y ver allí a Jesús, coronado de gloria y de honra –Heb. 2:9; 3:1.

Veo los cielos abiertos

En el tiempo actual, cuando el Hijo del Hombre está glorificado a la diestra de Dios, ésta es nuestra posición como creyentes: atisbamos dentro del cielo y allí vemos, por el poder del Espíritu, a un Hombre glorificado.

El libro de los Hechos nos ofrece un maravilloso ejemplo de esta verdad. Esteban, el mártir, seguidor fiel del Cristo rechazado en la tierra, miró lleno del Espíritu Santo al cielo y vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios. Dijo entonces: «Veo los cielos abiertos, y al Hijo del hombre que está a la diestra de Dios» –Hech. 7:56. El Espíritu iluminó sus ojos para que mirase dentro del cielo.

Cuando Jesús recibió la glorificación, descendió el Espíritu Santo del cielo. Asimismo dirige nuestra mirada hacia arriba para que miremos que Jesús ha ocupado Su lugar a la diestra de Dios. Por el Espíritu, contemplamos la gloria de Cristo. Tenemos así una unión con nuestro Maestro, a quien el cielo debe recibir hasta el tiempo de la restauración de todas las cosas. El Espíritu le glorifica, porque toma de lo que es Suyo y nos lo revela a nosotros –Juan 16:13-15.

Esto produce una verdadera unión con el cielo. El Espíritu Santo nos une con nuestra Cabeza allá arriba y nos enseña las cosas profundas de Dios; nos lleva a un lugar donde tenemos libre acceso a Dios.

Tenemos acceso al Padre por un Espíritu. Tenemos confianza para entrar en el lugar santísimo, para decir con Jacob «no es otra cosa que casa de Dios y puerta del cielo» –Gén. 28:17.

Jesús, como antecesor nuestro, ha entrado en el santuario celestial. Poseemos la esperanza firme y segura de que pronto le seguiremos con cuerpos gloriosos –Heb. 6:18-20. Mientras, le seguimos por fe, porque tenemos la confianza de entrar en el lugar santísimo con la sangre de Jesús. Damos honra y servicio a nuestro Dios como compañía de sacerdotes e hijos en su divina presencia, hasta que Él realmente nos lleve a la gloria –Heb. 10:19-22.

Aclaremos el significado profético de la escalera que Jacob vio apoyada en la tierra. Nos muestra al Hijo del Hombre como el Objeto de satisfacción de Dios y del ministerio de los ángeles en la tierra. No hay que olvidar que los cielos se abrieron para Él en Su caminar terrenal al poco de ser bautizado. Los ángeles también le ministraron en la tierra. El motivo por el que ahora vemos, por fe, al Señor en el cielo, es que fue rechazado por los terrestres. Fue elevado de la tierra.

No obstante, se acerca el tiempo cuando el Hijo del Hombre aparecerá en gloria en esta misma tierra que le rechazó. Todavía espera a la diestra de Dios, pero a Su regreso los hombres y los ángeles por igual le colmarán de honores ante todo el mundo. Luego los cielos satisfarán la tierra, sujeta todavía a su futilidad –Os. 2:21. Más tarde, toda la creación será aliviada del yugo de la corrupción a la libertad gloriosa de los hijos de Dios bajo el bendito gobierno del Hijo del Hombre –Rom 8:21.

Primera Revelación En Betel

Génesis 28

Yo te bendeciré

Dios abrió los cielos a Jacob a fin de revelársele: «Jehová estaba en lo alto de ella y dijo: Yo soy Jehová, el Dios de Abraham, tu padre, y el Dios de Isaac; la tierra en que estás acostado te la daré a ti y a tu descendencia. Será tu descendencia como el polvo de la tierra, y te extenderás al occidente, al oriente, al norte y al sur; y todas las familias de la tierra serán benditas en ti y en tu simiente, pues yo estoy contigo, te guardaré dondequiera que vayas y volveré a traerte a esta tierra, porque no te dejaré hasta que haya hecho lo que te he dicho» –vv. 13-15.

Es sorprendente que Dios no atribuyera ninguna culpa a Jacob acusándole por sus malas acciones hacia su hermano y su padre. No leemos más que promesas de bendición. Dios dejó que Jacob mirara a los cielos abiertos a fin de mostrarle todas las riquezas que había guardado para él. En vez de proferir juicio y encender su cólera contra él, Dios reveló toda Su gracia, todos los designios que se había propuesto ofrecer a Jacob y a su descendencia. Por eso, el cumplimiento de estas bendiciones no dependía de las buenas acciones del hombre, sino de la fidelidad inmutable de Dios. Sin embargo, esta revelación de la bondad de Dios hacia Jacob pretendía hacerle ver cuán equivocado estaba y de qué manera tenía que juzgarse en sus caminos.

Se distinguen cuatro promesas de bendición en estos versículos: la promesa de la tierra, la promesa de la bendición para los descendientes de Jacob, la de bendición para todas la familias de la tierra, y, finalmente, la promesa de la protección de Dios y del regreso de Israel a su tierra. Todas ellas eran irrevocables, incondicionales y divinas –véase Rom. 11:29. Eran una continuación de las promesas que se hizo a Abraham y a Isaac. Cuando el Mesías, el Hijo de David, el Hijo de Abraham, reine, tendrán luego su cumplimiento final.

La promesa de la tierra

Esta promesa corroboraba las otras hechas a Abraham –Gén, 12:7; 13:14-17; 15:7-21; 17:8– y a Isaac –Gén. 26:2-4. Cuatro veces se hace esta promesa a Abraham, pero la tercera es sobre todo interesante para el asunto que nos ocupa. Aquí se concretan los límites de la tierra prometida «desde el río de Egipto hasta el río grande, el río Éufrates» –Gén. 15:18.

Hallamos una promesa semejante en Deuteronomio 11. Si Israel guardaba celosamente todos los mandamientos de Dios, su territorio se extendía «desde el río Éufrates hasta el mar occidental» –Deut. 11:22-24. En Deuteronomio 19 hay otra referencia clara: «Y si Jehová, tu Dios, ensancha tu territorio, como lo juró a tus padres, y te da toda la tierra que prometió dar a tus padres, siempre y cuando guardes todos estos mandamientos que yo te prescribo hoy para ponerlos por obra...» –vv. 8,9.

Pero como el pueblo no llegó a guardar los mandamientos de Dios, nunca poseyeron toda la tierra, salvo en el corto período de tiempo del reinado de Salomón. Él gobernó sobre todos los reinos desde el río hasta la tierra de los filisteos, hasta donde alcanza la frontera de Egipto –1 Reyes 4:21,24. Después del regreso de Cristo, figura del verdadero Salomón, la promesa incondicional de la tierra a los patriarcas tendrá entonces un total cumplimiento.

La promesa de bendición para los descendientes de Jacob

Los descendientes de Jacob habían de ser «como el polvo de la tierra». Debían «extenderse al occidente, al oriente, al norte y al sur» –v. 14a–. Nadie podía contar el polvo de la tierra, y del mismo modo nadie podía contar la descendencia de Abraham –Gén. 13:16.

Esta promesa se confirmaba ahora a Jacob. Balaam usó la misma figura cuando Dios le mandó bendecir a Israel: «¿Quién contará el polvo de Jacob?» –Núm. 23:10–. Salomón, al solicitar sabiduría, reconoció que Dios le hizo rey «sobre un pueblo numeroso como el polvo de la tierra» –2 Crón. 1:9. Además de la idea de abundancia, esta figura del polvo de la tierra sugiere la idea de transitoriedad –Gén. 3:19; 2 Sam. 22:43; 2 Reyes 13:7.

Éste es uno de los tres tipos que se usan en las Escrituras para indicar cuán numerosos serían los descendientes de los patriarcas. Los otros dos son: «la arena que está a la orilla del mar» y «las estrellas del cielo» –Gén. 22:17. Tal vez la expresión «la arena que está a la orilla del mar» se refiera a la posición bendita de Israel con respecto a las naciones –los mares agitados–, lo cual quedará comprobado plenamente en el milenio. Pero la expresión «las estrellas del cielo» es evidente que se refiere a la descendencia celestial. Deben recordarnos, pues, a los santos del Antiguo Testamento de Israel, así como a los santos del Nuevo Testamento tanto de Israel como de las naciones. La Iglesia se compone de los santos celestiales reunidos por el Espíritu Santo, de los judíos y de los gentiles por igual, unidos con Cristo en el cielo.

La promesa de bendición para todos los pueblos

Llegamos ahora a la tercera promesa: la bendición para todas las familias de la tierra –v. 14b–. Israel iba a ser su medio, especialmente el Mesías, la Simiente de la promesa que brotaría del pueblo de Israel. La promesa de bendición para todas las naciones de la tierra ya fue hecha a Abraham en Génesis 12:3 –véase también Gén. 18:18–, y se reiteró después de ofrecer a su único hijo Isaac –Gén. 22:18.

No obstante, había el deseo explícito de que esta bendición fuera cumplida en su estirpe: «En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra, por cuanto obedeciste a mi voz» –Gén. 22:18. Según Gálatas 3:16, esta simiente es Cristo. En Él todas las promesas de Dios son Sí y Amén –2 Cor. 1:20. La promesa de Abraham ha alcanzado en Él a todas las familias de la tierra, es decir, a todos los que son justificados según el ejemplo de Abraham –véase Rom. 4:16ss.

Esta promesa es muy importante para el final del tiempo, cuando desde Sión serán bendecidas todas las naciones. Subirán a la montaña de Jehová y caminarán en Sus caminos. «Porque la tierra será llena del conocimiento de Jehová, como las aguas cubren el mar. Acontecerá en aquel tiempo que la raíz de Isaí, la cual estará puesta por pendón a los pueblos, será buscada por las gentes; y su habitación será gloriosa» –Isa. 11:9,10.

La promesa del regreso de Israel a la tierra

Como es natural, la última promesa del regreso de Israel a la tierra prometida guarda una estrecha relación con las otras tres promesas. Sobre todo aquí, Jacob es el representante de su descendencia. Como Jacob, su descendencia sería deportada de la tierra por causa de sus pecados, pero al final del tiempo Dios restaurará su suerte, dado que Sus promesas a los patriarcas son irrevocables.

Los profetas testifican de este regreso a la tierra una y otra vez, incluso Moisés, que se refirió a ello mucho tiempo antes –Lev. 26; Deut. 30. Sin embargo, estas promesas de bendición y restauración implican una renovación interior, es decir, la circuncisión del corazón del pueblo. El regreso exterior va unido a un regreso interior hacia Dios y el Mesías, a quien han despreciado durante tanto tiempo. Es evidente que el regreso actual de los judíos incrédulos no supone el cumplimiento total de esta profecía.

Las profecías del regreso a la tierra, aluden con frecuencia a todo el pueblo, a las dos y las diez tribus –Isa. 11:11ss; 43:5,6; Jer. 3:18; 16:15; 30-33; Ezeq. 37:16ss. El regreso del remanente de las dos tribus de Babilonia, fue sólo un cumplimiento parcial de estas profecías. Zacarías profetizó después del cautiverio babilónico, y nos explica que tanto la casa de Judá como la de José –el reino de las diez tribus– regresarán de la diáspora –Zac. 10:6-12.

En cuanto al remanente fiel del pueblo, su regreso habrá de ser puesto en oración. Es sorprendente que en tiempos de David, incluso, los cantores levitas finalizaban sus cánticos de acción de gracias así: «¡Sálvanos, Dios, salvación nuestra! Recógenos y líbranos de las naciones, para que confesemos tu santo nombre, y nos gloriemos en tus alabanzas» –1 Crón. 16:35. En la dedicación del templo, Salomón concluye su oración suplicando por el regreso del exilio –2 Crón. 6:36-39.

Esta súplica para el regreso a la tierra se encuentra también en los Salmos. El salmo 106 acaba con las mismas palabras con que los cantores levitas finalizaban su cántico. El 107 es un cántico de acción de gracias de los redimidos de Jehová, porque Él los congregó fuera de las tierras, del oriente y del occidente, del norte y del sur –vv. 1-3. Los cánticos de ascensión hablan también del regreso futuro a Sión, especialmente el Salmo 126. Jehová da libertad a los cautivos, y congrega a todos los proscritos de Israel –Sal. 146:7; 147:2.

Nos referiremos ahora al Nuevo Testamento, a Mateo 24:31 y Apocalipsis 7:1-8. No todo el pueblo de Israel se reunirá en conjunto. La mayoría incrédula será juzgada al regreso de Cristo, pero los escogidos serán reunidos desde los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro. Éstos serán sellados y resguardados del juicio.

En efecto, vemos en este capítulo a Jacob como el representante del pueblo de Israel, lo cual es una práctica común en las Escrituras. Cuando Jacob bendijo a sus hijos, los consideró portavoces de las tribus que generarían, y habló de su lejano porvenir –Gén. 49:1. Realmente, éste es el objeto de la profecía, una bendición final del pueblo en la tierra prometida bajo el gobierno de su Mesías.

La promesa del regreso a la tierra en Génesis 28, tiene el mismo valor para la descendencia de Jacob. Las tres primeras promesas mencionan, además, a los descendientes de modo claro, lo cual pone de relieve que sus bendiciones se llevarán a cabo plena y solamente en el reino de paz venidero.

EL PRIMER PILAR DE PIEDRA

Génesis 28

El monolito de Jacob

Agradecido por esta revelación, Jacob quiso mostrar a Dios su gratitud –pese a que más tarde hiciera una promesa y se situara bajo la ley respecto a su relación con Dios–. Por lo tanto, hizo un monumento que servía para conmemorar este suceso inolvidable: «Se levantó Jacob de mañana, y tomando la piedra que había puesto de cabecera, la alzó por señal y derramó aceite encima de ella. Y a aquel lugar le puso por nombre Betel, aunque Luz era el nombre anterior de la ciudad» –vv. 18,19.

Jacob no levantó aquí un altar, sino que esto lo haría cuando regresara a Canaán –Gén. 33:20–. Su abuelo Abraham, por el contrario, construyó uno inmediatamente después de su llegada a Betel –Gén. 12:8; 13:3,4. En el altar, Abraham invocó el nombre de Jehová. Él era un adorador y fue fiel a la Palabra de Dios. No vaciló ante la promesa de Dios con rasgos de incredulidad, sino que se fortaleció con fe y dio gloria a Dios –Rom. 4:20, 21.

Había una gran diferencia entre Jacob y Abraham. Jacob siguió su camino seguro de sí mismo y anduvo en la manifestación de la carne, con lo cual tuvo que aprender que la carne no aprovechaba nada. En cambio, Abraham caminó en el poder de la fe, y eso explica el motivo que siempre tuviera un «altar», un lugar donde poder invocar el nombre del Señor y darle gracias.

Pero Jacob poseía aquí este pilar de piedra. Otras escrituras nos aclaran su significado, por ejemplo Génesis 31:44-52 –el pilar que sirvió de testimonio entre Jacob y Labán– e Isaías 19:19,20 –el pilar que servirá de señal y testimonio a Jehová de los ejércitos en la tierra de Egipto–. El pilar de Jacob era el testimonio de algo más especial, un signo duradero de un suceso importante.

A la luz del Nuevo Testamento, este pilar conmemorativo adquiere mayor importancia. En primer lugar, era la piedra que Jacob había colocado a su cabecera, una figura de Cristo como el lugar de reposo para todo creyente verdadero. La piedra de Jacob no quedó olvidada, sino que a partir de entonces iba a significar mucho. Lo mismo se puede decir de Cristo, la piedra escogida y preciosa. Él es, principalmente, nuestro lugar de reposo para nuestros corazones, pero además es el tema de nuestro testimonio.

La piedra, que es el fundamento de la Iglesia, es a la vez Aquel de quien da testimonio. No existe otro fundamento más seguro que satisfaga la aprobación de Dios –1 Cor. 3:11. Cristo es el fundamento de la Iglesia porque ésta se edifica en Él. Es también el tema de la confesión que la Iglesia sostiene. El apóstol Pablo habla de la Iglesia del Dios vivo que es la casa de Dios, la columna y apoyo de la verdad. Esta verdad se personifica en el Señor Jesucristo, Dios manifestado en la carne, justificado en el Espíritu, recibido arriba en la gloria –1 Tim. 3:15,16. Es deber de la Iglesia aquí en la tierra llevar el testimonio de Su encarnación, de Su vida perfecta en la tierra, de Su resurrección de entre los muertos y de Su glorificación en los cielos. De este modo, la Iglesia es la columna y estribo de la verdad, el recuerdo permanente de la verdad respecto a Cristo.

La piedra ungida

Jacob siguió con sus acciones: vertió aceite sobre su pilar –v.18b–, lo que se supone fue una unción –Gén. 31:13. En las Escrituras, esto es una figura muy típica de la unción con el Espíritu Santo –véase Zac. 4:6,14; Hech. 10:38; 2 Cor. 1:21,22. Como resultado, el pilar de Jacob era una piedra ungida.

El Espíritu Santo provee a la Iglesia de fortaleza espiritual para que testifique de Cristo. Nuestro testimonio no es por fuerza ni poder, sino por el Espíritu de Dios, ya que Él ha venido para habitar en la Iglesia, testificar de Cristo y llevarle gloria. El Espíritu Santo mantiene Su testimonio sobre la tierra por medio de la Iglesia y de Sus ungidos. Tal es el profundo significado de este pilar consagrado, del cual Jacob dijo que sería la «casa de Dios». Es una figura de Cristo unido a Su Iglesia, que en el momento actual es la morada de Dios en el Espíritu.

Cristo es la Piedra de reposo para los cansados, así como la piedra principal de la casa de Dios y también el tema de nuestra confesión. La revelación de Dios a nosotros tiene que ver, en todos los sentidos, con Cristo, la Piedra viva. Nuestra respuesta a Su revelación de gracia debe ser que hablemos de Él, que hagamos de esta Piedra un testimonio brillante en este mundo.

Lástima que Jacob hiciera algo más que levantar este pilar. Hizo también una promesa legalista, e incluso se aventuró a poner ciertas condiciones para servir a Dios. ¿Acaso ha sido de otro modo en la historia de la Iglesia? El testimonio de Cristo, ¿no se ve a menudo mezclado con principios legalistas?

Betel

Jacob llamó el nombre de ese lugar memorable Betel, que significa «casa de Dios». Aun así se menciona también el nombre anterior de Betel: «...aunque Luz era el nombre anterior de la ciudad» –v.19. Luz significa «almendro», siendo otras traducciones «torcido» o «corrupto». Estos últimos nos hablarían de nuestra condición natural ante Dios, pero el primero de la vida de resurrección que nos ha transformado de forma radical, ya que en las Escrituras el almendro nos habla del poder de resurrección, de la vida de entre los muertos –Éx. 25:33,34; Núm. 17:8; Jer. 1:11,12.

Ello nos recuerda nuestro anterior estado y el poder de la resurrección de Cristo que ha cambiado radicalmente nuestra condición. La Iglesia del Dios vivo se fundamenta en Cristo, el Hijo del Dios vivo, que abolió la muerte y sacó a la luz la vida y la inmortalidad. Los pecadores muertos y culpables se convirtieron en piedras vivas, gracias al Príncipe de vida. Juntos componemos ahora la casa de Dios que difunde las buenas nuevas de Cristo aquí en la tierra. Antes era la ciudad de Luz, la ciudad de las criaturas caídas, pero ahora es la ciudad de Dios que arroja luz celestial en medio de una generación torcida y perversa.

Otras piedras conmemorativas

Para acabar, podemos reseñar que establecer pilares era una práctica común en tiempos del Antiguo Testamento. En la vida de Jacob, vemos que esto sucede tres veces más. Una en Génesis 31, donde las piedras servían de testimonio del pacto entre Labán y Jacob; y dos veces en Génesis 35, donde erigió una piedra nuevamente en Betel y después un pilar sobre la tumba de su querida mujer cerca de Belén.

Más adelante hallamos las siguientes piedras conmemorativas en la historia de Israel, entre ellas unos montones de piedras con la misma función:

1. El monolito del monte Ebal, como recuerdo al pueblo de las palabras de la ley –Deut. 27:2-4; Jos. 8:32.

2. Las doces piedras en medio del Jordán, y las que se levantaron en Gilgal –Jos. 4:9,20.

3. La acumulación de piedras en el valle de Acor como recuerdo del juicio de Acán –Jos. 7:26.

4. El montón grande de piedras sobre el rey de Hai derrotado –Jos. 8:29.

5. La piedra grande en Siquem –Jos. 24:26,27.

6. La piedra Ebenezer –1 Sam. 7:12.

7. El cúmulo grande de piedras sobre la tumba de Absalón –2 Sam. 18:17.

8. El pilar que Absalón hizo para él –2 Sam. 18:18.

Quizás esta lista no sea completa. No es el propósito aquí de profundizar en el significado de estos memoriales, sino que deseamos hacer al lector la pregunta: «¿Qué significan estas piedras para ti?» –Jos. 4:6–. «Todas estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, que vivimos en estos tiempos finales» –1 Cor. 10:11.

LA PROMESA DE JACOB

Génesis 28

Si estuviere Dios conmigo

Los últimos versículos de este capítulo nos muestran una segunda reacción del patriarca hacia la revelación de Dios en Betel. Jacob no mostró ningún tipo de apreciación de la gracia plena con que Dios se le reveló desde el cielo. En seguida quiso hacer algo en señal de pago, bajo la condición de que Dios le guardara: «Allí hizo voto Jacob, diciendo: Si va Dios conmigo y me guarda en este viaje en que estoy, si me da pan para comer y vestido para vestir y si vuelvo en paz a casa de mi padre, Jehová será mi Dios. Y esta piedra que he puesto por señal será casa de Dios; y de todo lo que me des, el diezmo apartaré para ti» –vv. 20-22.

Parece ser que el privilegio de la revelación de Dios no fue comprendido por Jacob. La gracia de Dios le pareció demasiado elevada para él, y no gustándole permanecer sobre esa base, prefirió irse de la presencia de Dios. La casa de Dios no era para él sino un terrible lugar que le incomodaba –v.17.

Lástima que diera esta respuesta a la gracia de Dios. Dios no se la reprochó de ningún modo. Su gracia gratuita sólo podía darle una promesa de bendición, bajo cuatro formas. ¿Por qué, entonces, no sintió nada Jacob al respecto? ¿Fue porque reflexionó sobre sí mismo y tuvo que reconocer que no era digno de las exigencias de la santa presencia de Dios? ¿O era porque su conciencia le hablaba cada vez más claro?

La bondad de Dios debió hacer que se arrepintiera –Rom. 2:4. La gracia de Dios debió haberle llamado al juicio. Él debería haber confesado sus malas acciones y confiar en la gracia infinita de Dios, pero no hizo nada en absoluto. Jacob prefirió tomar la iniciativa solo e hizo un pacto con Dios, llegando a una promesa. Abandonó las bases de la gracia a las que Dios le había conducido y se inclinó por otras más legalistas, escogiendo los principios de las obras de la ley como base de su relación con Dios.

Tres ejemplos de legalismo

No pensemos que Jacob fue el único que actuó de esta manera. La suya fue una reacción muy típica. La historia se repite con frecuencia, y quizás lo veremos claro explicando otros tres ejemplos sacados de las Escrituras:

1. El pueblo de Israel en el Monte Sinaí, donde siguieron el ejemplo de su antepasado Jacob. Mientras no llegaron al monte, su historia fue caracterizada por la gracia, pese aun a los pecados que cometieron. Cuando murmuraron, no acarrearon juicio sobre ellos, como en el caso en el libro de los Números, sino que sirvió sólo para que las fuentes de la bondad de Dios brotaran para ellos. En este monte también, Dios se los encontró presentándoles Sus promesas de bendición. Les habló de la privilegiada relación que iban a tener con Él, ya que iban a ser un reino de sacerdotes y una nación santa. Sin embargo, se confiaron tanto en sus propias fuerzas, que contestaron: «Haremos todo lo que Jehová ha dicho» –Éx. 19:8. Este entusiasmo los desvió de la atención a la bondad de Dios, hacia sus propios valores.

2. El hijo pródigo que quiso convertirse en siervo. Cuando llegó al país alejado, decidió volver con su padre y decirle: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros» –Lucas 15:18-19. Quiso convertirse en un esclavo a fin de pagar de algún modo sus grandes deudas. Por suerte, su padre no aceptó que hiciera tal cosa. Evitó que tales palabras salieran de su boca e ignoró todo pensamiento de esclavitud.

El mismo espíritu de servidumbre puede observarse en el hijo mayor. Éste reprendió a su padre y le dijo: «Tantos años hace que te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás» –Lucas 15:29. La palabra que usó por servir significa «servir como esclavo». Nunca entendió los privilegios de la gracia, como podían serlo la presencia de su padre y la satisfacción de ser hijo suyo.

3. Los cristianos en Galacia que desearon caminar bajo la ley. Al principio, aceptaron el evangelio de la gracia de Dios, pero luego se volvieron al yugo judío de esclavitud, y aunque recibieron la posición de hijos se comportaron como esclavos. ¡Qué deterioro más grave! Para citar a Pablo: «De Cristo os desligasteis... de la gracia habéis caído» –Gál. 5:4. En efecto, fue una profunda caída, desde las alturas de la libertad cristiana hasta los abismos de una servidumbre bajo elementos mundanos.

¡Cuán terrible es este lugar!

Jacob experimentó el mismo suceso. Según su opinión, la casa de Dios no era un lugar agradable, pues la puerta del cielo sólo podía aterrorizarle –v.17. Se inclinó por los principios de la ley antes que disfrutar de los privilegios y deberes de la gracia, aplazando así su comunión práctica con Dios para el futuro. Serviría a Jehová en Su casa sólo después de que Él le hubiera guardado y bendecido en todos sus caminos –vv.20-22.

¿No razonamos nosotros de la misma manera? ¿No es verdad que ponemos nuestras condiciones delante de Dios con intención de servirle, igual que lo hizo aquí Jacob? Pero éste no es el lenguaje de la gracia. Si pensamos así es porque conocemos muy poco al Dios de Betel, quien quiere ofrecernos Sus bendiciones de balde, ya que la gracia es sin condiciones, y ser conscientes de ella no puede hacernos más que felices. Los principios de la gracia son que sirvamos a Dios como hijos Suyos amados, porque suspiramos estar en Su presencia y deseamos satisfacerle en todo.

Entonces, no hay razón para temer Su presencia, porque nos hemos acercado a Él por la sangre de Cristo. Para estar seguros, no es algo natural estar en la luz de la presencia de Dios, ya que como pecadores éramos totalmente indignos de permanecer ante Él. Pero como santos e hijos, Dios nos ha aceptado en el amado –Efe. 1:4-6. De esta manera, le hemos conocido como nuestro Dios y Padre de gracia que se ha revelado a nosotros para otorgarnos un lugar cerca de Él.

El Dios de Betel no es un Dios de exigencias. Él se ha revelado en Cristo, la Cabeza de una generación nueva, y nos mira con gracia. Para la carne, no obstante, es algo terrible estar en la presencia de Dios. Los designios carnales son enemistad contra Dios y no pueden satisfacerle –Rom. 8:7,8. La carne hace lo que le parece y nos aparta de Él. En esta etapa de la vida de Jacob, parece que no se había dado cuenta de ello. Siguió su camino confiando en sus propias capacidades. Sólo cuando llegó a Peniel se dio cuenta de que no debía esperar nada bueno de la carne, y sí de depender exclusivamente de la gracia de Dios.

En Juan 6:63 leemos que la carne no aprovecha nada. El Espíritu es el que nos da vida y el que nos capacita para servir a Dios. Entonces, debemos aprender a juzgar la carne y a identificarnos por la fe con el Cristo resucitado de entre los muertos. Ésta es la lección en Peniel, y la condición necesaria para disfrutar de las bendiciones de Betel. Por consiguiente, conoceremos cómo somos en realidad y también al Dios de toda gracia. Ya no confiaremos en nuestra propia fortaleza, antes bien, daremos gracias a Dios por todo lo que ha realizado a través de Cristo Jesús, nuestro Señor. Tampoco temeremos la presencia de Dios, sino que nos aceptará como hijos felices delante de Él.

PRIMER LLAMAMIENTO DE REGRESAR A BETEL

Génesis 31

La disciplina de Dios

Durante al menos veinte años, Jacob vivió alejado de Betel. En realidad, en ese país extranjero no fue más que un esclavo de Labán –véase vv. 38-42. Una y otra vez, su suegro le engañó, tanto en el ámbito familiar como en el laboral. Jacob tuvo que pagar muy caro el engaño cometido a su hermano y a su padre. Cuán solemne es contemplar la disciplina de Dios en la vida de Jacob. Sin embargo, no le dejó sin Su cuidado. Si Él castiga a los Suyos, es una prueba de que los ama, siendo que nos trata como hijos –Heb. 12:5ss.

Dios quería que Jacob viniera a Él para cualificarle de hijo en Su presencia. Dios disciplinó a Jacob a fin de capacitarle para vivir en Betel, la misma casa de Dios en donde Él se le había revelado. Llegado este punto, era Dios quien tenía que tomar la iniciativa para traerle de nuevo a Betel, ya que Jacob no deseaba en modo alguno estar en la presencia de Dios para tener comunión con Él, de manera que no suspiraba por ese lugar. Pero Dios sí deseaba tenerle cerca. Mientras estaba en casa de Labán, Jacob era un simple esclavo, pero en la casa de Dios iba a estar en la presencia de Dios como hijo. ¡Qué diferencia!

En el verso 3, Dios dijo a Jacob: «Vuélvete a la tierra de tus padres, a tu parentela, y yo estaré contigo». En este llamamiento, faltaba el nombre de Betel. Era una cita para volver a la tierra de Canaán. Jacob contó a sus mujeres en el mismo capítulo un sueño donde se menciona Betel: «Y me dijo el ángel de Dios en sueños:... Yo soy el Dios de Betel, donde tú ungiste la piedra y donde me hiciste un voto. Levántate ahora y sal de esta tierra; vuélvete a la tierra donde naciste» –vv.10-13.

Por lo visto, Dios se apareció antes a Jacob, pero él reaccionó tarde en obedecer los mandamientos de Dios. ¿Sería que todavía contemplaba la casa de Dios como un terrible lugar, que vacilase para regresar a Betel? ¿Prefería, quizás, vivir como esclavo en la casa de Labán?

Ha nacido el heredero

No estamos del todo seguros, pero el capítulo 30 nos ofrece otra información valiosa para el asunto que estamos tratando: el nacimiento de José, el heredero tan esperado. Cuando Raquel dio a luz a José, Jacob dijo a Labán: «Déjame ir a mi lugar, a mi tierra. Dame a mis mujeres, por las cuales te he servido, y a mis hijos, y déjame ir; pues tú sabes los servicios que te he prestado» –vv. 25, 26. Este feliz acontecimiento decidió a Jacob. El nacimiento de su heredero le hizo tomar la decisión de abandonar la casa de servidumbre.

Este principio también se aplica a nosotros. Si Cristo, nuestro heredero, es formado en nosotros, somos liberados de la ley del pecado y de la muerte. Cuando Él tenga la preeminencia, ya no estaremos en servidumbre. Cristo vive en nosotros y somos conscientes de nuestra nueva posición como cristianos. Si es formado el Hijo de Dios en nosotros, nos comportaremos como hijos también, ya que Él nos libera y nos lleva a la presencia del Padre.

Ocurrió un suceso similar en la vida de Abraham. En Génesis 21 se nos cuenta acerca de la partida de Agar e Ismael tras un gran festín que se hizo en honor a Isaac. Cuando se reconocieron los derechos del heredero y éste obtuvo el lugar destacado, facilitó la expulsión de la sierva y su hijo. Todo esto es simbólico, como Pablo explicó a los gálatas. Ellos representaban dos pactos, dos ciudades, dos órdenes diferentes: la ley y la gracia –Gál. 4:21ss. Los gálatas debían hacerse suyas estas cosas. Tenían que reconocer los derechos de Cristo y «expulsar a la sierva y a su hijo», es decir, renunciar a las observancias de la ley. Cristo debía formarse en ellos. El Heredero de todas las cosas tenía que convertirse en el centro de sus vidas.

En el libro de Génesis, existe una unión clara entre el heredero, que entra en escena, y la toma de posesión de la herencia. El hijo de la esclava no podía heredar con el hijo de la libre, que heredaría todo lo que Abraham poseía –Gén. 21:10; 24:36; Gál. 4:30. Jacob manifestó su deseo de regresar a la tierra prometida después de que José, el primogénito de Raquel y el príncipe de entre sus hermanos, hubiera nacido –Gén. 49:26.

Cuando el verdadero heredero, Cristo, sea reconocido y formado en nosotros, seremos conscientes de nuestra propia posición de hijos y herederos de Dios, y anhelaremos tomar posesión de nuestra herencia. La parte de Jacob era la tierra de Canaán; la nuestra es la patria celestial que Dios ha preparado para nosotros: los lugares celestiales con su plenitud de bendiciones espirituales en Cristo –Efe. 1:3.

Regreso a la tierra

Observamos, no obstante, que fueron necesarios grandes esfuerzos para que Jacob se dispusiera en camino hacia la tierra prometida. En efecto, Dios tuvo que obligarle a hacerlo presentándole circunstancias difíciles en su andar. Pero, ¿somos nosotros mejores que este patriarca? Con frecuencia es angustioso para Dios desligarnos de las cosas terrenales y dirigir nuestros pasos a una patria mejor, la celestial.

Cuando llegó la hora de regresar a Canaán, Dios tomó la iniciativa. No dejó a Jacob abandonado a su suerte en tierra extranjera. Quería llevarle a Su presencia y que tomara posesión de las cosas que había preparado para él. Deseaba tener comunión con Jacob en Su casa, aunque se hubiera desviado de Él marchándose por sus propios caminos.

En Génesis 3, vemos que sucede lo mismo. Dios buscó a Adán y Eva cuando permanecían escondidos de Su presencia. Les estableció una base justa en la cual podía tener comunión con ellos: la muerte de un sacrificio que ocupó el lugar de los pecadores culpables, medio por el cual Dios les trajo a Sí. Con muchos de estos detalles obró Dios para con Jacob, a fin de ayudarle a ponerse en camino hacia la tierra de la casa de Dios.

Levanta, alma mía, tu Dios te guía;

Manos extrañas no más dificultan;

Sigue adelante, Su mano te cuida,

Poder que a los cautivos indulta.

Luz divina acompaña tu andar,

Dios mismo te indica el sendero;

Bendiciones ocultas, que al revelar,

Conducen al albor eterno.

MAHANAIM

Génesis 32

Ánimo para el camino

De camino a la tierra prometida, Jacob tuvo una experiencia interesante. Ángeles de Dios, mensajeros suyos, le salieron al encuentro: «Jacob siguió su camino, y le salieron al encuentro unos ángeles de Dios. Dijo Jacob cuando los vio: ‘campamento de Dios es este’, y llamó a aquel lugar Mahanaim» –vv. 1-2.

Mahanaim significa «dos campamentos» o «dos compañías». Jacob vio que no estaba solo, y después de organizar a la compañía que iba con él en dos –v.7ss.–, había otra de ángeles que Dios había enviado para proteger a Jacob y a su familia.

Sin duda alguna, esto era muy alentador de parte de Dios, lo que mostraba a Jacob que no estaba solo y que no tenía necesidad de temer a su hermano Esaú. Dios pondría en orden todas las cosas según Su providencia, y aseguraría la llegada de Jacob a Canaán. Dios era el oculto Comandante del ejército de Jehová, ordenando enérgicamente a Sus guerreros sobre la tierra –Jos. 5:13-15. A la vez Él era Jehová de los ejércitos, rodeado de miríadas de ángeles –1 Reyes 22:19; Isa. 6:1-3.

Él dispone de todos los medios, y los ángeles están listos para cumplir sus mandatos. Tienen un poder desbordante, cumplen Su palabra y escuchan Su voz. Son los ministros que hacen Su voluntad –Sal. 103:20, 21. Dios ha enviado a estos siervos para acudir al rescate de Sus hijos. Ellos son espíritus ministradores enviados para servir a los que serán herederos de la salvación –Heb. 1:4. Permanecen bajo las órdenes de Dios. Jacob dijo que formaban el «campamento de Dios».

Toda autoridad me ha sido dada

Cuando arrestaron al Señor Jesús, dijo Él a Pedro que el Padre le proveería de más de doce legiones de ángeles si se lo pedía –Mat. 26:53, 54. Esto hubiera significado un poder terrible, porque sabemos que un único ángel podía destrozar a casi un ejército entero –2 Crón. 32:21. Pero Cristo no solicitó la ayuda de estos ejércitos celestiales, ya que las Escrituras tenían que cumplirse. ¿No debía Cristo sufrir estas cosas y entrar en Su gloria? Como hombre glorificado, Dios le ha sentado en Su diestra por encima de toda principalidad, fuerza, poder y dominio –Efe. 1:21. Dentro de poco, Él utilizará estos ejércitos de ángeles para abatir la tierra y vencer sobre Satanás –véase Apoc. 12 y 20.

Cristo no sólo posee este ejército celestial, sino que posee también a sus guerreros en la tierra, los que ha redimido del poder de Satanás. Es sorprendente que a este ejército en la tierra se le atribuya la victoria final sobre Satanás –Rom. 16:20; Apoc. 12:11. Estos dos ejércitos están ocupándose de obtener la victoria sobre Satanás, y nosotros tenemos la sólida promesa de que el Dios de paz aplastará bajo nuestros pies al enemigo de nuestras almas dentro de poco tiempo.

Los dos campamentos de que habló Jacob están llenos de significado. Hay ejércitos celestiales y terrenales que, al fin y al cabo, luchan con Satanás y sus huestes que todavía habitan en los lugares celestiales –véase Dan. 10:10ss; Efe. 6:10ss. Estos dos ejércitos son conducidos por el Señor mismo, pero no existe el contacto entre ellos, de lo contrario correríamos el riesgo de adorar a los ángeles y de inmiscuirnos en las cosas ocultas e invisibles –Col. 2:18; 1 Tim. 1:4; 6:20.

Desde nuestra unión con Cristo, poseemos ya un lugar más elevado que los ángeles. Nosotros los juzgaremos –1 Cor. 6:3–, pero por el momento nos debemos a nuestra Cabeza en el cielo, con la que estamos estrechamente unidos, y dejar que ella dirija nuestros conflictos con el enemigo. Con todo, es muy práctico ver que estos poderosos guerreros permanecen a Su disposición y que Él se sirve de ellos en Su providencia.

Jacob echó una mirada al mundo invisible a fin de ser alentado para el camino. Con el profeta Elías se establece una experiencia similar. Él no la necesitaba, ya que confiaba en Dios y sabía que los ángeles le acompañaban. Dijo entonces a su siervo: «No tengas miedo, porque más son los que están con nosotros que los que están con ellos». El ejército celestial que estaba con ellos era mayor que el del enemigo. Luego Elías rogó por su siervo: «Te ruego, Jehová, que abras sus ojos para que vea. Jehová abrió entonces los ojos del criado, y éste vio que el monte estaba lleno de gente de a caballo y de carros de fuego alrededor de Eliseo» –2 Reyes 6:16,17.

La presencia de estas miríadas de ángeles deberían alentarnos, aunque no las podamos ver. Sabemos que están haciendo la voluntad de Dios, pero nosotros tenemos que librar nuestras propias batallas contra el enemigo, dependiendo de Dios, quien también controla a estas huestes celestiales. Estos poderosos siervos tienen que llevar a cabo la tarea que Él les asigna. Ahora cumplen la voluntad del Hombre Cristo Jesús, el Dios bendito por la eternidad, que prevalece sobre todos.

Este encuentro con los siervos de Dios debería haber alentado a Jacob para que confiara en la ayuda de Dios, y no en su propia fuerza e inteligencia. Sin embargo, tenía que aprender una dura lección, para cuyo fin tuvo que luchar con Dios en Peniel.

PENIEL

Génesis 32

La lucha con Dios

Después de encontrar a los ángeles de Dios, Jacob tuvo que encontrarse con Dios mismo. Como todavía no estaba en armonía con la presencia santa de Dios, no podía encontrarse con Él como el Dios de Betel, el Dios de la casa de Dios. Jacob no podía encontrar a Dios como Padre amoroso que le diera una cálida bienvenida a Su casa. Le encontró como Adversario, como Luchador: «Y luchó con él un varón hasta que rayaba el alba» –v. 24.

Dios tenía que hallarse con Jacob en su mismo terreno. Había luchado ya con él durante más de veinte años, y la lucha decisiva tendría lugar ahora. Jacob era un hombre que hacía su voluntad y confiaba en su propia fuerza. Por lo tanto, tuvo que aprender la otra cara de la moneda, que la carne no servía de nada y que dependía totalmente de la gracia de Dios.

Romanos 7

En este capítulo hallamos una lucha semejante, bien que en él se describe un conflicto interior. Igual que la de Jacob, es la lucha de alguien que confía en sus propias fuerzas, una lucha con un destino perdedor para todos nosotros. El «yo», el viejo ego se presenta ante nosotros aquí. Sus experiencias no son básicamente cristianas; éstas se hallan en Romanos 8, de donde sobresalen Cristo y el Espíritu. La persona que Pablo nos presenta en el capítulo 7 es un creyente, ya que se deleita en la ley de Dios según el hombre interior –v. 22. Ha de reconocer que es carnal, vendido al pecado –v. 14. Todavía no está liberado del poder del pecado y no puede competir con el pecado que mora en él, lo cual finalmente le lleva a exclamar: «¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?»

Sin embargo, aquí está el dilema. El mismo momento en que estamos en peligro de hundirnos, el rescate acude. Obtenemos la victoria tan pronto como aceptamos nuestra total impotencia. Entonces aprendemos a ceder, a renunciar a nuestras propias fuerzas y a confiar únicamente en lo que Dios ha hecho por medio de Cristo. Todo ello produce un cambio radical, una liberación tan completa del poder del pecado que exclamamos: «¡Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro!» –v. 25.

Naturalmente, el fin de nuestra lucha viene cuando reconocemos nuestra incapacidad y aceptamos la salvación del Señor. Ya no miramos a nuestro interior, sino hacia arriba. Comprendemos lo que Dios ha realizado y le alabamos por ello. La única manera de ganar la lucha es salir mal parados de ella. Esto constituía el secreto de la victoria de Jacob, como veremos después. Jacob ganó en el momento que aceptó que era un perdedor, lo cual es cierto también del hombre de Romanos 7, quien obtiene la victoria al presentar la rendición. Después continúa como un hombre libre cuando se libra a las misericordias de Dios sin condiciones.

El rostro de Dios

Peniel significa «el rostro de Dios». Es el lugar donde encontramos a Dios de un modo personal. Cada vez que nos encontramos con Dios cara a cara, aprendemos a discernir todo con claridad, desde el ángulo correcto. Entonces vemos nuestra propia debilidad, pero también la grandeza de Dios. Por una parte, reconocemos que somos cautivos del pecado, que la carne no sirve para nada, pero por otra sabemos de qué manera Dios ha satisfecho nuestra necesidad. Él condenó el pecado en la carne en la muerte de Su propio Hijo, y nos ha dado una nueva posición en Cristo resucitado de entre los muertos. Ahora ya no hay condenación para los que están en Cristo Jesús, y se han establecido en esta nueva posición ante de Dios –Rom. 8:1-3.

Este encuentro personal con Dios, arroja luz sobre nuestra relación con Dios. Aceptamos que somos incapaces de permanecer ante un Dios santo, pero al mismo tiempo Dios mismo ha puesto para nosotros un fundamento justo, a fin de que seamos Sus hijos delante de Él. El hombre natural no puede permanecer ante Él, pero para el hombre en Cristo existe realmente un lugar ante Dios, lo cual hizo exclamar a Jacob las maravillosas palabras: «Vi a Dios cara a cara, y fue librada mi alma» –v. 30.

Ningún hombre podrá verme y seguir viviendo

Existen más ejemplos en el Nuevo Testamento de personas que se encuentran con Dios cara a cara, que reaccionan de la misma manera. Primeramente, se dan cuenta de su total indignidad, y en segundo lugar son conscientes de la gloria de Dios. Detengámonos por unos instantes a considerar los siguientes episodios:

1. Dijo Dios a Moisés: «No podrás ver mi rostro, porque ningún hombre podrá verme y seguir viviendo» –Éx. 33:20. Más tarde, Dios le mostró un lugar donde estaría seguro. Era un lugar al lado de Dios, sobre la roca, e incluso dentro de su grieta. Esto habla de nuestra posición en Cristo ante Dios, puesto que «esa Roca era Cristo» –véase Éx. 17:6; 33:21,22; 1 Cor. 10:4.

2. Cuando Gedeón percibió al ángel de Jehová, se abrumó de pesadumbre y dijo: «Ah, Señor Jehová, he visto al ángel de Jehová cara a cara» –Jue. 6:22. Pero más tarde le prodigó paz y proclamó las buenas nuevas «Paz a ti». El sacrificio que presentó Gedeón fue aceptado y por eso hubo paz, una base para que el hombre repose en la presencia de Dios. El Señor resucitado predicó las buenas nuevas también a sus discípulos: «Paz a vosotros» –Juan 20:19,21.

3. Al comprender Manoa que el Ángel de Jehová se le había aparecido, dijo a su mujer: «Ciertamente moriremos, porque hemos visto a Dios» –Jue. 13:22. Pero su mujer demostró una mejor comprensión de las circunstancias, por lo que le contestó: «Si Jehová nos quisiera matar, no aceptaría de nuestras manos el holocausto y la ofrenda». Ni tampoco les hubiera revelado esas maravillosas promesas. Esto se aplica también a nosotros, ya que la obra consumada de Cristo es la única base sobre la cual podemos permanecer ante Dios, y que Él nos bendiga.

4. Isaías vio la gloria del Señor y dijo: «¡Ay de mí que soy muerto!, porque siendo hombre inmundo de labios y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos» –Isa. 6:5. Pero como se había ofrecido una ofrenda quemada en el altar, siguieron los efectos de purificación y reconciliación –vv. 6,7. El juicio de Dios abatió a Cristo en la cruz cuando Él sufrió en nuestro lugar, y ésta es la base de nuestra salvación.

Desde luego, en todos estos ejemplos la Persona y la obra acabada del Señor Jesús constituyen el fundamento de nuestra posición gloriosa delante de Dios. Como cristianos hemos sido llevados a Dios, quien nos ha aceptado en el Amado. Somos hijos en Su presencia, que es luz y amor a la vez. No sólo ya no somos condenados, sino que Dios está incluso satisfecho de nosotros porque nos contempla en Su amado Hijo.

He aquí el resumen de Peniel: conseguir un lugar de seguridad y de salvación ante Dios. Es un lugar que Dios mismo ha preparado para nosotros por medio de Cristo. No podemos permanecer ante Él como hombres naturales, ya que pertenecemos a la raza del primer Adán que volvió su espalda a Dios. Pero porque somos pertenencia de Cristo, la Cabeza de una nueva generación, hemos pasado de muerte a vida. Dios nos ha llamado de las tinieblas a Su luz admirable, nos ha liberado de su poder –de odio y enemistad contra Dios– y nos ha trasladado al reino de Su amado Hijo –Juan 5:24; Col. 1:12,13; 1 Ped. 2:9.

A diferencia de la dispensación de Moisés, tenemos el privilegio de admirar la gloria del Señor con rostros desvelados. Dios brilló en nuestros corazones con la luz del evangelio de la gloria de Cristo, con la luz del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo, y muy pronto, tras la redención de nuestros cuerpos, veremos Su rostro y Él nos dará luz. En Su presencia hay plenitud de gozo, delicias para siempre –Sal. 16:11; 17:15; 2 Cor. 3:18; 4:4,6; Apoc. 22:4,5.

EL SECRETO DE LA VICTORIA DE JACOB

Génesis 32

Cómo vencer

Consideremos ahora cómo obtuvo Jacob la victoria cuando luchó con Dios. No se sabía quién había de ganar hasta que Dios tocó la unión del muslo de Jacob, desencajándolo de su lugar. En consecuencia quedó inutilizado, y Jacob tuvo que parar de luchar. Todo lo que podía hacer era agarrarse al Hombre que altercaba con él. Cuando dijo: «Déjame, porque raya el alba», Jacob contestó: «No te dejaré, si no me bendices» –vv. 25, 26.

Jacob fue inutilizado en el asiento de sus fuerzas. En las Escrituras, se considera al muslo el asiento de la fuerza viril –igual que los lomos, como en Heb. 7:5, 10–. En el salmo 45, se dice respecto al rey Mesías: «Ciñe tu espada sobre el muslo, valiente» –v.3. Fue en ese punto exacto donde Jacob fue tocado, y en consecuencia tuvo que aceptar que no le quedaban fuerza, estando desprovisto de todo poder. Tuvo que dejar de luchar, e imploró al Hombre que altercaba con él que le bendijera entonces y allí.

Éste fue realmente el caso, y el profeta Oseas así lo confirma. Dios estaba tratando con Su pueblo, igual que lo había hecho con Jacob, con lo cual deberían tomar ejemplo de él como modelo suyo. Oseas escribe: «Pleito tiene Jehová con Judá para castigar a Jacob conforme a su conducta; le pagará conforme a sus obras. En el seno materno tomó por el calcañar a su hermano, y con su poder venció al ángel. Luchó con el ángel y prevaleció; lloró, y le rogó; lo halló en Betel, y allí habló con nosotros. Mas Jehová es Dios de los ejércitos: ¡Jehová es su nombre! Tú, pues, vuélvete a tu Dios; guarda misericordia y juicio, y en tu Dios confía siempre» –Oseas 12:2-6.

Lloró y buscó el favor de Dios

Aquí hallamos el secreto de la victoria de Jacob: él lloró y buscó el favor de Dios. Tras el abandono de sus fuerzas, sólo quedaba una alternativa, suplicar misericordia. Ello prepara el camino para la bendición y la victoria. Cada vez que nos dirigimos a Dios para que nos muestre misericordia, encontramos el camino preparado hacia Su corazón. Cuando aceptemos que dependemos completamente de Su gracia, Él nos oirá. El grito pidiendo clemencia pone al cielo en movimiento.

Hallamos maravillosos ejemplos de esto en los evangelios, donde a menudo se oye el clamor: «¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de nosotros!» –véase Mat. 20:30-31. Estas súplicas pidiendo misericordia reciben siempre contestación. Hasta podríamos decir que el Señor no puede resistirse de oírlas, ya que Él siente compasión de nosotros debido a nuestra impotencia. Para entonces deberíamos haber llegado al extremo de reconocer que estamos inermes y sin esperanza. Éste es el extremo al cual Jacob había llegado aquí, ya que en realidad fue abatida su autoconfianza y no tuvo más remedio que agarrarse al Hombre que luchaba con él.

Para el hombre de Romanos 7 tiene la misma aplicación. Cuando él ha llegado al extremo más bajo, teniendo que rendirse, le oímos exclamar con gran desesperación: «¡Miserable de mí!, ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?» Pero en seguida viene la respuesta: «Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro» –vv. 24, 25. Consciente como es de su propia debilidad, comprende que sólo hay una solución: su auxilio debe venir de arriba. Todo depende de la misericordia de Dios, de lo que Él ha hecho por medio de Cristo. De esta manera llegaremos a ser vencedores, unos victoriosos que alaban a Dios por Su salvación.

Peniel y Betel

Otra característica que nos enseña el profeta Oseas es que la experiencia de Peniel no es un hecho aislado. Peniel sirve para preparar al cristiano para Betel. Por lo tanto, Oseas agrupa los dos lugares: «Venció al ángel, y prevaleció; lloró, y le rogó; lo halló en Betel». Esto es algo extraordinario, ya que la historia en el Génesis nos cuenta que antes tuvo que suceder mucho para que Jacob se dispusiera a ir a Betel. Pero en el libro de Oseas, Dios parece no reflejar todas estas tristes experiencias de la vida de Jacob. Lo único que importa aquí son estos dos puntos: Peniel y Betel.

Peniel es el lugar donde aprendemos a juzgarnos y a no esperar nada bueno de la carne, y que nos hace aptos para Betel, el lugar de la presencia de Dios. Cuando aprendemos esto, la gracia nos capacita para habitar en la casa de Dios para siempre.

UN NUEVO COMIENZO

Génesis 32

Una creación nueva

Peniel se convirtió en el punto de partida en la vida de Jacob. El viejo Jacob ya no existía, porque se había transformado en un nuevo hombre. Esto es expresado en el cambio de su nombre: «Ya no te llamarás Jacob, sino Israel» –v. 28.

Literalmente, Jacob significa «el que agarra del talón». El significado que determina el carácter y acciones de Jacob, «usurpador» o «engañador», se deriva de este significado –Gén. 25:26; Os. 12:4. Israel quiere decir «el que lucha con Dios» o «el que prevalece con Dios». De ahí el significado «príncipe con Dios», porque había luchado con Dios y los hombres, y había prevalecido. Este nombre nuevo marcó otro comienzo en la vida de Jacob.

Así son los casos que las Escrituras nos presentan cuando se cambia el nombre de alguna persona. Me gustaría dar dos ejemplos: Simón Pedro en el Nuevo Testamento, y Abraham en el Antiguo Testamento. A Simón le fue cambiado el nombre cuando conoció al Señor y creyó en Él. El Señor le dijo: «tú serás llamado Cefas –que quiere decir Pedro–». Se transformó de un pecador muerto a una piedra viva, apta para el servicio en la casa de Dios –Juan 1:42; 1 Ped. 2:5.

Veamos el segundo ejemplo de Abram. Su nuevo nombre fue Abraham, porque tenía que convertirse en padre de muchas naciones. Se vio en una nueva relación con Dios, quien introdujo la circuncisión como la señal de Su pacto –Gén. 17. Las cosas viejas pasaron, y todas se habían hecho nuevas. Abram pasó, y de él salió Abraham. Se despojó del viejo hombre y se revistió del nuevo. Éste es el significado corriente de la circuncisión. El viejo hombre está enterrado con Cristo –Col. 2:11,12.

Jacob experimentó lo mismo. Digámoslo en el lenguaje claro del Nuevo Testamento: el viejo hombre se metió dentro de la tumba, y el nuevo, una nueva creación, Israel, salió de ella. Un nuevo día alboreó para este príncipe de Dios, ya que leemos: «Y había pasado de Peniel cuando salió el sol; y cojeaba a causa de su cadera» –v.31. Existe un maravillo paralelo a este suceso en la exhortación «levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo» –Efe. 5:14. Cristo es el Sol que ilumina el nuevo día porque Él es nuestra vida y luz.

Jacob empezó una nueva vida en el gozo de una relación nueva con Dios. La vida pasada en las fuerzas de su propia voluntad, era ya una cosa del pasado, desde que comenzó esta otra vida como hijo de Dios. Llevaría en todo momento el recuerdo de que era una persona débil y que debía depender de Dios, porque cojeaba en su costado.

Revistiéndonos del nuevo hombre

Cuando leemos la historia de Jacob a la luz del Nuevo Testamento, nos damos cuenta de que, a través del evangelio, la vida nueva ha salido a la luz. En el día de la plenitud de los tiempos, cuando Dios sacrificó a Su Hijo, apareció un nuevo hombre. La expresión «nuevo hombre» se menciona solamente en la epístola a los Efesios y a los Colosenses, y en singular –Efe. 2:15; 4:24; Col. 3:10. Característica del viejo hombre, la raza humana que desciende de Adán es ahora una generación nueva de la que el Cristo resucitado, el postrer Adán, es la Cabeza. Como cristianos nos hemos despojado del viejo hombre, de todo lo que caracterizaba a la descendencia del primer Adán, y nos hemos revestido del nuevo.

El nuevo hombre es el fruto de la muerte de Cristo y de Su resurrección. Es obra de Dios y está creado según Dios, en justicia y santidad verdaderas. Esto quiere decir que rechaza y se resiste a hacer el mal. El nuevo hombre manifiesta los rasgos de la naturaleza divina –véase Efe. 1:4; 2 Ped. 1:4.

Hay un alto contraste entre el nuevo hombre y el viejo, que terminó su función a la muerte de Cristo. Es una clase diferente de hombre, no lleva la imagen del primer Adán, sino la del Señor Jesucristo. Es un hombre nacido de nuevo que no muestra la imagen de nuestros primeros padres, sino la imagen nueva del Señor resucitado. Nuestro viejo «yo», nuestro viejo hombre, fue crucificado con Cristo, como dice Romanos 6:6. Nos hemos revestido del nuevo hombre y lo hemos manifestado mediante el bautismo –Gál. 3:27.

Como es natural, esto tiene que manifestarse también en los ejercicios rutinarios de cada día. Esto explica por qué necesitamos las exhortaciones «Revestíos... y despojaos» –Col. 3:8,12. Debemos adaptarnos a nuestra posición en Cristo, lo cual debe hacernos ver de inmediato que ya no tenemos que vivir según el viejo hombre pretendía, sino mostrar los rasgos del nuevo hombre. En otras palabras, tenemos que revestirnos del Señor Jesucristo de forma práctica y no satisfacer a la carne, cumpliendo sus deseos –Rom. 13:14.

El nuevo hombre no es autónomo. Tiene un patrón divino. Renueva el conocimiento según la imagen del que le creó, Cristo –Col. 3:10,11–. Hallamos, así, nuestra regla de vida en Cristo, transformándonos a Su imagen. El hombre interior se renueva día a día –2 Cor. 3:18; 4:16– y nos permite caminar en la novedad de vida, servir en la novedad del Espíritu y transformarnos por la renovación de nuestra mente –Rom. 6:4; 7:6; 12:2. Participamos de una vida de resurrección en la luz de nuestro Señor resucitado, al igual que el sol salió para Jacob e hizo que continuara su peregrinaje bajo la luz de un nuevo día.

El Señor resucitó; con Él resucitamos también,

Ved al enemigo en el sepulcro vencido.

El Señor resucitó; más allá de la tierra de juicio,

Vida de resurrección tenemos ya en Él.

LA CASA EN SUCOT

Génesis 33

¿Empezar en el Espíritu y acabar en la carne?

Después del cambio en la vida de Jacob, podría pensarse que hubiera llevado otro estilo de vida. Sin embargo no fue así, y una y otra vez vemos manifestarse al viejo Jacob. A pesar de que recibió un nombre nuevo en Peniel (Israel = Príncipe con Dios), su proceder no era en conformidad con este nombre. En Génesis 35 se repitió este cambio de nombre y fue inculcado en Jacob que, a fin de cuentas, él era una nueva creación.

Igualmente nosotros corremos el peligro de empezar en el Espíritu y dejar luego que la carne nos perfeccione –Gál. 3:3. Todavía tenemos la carne en nosotros, porque después de nuestra conversión ésta no ha mejorado. En cuanto le demos un poco de dominio, serviremos a la ley del pecado –Rom. 7:25. Como resultado, vacilaremos entre dos opiniones y echaremos mano de dobles principios. Pero ésta no es la voluntad de Dios para Sus hijos. Si vivimos en el Espíritu, también debemos caminar en el Espíritu.

Es obvio que Jacob, desde el encuentro con su hermano en este capítulo, demostró ser una persona hipócrita. En un sentido, alababa a Dios por todas las demostraciones de gracia que le había dado, pero sin embargo tomaba toda clase de precauciones asegurándose de mentir y halagar a Esaú. No nos sorprende que dejara sin cumplimiento la promesa de ir a Seir –v.14–, dirigiéndose a Sucot en su lugar, donde se construyó una casa e hizo unas cabañas para su ganado. De ahí que el nombre del lugar se llamó Sucot, es decir, Cabañas –v.17.

Todos vosotros corréis a vuestra propia casa

¿Se había olvidado Jacob del mandamiento de Dios de regresar a Betel, el lugar de la casa de Dios? Allí tenía que encontrarse con Dios, quien iba a revelarse de nuevo a él. Jacob debería haberlo deseado. El deseo de su corazón debería haber sido éste, porque no existe mayor bendición en la tierra que habitar en la casa de Jehová para siempre –Sal. 23:6; 25:14; 36:7-9.

Parece ser que Jacob había erradicado de su mente todo pensamiento acerca de Betel. Usó su libertad como una oportunidad para la carne –Gál. 5:13. En vez de dirigirse a la casa de Dios, construyó una casa para él solo. El asunto principal de su mente no era Dios ni la casa de Dios, sino sus propias formalidades y su casa. Comprobaremos algo parecido en el altar que se construyó cerca de Siquem –vv. 18-20–. Pensaba en sí mismo y en su casa, pero no en los intereses de la casa de Dios –véase Hag. 1:4,9.

Para ampliar este sentido, podemos pensar también en la tendencia que tiene la naturaleza humana de construirse toda suerte de «casas» en torno a personajes eminentes en la cristiandad. Con frecuencia, este tipo de «casas» están dirigidas por un líder que deposita su marca sobre ella. Pero, ¿es ésta la casa de Dios? Es una habitación humana a menudo utilizada para las religiones inventadas por el hombre.

En realidad, lo que hizo Jacob al construirse esa casa, fue negar que era un extranjero y un peregrino en la tierra. Abraham fue más fiel: «Por la fe habitó como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena, habitando en tiendas...; porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios» –Heb. 11:9,10. Pero Jacob se construyó una casa para poder permanecer en ese lugar, y automáticamente abandonó su posición de peregrino.

Es impresionante que la epístola a los Hebreos no haga referencia a esta decisión equivocada. En los versos, anteriores se dice que Abraham habitó en las tiendas con Isaac y Jacob, los herederos con él de la misma promesa. Algo más adelante, leemos que todos ellos confesaron ser extranjeros y peregrinos en la tierra –v.13, ya que deseaban una patria mejor, celestial. El cielo era su hogar, y entonces fueron solamente moradores y peregrinos aquí en la tierra –véase 1 Ped. 1:1,17; 2:11.

Jacob fue infiel a su confesión y nos da la impresión de que trató de ocultarlo. Tomando a los refugios que construyó para su ganado como ejemplo, bautizó su nuevo lugar de morada Sucot, es decir, Cabañas. Pero al hacerlo ocultó el hecho de que se había hecho una casa, un lugar permanente de morada, también para él –v.17. ¿Es que no deseaba abandonar completamente su posición de peregrino? No lo sabemos, pero lo evidente es que actuó movido por falta de interés, lo cual podremos ver en el siguiente lugar donde se detuvo, Siquem.

Somos sólo peregrinos aquí;

El cielo es nuestra patria,

El cielo es nuestro hogar.

EL ALTAR CERCA DE SIQUEM

Génesis 33

Jacob llega a Canaán

Cuando Jacob finalmente partió de Sucot y regresó a la tierra de Canaán a salvo, no prosiguió hasta Betel, sino que se estableció cerca de Siquem. No obedeció su promesa del principio de Génesis 28:22, de glorificar a Dios en Betel, en Su propia casa. Todo lo contrario, nos da la impresión de que quiso quedarse para siempre entre el mar de hierba de Siquem: «Después Jacob, cuando regresaba de Padanaram, llegó sano y salvo a la ciudad de Siquem, que está en la tierra de Canaán, y acampó delante de la ciudad. Compró a los hijos de Hamor, padre de Siquem, por cien monedas, la parte del campo donde había plantado su tienda, erigió allí un altar y lo llamó El–Elohe­­–Israel» –vv.18-20.

Entonces, dispuso sus tiendas ante la ciudad de Siquem. Actuó como Lot, quien desplegó sus tiendas lo más cerca posible de Sodoma. A continuación, Lot abandonó por completo su posición de peregrino y se convirtió en un ciudadano de Sodoma. Parece ser que Jacob no puso atención en este ejemplo nada positivo, y desplegó sus tiendas enfrente de la ciudad. Pero todo lo que el hombre siembra, eso también siega. Génesis 34 nos muestra los malos resultados de la acción de Jacob. Si Dios no hubiera intervenido, Sus hijos se habrían mezclado con los habitantes de Siquem. Israel no hubiera sido una nación separada y los planes de Dios para formar un pueblo propio se habrían desbaratado.

La adquisición de la parcela de terreno donde Jacob dispuso su tienda, confirma que quería establecerse allí. Probablemente era ésta una parcela de terreno más bien grande que Jacob compró para llevar a cabo sus negocios sin estorbo. Quizás la adquirió para impedir que tuvieran lugar las disputas que su padre había tenido –véase Gén. 26. De todos modos, no dejaba de ser la negación de su posición de peregrino, lo cual no se correspondía con el ejemplo de su padre y abuelo. Cuando Abraham compró un área de terreno, lo hizo con el propósito de tener un lugar para ser enterrado en la tierra prometida –Gén. 23.

El–Elohe–Israel

A pesar de todo, Jacob no dejó de servir al Dios verdadero, aun cuando algunos aspectos de su caminar eran contrarios a los pensamientos de Dios. Erigió un altar y lo llamó El–Elohe–Israel, esto es, «Dios, el Dios de Israel» –v.20. Era algo muy normal para Abraham levantar un altar, como para Jacob, que siguió en los pasos de su padre y abuelo.

Éste era uno de los tres aspectos que caracterizaba a los patriarcas. Siempre tenían un altar y un pozo. El altar habla de nuestro culto, de la tienda de nuestra vida peregrina, y el pozo nos habla del agua de la Palabra de Dios. Todos tres se conjugan, y son mencionados en Génesis 26:25.

El primer altar del cual nos hablan las Escrituras es el de Noé. Él construyó un altar a Jehová, por así decirlo, en una tierra nueva, ofreció ofrendas quemadas encima del mismo y Dios olió el dulce aroma –Gén. 8. Después vemos a Abraham construyendo altares cerca de Siquem, Betel, Hebrón y en el monte Moria –Gén. 12, 13 y 22. Y para acabar, el último que construyó altares en el libro del Génesis fue Jacob el patriarca, quien hizo dos: el primero frente a la ciudad de Siquem, y el segundo en Betel –Gén. 33 y 35.

Estos altares eran altares de holocausto, iguales al altar de Noé. Como ya sabemos, Abraham ofreció en el altar un carnero para el holocausto en vez de a su hijo. La palabra «altar» en estos capítulos del Génesis es utilizada también en los demás libros de Moisés para el altar del holocausto que estaba en el tabernáculo. El sacrificio quemado se ofrecía enteramente a Dios, una ofrenda hecha por el fuego, dulce aroma para Jehová –véase Lev. 1.

Profundizaremos en el significado del altar del holocausto, así como en los sacrificios que sobre él se ofrecían, cuando hablemos del altar de Betel. Mientras, cabe decir que aquí el altar es el sitio donde el hombre se encuentra con Dios, siendo consciente en todo tiempo de lo poco digno que es. En el altar, observamos que tenemos acceso a Dios solamente en virtud de un sacrificio que le satisface. El altar es el centro de congregación y adoración.

Aunque sirva a Dios, el hombre puede actuar con voluntad propia. No podemos sino concluir aquí que Jacob inventaba una religión de su propia voluntad –algo que se repetiría más tarde en la historia del pueblo de Dios–. El altar de Dios no se puede construir donde queremos, sino sólo en el lugar que Dios escoge. Jacob levantó un altar cerca de Siquem, pero Dios deseaba tenerlo en Betel –véase Gén. 35:1. Éste era el sitio donde se había aparecido a Jacob y donde él tenía que servirle.

El inmenso contraste entre estos dos altares está en sus dos nombres. Uno se llamaba El–Elohe–Israel («Dios, el Dios de Israel»)–, y el otro El Betel («Dios de la casa de Dios»). El significado del primer nombre se remonta a «mi Dios es Dios», lo que constituye una egoísta confesión que el patriarca hizo. En el segundo nombre, se manifiesta un conocimiento más íntimo de Dios: Dios es aquel a quien cada uno encuentra en Su misma casa –véase Gén. 33:20 con 35:7.

Ciertamente, Jacob tenía todos los motivos para estar agradecido a Dios por protegerle y bendecirle. Erigió el primer altar en honor al Dios que había hecho tanto por él, pero seguía siendo el personaje central. Aunque empleaba su nuevo nombre, Israel, Dios no lo reconocía como tal. No fue hasta Génesis 35, que Dios le llamó otra vez por su propio nombre. Lo hizo después de que Jacob construyera un altar en Betel, donde dejó de centrar su atención en sí mismo volviéndola hacia la gloria del Dios de la casa de Dios.

Nuestro andar es hacia lo alto,

Do la vida y la gloria están;

El reposo es allí, en perfecto amor

La gloria compartiremos.

SEGUNDO LLAMAMIENTO DE REGRESAR A BETEL

Génesis 35

Sube a Betel

A pesar de que Jacob regresara a la tierra de Canaán, no se dirigió a Betel, el lugar donde Dios se le había aparecido y donde había hecho una promesa. Prefirió establecerse cerca de Siquem, con lo cual pagó las serias consecuencias de su elección. Sin embargo, Jacob necesitaba otro llamamiento claro de parte de Dios antes de que realmente fuera a Betel: «Dijo Dios a Jacob: Levántate, sube a Betel y quédate allí; y haz allí un altar al Dios que se te apareció cuando huías de tu hermano Esaú» –v.1.

Parece que Dios no se sentía feliz con el altar que Jacob había construido cerca de Siquem, ya que deseaba tener uno en Betel, donde se apareció a Jacob. Betel era Su lugar de morada. Entonces Jacob tuvo que volver al punto de partida de su viaje, después de que las dolorosas experiencias de Génesis 34 le hicieran cambiar de propósito. La voluntad de Dios para él era que subiera al lugar de Su casa, para habitar y construir un altar allí, no en otra parte.

Betel, y no Siquem, era el sitio donde Jacob tenía que servir a Jehová. Pero antes fue necesario algo de insistencia sobre nuestro personaje para obligarle a ir. Por segunda vez, Dios llamó a la puerta del corazón de Jacob porque era Su deseo tenerle cerca de Su presencia, en Su propia casa. Hasta ese momento, Jacob no había reaccionado a Su llamada, sino que se había mostrado indiferente ante la amable invitación de Dios. Nosotros podemos comportarnos de modo similar. Quizás el Señor tiene que decirnos también: «Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él y él conmigo» –Apoc. 3:20.

Dios disciplinó a Jacob con el objeto de bendecirle, a fin de que no se desviara más de Él. Con la mejor de las intenciones, Dios quería ofrecerle un lugar en Su propia casa para cenar con él allí. Las excusas de Jacob, hasta entonces, fueron como las que inventaron aquellos que rechazaron la invitación a la gran cena en la parábola de Lucas 14. ¿Y qué hay de nosotros? ¿Nos interesa realmente cenar con Él en Su casa?

Y quédate allí

A partir de entonces, Betel iba a ser el lugar de morada de Jacob. Tenía que ir a la casa de Dios y habitar, vivir, quedarse allí. Ese lugar de morada debía ser el mismo en que Dios habitaba, sin abandonarlo otra vez. Allí había de servir a Dios y levantarle un altar para presentarle ofrendas, e invocar Su nombre.

Es un gran privilegio morar en la presencia de Dios, pero el corazón de Jacob no era del todo puro delante del Señor, no pudiendo decir como el salmista: «Una cosa he demandado a Jehová, esta buscaré: que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura de Jehová y para buscarlo en su Templo» –Sal. 27:4. No deseaba con devoción habitar en la casa de Dios para siempre y contemplar Su poder y Su gloria en el santuario –Sal. 23:6; 63:2.

Mucho menos podía dirigirse a la casa del Señor con regocijo. Todavía existían serios obstáculos que debían ser quitados. Había dioses ajenos entre ellos que impedían tener comunión con el Dios vivo y verdadero.

Aunque sea un gozo estar en la presencia de Dios, es Su habitación santa, y la santidad adorna Su casa. Sólo podremos entrar allí cuando obedezcamos la voluntad de Dios de manera práctica.

Esto explica que Jacob tuvo que prepararse para encaminarse hacia Betel. Tanto su vida práctica como la condición espiritual de él y su familia, tenían que ajustarse a la santidad de la casa de Dios.

El llamamiento de Dios

Para resumir, podemos decir que este segundo llamamiento de regresar a Betel se compone de cuatro partes:

1. Jacob tenía que levantarse y hacer los preparativos necesarios para poder presentarse delante de Dios.

2. Debía subir hasta Betel, la casa de Dios, al lugar donde Dios habitaba y en el cual se le había revelado.

3. En adelante, ése iba a ser también el lugar de morada de Jacob, quien se convertiría en un miembro de la familia de Dios –Ef. 2:19.

4. El altar tenía que construirse allí. Jacob debía adorar en el lugar que Dios mismo había escogido para hacer habitar Su nombre.

¡Levanta! Regresa ahora a Betel

¡Donde Yo a ti me aparecí!

Evoca a la mente el voto solemne

¡Que tú me hiciste allí!

Te he acompañado en el camino,

Mas Betel es el lugar,

Do debes ir, do has de estar

Y mi gracia y amor contemplar.

BETEL, LUGAR DE LA MORADA DE DIOS

Génesis 35

De nuevo en Betel

El cristiano que aprende la verdad de Betel, la casa de Dios, será consciente de las prerrogativas y responsabilidades que lleva aparejadas. Esta persona tomará concienzudamente su lugar como piedra viva de la casa de Dios y miembro de la familia de Dios, comportándose en su vida práctica con arreglo a esta casa.

Ahora, pues, tenemos ante nosotros la presentación de estos detalles de la vida de Jacob. La voluntad de Dios para él era que subiera a Betel para hallar el lugar de la casa de Dios, y vivir allí como sacerdote delante de Él. A tal extremo nos quiere llevar Dios también a nosotros. Él nos educa como hijos Suyos, y de vez en cuando se vale de toda clase de medios –como vemos en la vida de Jacob– con el fin de llevarnos a Su casa y a Su presencia.

Al contemplar la manera como Jacob regresó a Betel, nos conviene fijarnos en el significado de este lugar bajo una perspectiva del Nuevo Testamento. La verdad de Betel, la verdad de que Dios tiene en la tierra una casa, es algo que se ha comprendido completamente en la presente dispensación, sobre la base de la obra consumada de Cristo y la venida del Espíritu Santo.

Su fundamento está en la montaña santa

Ya hemos visto que la casa de Dios, la Iglesia, está fundamentada en Cristo, la Piedra viva. Es muy notable ver que Génesis 28 nos habla del pilar de piedra que, en figura, se trataba de la «casa de Dios», el futuro lugar de la morada de Dios –v. 22. Jesús habló del templo de Su cuerpo, ya que en Él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad –Juan 2:19-22; Col. 2:9–. La Iglesia que se edifica en Él también es el templo de Dios, una morada de Dios por el Espíritu –1 Cor. 3:16; Efe. 2:20-22. Cristo y la Iglesia son en realidad uno, y Él ha querido que sea el lugar de morada de Dios en el tiempo presente.

El hecho bendito de que Dios mora aquí en la tierra, está basado en la redención. Las apariciones de Dios a los patriarcas eran solamente temporales. Cuando terminó de hablar con Jacob, le dejó, y se alejó otra vez de él –Gén. 35:13. Dios vino a vivir en medio del pueblo de Israel de forma permanente tras su liberación de Egipto y la construcción del tabernáculo. Dentro de él, se sentaba en el trono del propiciatorio, en el sitio donde la sangre de la redención se había rociado. En otras palabras, Dios habitaba en el tabernáculo y más tarde en el templo, sobre la base de la sangre que hablaba de la obra redentora de Cristo.

El hecho de que la expiación es el verdadero fundamento de la casa de Dios, se demuestra de modo significativo en la construcción del templo de Salomón, que se construyó en el campo de Ornán el jebuseo, en donde David construyó un altar a Jehová –1 Crón. 22:1; 2 Crón. 3:1. Allí se hizo redención para un pueblo pecador. En aquel lugar, las exigencias santas y justas de Dios fueron satisfechas a través del sacrificio de un sustituto consumido por el fuego del juicio divino. Entonces fue construido el templo en el mismo lugar donde la ira de Dios se había vertido. Por lo tanto, dice el salmista que la casa de Dios está fundamentada en Su monte santo, donde hizo manifiesta Su santidad y ésta fue satisfecha –Sal. 15:1; 48:1; 87:1.

La sustancia es de Cristo

Pero estas cosas eran las sombras de las cosas buenas que tenían que venir, de la sustancia que es de Cristo –Col. 2:17; Heb. 10:1. Dios habita ahora entre Su pueblo redimido de forma diferente. En el Antiguo Testamento, la columna de nube se retiraba del santuario, pero éste ya no es el caso porque el Espíritu habita con nosotros para siempre. El Espíritu Santo mora con nosotros y estará en nosotros –Juan 14:16-23–. Jesús y el Padre han hecho su morada en nosotros. Estas bendiciones, sobre todo la presencia del Espíritu en el pueblo de Dios, no se podían comprender bajo el antiguo pacto, ya que Dios habitaba en oscuridad, separado del pueblo, y nadie tenía acceso a Él. El sumo sacerdote tenía el privilegio de entrar en el lugar santísimo con la sangre de la redención una vez al año.

Cuando vino la plenitud del tiempo y Cristo consumó la obra de la redención, Dios podía habitar en la tierra de forma totalmente diferente. Él ya no está sentado en el trono de un templo de piedra, sino en un templo de piedras vivas. El lugar de morada actual de Dios se compone de pecadores salvados, vivificados por Cristo y que tienen al Espíritu Santo en ellos.

Como cristianos, somos agrupados por el Espíritu Santo de entre los judíos y los gentiles. Juntos constituimos el templo de Dios, la casa de Dios, mientras que a la vez pertenecemos a la familia de Dios como miembros en un sacerdocio santo y espléndido. Estos dos pensamientos van unidos: los que componen la morada de Dios por el Espíritu son también los que tienen acceso libre a Él –véase Ef. 2:19-22; Heb. 3:1-6; 1 Ped. 2:4-10. Las personas, que como piedras vivas edifican una casa espiritual, constituyen asimismo un sacerdocio santo para acercarse a Dios y ofrecerle sacrificios espirituales.

Estas dos características se encuentran también en la ciudad de Dios, la nueva Jerusalén que vendrá del cielo de Dios. Ésta es una figura de la Iglesia en la gloria, la esposa del Cordero; en una palabra, todos los creyentes de la dispensación actual. Pero éstos son las mismas personas que entran en la ciudad celestial y tienen acceso al trono de Dios y del Cordero –Apoc. 21:27; 22:3. Así, la casa de Dios es al mismo tiempo la familia de Dios. Dios está rodeado de Sus hijos, que se acercan a Él para rendirle culto y adorarle. Ésta es la verdad de Betel.

DESECHANDO A LOS DIOSES AJENOS

Génesis 35

Cómo nos debemos conducir en la casa de Dios

Betel era un lugar santo, al cual Jacob y su familia debían adaptarse. Lo mismo sucede con nosotros, ya que existen ciertos requisitos para nuestra conducta en la casa de Dios, que es la Iglesia del Dios viviente –1 Tim. 3:15.

La casa de Dios es todavía un lugar santo. Tanto es así que está fundamentada en la obra consumada de Cristo, que ha satisfecho las exigencias justas de Dios y nos ha llevado a Él. La santidad de Dios se ha manifestado en su grado más alto en la cruz del Calvario. Cristo, que no conocía pecado, fue hecho pecado por nosotros para que fuésemos hechos justicia de Dios en Él. La santidad de Dios era tan alta que Él no pudo escatimar a Su propio Hijo, cuando Él tomó nuestro lugar en el juicio.

La obra de Cristo sirvió para glorificar a Dios, ensalzar Su santidad y justicia. En consecuencia, Cristo está ahora glorificado a Su diestra en el cielo, y el Espíritu Santo ha descendido a la tierra. Un Hombre fue tomado a la gloria, y Dios el Espíritu Santo descendió a la tierra para reunir a toda la Iglesia y hacer Su morada con nosotros. Tales son los efectos trascendentales de la obra de Cristo.

Si es el Espíritu Santo quien habita en la Iglesia, debe ser en conformidad a la santidad de Dios. Nada impuro debe introducirse en este templo santo, porque la santidad adorna la casa de Dios –Sal. 93:5–. Si esto era verdad con respecto al templo de Dios en tiempos del Antiguo Testamento, ¡cuánto más para la Iglesia que será Su lugar de morada por la eternidad!

Cuando comprendamos la santidad de la casa de Dios, purificaremos nuestros corazones. Todas nuestras cosas serán coherentes con el servicio que prestemos a este Dios santo, y quitaremos de en medio todo lo que nos impida habitar en Su presencia.

Ésta es la decisión que tomó Jacob una vez se dispuso en camino hacia la casa de Dios: «Entonces Jacob dijo a su familia y a todos los que con él estaban: Quitad los dioses ajenos que hay entre vosotros, limpiaos y mudad vuestros vestidos. Levantémonos y subamos a Betel, pues y allí haré un altar al Dios que me respondió en el día de mi angustia y que ha estado conmigo en el camino que he andado» –vv.2,3.

No podemos servir a Dios y a los ídolos. No podemos entrar en la presencia de Dios con nada que sea contrario a Su santidad. Betel, la casa de Dios, es un lugar santo, y ahora Jacob empezó a entenderlo. Por lo tanto, él y su familia se sometieron a un saneamiento minucioso:

1. Quitaron a los dioses ajenos y se volvieron de ellos al Dios vivo y verdadero, dedicándose a Su servicio por entero –véase 1 Tes. 1:9.

2. Se purificaron a sí mismos, algo que nos habla del lavamiento del agua por la Palabra –véase Ef. 5:26.

3. Cambiaron de vestiduras, lo que en figura nos habla de revestirse del Señor Jesucristo –véase Rom. 13:14.

El origen de la idolatría

Cuando se apareció el Dios de gloria a Abraham, éste abandonó el lugar de idolatría, Ur de los Caldeos, para dirigirse a la tierra que Dios le mostraba. Isaac continuó también en la adoración del Dios viviente, pero en la familia de Jacob los ídolos tomaron nuevamente su lugar. Parece ser que fue a causa de la acción de Raquel –Gén. 31:19-35. Entonces, esta purificación fue necesaria, porque Jacob se estaba dirigiendo al lugar de morada del Dios vivo y verdadero.

Observemos por unos instantes cuáles son los orígenes de la idolatría. Tras la caída del hombre en el pecado, éste volvió su espalda a Dios, y Satanás, quien le había engañado, se apoderó de él con más énfasis. Detrás de los ídolos hay poderes satánicos –Deut. 32:17; 1 Cor. 10:20. Como el hombre ya no conocía al Dios verdadero, era muy fácil que cayera bajo la influencia de estos poderes satánicos, y entonces comenzó a adorar a toda clase de dioses falsos: imágenes de criaturas, de cuerpos celestiales y espíritus de antepasados. Adoraba y servía a la criatura antes que al Creador, quien es bendito para siempre, amén –Rom. 1:25.

El propósito del llamamiento de Abraham, era separarlo de este mundo en el que la idolatría se había convertido en una práctica corriente, convertirle en progenitor de un pueblo que pertenecería al Dios vivo. Pero esto se realizó sólo en parte en la historia de Israel. Una y otra vez, se desviaron del Señor para servir a los ídolos. Ya hemos visto que los ídolos habían tenido cabida otra vez en la familia de Jacob. En la tierra de Egipto, Israel sirvió a los ídolos egipcios –Ezeq. 20:4-8, y en el desierto sirvieron al becerro de oro y a las huestes del cielo –Hechos 7:41,42. En la tierra prometida, se entregaron a los dioses de los cananeos y de las naciones colindantes. Debido a su infidelidad, los israelitas fueron finalmente deportados, primero las diez tribus y después las otras dos. Parecía que se había llegado a una ruptura entre Dios y Su pueblo, a pesar de que más tarde Él ocasionara el regreso de Babilonia de un remanente para que se cumplieran las promesas con respecto al Mesías.

Sin embargo, el pueblo no aceptó a Su Mesías, con lo cual Dios mantiene hoy una disputa con Su pueblo, así como unos cargos contra ellos, no sólo por culpa de su idolatría, sino porque rechazaron al Señor Jesucristo. El espíritu inmundo de idolatría dejó la casa durante un tiempo, pero volverá a entrar en ella –Mat. 12:43-45.

Esto ocurrirá cuando Israel acepte al anticristo, el cual se presenta en su propio nombre, y le adore en el templo de Dios –Juan 5:43; 2 Tes. 2:4. La relación entre Dios y Su pueblo se restaurará solamente durante las pruebas de los últimos tiempos, cuando los juicios de Dios los refinen y se vuelvan arrepentidos a Aquel a quien traspasaron –Zac. 12:10.

La historia de Israel ha demostrado que el hombre natural es incapaz de servir a Dios. La ley no hacía a nadie perfecto, débil como lo era a través de la carne. Sólo demostró que el hombre era pecador e incapaz de mejorar. Hacía falta un nuevo hombre con un corazón nuevo y una naturaleza nueva que respondieran a la voluntad de Dios. Éste es el don gratuito de Dios para nosotros, si nos volvemos en fe a Cristo.

Convertirse de los ídolos a Dios

Durante el tiempo actual, Dios selecciona de entre los judíos y las naciones a un pueblo nacido de nuevo, la Iglesia de Dios que Él compró con la sangre de Su propio Hijo. Él nos ha llevado a una relación íntima con el Dios vivo y verdadero. En referencia a la iglesia de los tesalonicenses, Pablo dice que era «en Dios Padre y el Señor Jesucristo» –1 Tes. 1:1; 2 Tes. 1:1. Ellos se volvieron de los ídolos para servir al Dios vivo y verdadero, y para esperar a Su Hijo de los cielos. Volvieron sus espaldas a aquellas vanidades y sirvieron al Dios verdadero, el Creador y Sustentador del universo –Hechos 14 y 17.

El apóstol Juan habla también de nuestra comunión con el Dios verdadero, cuando dice: «Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios y la vida eterna» –1 Juan 5:20. Nuestro conocimiento del Dios verdadero es tal, que estamos en Él, en Su Hijo Jesucristo. Luego aquí, encontramos los mismos privilegios que toda la iglesia de Tesalónica disfrutaba, según las palabras de Pablo.

Hemos sido llevados a Dios, y gozamos de una relación muy íntima con Él. Este vínculo de comunión con el Dios verdadero es tan real que incluso se nos dice que estamos en Él. Todo ello lo debemos a la obra de Su Hijo, que es el Dios vivo y posee vida eterna en Sí mismo, quien nos ha hecho partícipes de Su vida. Somos nacidos de Dios, y por lo tanto pertenecemos a la familia de Dios en la comunión con el Padre y el Hijo.

Pero nuestra vida práctica puede no ser coherente con esta comunión divina. Por eso Juan concluye su primera epístola avisándonos: «Hijitos, guardaos de los ídolos» –1 Juan 5:21. El peligro que entraña introducir a dioses ajenos, también es algo que no deberíamos subestimar. Estos dioses no tienen que ser necesariamente de madera o de piedra. Puede ser un ejemplo la codicia, otra forma de idolatría –Col. 3:5.

Los dioses visibles y tangibles se han introducido también en la cristiandad. Pensemos, por ejemplo, en la iconolatría y en la veneración de los santos y sus reliquias. Por este motivo, el Señor acusa a la Iglesia infiel de idólatra y adúltera –Apoc. 2:4,14,20. Igual que en la historia de Israel, la historia del testimonio cristiano es de decadencia y apostasía. Después del arrebatamiento de los verdaderos creyentes, los profesantes que permanezcan aún aquí caerán en gran idolatría junto con los judíos renegados, ya que adorarán al anticristo y a la bestia salida del mar, el gobernante del Imperio Romano revivido, y a Satanás mismo –Apoc. 13:4. El objeto de su adoración ese día será, por así decirlo, una trinidad satánica.

La segunda venida de Cristo pone punto y final a esta culminación de la idolatría. Él destruirá al anticristo, al hombre de pecado, con el esplendor de Su venida –2 Tes. 2:8. El falso profeta será lanzado vivo al lago de fuego, y la bestia con él –Apoc. 19:20. Satanás será atado por mil años, con lo cual no engañará más a las naciones. Esto denota una nueva era en la que las naciones no caerán más en la idolatría. La tierra se llenará del conocimiento de Jehová como las aguas cubren el mar. Los pueblos le servirán unánimes –véase Isa. 11:9,10; Sof. 3:9; Zac. 14:16. Los dioses ajenos habrán desaparecido de Israel completamente, las naciones adorarán al Rey, a Jehová de los ejércitos, y la nueva Jerusalén, el trono de Dios y del Cordero, iluminará la tierra con su luz celestial.

¿Y qué hay de mí? Despierta, alma inmortal,

y acomete juicio imparcial;

Mira si no aparecen dioses extraños,

ídolos en tu corazón estimados.

LA ENCINA JUNTO A SIQUEM

Génesis 35

Cómo se destrona a los dioses ajenos

Es extraordinario ver cómo los dioses ajenos en la familia de Jacob llegaron a su final. Jacob los escondió bajo la encina que estaba junto a Siquem: «Ellos entregaron a Jacob todos los dioses ajenos que tenían en su poder y los zarcillos que llevaban en sus orejas, y Jacob los escondió debajo de una encina que había junto a Siquem» –v.4. Este lugar es una figura de la cruz y de la tumba del Señor Jesús, que triunfó sobre los poderes idolátricos cuando se sumergió en la muerte como Aquel que parecía desprovisto de poder.

Sabemos que la caída del hombre provocó la sujeción del mundo a la esfera de influencia de Satanás. El hombre, que tenía que gobernar la creación de Dios, escuchó la voz de la serpiente. De este modo se colocó él mismo con todo lo que poseía bajo la autoridad del enemigo. El mundo entero yace bajo el dominio del maligno –1 Juan 5:19 V.M.. Esto significa que está bajo el control del inicuo, caracterizado por los rasgos que distinguen al príncipe de este mundo. Las Escrituras nos dicen que los principios de la codicia y el orgullo controlan este mundo –1 Juan 2:16–, lo que demuestra que los principios malignos que provocaron la caída de Satanás, y con los cuales engañó también al hombre, son hoy en día los rasgos característicos del sistema mundial que él gobierna.

Cuando el diablo trató de humillar al segundo Hombre, tenía razón cuando dijo: «A ti te daré todo el poder de estos reinos y la gloria de ellos, porque a mí me ha sido entregada y a quien quiero la doy» –Luc. 4:6. El Señor no le contestó. Satanás es el gobernante o príncipe de este mundo, del cual se nos advierte en el evangelio de Juan que se le llamó por este nombre tres veces –Juan 12:31; 14:30; 16:11. Tiene poder sobre este mundo y lo ejerce por medio de sus demonios, los ángeles caídos.

Ellos son «los gobernadores de las tinieblas de este mundo» –Ef. 6:12–. Controlan el mundo, y, en consecuencia, éste se halla inmerso en las tinieblas espirituales. El hombre se ha convertido en el esclavo de su propia codicia e idolatría.

Estos poderes ejercen su control sobre el cosmos, es decir, el universo como sistema ordenado e inteligente, pero sólo hasta el extremo que Dios tolera. Satanás gobierna el cosmos, y él también es dios del presente siglo malo –Gál. 1:4; 2 Cor. 4:4; Ef. 2:2. Esto significa que él es el dios del sistema mundial en su actual carácter, en este siglo caracterizado por la corrupción y la idolatría.

La época presente en la que se le adora como el dios de este siglo, se acerca a su fin. Amanece en cambio el «siglo venidero», en el cual toda rodilla se doblará ante el Dios verdadero y Su Cristo. Entonces el cosmos se verá liberado del poder de su actual gobernador, y el gobierno será entregado públicamente en manos de nuestro Señor y de Su Cristo –Apoc. 11:15. Satanás será derrotado y atado hasta que tenga lugar su juicio final en el ocaso del milenio.

Ahora es el juicio de este mundo

Lo que queremos destacar ahora es que, en principio, Satanás y sus poderes ya han sido juzgados en la cruz. El Señor se refirió a este hecho dos veces, una dirigiéndose a las multitudes y otra a los discípulos. Al levantar a Cristo sobre la cruz, se pronunció un juicio sobre este mundo, y por la misma razón el gobernador de este mundo tuvo que ser expulsado –Juan 12:31-33. La palabra griega que se emplea por «juicio» aquí significa una pesquisa judicial que se lleva a cabo para dar un veredicto. En el Calvario, el mundo llevado por su representante se rebeló contra su Creador. Manifestó una rebelión abierta en contra de Dios, y así es como selló su propia condenación. La maldad de su representante también salió a la luz, y por lo tanto sería expulsado fuera. La ejecución de este veredicto la hallamos en el libro del Apocalipsis, que tiene lugar en tres etapas en cuanto a Satanás: la primera, cuando será expulsado del cielo, después al abismo y finalmente al lago de fuego –Apoc. 12:9; 20:3,10.

La segunda ocasión en que el Señor habló del juicio de este mundo y de su representante, lo hizo con respecto a la venida del Espíritu –Juan 16:8-11. El Espíritu Santo iba a convencer al mundo de pecado, de justicia y de juicio. La presencia del Consolador sería la evidencia concluyente de las siguientes tres cosas: de pecado, de justicia y de juicio. Este último es un juicio final. El Cristo que el mundo ha rechazado ha sido ensalzado a la diestra de Dios en los cielos, en donde espera el día en que le reconocerán, y Sus enemigos serán hechos estrado de sus pies. La irrevocable evidencia de estas realidades es debida a la presencia del Espíritu Santo en la tierra, como resultado de la glorificación de Cristo en el cielo. El mundo no debe pensar que escapará del juicio, porque su representante ya ha sido juzgado.

Cuando Cristo fue crucificado, obtuvo realmente la victoria sobre Satanás y sus poderes: «Y despojó a los principados y a las autoridades y los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz» –Col. 2:15. Cuando parecía que estas principalidades estaban venciendo sobre Él, en realidad ocurrió lo contrario: Él venció sobre ellas, y tomó Su lugar a la diestra de Dios «sobre todo principado y autoridad, poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sino también en el venidero» –Ef. 1:21.

El mundo me ha sido crucificado por la cruz

Por este motivo, la cruz constituye la encrucijada en la historia del mundo. El mundo y su representante fueron juzgados aquí. Así, el creyente ya sabe que merced a la cruz ha terminado con el mundo. El mundo me ha sido crucificado y yo al mundo –Gál. 6:14. La cruz nos separa del mundo que está condenado. Nos convierte en ciudadanos de un mundo nuevo, de un reino en el cielo, de un reino que no es de aquí –Juan 18:36. Aunque estemos todavía en el mundo, no somos de él, ya que estamos unidos con Aquel que se fue de este mundo para ir al Padre. Nuestro verdadero lugar y nuestro futuro son donde Él está, en la presencia del Padre –Juan 17:11-24.

Sólo somos peregrinos aquí, y suspiramos por el siglo que ha de venir –Tito 2:12,13. Hemos obtenido la liberación del presente siglo malo –Gál. 1:4. Cristo el Crucificado nos ha llevado a Él –Juan 12:32. Y el Padre nos ha acercado y nos ha dado al Hijo –Juan 6:37, 44; 17:2, 6, 9, 24. Nos ha liberado del poder de las tinieblas y nos ha trasladado al reino del Hijo de Su amor –Col. 1:12,13. Pertenecemos a un mundo nuevo cuyo Representante es el Señor resucitado y glorificado.

Naturalmente, se plantea la pregunta de cómo podemos experimentar esto de manera práctica. ¿Hasta qué punto tomamos realmente nuestro lugar en la cruz y en la tumba de Cristo? ¿Entendemos que estamos unidos a Él? Observemos a María Magdalena. El Señor la había liberado del poder de Satanás; siete demonios salieron de su interior. Ella no se alejó del lugar donde su Salvador estaba enterrado porque se sentía unida a Él, y por este motivo fue ella quien le conoció como el que había resucitado, y la Cabeza de una familia celestial –Juan 20:11ss.

El lugar donde se aniquiló el poder de Satanás, es de lo que habla la encina junto a Siquem. Es el lugar de muerte, donde uno termina con una vida de pecado y mundana. Siquem representó el punto fuerte en la vida de la familia de Jacob, así como Peniel lo fue en la vida personal de Jacob. En este lugar, dejaron atrás a sus ídolos. Se podría decir que enterraron aquí su pasado y que se purificaron para ser aptos para la santidad de la casa de Dios, Su presencia santa en Betel.

Señor, reverentes nos rezagamos

En el amparo de Tu cruz,

Que por más los corazones ha sellado

Al mundo y a toda su luz.

EL ALTAR EN BETEL

Génesis 35

El lugar El-Betel

Jacob y sus hijos se hallaban ahora en buena disposición de presentarse ante Dios en Betel. Se habían purificado y desecharon a los ídolos, con lo cual podían dedicarse al Dios vivo y verdadero que deseaba ser servido en Su casa.

Gracias a la protección de Dios, podían proseguir hasta Betel sin impedimentos, y una vez allí Jacob construyó un altar: «Cuando salieron, el terror de Dios cayó sobre las ciudades de sus alrededores, y no persiguieron a los hijos de Jacob. Llegó Jacob a Luz, es decir, a Betel, que está en tierra de Canaán, él y todo el pueblo que con él estaba. Edificó allí un altar y llamó al lugar ‘El–Betel’, porque allí se le había aparecido Dios cuando huía de su hermano» –vv. 5-7.

Cuando Jacob volvió al punto de partida de su viaje, lo primero que hizo fue construir un altar. Al final de su viaje prometió a Dios que le honraría en ese lugar –Gén. 28:22. Así, después de al menos treinta años, llegó el día en que tenía que cumplir su promesa. Ocurrieron muchas cosas durante toda esa extensión de tiempo, en el que Dios se había preocupado de llevar a Jacob de vuelta a Betel. Ahora se encontraba allí para erigir un altar —con arreglo a las instrucciones de Dios— en el lugar donde Dios se le apareció cuando huía de su hermano. Fue un altar al Dios que le respondió en el día de su angustia, y que le había acompañado en el camino que anduvo –v.3.

Tenemos un altar

Aquí fue donde Jacob mostró ser agradecido a Dios, en el lugar que Dios escogió. No fue un lugar elegido al azar, o uno que Jacob hubiera preferido más buscar él, como fue el caso de su altar en Siquem. Se trataba del lugar elegido por Dios. Más tarde, fue aplicado el mismo principio al pueblo de Israel, como se deduce en el libro de Deuteronomio. No debían servir a Dios en todos los lugares que veían, sino en el lugar donde Él eligió hacer habitar Su nombre –Deut. 12-16. Los israelitas tuvieron que buscar ese lugar en una de sus tribus para dirigirse hacia allí, y regocijarse en presencia de Jehová su Dios.

Para nosotros también es válido el mismo principio. Rendimos culto a nuestro Dios en el lugar de Su elección, donde Él desea habitar entre los Suyos, en donde nos congregamos en el nombre del Señor Jesús –Mat. 18:20. No tenemos un altar visible como Israel de antaño, sino que tenemos uno espiritual. En realidad, nuestro altar es Cristo mismo. Él es el centro de nuestra adoración y venimos a Él para ofrecer, a través de Él, el sacrificio de alabanza a Dios.

Este «altar» es de una clase totalmente distinta del altar del holocausto en el tabernáculo –véase Heb. 13:10-15. Es un altar fuera del campamento judío, asociado a un nuevo estado de cosas que se convirtieron en una realidad solamente después de la exaltación de Cristo y del descenso del Espíritu Santo. El judaísmo era sólo una sombra de las cosas que venían, porque la sustancia es de Cristo –Col. 2:17. El altar del holocausto, por ejemplo, hablaba tanto de Su naturaleza humana –la madera de acacia– como de Su poder divino que resistía el fuego consumidor del juicio –el bronce–. El actual sistema de adoración, no obstante, tiene que ver con la adoración al Padre en espíritu y en verdad –Juan 4:23–. No posee lugares terrenales de peregrinaje. Nosotros adoramos a Dios en el Espíritu –Fil. 3:3.

La epístola a los Hebreos nos muestra cuántos contrastes existen entre el judaísmo y el cristianismo. Entre otras cosas, tenemos un altar del cual los que sirven al tabernáculo no tienen derecho a comer –Heb. 13:10. No tiene nada que ver con el antiguo sistema de adoración. Los que tienen relación todavía con el judaísmo, no tienen el derecho a comer de nuestro altar. No tienen comunión con Cristo, a quien expulsaron de Jerusalén, su lugar central de culto. Pero nosotros que le seguimos, nos identificamos con Él y le reconocemos como el Centro de un nuevo orden de servicio divino basado en Su presencia entre los Suyos y en la guía del Espíritu. Nos congregamos en el nombre de Jesús, que murió y está vivo por siempre más, y le recordamos.

Podemos hablar, pues, del altar cristiano distinto del altar judío. Por medio de Cristo, ofrecemos sin cesar el sacrificio de alabanza a Dios, es decir, el fruto de nuestros labios, dando gracias a Su Nombre. Cristo, el verdadero Centro de nuestro culto, santifica nuestras ofrendas. Él las hace aceptables a los ojos de Dios y por Él tenemos acceso a Dios entrando en el santuario. Por esta razón nos explica Pedro que somos un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo –1 Ped. 2:5.

Somos partícipes del altar

El hecho de que participamos de este altar se resalta sobre todo en el partimiento del pan, al participar de aquello que habla de la sangre y del cuerpo de Cristo, que Él ofreció por nosotros. Es la comunión de Su sangre y de Su cuerpo. Tenemos comunión con el Cristo que murió por nosotros, igual que los israelitas participaban del altar cuando comían de las ofrendas que sobre él se ofrecían –1 Cor. 10:14-18. Para nosotros, Cristo es la ofrenda y el altar que santifica la ofrenda –véase Mat. 23:19. Tenemos comunión con Él al alimentarnos de Su Persona y de Su obra, de Su sacrificio, que adquirió todo el majestuoso valor de Su Persona a los ojos de Dios.

Esto nos lleva al significado de las comidas sacrificiales en Israel, en especial de las ofrendas de paz y los sacrificios de acciones de gracia –Lev. 3 y 7. El vínculo mutuo de comunión en esas comidas tipifican nuestra comunión cristiana en la mesa del Señor. La mejor parte de estas ofrendas era para Dios, y se ofrecían a Él sobre el altar del holocausto. Todos los que eran limpios podían comer de él –Lev. 7:19-21. Entonces, todos ellos participaban de la misma ofrenda. Existía un vínculo común de comunión entre ellos, que se basaba en la participación de la ofrenda y del altar.

Para nosotros significa lo mismo cuando participamos de la mesa del Señor, ya que nos congregamos en Su nombre. Recordamos que la mejor parte de la ofrenda de paz –toda la grosura– era para Dios. Esto habla de la fragancia de la obra de Cristo delante de Dios, ya que Él le glorificó y se ofreció sin mancha a Dios. Desde que somos sacerdotes de nuestro Dios, también participamos del sacrificio de Cristo, del cual testificamos mediante la fracción del pan, y cuando recordamos Su amor tenemos presente todo el valor de Su muerte ante nosotros. Contemplamos el amor y la fuerza con que Cristo se ofreció a Dios –tipificado en el pecho y el muslo derecho de la ofrenda de paz–.

La cena del Señor nos recuerda el sacrificio perfecto de Cristo. Expresamos el valor de esta ofrenda única a través de los sacrificios espirituales que ofrecemos a Dios. El Cristo vivo nos invita a recordarle como el Cordero que fue sacrificado, y a llevar nuestras ofrendas de alabanza y adoración. En este sentido, nos parecemos a los israelitas que venían con sus ofrendas de paz, pero además, con sus ofrendas voluntarias y ofrendas de grano al tabernáculo de reunión en el altar del Señor.

El altar es el lugar donde Dios y el hombre se citan. El hombre se acerca a Dios para presentarle sus ofrendas, Dios se ve con el hombre para tener comunión con él y bendecirle allí. Tanto Dios como el hombre se alimentan de las ofrendas. Participan de (la apreciación de) los mismos sacrificios. Entonces, el altar es el lugar de culto, pero además el lugar de comunión. Dios habita cerca del altar, y es allí que se le conoce como el Dios de Su casa.

Jacob llamó el nombre de su altar El-Betel, es decir, «Dios de la casa de Dios». Cuando se acercó para honrarle en ese lugar, se encontró con Él como el Dios de Su casa. Dios se reveló a él como Aquel que tenía una morada en la tierra, un lugar donde Jacob pudiera habitar en Su presencia. Le vemos, pues, como Aquel que convida a los Suyos a entrar en el lugar santo y habitar en Su presencia. Dios nos convida como hijos Suyos porque le gusta tener comunión con nosotros. Él desea revelarse a nosotros como un Padre de amor. El lugar del altar de Dios es el lugar donde Él habita en medio de Su pueblo. Tal es el sitio que responde a Su voluntad, donde Él reúne a los Suyos alrededor de Su amado Hijo.

LA ENCINA DEL LLANTO

Génesis 35

Somos libres de la Ley

El relato sobre las experiencias de Jacob con la casa de Dios se ve interrumpido de pronto por el anuncio de la muerte y entierro de la criada de Rebeca: «Entonces murió Débora, nodriza de Rebeca, y fue sepultada al pie de Betel, debajo de una encina, la cual fue llamada ‘Alón–bacut’ –esto es, la encina del llanto–» –v.8.

Este hecho es un detalle relacionado con Betel. Como consecuencia de la alta edad que alcanzaban las personas de aquellos días, este suceso debió de ocurrir después del regreso de Jacob a Betel. Algunas traducciones dicen que Jacob dio su nombre a la encina, pero además de la cuestión de la fecha del suceso, esta incidencia es muy importante para nuestro argumento, de modo que este versículo no puede haberse insertado ahí por casualidad.

Se puede observar que en estos versículos se habla dos veces de una encina. El árbol cerca de Siquem determinaba el punto de donde los ídolos fueron arraigados –v.4. El primer árbol es una figura de la cruz, el lugar donde Satanás y sus poderes han sido juzgados. La segunda encina nos muestra otro aspecto de la cruz, sobre todo que el mundo idólatra y sus poderes, el mundo religioso y sus profesantes, han tenido su final allí. –v. 18.

Esta característica de la cruz se puede ver especialmente en la epístola a los Gálatas. La muerte de Cristo deshizo el vínculo con la criada, la ley, y fue el final del período de tutela en que los judíos vivieron en esclavitud bajo los elementos del mundo. Pablo dice que la Ley les mantenía bajo su cuidado. La Ley era su tutor –Gál. 3:23-25. Él empleó el término «pedagogo» aquí, es decir, alguien que se responsabilizaba de un niño y le acompañaba, no un tutor en el sentido moderno de la palabra.

La posición de los judíos antes de la venida de Cristo era del siguiente modo: como niños pequeños, se les había sometido bajo el amparo de la Ley. La Ley era su tutor para Cristo, les preparaba en un aspecto para la venida de Cristo y el establecimiento de una base nueva para una relación de fe con Dios. La Ley dejaba muy claro que el hombre era pecador, y que no podía justificarse con Dios por sus obras. La Ley era nuestro tutor, dice el apóstol, hasta que Cristo vino, a fin de que fuéramos justificados por la fe. Entonces no era la Ley, sino la fe, la verdad revelada tocante a Cristo y Su obra acabada, la cual sería la base de la relación del creyente con Dios. «Pero ahora que ha venido la fe, ya no estamos bajo un guía, porque todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús» –Gál. 3:25-26.

La libertad de los hijos de Dios

Llegado este punto, el apóstol cambia su forma del discurso: ya no es más «nosotros» sino «vosotros», ya que «vosotros» son todos los hijos de Dios, y los creyentes de los gentiles compartían los mismos privilegios que los judíos convertidos. Todos ellos eran hijos de Dios por la fe en el Hijo de Dios. Anteriormente, el judío creyente permanecía en la esclavitud de la Ley, y los gentiles servían a los ídolos. Pero Dios envió a Su Hijo a todos estos esclavos para liberarlos de sus cadenas y ofrecerles la libertad de los hijos de Dios. Ahora están todos ellos en una posición nueva e igual ante Dios, de la cual Cristo es la Referencia y el Modelo.

Así, fueron necesarios dos acontecimientos importantes para ofrecer a todos estos pobres esclavos la adopción de hijos: la venida del Hijo y la venida del Espíritu Santo, que, con gran acierto, es llamado el Espíritu del Hijo de Dios –Gál. 4:6. Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a Su Hijo para redimir a los que estaban bajo la Ley para que recibieran la adopción de hijos –Gál. 4:5; véase Rom. 8:15; Ef. 1:5. Como hijos y herederos de Dios, se regocijaban en su nueva posición conforme a la gracia. Era en esta misma posición que los gentiles estaban ante Dios por la fe. Esta nueva compañía incluía a los creyentes gentiles, y por ser todos hijos de Dios, Él les envió el Espíritu de Su Hijo a sus corazones, y exclamaron «¡Abba, Padre!»

Esta posición filial establece un contraste con nuestra posición anterior de hijos y esclavos, ya fuera bajo la ley o bajo la esclavitud de los ídolos –Gál. 4:3, 8. En este pasaje, el servir a la Ley se compara con el servir a los ídolos, ya que todo ello pertenece a los elementos mundanos de los que la muerte de Cristo nos ha separado –v.9. Pertenecemos a otro mundo desde que hemos sido trasladados al reino del Hijo amado de Dios. Por lo tanto, debemos comportarnos como hijos y no nutrirnos más de los elementos de un mundo sometido al poder del maligno.

La muerte de Cristo nos ha separado de la Ley, que era nuestra nodriza. La cruz de Cristo no sólo venció y desarmó a los poderes idolátricos, sino que la prescripción de los requisitos que iba en nuestra contra, la Ley, desapareció, fue borrada del mapa y clavada en la cruz. Nuestra conducta no está delimitada ni por el mundo pagano, con sus ídolos, ni por el mundo religioso, con sus leyes –Col. 2:14-17. Nuestra regla de vida es el Cristo resucitado, el Hombre celestial. Con Cristo morimos a los principios básicos del mundo, cuyos elementos se componían de filosofías religiosas y de las tradiciones de los hombres –Col. 2:8, 20. Hemos sido desligados de la Ley, y hemos muerto a todo lo que nos sujetaba para servir en la novedad del Espíritu, y no en la antigüedad de la letra –Rom. 7:6. Ahora estamos en la libertad cristiana. Ya no somos esclavos, sino hijos, y como hijos servimos a Dios en el poder del Espíritu.

Un lugar de llanto

En la práctica, no obstante, es difícil deshacerse de los principios que uno ha aprendido desde que era pequeño. Recordemos que la encina bajo la cual fue enterrada la criada era un lugar de llanto. Con todo, tenemos que separarnos de ella, tal como se evidencia en la vida de Jacob, si queremos al menos habitar en la presencia de Dios como hijos Suyos y como miembros de Su familia. Es necesaria esta separación para poder comprender la verdad de la casa de Dios, la verdad de Betel.

En la historia temprana de la Iglesia, la cruz ya demostró ser un lugar de lamento en este sentido. Qué difícil era abandonar los viejos principios judaicos e irse del campo, el sistema de adoración bajo la Ley. Pedro lo tuvo difícil para abandonar las viejas normas legales de conducta –véase Hech. 10:14; Gál. 2:12. Al cabo de su ministerio, Pablo no podía incluso deshacerse de la influencia de su antigua «criada» –Hech. 18:18; 21:20-26.

Pero el sistema de la Ley es incompatible con el del Espíritu. El primero está caracterizado por el yugo de la letra, el último por la libertad del Espíritu; pero si el Hijo nos hace libres, seremos realmente libres. Así caminamos como hijos en la libertad del Espíritu, tras abandonar el sistema que nos sujetaba en esclavitud. Los principios de este mundo ya no nos controlan, sino aquellos de la casa de Dios. De esta manera, estamos en el lugar donde Dios se da a conocer a Sus hijos y herederos, esto es, a nosotros.

La cruz sangrienta al contemplar

do el Rey de gloria padeció,

riquezas quiero despreciar,

y a la soberbia tengo horror.

SEGUNDA REVELACIÓN EN BETEL

Génesis 35

Jacob encuentra a Dios en Betel

Tras desarraigarse de todo cuanto pudiera recordar su vida pasada en el mundo, Jacob se hallaba ahora en la verdadera posición para encontrarse con Dios. Él podía revelarse otra vez a Jacob. Los ídolos, así como la criada y todos los elementos mundanos que ejercían su influencia en el hombre carnal, habían desaparecido en la tumba. En Betel, Jacob se hallaba en el lugar que Dios tenía previsto para él, la casa donde Dios habitaba y donde puso Su nombre por Su morada. Por lo tanto, le fue ofrecida a Jacob otra aparición divina elaborada sobre las anteriores revelaciones de Génesis 28 y 32.

El profeta Oseas dice que en Peniel luchó con Dios, pero en Betel le halló y Dios habló con él –Oseas 12:4. Dios no se apareció a Jacob esta vez para pelear, sino para hablar y tener comunión con él. Éste había sido el deseo del corazón de Dios durante todos esos años cuando tuvo que llevar a Jacob de vuelta de sus propios caminos. Dios quería que estuviera en Su presencia, a fin de revelarse a él y mostrarle todas las bendiciones que tenía preparadas para él.

Dios se reveló en Betel de la siguiente manera: «Se le apareció otra vez Dios a Jacob a su regreso de Padan–aram, y le bendijo. Le dijo Dios: Tu nombre es Jacob; pero ya no te llamarás Jacob, sino que tu nombre será Israel; y lo llamó Israel. También le dijo Dios: Yo soy el Dios omnipotente: crece y multiplícate; una nación y un conjunto de naciones saldrán de ti, y reyes saldrán de tus entrañas. La tierra que he dado a Abraham y a Isaac te la daré a ti, y a tu descendencia después de ti» –vv. 9-12.

Aquí Dios pudo revelarse a Jacob como lo hizo con Abraham, que fue llamado el amigo de Dios. Jacob ya no era un esclavo porque ahora era libre. Estaba en la casa de Dios como un hijo Suyo, y allí se sentía como en casa. Ya no le aterrorizaba este lugar –véase Gén. 28:17. Estaba en la presencia de Dios consciente de su posición elevada, conociendo la dignidad de esta filiación y recibiendo una visión de los pensamientos de Dios.

Dios nos da a conocer el misterio de Su voluntad

Quizás podemos trazar un paralelo entre este pasaje y la introducción a la epístola a los Efesios. Tan pronto como se nos habla aquí de nuestra gloriosa posición delante de Dios (Dios nos ha predestinado a la adopción de hijos y nos ha aceptado en el Amado), sigue que la sabiduría de Dios y el misterio de Su voluntad han sido revelados a nosotros –Ef. 1:3-9.

Dios no desea otra cosa que revelarse a Su hijos, así como descubrirles Sus pensamientos y misterios de Su corazón. No tenemos la posición de siervos que no saben qué hace su maestro –véase Juan 15:15, sino que hemos recibido la adopción de hijos. Esto quiere decir que podemos conversar sinceramente con Dios acerca de las grandes cosas de Su mente.

¿Cuál es el asunto de la conversación de Dios con Sus hijos? Se centra en Su Hijo amado, el Heredero, con quien heredaremos nosotros también. Esto es lo que llena el corazón del Padre: la gloria de Su Hijo y todo lo que realizará a través de Él, ya que Su plan es congregar en una todas las cosas en Cristo, y nosotros ser coherederos con Él, con quien Dios está satisfecho. Como prueba de ello, fuimos sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida –Ef. 1:10-14.

Una triple promesa de bendición

Dios también habló a Jacob de la herencia que tenía provista para Él. En Génesis 35:9-12, hallamos una triple promesa de bendición.

1. Respecto a Jacob mismo. Dios le bendijo y le reiteró lo que ya le había dicho en Génesis 32, acerca del nuevo nombre que tendría desde entonces –Israel= Príncipe con Dios. De la misma manera, vemos en Efesios 1 que somos los objetos de las bendiciones de Dios. Dios nos ha bendecido con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo. También se nos contempla como hombres nuevos aquí. Dios nos ha aceptado en el Amado y no nos observa como en Adán, sino en Cristo. Somos vestidos de todo el favor de Su Persona.

2. Respecto a su descendencia. Dios se reveló ahora a Jacob como el Dios Poderoso, porque en Peniel no podía decirle todavía Su nombre. También se dio a conocer a Abraham y a Isaac del mismo modo –Gén. 17:1; 28:3. Este nombre le caracteriza como Aquel que cuida de los débiles peregrinos y quien es capaz de garantizar el cumplimiento de Sus propias promesas. Ciertamente, puede cumplir todo lo que promete. Como cristianos conocemos a Dios en la más íntima relación de Padre, el nombre que el Hijo reveló.

3. Respecto a la tierra y a la herencia. Dios hizo nuevas las anteriores promesas a Abraham y a Isaac tocante a ellas. Sin embargo, el tema es limitado aquí, ya que el carácter de la bendición es exclusivamente terrenal. Ninguna bendición de la Simiente, ninguna descendencia relacionada con el cielo ni ninguna bendición de todas las naciones de la tierra son mencionadas aquí. Hallamos estas cosas en Génesis 22, de hecho derivadas del sacrificio del Hijo.

Pero en Génesis 35, se hace mucho hincapié en la tierra que Jacob y su descendencia iban a heredar para siempre. Siendo que Jacob había regresado finalmente a la tierra, esto es tanto más comprensible. Esta promesa relacionada con la tierra de Canaán se cumplirá totalmente en el reino milenial, cuando el Redentor venga a redimir la herencia y a restaurar la relación entre Dios y Su pueblo terrenal.

Para nosotros, que pertenecemos al pueblo celestial de Dios, la herencia tiene un carácter espiritual, eterno y celestial –Ef. 1:3. Ésta es la parte detallada de la Iglesia. Indudablemente, en la dispensación de la plenitud del tiempo, la Iglesia reinará sobre la tierra con Cristo, pero nuestro verdadero lugar de morada será el cielo, en la casa del Padre, donde el Hijo ha dispuesto un lugar para nosotros.

Como es natural, Jacob llegó aquí al punto más elevado de su vida:

-Se había purificado de la inmundicia que tenía pegada a él, y se liberó de este yugo.

-Abandonó a los ídolos y las cosas elementales del mundo religioso.

-Regresó de nuevo a la Tierra Prometida, de vuelta a Betel, el lugar de morada de Dios.

-Allí poseía un altar y se acercó a Dios como adorador.

-Estaba en la presencia santa de Dios como un hijo Suyo, recibiendo una visión de Sus pensamientos y planes.

-Permaneció como un hombre nuevo ante Dios. Su relación con Él estaba en orden ahora, y nada podía impedir la comunión con Él.

-Recibió una nueva revelación de Dios, quien se reveló a Jacob y le bendijo con abundantes promesas tanto para él como para su descendencia. Como hijo de Dios, era asimismo heredero de la bendición que Dios le había preparado –véase Rom. 8:17 y Gál. 4:7.

Después de alejarse Dios de Jacob en el lugar donde había hablado con él, ya que no podía habitar en la tierra hasta que la redención no fuera realizada, Jacob conservó el recuerdo de esta maravillosa revelación levantando un pilar en el sitio donde había hablado con Él.

Antes de discutir el significado de esta segunda piedra conmemorativa en Betel, me gustaría llamar la atención del lector a la sorprendente similitud de este pasaje con lo que se nos explica en 2 Corintios 6. Es necesaria la separación del mal para tener comunión con Dios, lo mismo que se puede decir de Jacob, de los corintios y de nosotros también. Dios no puede revelarse a nosotros a menos que respondamos a Su santidad, y nos purifiquemos de todo lo que es contrario a ella. Su templo no permite ninguna contemplación en absoluto con los ídolos. Su casa es un lugar santo. Sólo tras habernos purificado de toda inmundicia, Él nos podrá bendecir y decirnos:

«Y yo os recibiré.

Y seré para vosotros por Padre,

Y vosotros me seréis hijos e hijas,

dice el Señor Todopoderoso»

(2 Cor. 6:14-18)

EL SEGUNDO PILAR DE PIEDRA

Génesis 35

El lugar donde Dios habló con él.

Después de la segunda revelación de Dios a Jacob en Betel, el patriarca levantó otra piedra conmemorativa: «Y se fue Dios de su lado, del lugar desde el cual había hablado con él. Jacob erigió entonces una señal en el lugar donde había hablado con él, una señal de piedra; derramó sobre ella una libación y echó sobre ella aceite. Y Jacob llamó Betel a aquel lugar donde Dios le había hablado» –vv. 13-15.

Betel parece ser un lugar importante, ya que por tres veces se dice que éste era el lugar donde Dios habló o conversó con Jacob. Betel es el lugar de la morada de Dios, el lugar donde Él habla con los Suyos y se les revela. Es la casa de Dios, donde los Suyos se acercan a Él, habitan en Su presencia y con corazones agradecidos le adoran.

Este lugar no puede por menos que presentar un testimonio claro. No es cuestión pasajera su importancia, sino que el estandarte de la verdad siempre es sostenido allí. Éste es el significado del pilar de piedra que Jacob levantó allí. Tenía que ser una señal duradera de la importancia de Betel, el lugar donde Dios habita en medio de los Suyos, y donde se gozan de todo lo bueno que Él les ha preparado.

Al estudiar antes Génesis 28, ya vimos que este pilar de piedra habla de Cristo y de la Iglesia que se edifica sobre Él. Las Escrituras comparan también la Iglesia del Dios vivo con una columna, llamada «columna y defensa de la verdad» –1 Tim. 3:15. La Iglesia es el recuerdo permanente de la verdad acerca de la Persona de Cristo. Por medio de la Iglesia, el testimonio de Cristo se extiende y es mantenido en el mundo.

Un tiempo de avivamiento

Con el paso del tiempo, el testimonio de la Iglesia vino a menos y la casa de Dios se convirtió en un lugar donde entraban todas las cosas deshonrosas para Dios. Ya en el tiempo de los apóstoles, el testimonio respecto a Cristo se vio urdido de falsas doctrinas. La luz de la verdad se apagó y el brillante testimonio de la Iglesia primitiva se debilitó, de manera que la lámpara fue quitada de su lugar –Apoc. 2:5. Durante mucho tiempo, Jacob no tuvo ningún pilar... y durante muchos siglos la Iglesia no poseyó un testimonio claro. Pero entonces Dios permitió una recuperación, y el estandarte de la verdad ondeó de nuevo en el aire. El segundo pilar de piedra testifica de esto. Es una restauración típica del testimonio original, la cual Dios mismo efectuó.

De la misma manera, el relato profético de la Iglesia en Apocalipsis 2 y 3 nos muestra un nivel de restauración, una resucitación de la verdad que se había confiado a la Iglesia desde un principio. Leemos que la iglesia en Filadelfia había guardado la palabra de Cristo y fue fiel al confesar Su nombre –Apoc. 3:8. Aunque mostró signos de debilidad, mientras que tenía sólo «un poco de fuerza» encendió la luz otra vez en la lámpara. Fue un remanente fiel en medio del declive general. Guardó la palabra de Cristo y no negó Su nombre. Se ciñó a la autoridad de la Palabra inspirada y a la del nombre de Cristo.

Además de la verdad de Cristo mismo, la verdad concerniente a la Iglesia edificada en Él también fue restaurada. Los ojos de muchos creyentes se abrieron de nuevo a la verdad de la Iglesia como la casa de Dios. Podría decirse que la verdad de Betel salió nuevamente a la luz. Una vez más, se experimentó la preciosa bendición ligada a este lugar. Mientras que, por una parte, estos cristianos miraban atrás en el tiempo a todos los fracasos que había obtenido la Iglesia, por otra miraban adelante a su glorioso futuro, a su unión con Cristo en la gloria y a su aparición del cielo como el lugar de morada de Dios –Apoc. 3:12; 21:2,10.

Con toda seguridad, esta aplicación espiritual de la Iglesia es con respecto a una aplicación literal de Israel. Existe también una promesa de bendición para Israel en los últimos tiempos. Habrá asimismo un tiempo de avivamiento para el pueblo terrenal de Dios. Poseerán de nuevo su Betel, tal como era el caso en el principio de su historia como nación, cuando la casa de Dios había tenido su lugar central en medio de ellos. En los últimos tiempos, ocurrirá que la montaña de la casa de Jehová se situará a la cabeza de los montes –Isa. 2:2; Mic. 4:1.

La gloria postrera de esta casa será mayor que la primera –Hag. 2:9. Será construida de nuevo según el plan descrito por el profeta Ezequiel, y luego la gloria de Dios llenará el templo otra vez. Regresará a Su pueblo después de que ellos hayan regresado a Él. La mayor bendición de la Sión restaurada será la presencia divina, porque la ciudad se llamará: «Jehová está aquí» –Ezeq. 48:35.

Derramó una ofrenda líquida sobre él

Por último, nos gustaría llamar la atención del lector a un importante detalle relacionado con este segundo pilar de piedra que Jacob levantó en Betel. No sólo derramó aceite encima de él, como lo hiciera en Génesis 28, sino que derramó además una ofrenda líquida, una cierta cantidad de vino. Éste es el primer lugar en las Escrituras donde se habla de esta clase de ofrenda. Más adelante, la hallamos relacionada con las ofrendas quemadas cada día, y con respecto a las fiestas de Jehová –Éx. 29; Lev. 23; Núm. 28 y 29. Una ofrenda líquida cerraba el conjunto de una ofrenda de grano y una ofrenda quemada.

Esta ofrenda líquida de vino habla del gozo que acompaña a la adoración del Señor, y sobre todo si esta adoración está restaurada —como ocurrió en la vida de Jacob. Es la ofrenda de un corazón agradecido que mediante la gracia de Dios ha sido restaurado a Su comunión y al disfrute de Su presencia, agradeciéndole por toda Su bondad. Tales restauraciones van siempre acompañadas de gozo y gratitud hacia Dios, que es quien las ha efectuado. Nos gustaría exponer al respecto la restauración de la adoración del templo bajo el reinado de Ezequías –2 Crón. 29:35-36–, la que tuvo lugar en tiempos de Esdras y Nehemías –Esdras 7:17–, y la futura restauración de Israel –Ezeq. 45:17.

Mientras que el aceite nos habla del poder del Espíritu Santo para extender el testimonio de la verdad, el vino es una figura del gozo que caracteriza a un testimonio recuperado. La ofrenda líquida también es hallada en el Nuevo Testamento –véase Fil. 2:17 y 2 Tim. 4:6. Allí presenciamos el gozo del apóstol al dedicarse al servicio de su Señor, cuando se entrega por completo hasta el extremo de llegar a morir como un humilde seguidor de Cristo.

Con el mismo gozo, este Israel se dedicará al servicio de la casa de Dios después de su regreso a la Tierra Prometida, y de poseer todo cuanto en ella hay. Regresarán a la casa de Jehová con alegría –Sal. 122:1. Sus bocas se inflarán de risas y sus lenguas proferirán cánticos –Sal. 126:2. Habrá gozo eterno sobre sus cabezas, obtendrán regocijo y alegría, y el dolor y el quejido desaparecerán de ellos –Isa. 35:10. Sión prorrumpirá en cánticos y lamentos –Isa. 54:1. Los ayunos de su cautividad se convertirán en gozo y alegría, y en fiestas animadas –Zac. 8:19. La Fiesta de los Tabernáculos, la fiesta de regocijo, y el grato recuerdo de la salvación de Dios serán el motivo, incluso, de las naciones –Zac. 14:16.

Todo ello es aplicado a nosotros como creyentes, que hemos sido bendecidos con bendiciones celestiales. Para nosotros también, la casa de Dios será un lugar de gozo eterno, el lugar donde disfrutaremos ante la presencia de Dios como hijos Suyos, y alrededor del Hijo se centrarán todas las atenciones, el Cordero que fue inmolado. Será el lugar donde empezaremos a deleitarnos y donde nuestro gozo no tendrá fin –véase Luc. 15:24.

En virtud de la gracia de Dios, Jacob encontró el camino de vuelta a Betel, la casa de Dios. Por Su gracia, el hijo pródigo regresó a la casa del padre, y por Su gracia sólo nosotros también tenemos un lugar en la casa de Dios. Es un privilegio que ahora comprendemos con flaqueza, pero pronto gozaremos de él en gloria perfecta allá arriba. La gracia divina nos garantiza un lugar en la casa del Padre, donde la comunión con el Padre y con el Hijo serán nuestro gozo eterno. Seremos recibidos como hijos y no como esclavos, porque «el esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo sí queda para siempre» –Juan 8:35.

Padre, tu soberano amor ha buscado

Los alejados de ti, cautivos del pecado;

La obra que tu propio Hijo ha efectuado

En paz nos ha devuelto a Ti y liberado.

Tú nos diste Aquel, en amor eterno,

Para llevarnos a Ti, al hogar,

Aptos para Tus designios celestes

Para como hijos, con Él estar.

En tu propia casa, do el amor divino,

Llena de esplendor los aposentos;

Mas el amor que tuyos nos hizo es

De esta casa el ornamento

Publicado originalmente en inglés por Chapter Two

Copyright 1992 y 1995.

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