SOBRE EL MATRIMONIO

ADRIAN LADRIERRE

El cristiano debe comprender que, con el matrimonio, entra en una nueva fase de su existencia sobre la tierra. ¡Debe estar por supuesto muy seguro que actúa según la voluntad de Dios, y no como sucede tan a menudo en el mundo (y por desgracia! entre los cristianos), por una simple conveniencia, por pasión o cálculo, a menudo con ligereza. Para esto, es necesario que consulte a Dios y pida su dirección, con el fin de que ningún paso sea hecho según su propia voluntad o sus pensamientos personales. ¡Mucho más serio y solemne que todo lo demás es el paso que se hace entrando en la vida nueva del matrimonio, en esta existencia de a dos, donde todas las condiciones son diferentes de aquellas que se han vivido hasta entonces!

Sabiendo que « el hombre no es señor de su camino, ni del hombre que camina es el ordenar sus pasos » (Jeremías 10: 23), el creyente fiel actúa entonces bajo la mirada de Dios y le pide que le guíe en la elección de una compañera. En cuanto a ella, obtiene por la oración la convicción de actuar según la voluntad de Dios. Encontrará bendición en esa senda de dependencia y sumisión.

 

Las enseñanzas de la Palabra con respecto al matrimonio parecen revestidas de una seriedad aparente; sus consecuencias en la vida se presentan al espíritu con más claridad y poder; ¡ nos damos cuenta cuan importante es que sean recordadas al alma y probamos así la bondad de Dios que no nos deja sin luz en nuestro camino!

« Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino» (Salmo 119: 105).

 

El matrimonio, una institución divina

Dios es quien instituyó el matrimonio « desde el principio » dice el Señor Jesús al recordar, y confirmar la unión indisoluble de los esposos (Mateo 19:4-6). Es extremadamente conmovedor ver el motivo y propósito de Dios instituyendo el matrimonio: « No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él» (Génesis 2: 18). ¡Qué pensamiento de tierna bondad, de parte de Dios, hacia el hombre, su criatura! Aunque colmado por sus dones, le faltaba uno, el mejor de todos; no se lo negará. La soledad en medio de todos los bienes que Dios lo había rodeado, no convenía para el hombre. Le hacía falta alguien para compartirlos, gozar y dar gracias con él al Dador; alguien que pudiera responder a sus pensamientos, a sus sentimientos, a sus afectos, siendo uno con él y completando así su felicidad. ¡Entonces Dios le da una compañera qué posee todo esto, que le corresponde, desde ahora el hombre ya no está solo!

Según Su perfecto conocimiento de las facultades y necesidades del corazón del ser que había hecho según sus propósitos, Dios le forma de su mano a la compañera del hombre y se la da. Eva es dada a Adán, ¿pero no podemos decir que, en todo matrimonio según Dios, es Él quien prepara a la compañera y la conduce hacia el esposo por los senderos secretos de Su Providencia? Habiendo formado al hombre, saca de el, y no del polvo del suelo, a su mujer para señalar que son uno, que hay entre ellos una dependencia mutua. Y lo que ha hecho responde a su pensamiento de amor; el vacío en la existencia de Adán es colmado. Tiene una ayuda, pero una ayuda inteligente como él, dotada de afectos como él: ¡ella le corresponde!

« El pecado entró en el mundo » (Romanos 5:12); lo arruinó todo y lo desordenó; oscureció el entendimiento, pervirtió los afectos, disminuyó o apagó el sentido moral. Muchas cosas, desde entonces, han sido cambiadas y alteradas; pero lo que Dios estableció « desde el principio» subsiste, como lo vemos por las palabras de Cristo y de los apóstoles. Aunque el hombre caído a menudo no comprenda el pensamiento de Dios en el matrimonio, ni el verdadero lugar de la mujer, y lo que constituye la relación de los esposos; aunque diversas maneras hayan profanado esta unión, al menos lo que permanece ciertamente es que “ no es bueno que el hombre esté solo ”, que Dios le dio en la mujer a una compañera para serle una ayuda que le corresponda, y que el matrimonio sea siempre según el orden divino.

El hombre necesita por lo tanto hoy una luz que le alumbre para andar por una senda que sea según Dios. Una enseñanza y consejos son necesarios para él; sólo la palabra de Dios se las da. En Edén, esto no tenía razón de ser. Pero hoy esto mismo no basta. El cristiano tiene mucho más; tiene lo necesario para poner en práctica las enseñanzas de la Escritura. Una vida nueva le ha sido comunicada, una vida divina por encima de las cosas terrenales, que viene de lo alto. Y esta vida debe penetrar en toda su existencia. No hay dos vidas para el cristiano, una para el mundo y la tierra, la otra para Dios y el cielo. Hay una vida única que reglamenta y domina todo en su existencia aquí abajo: es la vida de Cristo. Él no vive más para si mismo, sino para Aquel que, murió por él y ha sido resucitado (2ª Corintios 5: 15), de manera que, haga lo que haga en palabra o en obra, todo lo hace en el nombre del Señor Jesucristo, y para la gloria de Dios (1ª Corintios 10: 31; Colosenses 3:17). Todo esto puede ser vivido en el matrimonio.

Es verdad que, en el cristianismo, hubo, y posiblemente aun hay siervos de Dios que, llamados para una vocación más elevada, han considerado, como Pablo, que les era preferible quedarse solos para dedicarse al servicio del Señor (1ª Corintios 7: 35); es la excepción, pero la regla general es que no es bueno que el hombre esté solo.. Y cuánto más, en el estado de ruina, necesita una ayuda que le corresponda, pero en un sentido más extenso, más profundo y posiblemente más íntimo.

 

Instrucciones divinas para cada uno de los esposos

Veamos ahora las direcciones que la Escritura les da a los maridos cristianos. En toda relación, se dice, corresponden deberes que resultan de esta relación. Hay pues unos deberes propios para los maridos; ¿cómo conocerlos? El cristiano tiene la vida de Dios, tiene el Espíritu de Dios, pero la Palabra de Dios es su guía, Palabra recibida por la fe, explicada y aplicada por el Espíritu. Las exhortaciones en cuanto al matrimonio son simples y se resumen según nuestros pasajes en estos dos puntos: de parte del marido, el amor para su mujer; de parte de ella, la sumisión hacia su marido.

Pero a que altura la Palabra nos eleva hablándonos de nuestras relaciones. ¡Como en estas relaciones todo se encuentra tan delicado y santificado! Para expresar la unión intima de los esposos que son solo uno, el Espíritu Santo toma el ejemplo de la unión de Cristo y la Iglesia.

Le es propuesto por modelo de amor del marido para su mujer, el amor de Cristo por la Iglesia: « Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella   » (Efesios 5: 25). Es pues el amor que se manifiesta en la devoción y en los cuidados llenos de ternura que vemos en Cristo para la Iglesia. Se dio para ella renunciando a todo. Así el marido debe amar a su mujer con un amor de devoción, de sacrificio, de renuncia, de olvido de sí, sin egoísmo.

Cristo da sus cuidados al objeto de su amor: la alimenta, la ama, la forma por la enseñanza de la Palabra. El marido debe a su mujer sus cuidados afectivos; ama a su mujer como a si mismo y provee para sus necesidades materiales. El ama a su alma y la alimenta ; se ocupa de ella en el dominio espiritual, ayudándole, sosteniéndola, enseñándola, formándola, alimentándose primero el mismo, por la lectura de la Palabra, acompañada por la oración.

El apóstol Pedro nos presenta a la mujer como un « vaso más frágil » (1ª Pedro 3: 7), delicado, no sólo en su cuerpo, pero también en los sentimientos de su alma, y exhorta a los maridos a tomarlo en consideración. Como consecuencia de esta delicadeza mayor, la mujer será herida más fácilmente, ofendida, por una palabra fría o demasiado fuerte. Los maridos deben tomar en consideración esta delicadeza; deben soportar y sostener esta debilidad, tener paciencia sin que jamás la aspereza se manifieste en contra de la que es su compañera. Tiene en su tarea, a menudo difícil, la necesidad de estímulo y ternura. ¿Quién lo tiene más que Cristo hacia la Iglesia? Así, «cada marido debe amar a su propia mujer como a si mismo» (Efesios 5: 28) prodigándole sus cuidados tiernos, afectuosos y delicados que la regocijarán.

En cuanto a la mujer, se le pide la sumisión, siendo su modelo de sumisión la de la Iglesia a su Señor. Pero esta sumisión no es la del esclavo. Aunque no se le dice a las mujeres de amar a sus maridos, la cosa va por si sola; está en su naturaleza amar, y por otra parte el amor es el resorte de toda la vida cristiana.

La sumisión de la esposa, que nace del amor, será entonces voluntaria y feliz. El amor le deja ver lo fácil que es complacer a su marido en lo que le pide; hasta va a la delantera en sus deseos; su felicidad es procurar aliviarle su tarea, a menudo pesada, por su devoción y diligencia le ahorra toda preocupación. Con discreción, entra en lo que puede turbar a su marido, y procura llevar la carga con él. No olvida que el hombre es la cabeza de la mujer, pero queda para él aquella que Dios la destinó al principio: « una ayuda idónea » (o que le corresponde ;) capaz de comprender sus penas, de llevar con él el peso de las preocupaciones, de ayudarle así por su cariño, sus consuelos, y a menudo también por sus consejos (Génesis 21: 12).

 

Una confianza total entre los esposos

La confianza mutua, plena y total, debe existir entre los esposos. ¿Cristo no dice sus secretos a la Iglesia, su Esposa, y la Iglesia no vierte sus pensamientos en el corazón de Su celestial Esposo? Así debe ser en el matrimonio.

«No son ya más dos, sino uno», dice el Señor; el amor los une, ¿cómo puede haber secretos entre ellos? Por miedo de perturbar a la que el ama, el marido podría temer contarle lo que le apena y le agita, si, en su profesión o sus relaciones externas, encuentra dificultades. Esto sería de su parte un amor mal entendido. Mostraría con esto que poco conoce el corazón de su compañera. La ternura eficaz de ella presentirá sin dificultad que hay una nube sobre el horizonte de su marido. ¿Por qué escondérselo? ¿No sabe que, en esta senda en la cual entraron juntos, necesariamente se encuentra la prueba? ¿Y no son uno para compartirla?

Si la sumisión de la mujer le impide presionar su marido para que le diga la causa de lo que leyó en su frente, si no dice nada de lo que a el le preocupa, sufrirá mucho, y el, llevando solo su carga, sentirá tanto el peso, y sólo podrá mostrarlo en el interior de la casa.

« Maridos, amad a vuestras mujeres » (Colosenses 3: 19); sabemos que amarlas es tener confianza en ellas. Por muy doloroso que sea lo que le tendremos que decirle a nuestra esposa, ella estará feliz de compartirlo con nosotros, y estaremos aliviados.

Sin duda sucede que frecuentemente, aunque sea más débil que su marido en muchas cosas, la mujer recibió de Dios una medida más grande de fe y de confianza en Él. Habiendo aprendido a conocerle más íntimamente en su posición más humilde y más sufriente, su fe, en la hora de la prueba, sostendrá a su marido: le será una ayuda; pero, para esto, necesita saber cual es la prueba por la que pasa su marido. El hombre más enérgico, acostumbrado al trabajo y a la lucha, se deja a menudo abatir más rápidamente, la mujer cariñosa, piadosa y sumisa, confía en Dios, que le sostiene.

La mujer tampoco deberá temer decirle todo a aquel que ama; sus preocupaciones y sus penas serán de otra naturaleza, sin duda, ¿pero a quién se los diría, si no a su marido? Debe ser su confidente. ¡Qué haya entonces entre nosotros, jóvenes esposos, una total comunión de pensamientos! Qué uno no se reserve ninguna cosa, qué querría esconder al otro. Sin duda, hace falta que haya una delicadeza, una dulzura, un discernimiento y un propósito; pero efectuemos que somos uno; abramos nuestros corazones y nuestros pensamientos el uno al otro; jamás dejemos que ninguna barrera se levante entre nosotros; si hay una nube, cualquier malentendido, expliquémoslo sin tardar.

Observemos esta expresión en la exhortación que Pedro da a los maridos: « para que vuestras oraciones no tengan estorbo (1ª Pedro 3: 7). Luego las oraciones forman parte de la vida común de los esposos, y hay que vigilar para que nada venga a interrumpirlas. El apóstol mismo le recomienda al marido tratar a su mujer (como un “vaso mas frágil”) con honor, y conducirse con ella con total delicadeza, con respeto, colocándola sobre el mismo nivel que el, como heredera también de la gracia, de la vida eterna.

Encontramos a veces a hombres del mundo que tienen para con la mujer una deferencia singular, la tratan con respecto y demuestran una gran delicadeza de sentimientos. Con cuanta razón y más fuerte debe encontrarse esto en casa de los cristianos, ¿y no sería vergonzoso que en lugar de llevarles honor, dejen a la mujer en un estado de inferioridad? Por otra parte, ¿es demostrarle este honor creer que la mujer es incapaz de compartir los pensamientos, las preocupaciones y las penas del hombre, y de entrar en su vida? ¿No ha dicho Dios « le haré una ayuda idónea»? Si no mantenemos este clima de confianza con ella, ¿cómo serán nuestras oraciones, como deben al ser, el efecto de la comunión? Para orar juntos, hay que tener los mismos pensamientos, hay que entrar en las necesidades el uno del otro, con el fin de decirle juntos a Dios lo que se tiene en el corazón.

¿Y si algún desacuerdo sobrevino, cómo será disipado? ¿No es confesando y orando juntos? Si guardamos el tema del desacuerdo, nuestras oraciones serán interrumpidas, y la brecha se extenderá. ¿Si hubo daños, posiblemente peleas, cómo será restablecida la paz? ¿No es orando y confesando el asunto juntos? Aun sin esto, nuestras oraciones serán interrumpidas, porque para orar juntos, hace falta que haya comunión, y para la comunión, hacen falta corazones que no escondan nada.

Vivamos pues, queridos amigos, en una confianza mutua y total, bajo la mirada de Dios, en su paz, con oraciones y acciones de gracias.

 

Un nuevo hogar donde se manifiesta la vida de Cristo

« Dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne (Génesis.2: 24). Un nuevo hogar se ha formado para ambos. El hombre, salido de una posición de dependencia, llega a ser cabeza y revestido de autoridad.

¿Esto quiere decir que los antiguos afectos que los unían como hijos a los padres serán quebrantados o debilitados? Lejos de eso, subsisten, y a menudo, para la joven esposa sobre todo, hasta parecen haber adquirido una nueva fuerza, una intensidad que jamás había conocido antes.

¿Habrá, a causa de esto, celos en el corazón del uno o del otro? ¿El marido lo sentirá viendo a su joven esposa tener su corazón fuertemente atado a sus ancianos padres, a sus hermanos y hermanas, a la familia donde pasó sus años jóvenes y felices? ¿La verá con disgusto aun buscar los cuidados y los consejos maternales? ¿Pensará que le ama menos? Y ella, por su parte, ¿no experimentará dolor en su corazón viendo a su marido volver de buena gana sus pasos hacia la antigua morada paterna? ¿Pensará que se ha colocado indiferente? ¡No!; ¿no son un solo corazón?; ¿no cuentan uno sobre el otro? ¿ No los anima el mismo pensamiento? ¿Querrían confinarse en ese círculo estrecho de ellos dos solamente? Sería un tipo de egoísmo. El amor verdadero no conoce el egoísmo; al contrario, es amplio. ¿La familia de uno no se hizo familia de otra? Aquellos a los que ama serán los objetos del cariño del otro. Una de las familias adquirió a un hijo, el otro una hija; el círculo para amar, se aumentó; amando juntos en una comunión feliz de corazón, los celos serán dejados fuera.

El marido comprenderá que su joven mujer necesita a su madre, y a su vez, que su corazón queda aun atado al padre que lo cuidó y amó ; en absoluto estará inquieto; entrará en los mismos sentimientos, y será una de las aplicaciones de esta palabra « Maridos, amad a vuestras mujeres »

La mujer a su regreso, estará feliz de ver a su marido que continúa demostrándole su cariño a su familia, amando a sus hermanos y hermanas con un afecto que ella misma compartirá.

Los celos ponen una sombra inevitable sobre las relaciones de los esposos; ella manifiesta desconfianza; está actuando contrariamente al amor. Guardémonos, queridos amigos, de dejar entrar los celos a nuestros corazones.

La Palabra divina, tan rica, tan plena y completa, no nos da solamente preceptos: presenta también ejemplos como la aplicación de estos preceptos. Recordemos brevemente algunos. Sara es mostrada para las esposas como el modelo de sumisión de santidad y de esperanza en Dios, (Génesis 18: 6-8; Hebreos 11: 11). En Elcana, vemos para los maridos un ejemplo de dar cariño. Persuade a Ana que vale mas que diez hijos, cuanto mas grande es su amor para ella, mas atentos son sus cuidados para consolarla y sostenerla (1ª Samuel 1: 8).

El comienzo del evangelio de Lucas describe el carácter de Zacarías y Elizabet « Ambos eran justos delante de Dios, y andaban irreprensibles en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor » (Lucas 1: 6). Tenían edad, sin duda, pero como lo eran en su vejez, lo habían sido en su juventud, y es bueno entrar temprano en las sendas de la justicia práctica. ¿No es por otra parte lo que debe caracterizar al cristiano? « Si sabéis que Él es justo (Cristo), sabed también que todo el que hace justicia es nacido de Él (1ª Juan 2 : 29). El gran Pastor nos conduce « por sendas de justicia por amor de su nombre » (Salmo 23: 3). Tenemos pues, jóvenes amigos, que manifestar este carácter de justicia en todas nuestras relaciones; es uno de los caracteres de la vida de Cristo, y esto debe realizarse delante de Dios, que sondea hasta los dobleces más secretos del corazón.

¿Pero cómo estar justos así? Solo tomando a la palabra de Dios, por doctor, por guía y por luz.. Zacarías y Elizabet eran justos delante de Dios, caminando en todos los mandamientos y en todas las ordenanzas del Señor. La Palabra, tal como la tenían, tenía plena autoridad sobre sus almas, y aplicándola eran justos delante de Dios. Que sea lo mismo para nosotros, jóvenes esposos. Qué la Palabra de Dios tenga en nuestro hogar, su autoridad sobre nuestros corazones. Qué ajuste y dirija nuestros pasos totalmente. Esforcémonos en conocer a través de ella la voluntad del Señor, con el fin de ser agradables para Él en todos los conceptos, llevando fruto en toda buena obra.

¡Cuán dulce es la asociación de dos corazones deseosos de cumplir la voluntad de Dios sin reproche! El conocimiento de la Palabra, la sumisión a su autoridad los guiarán en el cumplimiento de sus deberes del uno hacia el otro. ¡Qué estímulo encontraremos al estudiar juntos la Palabra! ¡Como aprendemos estando juntos! Hay una estímulo santo que hay que saber y que hay que practicar.

Una atmósfera de paz envolverá así nuestro hogar, y nuestra vida, santa y justa, será un testimonio para todos los que entran bajo nuestro techo, así como la gente que nos rodea.

Esforcémonos, desde el comienzo de nuestra unión, en caminar como estos dos santos que pertenecían a la antigua dispensación. Sabemos más que ellos, tenemos más responsabilidad. Qué la vida de Cristo se manifieste en nuestro hogar.

Acordémonos que hemos sido rescatados para vivir sobria, justa y piadosamente, esperando la esperanza bienaventurada y la aparición de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador Jesús Cristo (Tito 2: 12-13).

El carácter de devoción para los santos y para la Asamblea es dado por el ejemplo de Aquilas y Priscila. No eran personas de una condición elevada; trabajaban con sus manos para ganarse el pan. Pero sus ocupaciones temporales no los absorbían hasta el punto de impedirles trabajar para el Señor. Lo que concernía a Cristo se trasmitía en ellos, y debería así trasmitirse en nosotros, en primer lugar. Fabricando tiendas, encontraban el tiempo de instruir a Apolos y probablemente a otros (Hechos 18: 2-3, 26). Recibían a los siervos de Dios, tales como Pablo, y exponían su vida por ellos; reunían a los santos en su casa (Romanos 16: 4-5; 2ª Corintios 16: 19). Tal era su actividad afuera, sostenida sin duda por su vida interior, porque si ésta no hubiera sido verdaderamente cristiana, ¿habría podido Pablo quedarse con ellos, e igualmente tan unido?

¿Saliendo del círculo limitado de la vida doméstica, no tendremos, queridos amigos, la ocasión de ser consagrados para la asamblea, acogiendo a los siervos del Señor, visitando a los enfermos y a los afligidos de los santos? Sin duda, en el servicio, cada uno tiene su medida; ¿pero que privilegio no es poder dar, tan sólo un vaso de agua fría a uno de los pequeños, en calidad de discípulo, y para el amor de Cristo? (Mateo 10: 42)

¿Cómo se puede realizar tal vida? Esto no puede ser viendo todos estos deberes y obligaciones como una regla impuesta. No estamos bajo la ley. El móvil de tal vida que le agrada al Señor, el único móvil, es el amor. No con el amor que naturalmente esta en nuestros corazones; — ¡que por desgracia! en el fondo somos tan egoístas; — sino con el amor que emana de su fuente divina, es decir de Cristo. ¿Y para esto que hace falta? Qué Cristo se haga nuestro huésped, qué sea recibido en nuestros corazones y en nuestro hogar. El se dignó asociarse a la fiesta de las bodas y contribuyó a la alegría de esa fiesta, figura de una fiesta más excelente en el siglo venidero ( Juan 2 : 1). No hay duda que Su presencia, produciéndole gozo, mantenía allí la santidad. Que sea así en nuestra casa. Jesús deseaba mucho, con el corazón lleno de su santo amor, entrar y sentarse entre sus amigos Marta, María y Lázaro (Lucas 10:38-39; Juan 12:1-3) ¡Qué paz, qué luz, qué consuelo aportaba su presencia en este círculo íntimo! El amor, desbordante de su corazón, se difundía en sus huéspedes. María, sentada a sus pies, escuchaba su palabra o bien adoraba. Marta, aunque afanada en sus preocupaciones, servía a su Señor con un corazón alegre. Lázaro, el muerto vuelto a la vida, estaba sentado a la mesa con Jesús y probaba la dulzura de su comunión. Jesús estaba allí, el huésped divino, y su presencia santa y bendita bastaba para el corazón, y hacía, de la morada humilde de Betania, un paraíso sobre la tierra.

Qué Jesús sea así el huésped de nuestro hogar. ¡Jamás se negará ser recibido allí! Un tercio de los hogares, y sobre todo los hogares jóvenes, son muchas veces importunos entre ellos. Hasta su presencia les incomoda. Pero el Señor, testigo visible solamente con los ojos del corazón, será el verdadero lazo de amor, la conservación de la paz y de la alegría; será el Consolador en la prueba, el Consejero en los momentos difíciles, El poder para caminar, El consuelo en la tormenta. « ¿ Sus delicias no son con los hijos de los hombres?» (Prov. 8: 31).

Estará allí espiritualmente, cerca de nosotros. El ama a los que le buscan, hace entrar a su casa a ambos discípulos de Juan para conversar con ellos cosas celestiales (Juan 1: 40). Se coloca en medio de los discípulos en Emaus y hace arder sus corazones de su amor (Lucas 24: 28-32). Desea desde ahora entrar en tu hogar y permanecer allí (Juan 14: 23). Acojámosle, queridos amigos, y ocupémonos que nada lo entristezca, que ninguna nube se interponga entre nosotros y Él. « Yo estoy con vosotros », dice, « todos los días, hasta el fin » (Mateo 28: 20).

Que nuestra vida pueda pasar así en la presencia del Padre y del Hijo, en su comunión bendita, realizando esta palabra: « si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo » " (Apocalipsis 3: 20). ¡Y qué bendición del Señor que nos acompañe en todos nuestros caminos!

 

     

Traducido de “El Mensajero Evangélico” Año 1912

Responsable traducción : Ruth C. de Vasconcelo

 

 

 

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