La asamblea
de Dios,
O La
Todosuficiencia Del Nombre De Jesús
por
C.H. Mackintosh
traducido
por David Sanz
Introducción
En unos
tiempos como los actuales, cuando casi toda idea nueva se convierte en
el blanco o centro de atracción de nuevas asociaciones, no podemos omitir
el valor de poseer convicciones divinas sobre lo que es realmente la asamblea
de Dios. Vivimos en un tiempo de una singular actividad mental; por lo
tanto, existe la necesidad apremiante de estudiar con calma y reposadamente
la Palabra de Dios. Esta Palabra, bendito sea su Autor, es como una roca
en mitad del océano del pensamiento humano. Allí permanece inconmovible,
pese a la arreciante tormenta y al infatigable vaivén de las olas. Ella
sola se queda inamovible, además de transmitir su estabilidad a todos los
que hacen suya su base. Qué gracia es eludir la marejada y la hinchazón
del océano tormentoso para hallar un refugio de calma en esta Roca eterna.
Evidentemente,
es una gracia. Si no fuera por que tenemos «la ley y el testimonio», ¿dónde
estaríamos? ¿Adónde iríamos? ¿Qué es lo que haríamos? ¡Qué oscuridad, cuán
confusos y perplejos quedaríamos! Miles de voces vierten, a veces, sus
tonos estentóreos sobre nuestros oídos, hablando cada una de ellas con
tal autoridad, que si no estamos bien enseñados y fundamentados en la Palabra
corremos el peligro de ser arrastrados, o cuando menos, sufrir algún desquicio.
Una persona os dirá que eso es
lo correcto; otra dirá que aquello lo
es; una tercera vendrá a deciros que todo es
correcto, y una cuarta añadirá que nada es
la verdad. Respecto al tema de la posición eclesiástica, os encontraréis
con unos que van aquí,
otros que van allí y
otros que van a todos sitios, no
acudiendo algunos a ninguna parte.
Bien,
en estas circunstancias, ¿qué es lo que debe hacerse? Claro está que todos
no pueden tener la razón. Y sin embargo, hay algo que es la verdad. No
puede ser que estemos obligados a vivir en el error, en la oscuridad y
en la incertidumbre. Hay
una senda, bendito sea Dios, aunque «nunca
la conoció ave, ni ojo de buitre la vio; nunca la pisaron animales fieros,
ni león pasó por ella». ¿Dónde se encuentra esta senda segura y bendita?
Escuchemos la respuesta divina: «He aquí que el
temor del Señor es la sabiduría, y el apartarse
del mal la inteligencia»
(Job 28:28).
Procedamos,
pues, en el temor del Señor y bajo la luz de Su verdad infalible, y dependientes
de la enseñanza de Su Santo Espíritu, a examinar el tema que encabeza este
escrito. Que con toda gracia dejemos de lado nuestros propios pensamientos
y los de los demás para entregarnos de corazón y con honestidad a las únicas
enseñanzas de Dios.
Ahora
bien, a fin de aprehender este tema tan importante y magnífico de la asamblea
de Dios, debemos, primero de todo, declarar un hecho, y
en segundo lugar, hacer una pregunta.
El hecho es éste: Existe una asamblea de
Dios en la tierra. La pregunta es: ¿Qué
es esta asamblea?
La
Asamblea de Dios en la tierra es un hecho
Antes de
nada, en cuanto al hecho. Existe tal cosa como la asamblea de Dios
en la tierra. Ciertamente es un hecho muy importante. Dios tiene una asamblea
en el mundo. No me refiero a cualquier organización humana meramente, como
la iglesia Ortodoxa, la Católica, la Anglicana o la Presbiteriana; ni siquiera
a los otros sistemas que se han originado de éstos, estructurados y acondicionados
por la mano del hombre y sostenidos por recursos humanos. Simplemente me
refiero a esa asamblea que Dios el Espíritu Santo congrega en torno a la
Persona de Dios Hijo, para adorar y tener comunión con Dios Padre.
Si presentamos
en nuestra búsqueda de la asamblea de Dios, o de cualquier expresión de
ella, nuestras mentes llenas de prejuicios, ideas preconcebidas y favoritismos;
o si en nuestra indagación contamos con la ayuda de la tenue luz de los
dogmas, opiniones y tradiciones humanas, no hay nada más cierto que la
verdad no la alcanzaremos nunca. Para reconocer la asamblea de Dios, tenemos
que ser enseñados exclusivamente por la Palabra de Dios, conducidos por
el Espíritu Santo. Tanto es así que, respecto a la iglesia de Dios y los
hijos de Dios, podemos declarar: «el mundo no los conoce».
Por
lo tanto, si de algún modo nos gobierna el espíritu del mundo, si deseamos
glorificar al hombre, queriendo igualar nuestros pensamientos con los de
los hombres, siendo nuestro propósito alcanzar las atrayentes metas de
una conveniencia celadora, con toda seguridad podremos abandonar, acto
seguido, nuestra búsqueda de una expresión verdadera de la asamblea de
Dios. Hallaremos refugio, si así lo hacemos, en las organizaciones humanas
que apelan a nuestros pensamientos y firmes convicciones.
Además,
si nuestro propósito es el de encontrar una comunidad religiosa donde se
lea la Palabra de Dios, o en la que se hallen hijos de Dios, nos satisfaremos
rápidamente, pues sería difícil no encontrar una parte del cuerpo profesante
donde ambos propósitos, o sólo uno, no se satisficiesen.
Finalmente,
si sólo pretendemos hacer todo el bien que podamos, sin preguntarnos la
manera cómo lo hagamos; si nuestro axioma es «correcto» o «incorrecto»
para todo lo que nos proponemos; si estamos preparados para tergiversar
las graves palabras de Samuel y decir que «los sacrificios son mejores
que la obediencia, y la grosura de los carneros mejor que el prestar atención»,
entonces cualquier cosa peor que la vanidad nos llevará a indagar sobre
la asamblea de Dios. Puesto que esta asamblea sólo la pueden descubrir
y aprobar los que han sido enseñados a huir de las cientos de sendas floreadas
de la conveniencia humana, relajarán la conciencia, el corazón, el entendimiento
y todo su ser moral en la autoridad suprema de «Así dice Jehová».
En
una palabra, el discípulo obediente sabe que existe algo que es la asamblea
de Dios; y que él podrá también, por gracia, comprender cuál es su expresión
verdadera. El estudiante inteligente de las Escrituras conoce muy bien
la diferencia entre lo que fundan, forman y gobiernan la ciencia y la sabiduría
humanas, y lo que Cristo el Señor congrega en torno suyo y dirige. ¡Qué
grande es la diferencia! Es simplemente la distinción entre Dios y el hombre.
Pero
se nos puede pedir aquí que presentemos pruebas escriturales sobre el hecho
de que existe tal cosa en la tierra como la asamblea de Dios. En
consecuencia, vamos a aderezar tales pruebas, porque permítasenos decir
que, sin la autoridad de la Palabra, todas las afirmaciones carecen totalmente
de valor. ¿Qué dice, entonces, la Escritura?
Nuestra
primera pregunta será ese famoso pasaje de Mateo 16: «Viniendo Jesús a
la región de Cesarea, preguntó a sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen
los hombres que es el Hijo del Hombre? Ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista;
otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas. Él les dijo:
Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú
eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado
eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino
mi Padre que está en los cielos. Y yo también te digo, que tú eres Pedro,
y sobre esta roca edificaré mi asamblea (ekklhsian);
y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella» (vers. 13-18).
Aquí
nuestro bendito Señor hace suyo el propósito de edificar una asamblea,
y presenta el verdadero fundamento de esta asamblea, o sea, «Cristo, el
Hijo del Dios vivo». Éste es un aspecto muy importante de nuestro tema.
El edificio se fundamenta sobre la Roca, y esta Roca no es el pobre Pedro,
con su inestabilidad, tropezones y debilidades, sino Cristo, el Hijo eterno
del Dios vivo. Cada piedra de este edificio toma vida de la Roca, la cual,
una vez vencido todo el poder del enemigo, es indestructible.
Es
absolutamente importante distinguir lo que Cristo edifica de lo que el
hombre edifica. Las puertas del Hades prevalecerán con toda seguridad contra
todo lo que es meramente humano; por lo tanto, sería un error garrafal
aplicar las palabras constructivas al hombre cuando sólo se aplican a Cristo.
El hombre construye con «madera, paja y heno» —¡y ciertamente lo hace!—,
pero todo lo que nuestro Señor Cristo construye permanecerá para siempre.
El sello de la eternidad está sobre cada obra de Su mano. Sea toda la alabanza
a su glorioso nombre.
Una
vez más, estudiando el Evangelio de Mateo, nos encontramos con un pasaje
igual de familiar: «Por tanto, si tu hermano peca contra ti, vé y repréndele
estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano. Mas si no
te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres
testigos conste toda palabra. Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia;
y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano. De cierto os
digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo
lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo. Otra vez os digo,
que si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera
cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos.
Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy
yo en medio de ellos» (Mat. 18:15-20).
Ya
tendremos ocasión de volver sobre este pasaje más adelante, en el segundo
apartado de nuestro tema. Aquí solamente se presenta como vínculo de evidencia
escritural de que existe tal cosa como la asamblea de Dios en la tierra.
Esta asamblea no es un nombre, o una forma, ni una pretensión o una asunción.
Es una realidad divina, una institución de Dios que posee Su sello y licencia.
Es algo a lo que apelar en casos de reveses personales y pendencias que
no pueden solucionar las partes implicadas. Esta asamblea puede consistir
solamente de «dos o tres» en un lugar determinado —la pluralidad más pequeña,
si os parece—; pero ahí está, y es reconocida de Dios, y sus decisiones
ratificadas en el cielo.
No tiene
que espantarnos la verdad sobre este tema por el hecho de que la iglesia
católica ha intentado poner como fundamento, en los dos pasajes que hemos
leído más arriba, sus injustificadas pretensiones. Esta iglesia no es la
asamblea de Dios, edificada sobre Cristo la Roca, y congregada en el nombre
de Jesús. Es una apostasía humana, fundamentada en un endeble mortal, y
gobernada por las tradiciones y doctrinas de hombres. A pesar de ello,
no debemos sufrir que Satanás nos prive de la realidad de Dios con la falsedad.
Dios tiene su asamblea en la tierra y somos responsables de confesar su
verdad, ser una expresión práctica de ella. Esto puede ser difícil en unos
tiempos de confusión como los que vivimos. Se requerirá una visión aguda,
una voluntad sumisa y una mente refinada, que lo recuerde el lector, para
manifestarse en él el privilegio de tener esta certeza divina sobre lo
que es la expresión verdadera de la asamblea de Dios, respecto de la verdad
que la sangre del Cordero lo ha salvado. Mas no por ello debe sentirse
ya satisfecho. Yo no debería conformarme con seguir una sola hora sin saber
que estoy, en espíritu y en principios, asociado a los que se congregan
en el terreno de la asamblea de Dios. Digo en espíritu y en principios,
pues puede ocurrir que me encuentre en un lugar donde no haya una expresión
local de la asamblea, en cuyo caso debo conformarme con tener comunión,
en espíritu, con todos aquellos en el terreno de la asamblea de Dios, y
esperar que Él prepare mi camino, gozar así del privilegio de estar presente
en persona con Su pueblo, y gustar de las bendiciones al compartir las
responsabilidades benditas de Su asamblea.
Esto
simplifica el tema sorprendentemente. Si no puedo tener una expresión verdadera
de la iglesia de Dios, entonces no tendré nada. De nada servirá que me
indiquen una comunidad religiosa con algunos cristianos, donde se predique
el Evangelio y se observen todos los oficios. Debo estar convencido, por
la autoridad de la palabra y el Espíritu de Dios, de que esta comunidad
está realmente congregada en el terreno y que los rasgos de la asamblea
de Dios la caracterizan. De ser al contrario, no puedo aceptarla. Sí podré
aceptar a los hijos de Dios que están dentro, si ellos me dejaren hacer
así, más allá de los términos de su sistema religioso; sin embargo, no
podré aceptar su sistema ni tolerarlo de ninguna de las maneras. Si así
lo hiciera, haría que mi afirmación tambaleara, al no tener donde sostenerse,
en que no hay diferencia alguna si mantengo los principios de la asamblea
de Dios o me inicio en los sistemas humanos; si reconozco la autoridad
de Cristo o la del hombre; si acato la palabra de Dios o las opiniones
humanas.
No
hay duda de que todo esto ofenderá a la mayoría. Me tildarán de sectario,
prejuicioso, estrecho de miras, intolerante y demás. Pero esto no debe
desanimarnos al querer averiguar la verdad de la asamblea de Dios. A ella
debemos aferrarnos de corazón y con energía, cueste lo que cueste. Si Dios
tiene una asamblea —y la Escritura dice que la tiene— entonces dejadme
que me encuentre con los que sostienen sus principios, y en ninguna otra
parte. Obviamente, donde se encuentran diferentes sistemas conflictivos,
todos no pueden ser divinos. ¿Qué tengo que hacer? ¿Debo conformarme con
aceptar el menor de dos males? En absoluto. Entonces, ¿qué? La contestación
es sencilla, aguda y directa: los principios de la asamblea de Dios o nada.
Si hay una expresión local de esta asamblea, entonces bueno. Acude allí
en persona. Si no es así, confórmate con tener comunión espiritual con
todos los que, en humildad y fidelidad, reconocen y ocupan este terreno
santo. Puede parecer liberal el que nos mostremos permisivos y acudamos
con todo el mundo y a todos sitios. Parecerá muy fácil y satisfactorio
estar en un lugar donde la voluntad de todos es tolerada y la conciencia
de nadie es ejercitada, donde podemos mantener lo que queramos, decir lo
que nos parezca, hacer nuestra voluntad. Todo ello suena muy atractivo
y deleitable, plausible y popular. Pero finalmente habrá esterilidad; y
en el día del Señor, podemos estar seguros que cuanta más madera, paja
o heno haya allí, arderá por no resistir la acción de Su juicio.
Sigamos
con nuestras pruebas de las Escrituras. En los Hechos de los Apóstoles,
o mejor dicho, los Hechos del Espíritu Santo, aparece la asamblea ya formada.
Bastarán uno o dos pasajes: «Y perseverando unánimes cada día en el templo,
y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez
de corazón, alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el
Señor añadía cada día a la iglesia a los que habían de ser salvos» (Hechos
2:46-47). Éste era el orden apostólico original. Cuando una persona se
convertía, tomaba su lugar en la iglesia. No existía ninguna dificultad
al respecto, pues no había sectas ni facciones que vindicaran ser una iglesia,
una causa o unos intereses. Había un ente nada más, que era la asamblea
de Dios. En ella Dios habitaba, actuaba y gobernaba. No era un sistema
formado según la voluntad, el juicio o la conciencia del hombre. El hombre
todavía no estaba metido en el negocio del levantamiento de iglesias. Ésta
era la obra de Dios. Pertenecía a la prerrogativa de Dios congregar a los
salvados y salvar a los dispersados.
Preguntamos
con razón: ¿por qué tiene que ser diferente ahora? ¿Por qué los regenerados
buscan otro terreno más alejado o diferente del de la asamblea de Dios?
¿No es aquél suficiente? Ciertamente. ¿Tendrían que estar satisfechos de
pertenecer a algo más? En absoluto. Reiteramos, con insistencia: o una
cosa o la otra.
El
error, la ruina y la apostasía se han infiltrado. La ciencia del hombre
y su voluntad, o si se prefiere, su razón, sus razonamientos y su conciencia
lo han provocado; en asuntos eclesiásticos. El resultado se hace patente
en los numerosos bandos y sectas de la actualidad. Sin embargo, aún insistimos
en que el terreno original de la asamblea sigue siendo el terreno de la
asamblea, a pesar del fracaso, el error y la confusión consecuencia de
todo. La dificultad estriba en saber llegar a esta verdad en la práctica,
pero cuando se llega a ella, permanece inalterada e inalterable. En los
tiempos apostólicos la iglesia sobresalía, con notabilidad, de la oscuridad
del judaísmo, por una parte, y del paganismo por otra. Era imposible confundirla;
allí estaba, como una gran realidad; una compañía de hombres y mujeres
congregados, en quienes Dios el Espíritu Santo gobernaba y dirigía.
Preguntamos
con razón: ¿por qué tiene que ser diferente ahora? ¿Por qué los regenerados
buscan otro terreno más alejado o diferente del de la asamblea de Dios?
¿No es aquél suficiente? Ciertamente. ¿Tendrían que estar satisfechos de
pertenecer a algo más? En absoluto. Reiteramos, con insistencia: o una
cosa o la otra.
El
error, la ruina y la apostasía se han infiltrado. La ciencia del hombre
y su voluntad, o si se prefiere, su razón, sus razonamientos y su conciencia
lo han provocado; en asuntos eclesiásticos. El resultado se hace patente
en los numerosos bandos y sectas de la actualidad. Sin embargo, aún insistimos
en que el terreno original de la asamblea sigue siendo el terreno de la
asamblea, a pesar del fracaso, el error y la confusión consecuencia de
todo. La dificultad estriba en saber llegar a esta verdad en la práctica,
pero cuando se llega a ella, permanece inalterada e inalterable. En los
tiempos apostólicos la iglesia sobresalía, con notabilidad, de la oscuridad
del judaísmo, por una parte, y del paganismo por otra. Era imposible confundirla;
allí estaba, como una gran realidad; una compañía de hombres y mujeres
congregados, en quienes Dios el Espíritu Santo habitaba, gobernando y dirigiendo
sus vidas, a fin de que los indoctos o incrédulos, al entrar, se convencieran
y se marcharan constreñidos a aceptar que Dios estaba allí (leer con atención
1 Cor. 12:14).
Por
lo tanto, en el Evangelio nuestro bendito Señor hace suyo el propósito
de edificar una asamblea. Esta asamblea se nos presenta en la historia
en los Hechos de los Apóstoles. Luego, cuando vamos a las epístolas de
Pablo, le vemos dirigiéndose a la asamblea en siete lugares distintos:
Roma, Corinto, Galacia, Éfeso, Filipos, Colosas y Tesalónica. Finalmente
en Apocalipsis, vemos mensajes dirigidos a siete asambleas distintas. En
todos estos lugares, la asamblea de Dios era algo real y tangible, un ente
establecido y sostenido por Dios mismo. No era una organización humana,
sino un testimonio de institución divina, una lámpara para Dios en cada
lugar.
Hasta
aquí nuestras pruebas de la Escritura sobre el hecho de que Dios tiene
una asamblea en la tierra, congregada, habitada y gobernada por el Espíritu
Santo, que es el único Vicario de Cristo sobre el mundo. Proféticamente,
el Evangelio nos presenta la asamblea; los Hechos nos la introducen en
la historia; y las epístolas se dirigen a ella formalmente. Todo esto es
claro. Y si ahora está fragmentada en pedazos, nos toca a nosotros congregarnos
en el terreno de la asamblea de Dios y ser su expresión verdadera.
Entiéndase
bien que no prestaremos atención sobre este tema más que a la voz de la
santa Escritura. Que no hable la razón, porque no la aceptamos. La tradición
contenga su voz ante nuestra omisión. Que la conveniencia no nos dé su
abrigo porque no se lo permitiremos. Creemos en la suficiencia de la santa
Escritura, que basta para ilustrar profundamente al hombre de Dios y equiparlo
a la perfección para buenas obras (ver 2 Tim. 3:16,17). La palabra de Dios
es suficiente o no lo es. Creemos que es del todo suficiente para cada
necesidad de la asamblea de Dios. No podía ser de otra manera si Dios es
su autor. O bien debemos negar la divinidad o admitir la suficiencia de
la Biblia. No hay medias tintas. Es imposible que Dios haya escrito un
libro carente e imperfecto.
Este
principio pesa por sí solo en relación con nuestro tema. Muchos de nuestros
escritores protestantes, al atacar el sistema papal, sostuvieron la suficiencia
y la autoridad de la Biblia, pero nos parece que perdían terreno ante la
ofensiva de sus opositores cuando éstos les exigían presentar pruebas de
la Escritura sobre muchas cosas adoptadas en las comunidades protestantes.
En las clases dirigentes2 existe
tal adopción de cosas llevadas a la práctica, así como en otros círculos
protestantes, que la Palabra no tolera; y cuando los perspicaces e inteligentes
defensores del papado notaron estas inconsistencias, exigiendo que se les
presentase una base autoritativa, la debilidad del protestantismo salió
a relucir. Si por un momento admitiéramos recurrir a la tradición y a la
conveniencia para ciertas cosas, ¿quién se atrevería entonces a determinar
la frontera? Si fuera posible apartarnos en absoluto de la Escritura, ¿cuánto
nos alejaríamos? Si se tolerase la autoridad de la tradición, ¿quién pondría
términos a sus dominios? Caso de abandonar la bien definida y estrecha
senda de la revelación divina para adentrarnos en el abrumador campo de
la tradición humana, ¿no tendría un hombre el mismo derecho que otro de
escoger? En resumidas cuentas, evidentemente es imposible congregarnos
con miembros del catolicismo en cualquier otro terreno que no sea en el
que la asamblea de Dios fundamenta sus principios, o sea, la suficiencia
de la palabra de Dios, el nombre de Jesús, y el poder del Espíritu Santo.
Ésta es, bendito sea Dios, la posición invulnerable que ocupa Su asamblea;
y por muy tenue y despreciable que pueda parecer cualquier expresión que
ella ofrece a la mirada del mundo, sabemos, porque Cristo nos lo ha dicho,
que las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. Estas puertas socavan
sin lugar a dudas cada sistema humano, todas esas corporaciones y sociedades
que los hombres han creado sobre la marcha. Y ninguno ha sido el caso en
que hayan triunfado y se hayan manifestado de forma más funesta estas puertas
que en la iglesia católica, aunque ésta adoptara la afirmación de nuestro
Señor como el baluarte de su fortaleza. Nada puede resistir el poder de
las puertas del Hades salvo esta asamblea edificada sobre la Piedra viva;
y la expresión local de esta asamblea puede ser «dos o tres» congregados
en el nombre de Jesús; un pobre, débil y desdeñable puñado, lo arrinconado
del mundo y el deshecho de todo.
Haremos
bien en adoptar una postura clara al respecto. La promesa de Cristo nunca
falla. Él ha descendido, bendito sea Su nombre, hasta el número más reducido
al que puede reducirse una asamblea, a dos. ¡Qué gracia, qué delicadez
y consideración! ¡Quién como Él! Vincula toda la dignidad, todo el valor,
la eficacia toda de Su divino e imperecedero nombre a un puñado deficiente
congregado en torno a Él. Es evidente para la mente espiritual, que al
hablar el Señor Jesús de dos o tres miembros no pensaba en esos vastos
sistemas que han emanado en la Antigüedad, en el Medievo y en tiempos modernos,
por oriente y occidente, elevando siquiera el número de sus adeptos y acólitos
a dos o tres, sino contándolos por reinos, provincias y concejos parroquiales.
Queda del todo claro que un reino bautizado, y dos o tres almas vivas,
congregadas en el nombre de Jesús, no significa ni puede significar lo
mismo. La cristiandad bautizada significa una cosa, y una asamblea de Dios
otra. Lo que esta última significa es algo que aún no hemos visto; aquí
estamos afirmando que ambas no son, ni pueden ser, lo mismo. Se confunden
constantemente, aunque no existen dos cosas más diferentes.
El
lector tendrá que ponderar la diferencia entre la iglesia contemplada como
«el cuerpo de Cristo», y vista como «la casa de Dios». A tal efecto, podrá
estudiar Efe. 1:22 y 1 Cor. 12 para la primera; Efe. 2:21; 1 Cor. 3 y 1
Tim. 3 para la última. Su distinción es igual de interesante que importante.
Si
quisiéramos saber bajo qué figura nos presenta Cristo el mundo bautizado,
sólo tendríamos que recurrir a la «levadura» y a «la semilla de mostaza»
de Mateo 13. La primera nos muestra el carácter interior, y la última el
carácter exterior de «el reino de los cielos», de aquello que fue establecido
originalmente con toda simplicidad y verdad, algo real que, aunque pequeño,
por la acción astuta de Satanás se ha convertido interiormente en una masa
corrupta, pero exteriormente ofrece una visión cada vez más popular en
la tierra que reúne toda índole de personas bajo su amparo. Ésta es la
lección —simple pero solemne— que debe aprender toda persona espiritual
de la «levadura»y «la semilla de mostaza»de Mateo 13. Y podemos añadir
que un resultado de haber aprendido esta lección será la capacidad de distinguir
entre «el reino de los cielos» y la «asamblea de Dios». El primero podemos
compararlo a una extensa ciénaga, y la última a una corriente que fluye
a través, con el peligro constante de perder su carácter distintivo como
su curso correcto, al mezclarse con las aguas alrededor. Confundir estas
dos cosas es propinar un golpe mortal a toda disciplina en la piedad y,
por consiguiente pura, en la asamblea de Dios. Si el reino y la asamblea
significan una misma cosa, ¿qué actitud adoptamos frente al versículo de
«el perverso» en 1 Cor. 5? El apóstol nos dice de «echarlo fuera». ¿Adónde
tenemos que echarlo? Nuestro mismo Señor señala la diferencia al decir
que «el campo es el mundo»; y una vez más, en Juan 17, Él dice que Su pueblo
no es del mundo. Esto lo aclara todo. Pero los hombres nos dirán, contra
la evidencia de la afirmación de nuestro Señor, que el campo es la asamblea,
y que la cizaña y el trigo, los impíos y piadosos, tienen que crecer juntamente,
que bajo ningún motivo deben separarse. De esta manera, la clara enseñanza
del Espíritu Santo en 1 Cor. 5 está en guerra abierta con la misma enseñanza
igual de clara de nuestro Señor en Mateo 13; todo esto es consecuencia
del intento de confundir el reino de los cielos con la asamblea de Dios.
No
es el propósito de este escrito entrar en detalles sobre este tema interesante
de «el reino». Ya se ha dicho suficiente si el lector se siente convencido
de la enorme importancia de distinguir correctamente ese reino de la asamblea.
Sobre lo que es esta última, vamos a proceder ahora con nuestras preguntas
y, ¡que Dios el Espíritu Santo sea nuestro Maestro!
Los
principios de la Asamblea de Dios
Al tratar
nuestras preguntas sobre la asamblea de Dios, nuestros pensamientos serán
esclarecidos y tendrán mayor precisión cuando consideremos los cuatro puntos
siguientes:
¿Qué
es el terreno en el que se congrega la asamblea?
¿Qué es
el centro en torno al cual se congrega la asamblea?
¿Qué es
el poder por el que la asamblea se congrega?
¿Con qué
autoridad se congrega la asamblea?
El
terreno en el que se congrega la asamblea
Primero,
en cuanto al terreno en el que se congrega la asamblea. En una palabra,
este terreno es todos aquellos que poseen la salvación, o la vida eterna.
No entramos en la asamblea para hallar la salvación, sino como los que
ya la poseemos. La palabra es «Sobre esta roca edificaré mi iglesia». Él
no dice «Sobre mi iglesia edificaré la salvación de las almas». Uno de
los dogmas abanderados de Roma es éste: no hay salvación fuera de la verdadera
iglesia. Sí, pero podemos ir más lejos y decir que fuera de la verdadera
Roca no hay iglesia. Quitad la Roca y no tendréis nada excepto una estructura
sin fundamento de error y corrupción. ¡Qué miserable engaño pensar ser
salvo por eso! Gracias a Dios no es así. No llegamos a Cristo por la iglesia,
sino a la iglesia por Cristo. Cambiar este orden es desplazar a Cristo
por completo, y no tener ni Roca, ni iglesia ni salvación. Encontramos
a Cristo como el Salvador de vida, antes que tener que ver con la asamblea;
incluso podríamos poseer la vida eterna, y gozar de la salvación completa,
aun cuando no hubiera tal cosa como una asamblea de Dios en la tierra .
No
podemos pecar de simples al asimilar esta verdad, en unos tiempos cuando
la pretensión eclesiástica se eleva a tales alturas. La llamada iglesia,
está abriendo su regazo con invitación celadora a los cansados del pecado,
a los hastiados del mundo y a las almas cargadas para que hallen refugio
en ella. Con liberalidad artificiosa, abre de par en par la puerta de sus
tesoros y pone a disposición de las almas necesitadas y ansiosas todos
sus recursos. Y éstos ejercen una poderosa atracción sobre los que no están
en La Roca. Hay
un sacerdocio instituido que profesa estar en línea ininterrumpida con
el servicio apostólico. ¡Qué diferentes los dos extremos de la línea! Es
un sacrificio continuo, incruento, y por lo tanto desprovisto de valor
(Heb. 9:22). En ella se ofrece un ritual espléndido que evoca las sombras
de una época pasada, unas sombras que han sido desplazadas para siempre
por la Persona, la obra y los oficios del Hijo eterno de Dios. Sea adorado
su nombre.
El
creyente tiene una contestación muy concluyente a todas las pretensiones
y promesas del sistema católico. Puede argüir que ha hallado su plenitud
en el Salvador crucificado y resucitado. ¿Para qué quiere el sacrificio
de la misa? Está lavado en la sangre de Cristo. ¿Por qué querría tener
que ver con un pobre sacerdote mortal y pecador, que no puede salvarse
a sí mismo? Él tiene al Hijo de Dios como sacerdote. ¿Por qué seguiría
la pompa de un ritual que impone superfluidades? Él adora en espíritu y
en verdad, en el lugar santísimo, en donde entra francamente por la sangre
de Jesús.
Con
el catolicismo romano no tenemos siquiera nada que hacer en la declaración
de nuestro primer punto. Nos tememos que haya miles, además de los católicos,
que con sinceridad contemplan la iglesia, si no para ser salvos, sí como
una antesala de la salvación. Es importante observar que los materiales
que conforman la iglesia de Dios son aquellos que poseen la salvación o
la vida eterna; cualquiera que fuese el objetivo de la asamblea, no sería
seguramente el de proveer la salvación a sus miembros, pues éstos fueron
salvados ya antes de entrar en sus recintos. La asamblea de Dios es un
conjunto de redimidos desde el principio hasta el fin. ¡Bendita realidad!
No es ninguna institución fundada como propósito de proveer a los pecadores
la salvación, ni tampoco para satisfacer sus necesidades religiosas. Se
trata de un cuerpo con vida y salvado, que el Espíritu Santo forma y congrega,
para dar a conocer a «los principados y potestades en los lugares celestiales
la multiforme sabiduría de Dios» y declarar a todo el universo la todosuficiencia
del nombre de Jesús.
Bien,
el gran enemigo de Cristo y de la iglesia sabe muy bien qué clase de poder
tiene en el testimonio la asamblea de Dios, llamada y concebida para manifestarlo
en la tierra; y en consecuencia el diablo se ha puesto de malas con ella
con infernal energía para aplastar el testimonio como le sea posible. Él
odia el nombre de Jesús y todo lo que rinde gloria a este nombre. De ahí
viene su fuerte oposición a toda la asamblea en general, y a toda expresión
local de ella allí donde se encuentre. El diablo no presenta objeciones
a una mera clase religiosa fundada para procurar por las necesidades religiosas
de las personas, sea ésta mantenida por un gobierno o por el mismo esfuerzo
personal. Ya puede ser todo o cualquier cosa para Satanás, menos una expresión
práctica de la asamblea de Dios. Ésta es la que él odia, y siempre procurará
denigrarla derribándola con todo su poder. Pero el tranquilizador énfasis
de Cristo el Señor recae sobre el oído de la fe: «Sobre esta Roca edificaré
mi iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella».
El
centro en torno al cual se congrega la asamblea
Esto nos
lleva, como es natural, a nuestro segundo punto. ¿Qué es el centro en torno
al cual se congrega la asamblea? El centro es Cristo, la Piedra viva, como
leemos en la epístola de Pedro: «Acercándoos a él, piedra viva, desechada
ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa, vosotros
también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio
santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio
de Jesucristo» (1 Ped. 2:4,5).
Alrededor
de la Persona de un Cristo vivo la asamblea de Dios se congrega. No lo
hace con una doctrina, por verdadera que sea; ni con un oficio, por importancia
que tenga, sino en torno a una Persona viva y divina. Éste es un punto
vital que debe entenderse, sostener con vigor y reconocer en todo momento
para llevarlo a cabo. «Acercándoos a él». No dice «Acercándoos a algo»,
pues no nos acercamos a ninguna cosa, sino a una Persona; «Salgamos, pues,
a él» (Heb. 13). El Espíritu Santo nos lleva solamente a Jesús. Nada inferior
a esto nos sirve. Podemos decir de unirnos a una iglesia, formar parte
como miembros de una congregación, afiliarnos a un partido, a una causa
o a unos intereses. Todas estas expresiones son propensas a embotar y a
confundir la mente, velando de nuestra mirada la idea divina de la asamblea
de Dios. No es nuestro deber unirnos a nada. Cuando nos convertimos a Dios,
Él nos unió por Su Espíritu a Cristo, y esto debería bastarnos. Cristo
es el único centro de la asamblea de Dios.
Y
puestos a preguntar diremos: ¿no es Él suficiente? ¿No es bastante motivo
para nosotros estar unidos al Señor? ¿Por qué añadir nada más? «Donde están
dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mat.
18:20). ¿Qué más necesitamos de positivo? Si Jesús está en medio de nosotros,
¿de qué sirve asignar una presidencia? ¿Por qué no le concedemos por unanimidad
la silla de la presidencia a Él, acatándole en todas las cosas? ¿Por que
razón estableceríamos una autoridad humana de cualquier rango en la casa
de Dios? Pero esto es lo que se hace, y haremos bien en hablar de ello
sin condiciones. El hombre es asignado en donde una asamblea de Dios profesa
serlo. La autoridad humana es ejercida en esta esfera en la que sólo la
autoridad divina debería reconocerse. Poco importa, respecto a los principios
de la investidura, si se trata de un papa, de un clérigo, de un sacerdote
o un presidente. En definitiva, es el hombre asignado en el lugar de Cristo.
Puede tratarse de un papa invistiendo de poder a un cardenal, a un legado
o a un obispo para esta esfera de acción; o bien puede ser la causa un
presidente que ordene a un hombre orar diez minutos. El principio es uno
y el mismo. Es la autoridad humana que actúa en ese círculo donde sólo
la autoridad de Dios debería acatarse. Si Cristo está en nuestro centro,
podemos confiar en Él para todo. Al decir esto, sin embargo, damos lugar
a una probable objeción, pues los que abogan por la autoridad humana dirán:
“¿cómo puede una asamblea seguir adelante sin ninguna presidencia humana?
¿No causaría ello un gran desorden? ¿La puerta no estaría abierta a toda
clase de intrusión del exterior, que entrara alguien e ignorara la asamblea
de quién se tratase, desconociendo sus dones y aptitudes? ¿No se presentarían
hombres en estas circunstancias a inundarnos de su necedad?”
Nuestra
respuesta en una muy sencilla: Jesús es del todo suficiente. Podemos confiar
en Él para imponer orden en Su casa. Nos sentimos mucho más seguros en
Sus manos poderosas que en las manos del presidente humano más atrayente.
Tenemos como tesoro nuestros dones en Jesús. De Él emana la autoridad de
los ministerios. «Él tiene las siete estrellas». Confiemos solamente en
Él y proveerá el orden a nuestra asamblea como lo hiciera otrora a nuestras
almas. Éste es el motivo por el cual relacionamos La
todosuficiencia del nombre de Jesús con La
Asamblea de Dios en la
portada de este escrito. Creemos que, verdaderamente el nombre de Jesús
es suficiente, no sólo para la salvación personal, sino también para todas
las necesidades de la asamblea: la adoración, la comunión, el ministerio,
la disciplina, el gobierno, todo. Teniéndole a Él tenemos abundancia.
Ésta
es la esencia y sustancia de nuestro tema. Nuestro propósito es glorificar
el nombre de Jesús; y creemos que se ha visto deshonrado en donde su casa
presume serlo. Se le ha destronado, y ha ocupado Su trono la autoridad
del hombre. De balde conferirá, pues, un don ministerial; el que lo posea
no se atreverá a ejercerlo sin el sello, el beneplácito y la autoridad
del hombre. Y no sólo eso, pues si alguien cree apropiado dar su aprobación
y poner su sello de autoridad sobre un hombre que no posee ningún don espiritual,
e incluso ningún ápice de vida espiritual, no deja por ello de reconocerle
su ministerio. En definitiva, la autoridad humana sin el don que da Cristo
convierte al hombre en un ministro, mientras que el don de Cristo sin la
autoridad humana no lo hace. Si esto no es deshonrar a Cristo el Señor,
¿qué es entonces?
Lector
cristiano, relájate ahora y sopesa seriamente el principio de la autoridad
humana. Estamos expectantes de que llegues a su misma raíz y la juzgues
con detenimiento, bajo la luz de la Escritura y en la presencia de Dios.
Ten la seguridad de que ello es la piedra de toque para distinguir los
principios de la asamblea de Dios y todos los sistemas humanos religiosos
debajo del sol. Si consideras todos estos sistemas, desde el catolicismo
hasta la forma más refinada de sociedad religiosa, verás que se vindica
y se acepta en ellos la autoridad humana. Con ésta puedes ser ministro,
sin ella no. Por contra, en la asamblea de Dios sólo el don de Cristo hace
de un hombre un ministro, dejando de lado toda autoridad humana. «No de
hombres ni por hombre, sino por Jesucristo y por Dios el Padre que lo resucitó
de los muertos» (Gál. 1:1). Éste es elmagnífico principio de los ministerios
en la asamblea de Dios.
Al
catalogar el catolicismo en todos los demás sistemas religiosos de nuestro
periodo, entiéndase bien que lo hacemos sólo basándonos en el principio
de la autoridad de los ministerios. Que Dios nos guarde de pensar que un
sistema que cierra las puertas a la Palabra de Dios y enseña la idolatría,
la adoración de los santos y los ángeles, así como una ingente cantidad
de superstición y error, sea igual a los otros sistemas donde la Palabra
de Dios es sostenida y sus principios verdaderos más o menos anunciados.
Nada esté más lejos de nuestras intenciones. Creemos que el papado es un
ardid de Satanás, como sistema religioso, pese a que la mayoría del pueblo
de Dios se ha hallado, y aún se halla, en sus premisas.
A
continuación, déjesenos afirmar sin lugar a confusión que creemos que los
santos de Dios se hallan en cada comunidad de protestantes, tanto ministros
como miembros; y que el Señor los utiliza de muchas maneras, ya sea bendiciendo
su obra, su servicio y el testimonio personal que rinden.
Y
por último, lo creemos apropiado decir que no atacamos ninguno de estos
sistemas, pues con ellos no tenemos nada que ver. El Señor lo hará. Nuestro
interés está en los santos en estos sistemas, para que lleguen a aceptar,
actuando en consecuencia, los principios divinos de la asamblea de Dios.
Llegados
a este punto, y para evitar la confusión, volvemos con ganas a nuestro
asunto, y es que el hilo de autoridad humana discurre en cada sistema religioso
de la cristiandad, donde a todas luces, no existe el mínimo indicio de
ningún terreno de base consistente que relacione la iglesia católica con
una expresión verdadera de la asamblea de Dios. Sostenemos que una persona
en busca de la verdad, que abandona las oscuras sombras del papado, es
posible que no se detenga hasta encontrarse en la luz diáfana y bendita
de lo que es una expresión verdadera de la asamblea de Dios. Puede llevarle
años moverse por ese espacio. Sus pasos serán comedidos y meditados; pero
yendo en pos de la luz con sencillez y piedad no obtendrá descanso entre
esos dos extremos. El terreno de la asamblea de Dios es la posición verdadera
para todos los hijos de Dios. Lamentablemente para el Señor, todos no se
encuentran allí. Tendrían que hallarse, no sólo porque esté Dios allí,
sino también porque se le confiere a Él la dirección.
Esto
último es muy importante, pues puede preguntarse: “¿no está Dios en todas
partes?” Y “¿no tiene la acción en algunos lugares?” Sí, Él está en todas
partes y obra en medio del error y el mal manifiestos. Pero no se le permite
dirigir en los sistemas humanos, dado que la autoridad humana es muy elevada,
como ya hemos visto. Además de ello, si el hecho de que Dios convierte
almas y las bendice en un sistema sea motivo por el que tendríamos que
estar allí, entonces deberíamos ir a la iglesia católica, porque ¿cuántos
no se han convertido dentro de este exaltado sistema? También en el despertar
hemos oído de personas que se han levantado del sueño en las capillas católicas.
Lo que constituye una evidencia sobrada acaba por no querer decir nada,
por lo tanto no puede presentarse ningún argumento basándolo en que Dios
obra en un lugar. Nosotros tenemos que sujetarnos a Su autoridad y hacer
la obra donde se nos dicte. Mi Maestro puede ir donde desee, pero yo debo
ir a donde se me indica.
Algunos
preguntarán: “¿no corremos el peligro de que personas ineptas se entrometan
con su ministerio en la asamblea de Dios? Si éste es el caso, ¿cuál es
la diferencia entre esa asamblea y los sistemas humanos?” Contestamos que
realmente existe el peligro. Pero ocurriría a
pesar, y no a
causa, del principio.
Esto explica la diferencia. Hemos vivido errores y fracasos que son muy
humillantes.
Nadie
piense que si defendemos la verdad de la asamblea es porque ignoramos los
peligros y las pruebas a que están expuestos aquellos que llevan a cabo
sus principios. En absoluto. Nadie permanecería en este terreno por veintiocho
años sin haber sopesado lo difícil que es mantenerse en él. Así, todas
estas pruebas, peligros y dificultades —llamadlo, si os parece, doloroso—
vienen a demostrar la verdad de la posición; y fuera el remedio el recurrir
a la autoridad humana, tal como colocar al hombre en el lugar de Cristo,
o un retorno a los sistemas mundanos, apuntaríamos sin vacilar que el remedio
es peor que la enfermedad. Porque si optásemos por el remedio, sería que
sufriríamos los peores síntomas de la enfermedad; mas no debe ser una causa
de lamento, sino un motivo para gloriarnos en los frutos que produce este
orden.
Empero,
bendito sea Dios, hay un remedio. ¿Cuál es? «Allí estoy yo en medio de
ellos». Es suficiente. No se trata de que haya un papa, un sacerdote, un
clérigo o un presidente en su centro, como cabezas en el púlpito. En todo
el Nuevo Testamento no hallamos nada de esto. En la asamblea de Corinto,
donde había mucho desorden y confusión, el apóstol inspirado nunca presenta
como alternativa tal cosa como una presidencia humana bajo ningún nombre.
«Dios es el autor de paz en todas las asambleas de los santos» (1 Cor.
14:33). Dios estaba allí para poner orden. Tenían que mirar a Él, no al
hombre sujeto a un título. Asignar al hombre para imponer orden en la asamblea
de Dios es incredulidad escarnecedora, amén de un insulto a la presencia
divina.
Bien,
se nos pide a menudo aducir las Escrituras como prueba de la dirección
divina en una asamblea. Enseguida respondemos «Allí estoy yo» y «Dios es
el Autor». Sobre estos dos pilares, aun careciendo de más, podemos edificar
gozosos la verdad gloriosa de la dirección divina, una verdad que libera
de todos los sistemas humanos, sean cuales fueren, a todos los que la reciben
aceptándola de Dios. A nuestro juicio es imposible reconocer a Cristo como
el centro y el gobierno soberano en la asamblea y seguir sin embargo tolerando
la titularidad del hombre. Cuando hemos gustado de la dulzura de estar
bajo Cristo, jamás podemos volver a someternos a los lazos serviles del
hombre. No se llama insurrección o pérdida del control. Sólo es el rechazo
absoluto a acatar una autoridad falsa, a tolerar un desacato inmoral. En
el momento que veamos al hombre que desacata la autoridad en la iglesia,
hagámosle esta pregunta: “¿quién eres tú?”, y retirémonos a una esfera
donde sólo Dios es reconocido.
Pero
entonces se cometen errores, abusos y el mal es patente incluso en esta
esfera. Por descontado; mas si esto es así, tenemos a Dios para corregirlo.
Y en consecuencia, si una asamblea se viera afectada por la intromisión
de hombres ignorantes y envanecidos —quienes no se han estudiado en la
presencia de Dios—; de hombres que franquearan la vasta extensión presidida
por el sentido común, el buen gusto y el dominio moral, resultando después
que inútilmente fuesen guiados por el Espíritu Santo; de hombres infatigables,
que presumiendo ser algo tuvieran a la asamblea en vilo, sin saber ésta
qué aconteciese después, ¿debe por ello verse seriamente afligida en cuanto
a qué debería hacer? ¿Abandonaría el terreno deprisa, decepcionada y en
desazón? ¿Tomarlo todo como un mito, una fábula o una quimera? ¿Volvería
a lo que una vez dio por terminado? Lamentablemente, esto es lo que han
hecho algunos, demostrando con ello que nunca entendieron lo que hacían,
o si lo entendieron, no tuvieron fe para seguir. Muéstrese el Señor misericordioso
con éstos, y abran los ojos para ver de dónde han salido y tengan una correcta
visión de la asamblea de Dios, que contrasta con los más atractivos de
los sistemas humanos.
¿Qué
tiene que hacer una asamblea cuando se cometen abusos en ella? Mirar simplemente
a Cristo como Señor de Su casa. Reconocerle su lugar apropiado. Dejar sobre
el nombre de Jesús el abuso de cualquier tipo. ¿Dirá alguien que esto no
basta? ¿Es que alguna vez no ha dado resultado? No podemos ni queremos
creerlo. Y añadimos también que si el nombre de Jesús no basta, no nos
someteremos nunca al hombre y a su orden desdeñoso. Nunca borraremos, mientras
Dios nos asista, este nombre sin igual del modelo a cuyo alrededor el Espíritu
nos congrega, para colocar el fugaz nombre de un mortal en su lugar.
Somos
plenamente conscientes de los grandes problemas y de las pruebas dolorosas
que conlleva toda expresión de la asamblea de Dios. Creemos que estos problemas
y pruebas son perfectamente característicos. No hay nada que el diablo
odie más debajo del cielo que esta asamblea, y no dejará piedra por remover
a fin de serle un obstáculo. Ya hemos visto bastantes ejemplos de ello.
Un evangelista puede dirigirse a un lugar y predicar la todosuficiencia
del nombre de Jesús para salvar un alma, e inmediatamente captar a millares.
Pero volviendo este hombre predicando el mismo evangelio para proclamar
la todosuficiencia de Jesús como respuesta a las necesidades de una asamblea
de creyentes, sólo le retribuirá oposición por todos bandos. ¿Por qué es
así? Porque el diablo odia la expresión más apagada de la asamblea de Dios.
Podéis presenciar una ciudad durante siglos y generaciones abandonada a
su tenue rutina de formalismo religioso, una gente sin vida que se reúne
una vez por semana para escuchar a un hombre exánime que oficia un servicio
extinto, mientras el resto de la semana lo transcurre ebrio. No existe
el mínimo vestigio de vida, ni siquiera el de una hoja mecida por el viento.
Al diablo esto le gusta. Pero que venga alguien y presente el modelo del
nombre de Jesús, tanto para el alma como para la asamblea, y veréis qué
pronto se produce un cambio. La ira del infierno se aviva al tiempo que
la fuerza opositora es soliviantada.
He
aquí lo que creemos ser el verdadero secreto de muchas de las fieras embestidas
contra aquellos que mantienen los principios de la asamblea de Dios. Es
imposible no lamentar muchos errores, deslices y fracasos. Hemos dado mucha
ocasión al adversario por culpa de nuestros disparates e inconsistencias.
Hemos sido unas pobres cartas, un testimonio débil y decadente, una luz
trémula. Por todo ello debemos humillarnos ante nuestro Dios. Nada más
impropio de nosotros que la presunción de elevarnos a titularidades eclesiásticas.
El lugar que nos corresponde es el polvo. Sí, queridos hermanos, el lugar
de la confesión y del juicio personal en presencia de nuestro Dios.
De
todos modos, no debemos desprendernos de los principios gloriosos de la
asamblea de Dios porque hayamos tristemente fracasado al cumplirlos. No
tenemos que juzgar la verdad exhibiéndola, sino juzgar nuestra exhibición
por la verdad. Una cuestión es ocupar el terreno divino, y otra muy diferente
conducirnos en él como es debido; y mientras sea posible juzgarnos en la
práctica por nuestros principios, la verdad sigue aplicándose en ello.
Entonces estemos seguros de que el diablo odiará la verdad que caracteriza
a la asamblea. Un simple puñado de pobre gente, congregada en el nombre
de Jesús para partir el pan, es una espina clavada para el diablo. No es
extraño que esto despierte la cólera de los hombres, dado que ello tira
por la borda su autoridad sin poder soportarlo. Pese a todo, creemos aún
que el origen de todo ello está en el odio de Satanás al testimonio especial
que rinde una asamblea a la todosuficiencia del nombre de Jesús para toda
necesidad de los santos de Dios.
Este
testimonio es en realidad muy elogiable, y deseamos sinceramente verlo
reproducirse con fidelidad. Debemos contar con todos los obstáculos posibles.
Ocurrirá con nosotros lo que les ocurrió a los cautivos que regresaron
en tiempos de Nehemías y Esdras. Podemos bien esperar a más de un Rehum
y un Sanbalat. Si Nehemías hubiera ido por el mundo a edificar otros muros
cualesquiera excepto los de Jerusalén, Sanbalat no le habría incordiado.
Pero construir los muros de Jerusalén era una ofensa imperdonable. ¿Por
qué? Porque Jerusalén era el centro terrenal de Dios, en el cual todavía
habrá de reunir a las tribus restauradas de Israel. Éste era el secreto
de que el enemigo se opusiese. Tomemos nota del desdén que desprende: «Lo
que ellos edifican del muro de piedra, si subiere una zorra lo derribará».
Y no obstante, Sanbalat y sus amigos no pudieron derribar sus muros. Podían
hacer que cesara la labor por la falta de fe y energías en los judíos,
pero no sería así cuando Dios se proponía levantar esos muros. ¡Cómo se
parece esto al momento actual! Existe un desdén disimulado, pero igual
de alarmante. Si todos los que se congregan en el nombre de Jesús fueran
sólo de corazón más veraces a su bendito centro, qué testimonio ofrecerían,
qué poder y victoria. Cómo proclamaría por doquier «donde están dos o tres
congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». No hay nada
como esto debajo del sol, aunque sea así de débil y desdeñable. Que el
Señor sea alabado por levantar un testimonio para Él en estos últimos tiempos.
¡Que Él haga aumentar su efectividad por el poder del Espíritu Santo!
El
poder por el que la asamblea se congrega
Tenemos
que echar una mirada breve ahora a nuestro tercer punto, esto es, cuál
es el poder por el que la asamblea se congrega. Una vez más no se tienen
en cuenta al hombre y sus actos. Se trata nada menos que de la acción del
Espíritu Santo congregando almas para Jesús, lo que excluye la voluntad,
el juicio, la conciencia y la razón del hombre. Como Jesús es el único
centro, el Espíritu Santo es del mismo modo el único poder que congrega.
Tanto el uno como el otro son independientes del hombre. Es «donde están
dos o tres congregados». No se dice «donde se citan dos o tres». Las personas
pueden citarse en torno a un centro en cualquier terreno, por alguna influencia,
y entonces formar una sociedad, una asociación o una comunidad. Pero el
Espíritu Santo congrega las almas a Jesús en el terreno de la salvación;
y éste es el principio de la asamblea de Dios.
Una
asamblea puede no incluir a todos los santos de Dios en una localidad,
pero sí permanecer en el terreno de la asamblea de Dios, donde nada más
está. Puede consistir de dos o tres, aun habiendo cientos de cristianos
en los demás sistemas religiosos alrededor; sin embargo, los dos o tres
permanecen en el terreno de la asamblea de Dios.
Ésta
es una verdad muy simple. Un alma guiada por el Espíritu Santo sólo se
congregará hacia el nombre de Jesús, y si nos reuniéramos hacia algo más,
aun siendo parte de una verdad, de una regla u otra, en ello no nos estaría
guiando el Espíritu. No se trata de una cuestión de vida o salvación. Hay
miles que Cristo ha salvado y que no le aceptan como su Centro. Están congregados
a una forma de gobierno eclesiástico, a alguna doctrina preferida o regla,
a cualquier hombre dotado. Mas el Espíritu nunca congregará hacia ninguno
de éstos. Sólo lo hace hacia un Cristo resucitado. Esto se aplica a toda
la iglesia de Dios sobre la tierra; y cada asamblea local, allí donde esté
reunida, debería expresar de este modo su totalidad.
El
poder en una asamblea dependerá mucho de la medida con que cada miembro
se congregue con corazón sincero hacia el nombre de Jesús. Si yo me congrego
con un bando que sostiene opiniones características; si me atraen su enseñanza
y las personas; si, en una palabra, no es el poder del Espíritu Santo el
que me guía al verdadero centro de la asamblea de Dios, reflejaré atropello,
carga y debilidad. Seré para una asamblea lo que un matacandelas para una
vela, y en vez de contribuir a la iluminación general haré todo lo contrario.
Todo
ello es práctico con detalle. Debería ejercitar mi corazón y el juicio
personal respecto a qué me ha hecho sentir atraído hacia una asamblea,
así como por mi proceder en ella. Estamos totalmente convencidos de que
el matiz y el testimonio de una asamblea se han visto debilitados por la
presencia de personas que no entienden su posición. Algunos se personan
allí porque reciben la enseñanza y la bendición que no recibirían en otro
lugar. Otros están allí a causa de gustarles la sencillez de la adoración.
El resto viene buscando amor. Mas nadie de ellos procede correctamente.
El estar en una asamblea se debe a que el nombre de Jesús es el único modelo
establecido en ella, y el Espíritu Santo nos ha congregado a Él.
No
hay duda de que el ministerio es muy apreciado, y lo poseeremos, en mayor
o menor medida, si hay un orden correcto. También por lo que respecta a
la sencillez con que se adora, estamos seguros de que es algo sencillo,
real y verdadero cuando se comprende la presencia divina y se acepta la
soberanía del Espíritu Santo, sujetándonos a ella. Lo mismo para el amor,
si acudimos buscándolo nos llevaremos una gran decepción; pero si se nos
permite cultivarlo y manifestarlo, recibiremos a todas luces más de lo
que esperamos o merecemos. Por lo general, aquellas personas que todo el
tiempo están quejándose de la falta de amor en los demás se inducen ellas
mismas a esta carencia; y, por otra parte, los que realmente caminan en
amor os dirán que reciben mil veces más de lo que merecen. Recordemos que
el mejor sistema de obtener agua de un pozo vacío es vaciar primero en
él una pequeña cantidad. Junto al torno esperaríamos hasta cansarnos y
marcharnos impacientes, quejumbrosos del pozo; mientras que si vaciásemos
un poco de agua dentro, recibiríamos a cambio una corriente a borbotones
que satisfaría todo nuestro deseo.
Poco
nos imaginamos cómo sería una asamblea si cada uno fuera guiado claramente
por el Espíritu Santo, congregado sólo a Jesús. No habría quejas de reuniones
apagadas, pesadas e infructuosas. El temor de que aflorasen la naturaleza
humana y sus actos insidiosos —ausencia de oraciones, hablar por hablar,
citas de muchos himnos para llenar los largos vacíos— no existiría. Todos
serían conscientes de su lugar en la presencia inmediata del Señor. Se
llenaría cada recipiente de su don, apto para el uso del Maestro, y los
ojos se dirigirían a Jesús con los corazones ocupados en Él. Si se leyera
un capítulo, se oiría la misma voz de Dios. Si se dijera una palabra, llegaría
con poder al corazón. Si se hiciera una oración, llevaría al alma a la
misma presencia de Dios. Al cantar un himno, elevaría el espíritu a Dios,
como el tañido de arpas celestiales. No nos aplicaríamos en preparar sermones,
ni oraríamos como si predicásemos, explicando doctrinas a Dios; todavía
menos pediríamos por nuestro prójimo para proveer a sus necesidades cuando
las nuestras no han sido aún provistas, ni citaríamos himnos por el mero
placer de citarlos, ni nos enturbiaría cualquier deficiencia armónica.
Todos estos males serían evitados. Por contra, nos sentiríamos en el mismo
santuario de Dios, regocijándonos por anticipado en aquel día cuando adoraremos
en las mansiones celestiales.
Se
nos preguntará:¿Dónde se puede encontrar todo esto aquí abajo? He aquí
la cuestión. Es muy diferente el comprender todo ello en medio del error,
el fracaso y las debilidades, del escribirlo como un beau ideal sobre
el papel. Por gracia, algunos de nosotros ha comprobado a veces escenas
de felicidad. En ocasiones hemos disfrutado de momentos del cielo en la
tierra. ¡Ojalá fuesen más! ¡Que el Señor, en su gracia, eleve el carácter
de las asambleas en todas partes! Que Él aumente nuestra capacidad para
una comunión más intensa y una adoración espiritual, permitiéndonos andar,
en la intimidad, a diario, bajo el juicio de nosotros mismos y de nuestros
caminos en Su santa presencia. De esta manera, no seremos finalmente ninguna
pesadez ni unos apagavelas en las asambleas de Dios.
Y
aunque no lleguemos en la práctica a la expresión verdadera de la asamblea
de Dios, no por ello nos conformemos con menos. Aspiremos al modelo más
elevado y roguemos encarecidamente por que se nos lleve allá. El terreno
de la asamblea de Dios tenemos que defenderlo con vigor, sin consentir
por un momento ocupar otro diferente. En cuanto a los matices y carácter
de una asamblea, pueden variar considerablemente dependiendo de la fe y
espiritualidad de los congregados. Cuando los matices no parecen transparentes,
al resultar ser las asambleas infructuosas y repetirse siempre en ellas
lo que los miembros espirituales juzgan fuera de lugar, procúrese entonces
una dependencia de Dios por parte de los que así lo sienten, esperando
con fe que Él dé la respuesta. De esta manera, las pruebas y ejercicios
bajo los que se ha sometido la asamblea tendrán el feliz efecto de llevarnos
a depender más de Él, y del devorador saldrá comida, y del fuerte dulzura.
Tenemos que aceptar las pruebas y dificultades en cualquier expresión de
la asamblea por el hecho de que ésta es el único y divino ente sobre esta
tierra. El diablo se esforzará en desviarnos de este terreno verdadero
y santo. Nos agotará la paciencia, el ánimo, herirá nuestros sentimientos,
ofenderá de muchas y distintas maneras, todo para que abandonemos el terreno
verdadero de la asamblea.
Haremos
bien en recordar esto. Sólo podemos sostenernos en el terreno divino por
la fe. Esto caracteriza a la asamblea de Dios y la distingue de todos los
sistemas humanos. No podéis seguir bien en ella si no es por fe. Y luego,
si queréis ser algo, si buscáis un lugar para glorificar vuestro ego, no
penséis que lo que necesitáis es una expresión verdadera de la asamblea.
Pero en ella pronto hallaréis vuestro nivel si por algún motivo así debe
ser. La grandeza carnal y mundana no tienen lugar en una asamblea de este
tipo. La presencia divina deshabilita cualquier cosa de esta índole, señalando
su lugar a toda pretensión humana. Para concluir, no podéis marchar bien
en esta asamblea si vivís ocultando un pecado. La presencia divina no hará
para vosotros. ¿No hemos notado alguna vez en la asamblea una sensación
de intranquilidad provocada por la acumulación de multitud de cosas que
nuestra conciencia ha ignorado durante la semana? Malos pensamientos, palabras
necias, caminos torcidos, todo ello se hacina en la mente y ejercita la
conciencia en la asamblea. ¿Cómo es esto? Porque el aire de la asamblea
es más puro que el que hemos estado respirando toda la semana. No hemos
estado en la presencia de Dios en nuestro íntimo caminar. El juicio de
nosotros mismos no lo hemos practicado, y por lo tanto, cuando tomamos
nuestro lugar en una asamblea espiritual, nuestros corazones se ven expuestos,
así como nuestros caminos, a la luz; y el ejercicio que debió haberse practicado
en la intimidad, incluso el personal, debe darse cita a la mesa del Señor.
Ésta es una desdichada labor para nosotros, pero evidencia el poder de
la presencia de Dios en la asamblea. Las cosas tendrían que ir muy mal
en una asamblea como para que los corazones no se hallasen descubiertos
y en evidencia. Todo es una señal del poder del Espíritu Santo en la asamblea
cuando personas que aman el dinero, orgullosas, carnales y descuidadas,
carentes de principios, son constreñidas a juzgarse en la presencia de
Dios, y si no, la espiritualidad del ambiente las asfixia. Una asamblea
así no es lugar para ellas. Fuera pueden respirar con más libertad.
No
dejemos de observar que la gran mayoría que ha abandonado el terreno de
la asamblea lo ha hecho porque sus caminos prácticos no convergían en la
pureza del lugar. Sin lugar a dudas, debe de ser fácil hallar una excusa,
en casos así, para la conducta de los que se quedan. Mas si la raíz de
los problemas quedara al descubierto, veríamos que la mayoría abandona
una asamblea porque son incapaces de resistir su luz. «Tus testimonios
son muy firmes; la santidad conviene a tu casa, oh Jehová, por los siglos
y para siempre». El mal debe ser juzgado, porque Dios no lo tolera. Si
una asamblea sí lo tolera, en la práctica no es ninguna asamblea de Dios
pese a haber en ella cristianos. Pretender ser una asamblea de Dios sin
juzgar doctrinas falsas y males mayores sería decir que Dios y el mal pueden
cohabitar juntos. La asamblea de Dios tiene que mantenerse pura, pues es
Su morada. Los hombres tolerarán el mal bajo una etiqueta liberal, pero
la casa de Dios tiene que guardarse en pureza. Que esta gran verdad práctica
profundice en nuestros corazones y produzca una influencia santa en nuestro
proceder y carácter.
La
autoridad con que se congrega la asamblea
Sólo unas
palabras más bastarán para presentar, en último lugar, la autoridad con
que la asamblea se congrega. Es la Palabra de Dios. La licencia de la asamblea
es la palabra eterna del Dios vivo y verdadero. No son las tradiciones,
doctrinas o mandamientos de hombres. Un pasaje de la Escritura que ya hemos
citado a lo largo de este escrito contiene el modelo en torno al que la
asamblea se congrega, el poder que la congrega y la autoridad con que se
congrega: el nombre de Jesús, el Espíritu Santo y la Palabra de Dios.
Conclusión
Los principios
citados son los mismos en todo el mundo. Ya sea que vaya a Nueva Zelanda,
Australia, Canadá, Londres, París, Edimburgo o Belfast, el centro, el poder
que congrega y la autoridad son uno y el mismo. No podemos reconocer otro
centro salvo Cristo; ninguna energía sino la del Espíritu Santo; ninguna
autoridad excepto la Palabra de Dios; ningún rasgo si no es la santidad
vital y sobriedad de la doctrina.
Ésta
es una expresión verdadera de la asamblea de Dios; no podemos reconocer
otra. Los santos de Dios sí podemos reconocerlos, amarles y honrarles como
tales, allí donde les encontremos, pero consideramos los sistemas humanos
deshonrosos a Cristo y hostiles al verdadero interés de los santos de Dios.
Deseamos ver a todos los cristianos en el terreno verdadero de la asamblea
de Dios, cuyo lugar creemos ser una verdadera bendición y un testimonio
efectivo. Creemos que el testimonio rinde su carácter cuando se llevan
a cabo los principios de la asamblea, lo cual no sería así si la asamblea
estuviera dividida y cada miembro fuera un Whitefield en
plena labor evangelística. Con esto no queremos subestimar la obra evangelística;
nada más lejos. Quisiéramos que todos fuesen Whitefields,
pero no podemos pasar por alto esta realidad: la mayoría menosprecia la
asamblea bajo pretexto de salir como evangelizadores. Y cuando examinamos
los caminos y frutos de su trabajo, descubrimos que no proveen por las
almas que han convertido con sus medios. Parece que ignoren qué hacer con
ellas. Labran la piedra, pero no la edifican. El resultado es que las almas
están dispersadas aquí y allá, unas siguiendo una corriente ilusoria, otras
viviendo aisladas del terreno de la iglesia.
Creemos
que todas ellas deberían congregarse en el terreno de la asamblea de Dios,
tener comunión en el partimiento del pan y orando. Reuniéndose juntos «el
primer día de semana para partir el pan», mirarían a Cristo el Señor para
ser edificados por la palabra del que Él quisiera. Ésta es la senda sencilla,
la idea divina y simple, para la que es necesaria más fe a fin de comprenderla,
pues no ignoramos las sectas conflictivas de nuestros tiempos.
Somos
conscientes, claro está, que todo esto será tildado de proselitismo, prejuicio
y espíritu partidista por parte de los que consideren un beau
ideal de liberalidad cristiana el decir
“yo no pertenezco a nada.” ¡Qué extraña posición! Todo queda resuelto de
esta manera. Se trata de personas identificadas con el nadismo para
liberarse de toda responsabilidad e ir con todo y con todos. Ésta es una
senda muy fácil para la naturaleza acomodaticia, pero ya veremos lo que
producirá en el día del Señor. Incluso nos atrevemos a llamarlo infidelidad
positiva a Cristo, de lo cual el Señor quiera librarnos.
Nadie
piense que queremos afrontar al evangelista y la asamblea. Nada más lejos
de nuestras intenciones. El evangelista tiene que salir fuera, desde el
seno de la iglesia, guardando su comunión con ella. Su trabajo no se limita
a traer almas para Cristo, sino a traerlas también a la asamblea, donde
pastores dotados pueden ejercer la tutela sobre ellas y maestros capacitados
instruirlas. No queremos cortarle las alas al evangelista, sino dirigir
sus movimientos. Nuestra negativa es que no se abuse de la energía espiritual
en un servicio propio. Ciertamente es un gran resultado traer almas a Cristo.
Todas las que tienen un vínculo con Jesús son una obra realizada para siempre.
Pero, ¿las ovejas no deberían ser traídas al redil para ser cuidadas? ¿Tiene
que quedar satisfecho alguien con adquirir las ovejas y dejarlas que apacienten
donde desean? Claro que no. Entonces, ¿dónde tendrían que juntarse estas
ovejas? ¿En los sistemas dirigidos por el hombre o en una asamblea congregada
en el terreno divino? Indudablemente, en esta última; podemos estar seguros
de que por muy débil, desdeñable, apagada e ignorada que sea, es el lugar
para todas las ovejas del rebaño de Cristo.
Aunque
también habrá responsabilidad, cuidados, labor. Un ansia y una necesidad
por velar y orar; lo que la carne y la sangre les gustaría eludir si fuera
posible. En la idea de salir al mundo como evangelista se sienten atracción
y buenas intenciones, captar la atención de cientos como garantía de nuestro
ministerio. Mas ¿qué debe hacerse con estas almas? Mostrarles por todos
los medios el lugar verdadero donde se congregan las otras en el terreno
de la asamblea de Dios, porque a pesar de la ruina y la apostasía del cuerpo
profesante, allí ellas pueden disfrutar de la comunión espiritual, de la
adoración y el ministerio. Esto implica mucho ejercicio y pruebas nada
agradables. Así ocurría en tiempos apostólicos. Los que realmente procuraban
por el rebaño de Cristo tuvieron que derramar más de una lágrima, elevar
más de una oración en ansiedad y pasar muchas noches en vela. Pero después
de estos ejercicios, gozaron de la dulzura de la comunión con el principal
Pastor; y cuando Él venga, las lágrimas de éstos, sus oraciones y sus noches
de insomnio se recordarán y se verán recompensadas. Entretanto, los que
edifican sus propios sistemas verán cómo todo llega a su fin, pues se olvidará
lo que han hecho, y los falsos pastores que tenían en su poder a los que
verdaderamente lo eran y los utilizaban para ganancias deshonrosas, cubrirán
sus rostros confundidos por la eternidad.
Podríamos
concluir aquí si no fuera porque estamos impacientes por contestar tres
preguntas que vienen a la mente del lector.
Y,
en primer lugar, puede preguntársenos: ¿Dónde podemos hallar esto que llamáis
una expresión verdadera de la asamblea de Dios, desde los días apostólicos
hasta el día de hoy? La respuesta la señalamos en las palabras de Cristo:
«Donde dos o tres están congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio
de ellos». Poco nos importa si historiadores de la iglesia tales como Neander,
Mosheim, Milner y muchos otros han fracasado, en su interesante búsqueda,
al querer vislumbrar un primer indicio de la expresión verdadera de la
asamblea de Dios, desde el fin de la era apostólica hasta el comienzo de
nuestro siglo. Es bastante posible que hubieran estado aquí y allá, en
medio del opaco esplendor de la Edad Media, dos o tres realmente congregados
en el nombre de Jesús, o al menos aquellos que ansiaban conocer esta verdad.
Sea como fuere, esto no afecta por completo a la verdad. La edificación
no se hace sobre las investigaciones de los historiadores, sino sobre la
infalible verdad de la Palabra de Dios; y, por lo tanto, aunque se demostrara
que durante veinte siglos no existieron estas personas congregadas en el
nombre de Jesús, no afectaría en lo más mínimo a nuestra pregunta. La frase
no es qué dice el historiador de la iglesia, sino qué dice la Escritura.
[Los
extensos campos de oro de Australia y California permanecieron ocultos
del hombre durante miles de años. ¿Provoca este hecho que el oro sea menos
preciado a los ojos de los que lo descubrieron?]
Si
se hallara algún argumento de peso basado en la Historia, se aplicaría
de igual modo a la preciosa institución de la cena del Señor. Porque ¿qué
ha sido de este mandamiento por más de mil años? Fue despojado de uno de
sus mayores elementos, envuelto en un lenguaje sin vida, y enterrado en
un sepulcro de la superstición con este epitafio: un sacrificio incruento
para los pecados de los vivos y los muertos. Aun a pesar de la Reforma,
cuando la Biblia volvió a hablar a la conciencia del hombre, derramando
su contenido de luz sobre el sepulcro donde yacía la Eucaristía, ¿qué es
lo que se produjo? ¿Bajo qué forma se presenta a nosotros la cena del Señor
en la iglesia luterana? Se presenta bajo la forma de la consubstanciación.
Lutero negaba que hubiera una transformación del pan y del vino en el cuerpo
y sangre de Cristo; pero sí sostenía, en oposición férrea a los teólogos
de Suiza, que había una presencia misteriosa de Cristo junto con el pan
y el vino.
Bien,
entonces, ¿no tendríamos que celebrar en medio de nosotros la cena del
Señor según lo prescrito en el Nuevo Testamento? ¿Tendríamos que dar nuestro
brazo a torcer al sacrificio de la misa, o a la consubstanciación, porque
la idea de la Eucaristía haya desaparecido durante largo tiempo de la iglesia
profesante? En absoluto. ¿Qué tenemos que hacer? Tomar el Nuevo Testamento
y ver qué dice sobre esta cuestión, acatar reverentes su autoridad, levantar
la mesa del Señor en su divina sencillez y celebrar la fiesta según nos
dejó escrito nuestro Señor y Maestro, que les dijo a sus discípulos, y
por lo tanto a nosotros, «Haced esto en memoria de mí».
Pero
aún querrán preguntarnos: ¿no es una pérdida de tiempo querer llevar a
cabo los principios de la asamblea de Dios ante la ruina de la iglesia
profesante? Contestamos así: ¿tenemos que desobedecer porque la iglesia
esté arruinada? ¿Tenemos que seguir en el error porque la dispensación
haya sido un fracaso? Pues no. Aceptamos la ruina, la lamentamos, nos identificamos
con ella, pero pese a las consecuencias queremos caminar humildes en medio
de ella, confesando los primeros en haber sido desleales e indignos. Pero
aunque hemos fracasado, Cristo no. Él permanece fiel; Él no puede negarse.
Ha prometido estar con Su pueblo hasta el fin del siglo. Mateo 18:20 es
igual de válido hoy como hace dos mil años. «Sea Dios veraz y todo hombre
mentiroso». Rechazamos por completo la idea de que los hombres se enzarcen
en la creación de iglesias o pretendan asignar a ministros. Lo consideramos
una pura pretensión, sin la mínima autoridad de las Escrituras. Es la obra
de Dios el congregar a su iglesia y levantar a ministros. No es nuestro
deber el recrearnos una iglesia o asignar oficiantes. El Señor es muy misericordioso
y compasivo. Él lleva nuestras debilidades y repara nuestros errores, y
hallando un corazón veraz para Él, aun siendo ignorante, Él lo conducirá
hacia una luz más diáfana.
No
tenemos que valernos de la gracia de Dios como escudo para nuestros actos
que no son de la Escritura. Ni tampoco aprovechar la ruina de la iglesia
en nuestro beneficio de tolerar el error. Tenemos que confesar la ruina,
confiar en la gracia y actuar obedientemente hacia la Palabra del Señor.
Éste es el camino de bendición para todas las épocas. En tiempos de Esdras,
el remanente fiel no aspiraba al poder y esplendor de los años de Salomón.
Antes obedecieron la palabra del Señor de Salomón y sus actos hallaron
plena bendición. No se quejaron de que todo estaba arruinado y por eso
era mejor quedarse en Babilonia, sin hacer nada. Sencillamente confesaron
su pecado y el de todo el pueblo, confiando en Dios. Esto es precisamente
lo que hemos de hacer. Debemos aceptar la ruina y confiar en Dios.
Si
finalmente nos preguntaran dónde está la expresión verdadera de la asamblea
de Dios ahora, responderíamos donde dos o tres están congregados en el
nombre de Jesús. Préstese atención que donde se deseen resultados divinos,
debe haber condiciones divinas. Pretender esto último sin lo primero es
engreimiento. Si no estamos realmente congregados en el nombre de Jesús,
no debemos abogar por el derecho de tenerle a Él en medio de nosotros;
y si Él no lo está, nuestra asamblea será un pobre asunto. Mas es nuestro
gozoso privilegio estar reunidos de esta manera para disfrutar de su presencia
bendita en nuestro centro; teniéndole a Él no es menester asignar a ningún
pobre mortal para que nos presida. Cristo es el Señor de Su propia casa;
que ningún mortal ose usurpar su lugar. Cuando una asamblea se reúne para
adorar , Dios la preside
desde el centro, y si le aceptamos, la comunión, la adoración y la edificación
discurrirán libremente en armoniosa hilaridad. Pero si damos lugar a la
carne, afligirá y apagará el Espíritu, estropeándolo todo. La carne debe
hallar su juicio en la asamblea igual que en nuestro caminar individual
de cada día. No olvidemos que los errores y los fracasos en la asamblea
no sirven como argumento contra la verdad de la presencia divina que está
allí. No más que lo puedan ser los que esgrimamos contra la verdad aceptada
de que el Espíritu Santo habita en el creyente.
¿Sois
vosotros estas personas, entonces?, preguntarán algunos. Bueno, la pregunta
no es ésta, sino si estamos nosotros en el terreno divino. De lo contrario,
cuanto antes abandonemos nuestra posición mejor. Nadie negará que existe
un terreno divino, no obstante la confusión y la oscuridad reinantes. Dios
no ha sometido a su pueblo bajo la necesidad de habitar con el error y
el mal. ¿Y cómo sabremos si estamos en este divino terreno o no? Por la
Palabra divina. Examinemos seriamente todo aquello con lo que, por el modelo
de la Escritura, veamos que no es congruente. Si resulta ser que no supera
la prueba, abandonémoslo de inmediato. En efecto, inmediatamente. Si nos
detenemos a pensar o a sopesar las consecuencias, seguramente nos saldremos
del camino. Deteneos, claro está, para aseguraros de que vuestra mente
es la del Señor; pero nunca refrenéis el paso para dilucidar una vez la
habéis adquirido. El Señor nunca dará luz para dos pasos a un tiempo. Él
nos da luz, y cuando la empleemos nos dará más. «La senda de los justos
es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto».
Precioso lema: «va en aumento». No hay pausa posible para quedarse quieto,
ningún descanso ante ese logro. Va en aumento hasta que seamos introducidos
en la universal luz del día de gloria perfecto.
Lector,
¿te congregas en este terreno divino? Si así es, aférrate a ello con toda
tu alma. ¿Estás en esta senda? Si así es, continúa con todas las fuerzas
de tu ser moral. Nunca te conformes con cualquier cosa indigna de Su presencia
en ti, y de tu proximidad consciente a Él. Impide a Satanás que te robe
esta porción merecida al llevarte a confiar en un mero nombre. Prívale
que te confunda en tu posición ostensible con
tu condición verdadera.
Cultiva la comunión secreta, la oración íntima y el juicio constante de
ti mismo. Ponte en guardia contra cualquier tipo de orgullo espiritual.
Practica la mansedumbre, la humildad y la contrición de espíritu, una conciencia
amable, en tu caminar diario. Procura combinar la gracia más delicada hacia
los demás con la sobriedad de un león hacia la verdad. Entonces serás una
bendición en la asamblea de Dios, y un testimonio potente de la todosuficiencia
del nombre de Jesús.
©
Chapter Two 1998. Edición original inglesa.