“Lazadas De Azul”

Por C.H. Mackintosh

Éxodo 26:4

Al considerar la estructura del tabernáculo en el desierto, podemos observar que las “lazadas de azul” tenían allí una gran importancia.Por medio de las lazadas y de los “corchetes de oro” las cortinas permanecían unidas y se conservaba la unidad visible de toda la estructura.

Las lazadas y los corchetes podían parecer muy insignificantes y de poca importancia, sin embargo, sin ellos no se hubiera logrado la unidad de varios elementos. Además, aun cuando las cortinas eran hermosas, si hubieran sido colgadas separadas se hubiera perdido un aspecto importante  de la unidad que simbolizan.

Al contemplar el tabernáculo como figura de Cristo, seguramente podemos percibir fácilmente la belleza y el significado de estas “lazadas de azul” y de los “corchetes de oro”. Ellos tipifican la unidad y la perfecta armonía que el Hombre Cristo Jesús tenía como resultado de Su gracia celestial y de Su carácter divino. En la vida de nuestro bendito Señor Jesús, en cada circunstancia que le tocó vivir, podemos observar rasgos o caracteres variados, a la vez que apreciamos una combinación perfecta de esos diferentes aspectos de su Persona, lo cual exhibe el poder de lo celestial y divino en Él.

Las cortinas del Tabernáculo no sólo eran hermosas en sí mismas, sino que además fueron combinadas bellamente y unidas entre sí por medio de aquellos preciosos elementos: “lazadas de azul” y “corchetes de oro”. Esto sólo puede ser discernido y apreciado por aquellos que están instruidos, en alguna medida, en los santos misterios del santuario.

Y me permito agregar que la verdad que nos presenta la divina Palabra Viva es también la verdad que nos presenta la divina Palabra Escrita. El estudiante espiritual de las Sagradas Escrituras discernirá fácilmente el significado de las “lazadas de azul” y de los “corchetes de oro”. Al menos es lo que esperamos. La Palabra Viva es la encarnación divina de la Palabra escrita y la Palabra escrita es la trascripción divina de la Palabra Viva. Por lo tanto, nosotros podemos observar la misma unidad celestial, la misma armonía divina, la misma extraordinaria y exquisita combinación en ambas.

Sería agradable y de mucho provecho investigar varias ilustraciones referentes a las lazadas y a los corchetes a través de la Palabra de Dios, pero dispongo de poco tiempo y espacio por lo que sólo presentaré un fragmento breve. Expondré un ejemplo o dos de la Palabra escrita para que el lector pueda estudiar el tema por sí mismo.  

En 1.ª Corintios 16 tenemos una ilustración hermosa y práctica acerca de nuestro tema. El verso 13 dice:“Portaos varonilmente, y esforzaos”. Aquí tenemos un aspecto hermoso y deseable del carácter Cristiano: la fuerza varonil. Pero, si esto es mal interpretado podría generar fácilmente una manera de tratar a los demás violenta, ruda y orgullosa, lo cual es totalmente opuesto a lo que contemplamos en nuestro divino Modelo. En consecuencia, el Espíritu forma por medio del apóstol una lazada de azul y une con los corchetes de oro la fuerza varonil con otro aspecto necesario: “Todas vuestras cosas sean hechas con amor” (v.14).  

¡Qué combinación tan preciosa! Fuerza y amor, amor y fuerza. Si tú desatas esta lazada celestial querrás mostrar orgullo, arrogancia, carácter desconsiderado o, por el contrario, un accionar suave, flexible, debilitado, sacrificando todo para lograr paz y quietud.

Observemos la excelente definición de religión pura que hallamos al final de Santiago capítulo 1. Allí, el apóstol utiliza la lazada y el corchete para unir las dos fases de la religión divina: “Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones” y “guardarse sin mancha del mundo”.  En otras palabras, la benevolencia activa y la santidad personal se unen inseparablemente. Si desatamos la lazada, ¿qué conseguiríamos? Una benevolencia que irá de la mano con un espíritu intenso de mundanalidad o, por el contrario, una separación farisaica tan rígida que no expresará ningún sentimiento de  generosidad.

Únicamente la presencia de lo celestial y divino puede afianzar la verdadera unidad y armonía de carácter. Nunca debemos olvidar que el verdadero cristianismo es sencillamente Cristo reproducido por el Espíritu Santo en la vida del creyente. Nunca lo conseguiríamos mediante un reglamento inflexible. Sólo es factible si Cristo es el objeto central de nuestras vidas.

C H Mackintosh

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